CARTA APOSTÓLICA "NOVO MILENIO
INEUNTE" de JUAN PABLO II
(Selección sobre Ecumenismo) (6 enero
2001)
(toda la carta es muy importante pero aquí están seleccionados los num- 48 y ss. que se refieren al ecumenismo)
... La triste
herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo
milenio. La celebración jubilar ha incluido algún signo verdaderamente
profético y conmovedor, pero queda aún mucho camino por hacer.
En realidad, al hacernos poner la mirada en Cristo, el Gran Jubileo ha hecho
tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de unidad.
« Creo en la Iglesia, que es una »: esto que manifestamos en la
profesión de fe tiene su fundamento último en Cristo, en el
cual la Iglesia no está dividida (1 Co 1,11-13). Como Cuerpo suyo,
en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es indivisible. La
realidad de la división se produce en el ámbito de la historia,
en las relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la fragilidad
humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo-Cabeza en el
Cuerpo místico. La oración de Jesús en el cenáculo
-« como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros » (Jn 17, 21)- es a la vez revelación e
invocación. Nos revela la unidad de Cristo con el Padre como el lugar
de donde nace la unidad de la Iglesia y como don perenne que, en él,
recibirá misteriosamente hasta el fin de los tiempos. Esta unidad que
se realiza concretamente en la Iglesia católica, a pesar de los límites
propios de lo humano, emerge también de manera diversa en tantos elementos
de santificación y de verdad que existen dentro de las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales; dichos elementos, en cuanto dones propios de la
Iglesia de Cristo, les empujan sin cesar hacia la unidad plena.34
La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y
desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación
« ut unum sint » es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza
que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de corazón.
La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión
plena y visible de todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús,
no en nuestras capacidades.
En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran esperanza
a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio
de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del
tiempo en que la Iglesia respiraba con « dos pulmones » ha de
impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad
de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose
y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo.
Con análogo esmero se ha de cultivar el diálogo ecuménico
con los hermanos y hermanas de la Comunión anglicana y de las Comunidades
eclesiales nacidas de la Reforma. La confrontación teológica
sobre puntos esenciales de la fe y de la moral cristiana, la colaboración
en la caridad y, sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad, con la ayuda
de Dios, producirán sus frutos en el futuro. Entre tanto, continuemos
con confianza en el camino, anhelando el momento en que, con todos los discípulos
de Cristo sin excepción, podamos cantar juntos con voz clara: «
Ved qué dulzura, que delicia, convivir los hermanos unidos »
(Sal 133,1).