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¿PORQUÉ LA EUCARISTÍA ES UN SACRAMENTO ? ¿PORQUÉ LA EUCARISTÍA ES UN SACRIFICIO ? ADORACIÓN EUCARÍSTICA: EXPOSICIÓN Y BENDICIÓNANEXO
1 ANEXO
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La Eucaristía
es la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su
Sangre que renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo
en la Cruz. La Eucaristía es Jesús real y personalmente presente
en el pan y el vino que el sacerdote consagra. Por la fe creemos que la presencia
de Jesús en la Hostia y el vino no es sólo simbólica
sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que
lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los accidente-forma, color,
sabor, etc.- permanecen iguales.
La institución
de la Eucaristía, tuvo lugar durante la última cena pascual
que celebró con sus discípulos. Los signos esenciales del sacramento
eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada
la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia
las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última
Cena: "Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros... Este es el cáliz
de mi Sangre..."Encuentro con Jesús amor
Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia
personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman.
Es por tanto que debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro
intimo con el Amor. Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia,
está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que además
alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar
las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza.
En fin para llevar a feliz término la misión, la vocación,
que el Señor le otorgue.
Si apreciáramos
de veras la Presencia real de Cristo en el sagrario, nunca lo encontraríamos
solo, únicamente acompañado de la lámpara Eucarística
encendida. El Señor nos espera con ansias para dársenos como
alimento. Nos llenamos de actividades y nos descuidamos en la oración
delante del Señor, que nos espera en el Sagrario, preso porque nos
"amó hasta el extremo" y resulta que, por quien se hizo el
mundo y todo lo que contiene se encuentra allí, oculto a los ojos,
pero increíblemente luminoso y poderoso para saciar todas nuestras
necesidades. ![]()
¿PORQUÉ
LA EUCARISTÍA ES UN SACRAMENTO ?
La recepción
de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada Comunión
significa y verifica el alimento espiritual del alma. Jesús al instituir
la Eucaristía le confiere intrinsecamente el valor sacramental pues
a través de ella Él nos transmite su gracia, su presencia viva.
Sacramento de
Unidad. estamos proclamando nuestra unión entre todos los cristianos
y nuestra adhesión a la Iglesia con Jesús. Por ello, la Eucaristía
es un sacramento de unidad de la Iglesia, y su celebración sólo
es posible donde hay una comunidad de creyentes.
Sacramento del
amor fraterno. La misma noche que Jesús instituyó la Eucaristía,
instituyó el mandamiento del amor. Por lo tanto, la Eucaristía
y el amor a los demás tienen que ir siempre juntos y pide a los que
vamos a participar en ella, que nos amemos como El nos amó. Y, en este
sentido, la Eucaristía tiene que estar necesariamente antecedido por
el Sacramento de la Reconciliación pues el recibir el "alimento
de vida eterna" exige una reconciliación constante con los hermanos
y con Dios Padre.
El misterio eucarístico,
desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente
de ser tal. No admite ninguna imitación "profana".
En nuestra sociedad
pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva
de la comunidad cristiana -fe consciente incluso de los propios derechos con
respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe- garantiza a este "sacrum"
el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es
al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia
y de religión. ![]()
¿PORQUÉ
LA EUCARISTÍA ES UN SACRIFICIO ?
La Eucaristía
es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al
mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza. El hombre y el mundo son restituidos
a Dios. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la "alianza
nueva y eterna" de Dios con el hombre y del hombre con Dios.
El celebrante,
en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva
a cabo -en virtud del poder específico de la sagrada ordenación-
el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio,
todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como
él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus
propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde
el momento de su presentación en el altar.
El pan y el vino
se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la
asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que
ofrece en espíritu. Es importante que este primer momento de la liturgia
eucarística, en sentido estricto, encuentra su expresión en
el comportamiento de los participantes.
En virtud de
la consagración, las especies del pan y del vino, "re-presentan",
de modo sacramental e incruento, el Sacrificio propiciatorio ofrecido por
El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. ![]()
Al recibir la
Eucaristía, nos adherimos íntimamente con Cristo Jesús,
quien nos transmite su gracia. La comunión nos separa del pecado, es
este el gran misterio de la redención, pues su Cuerpo y su Sangre son
derramados por el perdón de los pecados.
