EL
ESPÍRITU SANTO El Espíritu del Señor, dice Jesús,... me envió a evangelizar a los pobres, a predicar a los cautivos la liberación y a los ciegos la recuperación de la vista, a dar la libertad a los oprimidos... (Cfr. Lc 4, 18) Y hoy de nuevo el Espíritu Santo nos invita también a nosotros a que llevemos la Buena Noticia a todos los hombres. Cristo Vive y sería una injusticia de nuestra parte callarlo. Cristo Vive y vive en nuestro corazón siempre que estemos dispuestos a vivir la vida de gracia con sus beneficios y exigencias.
El Espíritu Santo - a decir del P. Marcial Maciel, L.C.- es el principal protagonista de nuestros esfuerzos apostólicos. Él es quien nos da la fuerza para salir al encuentro de ese pobre, ese oprimido, ese cautivo, ese ciego de los que nos habla Jesús. Y es por eso que Él mismo se siente enviado por el Espíritu. El Espíritu infunde en nosotros la Vida que necesitamos para salir de nosotros mismos, para ser capaces de trascender las fronteras de nuestra vida y nuestra alma, como aconteció a los apóstoles después de Pentecostés.
El
Papa Juan Pablo II, en la trilogía como preparación para el Gran
Jubileo del año 2000, decidió dedicar el año 1998 de forma
especial al Espíritu Santo y a su presencia santificadora dentro de la
comunidad de los discípulos de Cristo. ¿Por qué? Porque
la Iglesia no podía prepararse de otro modo para cumplir sus 2000 años
de vida, si no es por el Espíritu Santo. El Espíritu actualiza
en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única Revelación
traída por Cristo a los hombres.
Por lo tanto, entre los principales objetivos de la preparación del Jubileo
del año 2000, se incluyó el reconocimiento de la presencia y de
la acción del Espíritu, que actúa en la Iglesia tanto sacramentalmente,
sobre todo por la Confirmación, como a través de distintos carismas,
tareas y ministerios que Él ha suscitado para bien de la misma Iglesia.(Mientras
se aproxima el Tercer Milenio - Juan Pablo II)
Es también el Espíritu Santo el que distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia. El Espíritu da unidad al cuerpo de Cristo que es la Iglesia. San Pablo nos explica que el cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos, y resalta que todos somos el cuerpo de Cristo, y cada uno en particular miembros de ese cuerpo. Y, ¿qué pasa en un cuerpo cuando un miembro sufre? Todos sufren con él. Así es la Iglesia. Estamos llamados a compartir la suerte de nuestros hermanos: a llorar con los que lloran y a reír con los que ríen. Eso es amar como Dios nos ama. Y hoy el Espíritu Santo viene a ayudarnos para que demos unidad a ese cuerpo que está representado para nosotros por nuestra comunidad.
Revitalicemos este año, entonces, el valor de la unidad en nuestra comunidad y nuestra Iglesia, y renovemos la esperanza en la venida definitiva del Reino de Dios, en la oración del Padrenuestro, perfecto resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear. Pero que esta esperanza sea también operante, es decir no una esperanza de sentarse a esperar con los brazos cruzados, sino una esperanza activa que nos lleve por el poder del Espíritu a querer acercar cada vez más hermanos a nuestra Iglesia, para que conozcan a Cristo, lo amen, lo sigan y alcancemos - ellos y nosotros - la Vida Eterna.
Lecturas recomendadas:
·
MIENTRAS SE APROXIMA EL TERCER MILENIO
Carta apostólica del Sumo Pontífice en preparación al Jubileo
del año 2000.
Ediciones San Pablo
·
EL GRAN DESCONOCIDO, EL ESPÍRITU SANTO
Royo Marín. Ediciones B.A.C.
Frase: "Cuando una persona ora abre la ventana de su alma al Espíritu. Así Él podrá influir en mi inteligencia, mi voluntad y mi corazón. Dios no rehusa su gracia a la persona que se dispone a recibirla" . P. Fintán Kelly, L.C.