INTRODUCCIÓN
I CONOCER EL ORIENTE CRISTIANO UNA EXPERIENCIA
DE FE
II DEL CONOCIMIENTO AL ENCUENTRO
Venerados Hermanos,
Amadísimos Hijos e Hijas de la Iglesia
INTRODUCCIÓN
1. La luz del Oriente (ORIENTALE LUMEN) ha iluminado a la Iglesia universal,
desde que apareció sobre nosotros «una Luz de la altura»
(Lc 1, 78), Jesucristo, nuestro Señor, a quien todos los cristianos invocan
como Redentor del hombre y esperanza del mundo.
Esa luz inspiró a mi Predecesor el Papa León XIII la Carta Apostólica
Orientalium Dignitas con la que quiso defender el significado de las Tradiciones
orientales para toda la Iglesia(1).
Con ocasión del centenario de ese acontecimiento y de las iniciativas
contemporáneas con las que ese Pontífice deseaba favorecer la
reconstrucción de la unidad con todos los cristianos de Oriente, he querido
que ese llamamiento, enriquecido por las numerosas experiencias de conocimiento
y de encuentro que se han llevado a cabo en este último siglo, se dirigiera
a la Iglesia católica.
En efecto, dado que creemos que la venerable y antigua tradición de las
Iglesias Orientales forma parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo,
la primera necesidad que tienen los católicos consiste en conocerla para
poderse alimentar de ella y favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidades,
el proceso de la unidad.
Nuestros hermanos orientales católicos tienen plena conciencia de ser,
junto con los hermanos ortodoxos, los portadores vivos de esa tradición.
Es necesario que también los hijos de la Iglesia católica de tradición
latina puedan conocer con plenitud ese tesoro y sentir así, al igual
que el Papa, el anhelo de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena
manifestación de la catolicidad de la Iglesia, expresada no por una sola
tradición, ni mucho menos por una comunidad contra la otra; y el anhelo
de que también todos nosotros podamos gozar plenamente de ese patrimonio
indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal(2) que se conserva y
crece tanto en la vida de las Iglesias de Oriente como en las de Occidente.
2. Mi mirada se dirige al Orientale Lumen que brilla desde Jerusalén
(cfr. Is 60, 1; Ap 21, 10), la ciudad en la que el Verbo de Dios, hecho hombre
por nuestra salvación, judío «nacido del linaje de David»
(Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8), murió y fue resucitado. En esa ciudad santa, al
llegar el día de Pentecostés «estando todos reunidos en
un mismo lugar» (Hch 2, 1), el Espíritu Paráclito fue enviado
a María y a los discípulos. Desde allí la Buena Nueva se
difundió por el mundo porque, llenos del Espíritu Santo, «predicaban
la Palabra de Dios con valentía» (Hch 4, 31). Desde allí,
desde la madre de todas las Iglesias(3), se predicó el Evangelio a todas
las naciones, muchas de las cuales se glorían de haber tenido a uno de
los apóstoles como primer testigo del Señor(4). En esa ciudad
las culturas y las tradiciones más diversas convivieron en el nombre
del único Dios, (cfr. Hch 2, 9-11). Al recordarla con nostalgia y gratitud
encontramos la fuerza y el entusiasmo para intensificar la búsqueda de
la armonía en la autenticidad y pluriformidad que sigue siendo el ideal
de la Iglesia(5).
3. Un Papa, hijo de un pueblo eslavo, siente de forma particular en su corazón
la llamada de esos pueblos hacia los que se dirigieron los dos santos hermanos
Cirilo y Metodio, ejemplo glorioso de apóstoles de la unidad, que supieron
anunciar a Cristo en la búsqueda de la comunión entre Oriente
y Occidente, a pesar de las dificultades que ya por entonces enfrentaban a los
dos mundos. En varias ocasiones he destacado el ejemplo de la labor que llevaron
a cabo(6), también dirigiéndome a los que son sus hijos en la
fe y en la cultura.
Estas consideraciones quieren ahora ensancharse hasta abrazar a todas las Iglesias
Orientales, en la variedad de sus diversas tradiciones. A los hermanos de las
Iglesias de Oriente se dirige mi pensamiento, con el deseo de buscar juntos
la fuerza de una respuesta a los interrogantes que se plantea el hombre de hoy,
en todas las latitudes del mundo. A su patrimonio de fe y de vida quiero dirigirme,
con la conciencia de que el camino de la unidad no puede admitir retrocesos,
sino que es irreversible como el llamado del Señor a la unidad. «Amadísimos
hermanos, tenemos este objetivo común; debemos decir todos juntos, tanto
en Oriente como en Occidente: Ne evacuetur Crux! (cf. 1 Co 1, 17). Que no se
desvirtúe la cruz de Cristo, porque, si se desvirtúa la cruz de
Cristo, el hombre pierde sus raíces y sus perspectivas: queda destruido.