La Misa guarda
una íntima relación con la última Cena, porque ésta
fue la primera Misa celebrada por Cristo, las que siguen después son
el cumplimiento de las palabras que entonces pronunció "Haced
esto en memoria mía ". El carácter de "memorial"
que tiene la Misa, por definición, exige de los cristianos la actitud
de introducirnos al misterio pascual tal y como es; no como recuerdo de algo
que sucedió, sino asociándonos a una acción que sigue
verificándose hoy. Por ello cuando celebramos la Sta. Misa, nos trasladamos,
nos hacemos presentes en la Cena del Señor y estamos con María
al pié de la Cruz. Las palabras "por El ,con El y en El"
tienen un profundo sentido y acceden a la dimensión redentora.
Puesto que en
todo pecado hay culpa que merece una pena, la Misa, en lo que tiene de sacrificio
que satisface por el pecado, afecta en su aplicación a la culpa y a
la pena, a saber, expiando la culpa y satisfaciendo por la pena, pero no absolutamente,
sino en la medida que lo permite la capacidad de recepción que existe.
Su efecto depende de la disposición que tenga el fiel.
Por último, la Misa no es un acto puramente personal del sacerdote
o de cada fiel, sino eminentemente comunitario, pues es la Iglesia quien lo
ofrece, y la Iglesia es un Cuerpo en el que todos sus miembros son solidarios,
el cristiano que se beneficia de la Santa Misa no se debe beneficiar sólo
para él, sino también para otros. ![]()
ADORACIÓN
EUCARÍSTICA: EXPOSICIÓN Y BENDICIÓN
Jesucristo quiso
quedarse en la tierra bajo las especies de pan, no solo para servir de alimento
a las almas que lo reciben en la sagrada Comunión, sino también
para ser conservado en el sagrario y hacerse presente a nosotros, manifestándonos.
Las visitas al
Santísimo, las exposiciones y bendiciones han de ser un momento para
profundizar en la gracia de la comunión, revisar nuestro compromiso
con la vida cristiana; la verificación de cada uno ante la Palabra
del Evangelio, el asomarse al silencioso misterio del Dios callado... Esta
dimensión individual del tranquilo silencio de la oración, estando
ante él en el amor, debe impulsar a contrastar la verdad de la oración,
en el encuentro de los hermanos, aprendiendo también a estar ante ellos
en la comunicación fraternal.
ORACIÓN
Oh saludable Hostia
Que abres la puerta del cielo:
en los ataques del enemigo danos fuerza,
concédenos tu auxilio.
Al Señor Uno y Trino
se atribuye eterna gloria:
y El, vida sin término
nos otorgue en la Patria.
Amén.
ANEXO 1
El don inmenso de la Eucaristía
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Misa in cena Domini 9 de abril de
1998
1. «Verbum caro, panem verum, Verbo carnem efficit...».«Con
su palabra, el Verbo, hecho carne, convierte el pan en su cuerpo y el vino en
su propia sangre; aunque fallen los sentidos, es suficiente la fe».Estas
poéticas palabras de santo Tomás de Aquino convienen perfectamente
a esta liturgia vespertina «in cena Domini», y nos ayudan a entrar
en el núcleo del misterio que celebramos. En el evangelio leemos: «Sabiendo
Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo» (Jn 13, 1). Hoy es el día en el que recordamos la institución
de la Eucaristía, don del amor y manantial inagotable de amor. En ella
está escrito y enraizado el mandamiento nuevo: «Mandatum novum
do vobis...»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis
los unos a los otros» (Jn 13, 34).
2. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma,
sin reservas, a Dios y a sus hermanos. Al lavar los pies a los Apóstoles,
el Maestro les propone una actitud de servicio: «Vosotros me llamáis
Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo
vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también
debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 13-14). Con este
gesto, Jesús revela un rasgo característico de su misión:
«Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27). Así
pues, solamente es verdadero discípulo de Cristo quien lo imita en su
vida, haciéndose como él solícito en el servicio a los
demás, también con sacrificio personal. En efecto, el servicio,
es decir, la solicitud por las necesidades del prójimo, constituye la
esencia de todo poder bien ordenado: reinar significa servir. El ministerio
sacerdotal, cuya institución hoy celebramos y veneramos, supone una actitud
de humilde disponibilidad, sobre todo con respecto a los más necesitados.
Sólo desde esta perspectiva podemos comprender plenamente el acontecimiento
de la última cena, que estamos conmemorando.