Éste es el grito al final del siglo veinte. Es el grito de Roma, el grito
de Constantinopla y el grito de Moscú. Es el grito de toda la cristiandad:
de América, de África, de Asia, de todos. Es el grito de la nueva
evangelización»(7).
A las Iglesias de Oriente se dirige mi pensamiento, como han hecho otros muchos
Papas en el pasado, sintiendo que se dirigía ante todo a ellos el mandato
de mantener la unidad de la Iglesia y de buscar incansablemente la unión
de los cristianos en los lugares donde hubiera sido desgarrada. Ya nos une un
vínculo muy estrecho. Tenemos en común casi todo(8); y tenemos
en común sobre todo el anhelo sincero de alcanzar la unidad.
4. A todas las Iglesias, tanto de Oriente como de Occidente, llega el grito
de los hombres de hoy que quieren encontrar un sentido a su vida. Nosotros percibimos
en ese grito la invocación de quien busca al Padre olvidado y perdido
(cfr. Lc 15, 18-20; Jn 14, 8). Las mujeres y los hombres de hoy nos piden que
les mostremos a Cristo, que conoce al Padre y nos lo ha revelado (cfr. Jn 8,
55; 14, 8-11). Dejándonos interpelar por las demandas del mundo, escuchándolas
con humildad y ternura, con plena solidaridad hacia quien las hace, estamos
llamados a mostrar con palabras y gestos de hoy las inmensas riquezas que nuestras
Iglesias conservan en los cofres de sus tradiciones. Aprendemos del mismo Señor
quien, a lo largo del camino, se detenía entre la gente, la escuchaba,
se conmovía cuando los veía «como ovejas sin pastor»
(Mt 9, 36; cfr. Mc 6, 34). De él debemos aprender esa mirada de amor
con la que reconciliaba a los hombres con el Padre y consigo mismos, comunicándoles
la única fuerza capaz de sanar a todo el hombre.
Frente a esta llamada, las Iglesias de Oriente y de Occidente están invitadas
a concentrarse en lo esencial: «No podemos presentarnos ante Cristo, Señor
de la historia tan divididos como, por desgracia, nos hemos hallado durante
el segundo milenio. Esas divisiones deben dar paso al acercamiento y a la concordia;
hay que cicatrizar las heridas en el camino de la unidad de los cristianos»(9).
Más allá de nuestras fragilidades debemos dirigirnos a Él,
único Maestro, participando en su muerte, a fin de purificarnos de ese
celoso apego a los sentimientos y a los recuerdos no de las maravillas que Dios
ha obrado en favor nuestro, sino de los acontecimientos humanos de un pasado
que pesa aún con fuerza sobre nuestros corazones. El Espíritu
vuelva límpida nuestra mirada, para que, todos juntos, podamos caminar
hacia el hombre contemporáneo que espera el gozoso anuncio. Si ante las
expectativas y los sufrimientos del mundo damos una respuesta unánime,
iluminadora y vivificante, contribuiremos de verdad a un anuncio más
eficaz del Evangelio entre los hombres de nuestro tiempo. SUBIR
I
CONOCER EL ORIENTE CRISTIANO UNA EXPERIENCIA DE FE
5. «En Oriente y en Occidente se han seguido diversos pasos y métodos
en la investigación de la verdad revelada para conocer y confesar lo
divino. No hay que admirarse, pues, de que a veces unos hayan captado mejor
que otros y expongan con mayor claridad algunos aspectos del misterio revelado,
de manera que hay que reconocer que con frecuencia las varias fórmulas
teológicas, más que oponerse, se complementan entre sí»(10).
Llevando en el corazón las demandas, las aspiraciones y las experiencias
a las que he aludido, mi pensamiento se dirige al patrimonio cristiano de Oriente.
No pretendo describirlo ni interpretarlo: me pongo a la escucha de las Iglesias
de Oriente que sé que son intérpretes vivas del tesoro tradicional
conservado por ellas. Al contemplarlo vienen a mi mente elementos de gran significado
para una comprensión más plena e íntegra de la experiencia
cristiana y, por tanto, para dar una respuesta cristiana más completa
a las expectativas de los hombres y las mujeres de hoy. En efecto, con respecto
a cualquier otra cultura, el Oriente cristiano desempeña un papel único
y privilegiado, por ser el marco originario de la Iglesia primitiva.
La tradición oriental cristiana implica un modo de acoger, comprender
y vivir la fe en el Señor Jesús. En este sentido, está
muy cerca de la tradición cristiana de Occidente que nace y se alimenta
de la misma fe. Con todo, se diferencia también de ella, legítima
y admirablemente, puesto que el cristiano oriental tiene un modo propio de sentir
y de comprender, y, por tanto, también un modo original de vivir su relación
con el Salvador. Quiero aquí acercarme con respeto y reverencia al acto
de adoración que expresan esas Iglesias, sin tratar de detenerme en algún
punto teológico específico, surgido a lo largo de los siglos en
oposición polémica durante el debate entre Occidentales y Orientales.
Ya desde sus orígenes, el Oriente cristiano se muestra multiforme en
su interior, capaz de asumir los rasgos característicos de cada cultura
y con sumo respeto a cada comunidad particular. No podemos por menos de agradecer
a Dios, con profunda emoción, la admirable variedad con que nos ha permitido
formar, con teselas diversas, un mosaico tan rico y hermoso.
6. Hay algunos rasgos de la tradición espiritual y teológica,
comunes a las diversas Iglesias de Oriente, que caracterizan su sensibilidad
con respecto a las formas asumidas por la transmisión del Evangelio en
las tierras de Occidente. Así los sintetiza el Vaticano II: «Todos
conocen también con cuánto amor los cristianos orientales realizan
el culto litúrgico, principalmente la celebración eucarística,
fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura, por la cual los
fieles, unidos al Obispo, al tener acceso a Dios Padre por medio de su Hijo,
el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado, en la efusión
del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la santísima
Trinidad, hechos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P
1, 4)»(11).
En esos rasgos se perfila la visión oriental del cristiano, cuyo fin
es la participación en la naturaleza divina mediante la comunión
en el misterio de la santísima Trinidad. Con ellos se delinean la «monarquía»
del Padre y la concepción de la salvación según la economía,
como la presenta la teología oriental después de san Ireneo de
Lión y como se difunde entre los Padres capadocios(12).
La participación en la vida trinitaria se realiza a través de
la liturgia y, de modo especial, la Eucaristía, misterio de comunión
con el cuerpo glorificado de Cristo, semilla de inmortalidad(13). En la divinización
y sobre todo en los sacramentos la teología oriental atribuye un papel
muy particular al Espíritu Santo: por el poder del Espíritu que
habita en el hombre la deificación comienza ya en la tierra, la criatura
es transfigurada y se inaugura el Reino de Dios.
La enseñanza de los Padres capadocios sobre la divinización ha
pasado a la tradición de todas las Iglesias orientales y constituye parte
de su patrimonio común. Se puede resumir en el pensamiento ya expresado
por san Ireneo al final del siglo II: Dios ha pasado al hombre para que el hombre
pase a Dios(14). Esta teología de la divinización sigue siendo
uno de los logros más apreciados por el pensamiento cristiano oriental(15).
En este camino de divinización nos preceden aquellos a quienes la gracia
y el esfuerzo por la senda del bien hizo «muy semejantes» a Cristo:
los mártires y los santos(16). Y entre éstos ocupa un lugar muy
particular la Virgen María, de la que brotó el Vástago
de Jesé (cfr. Is 11, 1). Su figura no es sólo la Madre que nos
espera sino también la Purísima que -como realización de
tantas prefiguraciones veterotestamentarias- es icono de la Iglesia, símbolo
y anticipación de la humanidad transfigurada por la gracia, modelo y
esperanza segura para cuantos avanzan hacia la Jerusalén del cielo(17).
Aun acentuando fuertemente el realismo trinitario y su implicación en
la vida sacramental, el Oriente vincula la fe en la unidad de la naturaleza
divina con la inconoscibilidad de la esencia divina. Los Padres orientales afirman
siempre que es imposible saber lo que es Dios; sólo se puede saber que
Él existe, pues se ha revelado en la historia de la salvación
como Padre, Hijo y Espíritu Santo(18).
Este sentido de la inefable realidad divina se refleja en la celebración
litúrgica, donde todos los fieles del Oriente cristiano perciben tan
profundamente el sentido del misterio.
«Existen también en Oriente las riquezas de aquellas tradiciones
espirituales que encontraron su expresión principalmente en el monaquismo.