3. La liturgia define el Jueves santo como «el hoy eucarístico»,
el día en que «nuestro Señor Jesucristo encomendó
a sus discípulos la celebración del sacramento de su Cuerpo y
de su Sangre» (Canon romano para el Jueves santo). Antes de ser inmolado
en la cruz el Viernes santo, instituyó el sacramento que perpetúa
su ofrenda en todos los tiempos. En cada santa misa, la Iglesia conmemora ese
evento histórico decisivo. Con profunda emoción el sacerdote se
inclina, ante el altar, sobre los dones eucarísticos, para pronunciar
las mismas palabras de Cristo «la víspera de su pasión»,
y repite sobre el pan: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros»
(1 Co 11 24) y luego sobre el cáliz: «Este cáliz es la nueva
alianza en mi sangre» (1 Co 11, 25). Desde aquel Jueves santo de hace
casi dos mil años hasta esta tarde, Jueves santo de 1998, la Iglesia
vive mediante la Eucaristía, se deja formar por la Eucaristía,
y sigue celebrándola hasta que vuelva su Señor.Aceptemos, esta
tarde, la invitación de san Agustín: ¡Oh Iglesia amadísima,
«manduca vitam, bibe vitam: habebis vitam, et integra est vita!»:
«come la vida, bebe la vida: tendrás la vida y esa vida es íntegra»
(Sermón 131, I, 1).
4. «Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium Sanguinisque pretiosi...».
Adoremos este «mysterium fidei», del que se alimenta incesantemente
la Iglesia. Avivemos en nuestro corazón el profundo y ardiente sentido
del inmenso don que constituye para nosotros la Eucaristía.Y avivemos
también la gratitud, vinculada al reconocimiento del hecho de que nada
hay en nosotros que no nos haya dado el Padre de toda misericordia (cf. 2 Co
1, 3). La Eucaristía, el gran «misterio de la fe», sigue
siendo ante todo y sobre todo un don, algo que hemos «recibido».
Lo reafirma san Pablo al introducir el relato de la última cena con estas
palabras: «Yo recibí del Señor lo que os he transmitido»
(1 Co 11, 23). La Iglesia lo ha recibido de Cristo y al celebrar este sacramento
da gracias al Padre celestial por lo que él, en Jesús, su Hijo,
ha hecho por nosotros.Acojamos en cada celebración eucarística
este don, siempre nuevo; dejemos que su fuerza divina penetre en nuestro corazón
y lo haga capaz de anunciar la muerte del Señor hasta que vuelva. «Mysterium
fidei» canta el sacerdote después de la consagración, y
los fieles responden: «Mortem tuam annuntiamus, Domine...»: «Anunciamos
tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».
La Eucaristía contiene en sí la suma de la fe pascual de la Iglesia.También
esta tarde damos gracias al Señor por haber instituido este gran sacramento.
Lo celebramos y lo recibimos a fin de encontrar en él la fuerza para
avanzar por el camino de la existencia, esperando el día del Señor.
Entonces seremos introducidos también nosotros en la morada donde Cristo
sumo sacerdote, ya ha entrado mediante el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre.
5. «Ave, verum corpus, natum de Maria Virgine»: «Salve, verdadero
cuerpo, nacido de María Virgen», así reza hoy la Iglesia.
En esta «espera de su venida», nos acompañe María,
de la que Jesús tomó el cuerpo, el mismo cuerpo que esta tarde
compartimos fraternalmente en el banquete eucarístico.«Esto nobis
praegustatum mortis in examine»: «Concédenos pregustarte
en el momento decisivo de la muerte». Sí, tómanos de la
mano, oh Jesús eucarístico, en esa hora suprema que nos introducirá
en la luz de tu eternidad: «O Iesu dulcis! O Iesu pie! O Iesu, fili Mariae!».
ANEXO 2
CAPÍTULO II - CONCILIO VATICANO II
SOBRE EL SACROSANTO MISTERIO DE LA EUCARISTÍA
47. Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que él se
entregaba, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y
Sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su venida, el Sacrificio
de la Cruz y a confiar a su amada Esposa, la Iglesia, el memorial de su Muerte
y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo
de caridad[36], banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena
de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria[37].
48. Por lo tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos
no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores,
sino que entendiéndolo bien por medio de los ritos y oraciones participen
consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos
con la palabra de Dios, se alimenten en la mesa del Cuerpo del Señor,
den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia
inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino que, juntamente con
él, se perfeccionen día a día por Cristo Mediador[38],
en la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo
en todos.
49. Por consiguiente, para que el Sacrificio de la Misa, aún por la forma
de los ritos alcance plena eficacia pastoral, el Sacrosanto Concilio, teniendo
en cuenta las Misas que se celebran con asistencia del pueblo, especialmente
los domingos y fiestas de precepto, decreta lo que sigue.
50. Revísese el «ordinario» de la Misa, de modo que se manifieste
con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión
y se haga más fácil la piadosa y activa participación de
los fieles.En consecuencia, simplifíquense los ritos, conservando con
cuidado su sustancia; suprímase las cosas menos útiles que, con
el correr del tiempo, se han duplicado o añadido; restablézcanse,
en cambio, de acuerdo con la primitiva norma, según la tradición
de los santos Padres, algunas cosas que han desaparecido a causa del tiempo,
según se estime conveniente o necesario.
51. A fin que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia
para los fieles, se abran con la mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de
modo que, en un determinado período de años, se lean al pueblo
las partes más significativas de la Sagrada Escritura.52. Se recomienda
encarecidamente, como parte de la misma liturgia, la homilía, en la cual
se exponen durante el ciclo del año litúrgico, sobre la base de
los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana.
Más aún: en las Misas, que se celebran los domingos y fiestas
de precepto con asistencia del pueblo, nunca se omita la homilía, sino
sólo por una causa grave.
53. Se restablezca la «oración común» o «de
los fieles» después del evangelio y la homilía, principalmente
los domingos y fiestas de precepto, para que, con la participación del
pueblo, se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes,
por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación
del mundo entero[39].
54. En las Misas celebradas con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido
a la lengua vulgar, principalmente en las lecturas y en la «oración
común» y, según las circunstancias dellugar, también
en las partes que corresponden al pueblo, conforme al artículo 36 de
esta Constitución.Sin embargo, se procure que los fieles lleguen también
a recitar o cantar juntos, en latín, las partes del «ordinario»
de la Misa que les corresponden.Si en algún sitio parece oportuno un
uso más amplio de la lengua vulgar en la Misa, cúmplase lo prescrito
en el Art. 40 de esta Constitución.
55. Se recomienda especialmente la participación más perfecta
en la Misa, la cual consiste en que los fieles, después de la Comunión
del sacerdote, reciban del mismo Sacrificio el Cuerpo del Señor.Manteniendo
firmes los principios dogmáticos declarados por el Concilio de Trento[40],
la Comunnión bajo ambas especies puede concederse, en los casos que la
Sede Apostólica determine, tanto a los clérigos y religiosos como
a los laicos, a juicio de los Obispos; como, por ejemplo, a los ordenados en
la Misa de su sagrada ordenación, a los que profesaren en la Misa de
su profesión religiosa, a los neófitos en la Misa que sigue a
su Bautismo.
56. Las dos partes de que consta la Misa, a saber, la Liturgia de la palabra
y de la Eucaristía, están tan íntimamente unidas que constituyen
un solo acto de culto. Por esto, el Sacrosanto Concilio exhorta con ardor a
los pastores de almas para que, en la catequesis, instruyan con cuidado a los
fieles sobre la participación en toda la Misa, especialmente en los domingos
y fiestas de precepto.
57. § 1 La concelebración, en la cual se manifiesta apropiadamente
la unidad del sacerdocio, se ha practicado hasta ahora en la Iglesia, tanto
en Oriente como en Occidente. En consecuencia, el Concilio ha decidido ampliar
la facultad de concelebrar a los casos siguientes:
1o. a) El Jueves Santo, tanto en la Misa crismal como en la Misa vespertina;
b) En las Misas de los Concilios, Conferencias episcopales y sínodos;
c) En la misa de bendición de un Abad.
2o. Además, con permiso del Ordinario, al cual pertenece juzgar de la
oportunidad de la concelebración:
a) En la Misa conventual y en la Misa principal de las iglesias, cuando la utilidad
de los fieles no exija que todos los sacerdotes presentes celebren por separado;
b) En las Misas celebradas con ocasión de cualquier clase de reuniones
de sacerdotes, lo mismo seculares que religiosos.
§ 2 1o. Mas corresponde al Obispo reglamentar la disciplina de la concelebración
en la diócesis.
2 2o. Sin embargo, quede siempre a salvo para cada sacerdote la facultad de
celebrar la Misa individualmente, pero no al mismo tiempo en la misma iglesia,
ni el jueves de la Cena del Señor.
58. Elabórese el nuevo rito de la concelebración e inclúyase
en el Pontificial y en el Misal romano.
[36] Cf. S. Agustín, In Jn., Ev. tr. 26, 6, 13 PL 35, 1613.
[37] Brev. Rm., in festo SS. Corporis Christi, ad II Vesp. ant. ad Magnificat.
[38] Cf. S. Cyr. Alex. Comment. in Jn., Evangelium 11, 11-12 PG 74, 557-565,
praes. 564-565.
[39] Cf. 1 Tm., 2, 1-2.
[40] Sess. 21, Doctrina de Communione sub utraque specie et parvulorum, cap.
1-3; can. 1-3: Concilium Tridentinum, ed. cit. t. 8, 698-9. ![]()