Pues allí, desde los tiempos gloriosos de los Santos Padres, floreció
aquella espiritualidad monástica, que se extendió luego a Occidente
y de la cual procede, como de su fuente, la institución religiosa de
los latinos, y que más tarde recibió también del Oriente
nuevo vigor. Por lo cual, se recomienda encarecidamente que los católicos
se acerquen con mayor frecuencia a estas riquezas espirituales de los Padres
orientales que elevan a todo el hombre a la contemplación de lo divino»(19). SUBIR
Evangelio, Iglesias y culturas
7. Ya
en otras ocasiones he puesto de relieve que un primer gran valor que se vive
de forma particular en el Oriente cristiano consiste en la atención a
los pueblos y a sus culturas, para que la Palabra de Dios y su alabanza resuenen
en toda lengua. De este tema he tratado ya en la Carta encíclica «Slavorum
Apostoli», en la que destacaba que Cirilo y Metodio «quisieron hacerse
semejantes en todo a los que llevaban el Evangelio; quisieron ser parte de aquellos
pueblos y compartir en todo su suerte»(20); «Se trataba de un nuevo
método de catequesis»(21). Al hacer esto tomaron una actitud muy
común en el Oriente cristiano: «Al encarnarse el Evangelio en la
peculiar cultura de los pueblos que evangelizaban, los santos Cirilo y Metodio
tuvieron un mérito particular en la formación y desarrollo de
aquella misma cultura, o mejor, de muchas culturas»(22). El respeto y
el aprecio a las culturas particulares se unen en ellos al amor por la universalidad
de la Iglesia, que incansablemente se esfuerzan por realizar. La actitud de
los dos hermanos de Salónica representaba, en la antigüedad cristiana,
un estilo típico de muchas Iglesias: la revelación se anuncia
de modo adecuado y se hace plenamente comprensible cuando Cristo habla el idioma
de los diversos pueblos, y éstos pueden leer la Escritura y cantar la
Liturgia en la lengua y con las expresiones que les son propias, casi renovando
los prodigios de Pentecostés.
En un tiempo en que se admite cada vez más que es fundamental el derecho
de todo pueblo a expresarse de acuerdo con su patrimonio de cultura y de pensamiento,
la experiencia de las diversas Iglesias de Oriente se nos presenta como un ejemplo
autorizado de inculturación bien realizada.
De este modelo aprendemos que, si queremos evitar el resurgimiento de particularismos
y también de nacionalismos exacerbados, debemos comprender que el anuncio
del Evangelio debe estar profundamente arraigado en la especificidad de las
culturas y, a la vez, abierto a confluir en una universalidad que es intercambio
con vistas a un enriquecimiento común. SUBIR
Entre memoria y espera
8. A
menudo hoy nos sentimos prisioneros del presente: es como si el hombre hubiera
perdido la conciencia de que forma parte de una historia que lo precede y lo
sigue. A esta dificultad para situarse entre el pasado y el futuro con espíritu
de gratitud por los beneficios recibidos y por los que se esperan, en particular
las Iglesias de Oriente manifiestan un marcado sentido de la continuidad, que
toma los nombres de Tradición y de espera escatológica.
La Tradición es patrimonio de la Iglesia de Cristo, memoria viva del
Resucitado que los Apóstoles, después de haberse encontrado con
él y de haber dado testimonio de él, han transmitido como recuerdo
viviente a sus sucesores, en una línea ininterrumpida que es garantizada
por la sucesión apostólica, mediante la imposición de las
manos, hasta los Obispos de hoy. Esa Tradición se articula en el patrimonio
histórico y cultural de cada Iglesia, modelado en ella por el testimonio
de los mártires, de los padres y de los santos, así como por la
fe viva de todos los cristianos a lo largo de los siglos hasta nuestros días.
No se trata de una repetición inalterada de fórmulas, sino de
un patrimonio que conserva vivo el núcleo kerigmático originario.
Esa Tradición es la que preserva a la Iglesia del peligro de recoger
sólo opiniones mudables y garantiza su certeza y su continuidad.
Cuando los usos y costumbres propios de cada Iglesia se entienden meramente
como inmovilidad, la Tradición corre el peligro de perder su carácter
de realidad viva, que crece y se desarrolla, y que el Espíritu le garantiza
precisamente para que hable a los hombres de todo tiempo. Y de la misma forma
que la Escritura crece con quien la lee(23), así también cualquier
otro elemento del patrimonio vivo de la Iglesia crece en la comprensión
de los creyentes y se enriquece con aportaciones nuevas, en la fidelidad y en
la continuidad(24). Únicamente una asimilación religiosa, en la
obediencia de la fe, de lo que la Iglesia llama «Tradición»
permitirá a ésta encarnarse en las diversas situaciones y condiciones
histórico-culturales(25). La Tradición nunca es mera nostalgia
de cosas o formas pasadas, o añoranza de privilegios perdidos, sino la
memoria viva de la Esposa conservada eternamente joven por el Amor que habita
en ella.
Si la Tradición nos sitúa en continuidad con el pasado, la espera
escatológica nos abre al futuro de Dios. Toda Iglesia debe luchar contra
la tentación de absolutizar lo que realiza y, por tanto, de autocelebrarse
o de abandonarse al pesimismo. El tiempo es de Dios, y todo lo que se realiza
no se identifica nunca con la plenitud del Reino, que es siempre don gratuito.
El Señor Jesús vino a morir por nosotros y resucitó de
entre los muertos, mientras la creación, salvada en la esperanza, sufre
aún dolores de parto (cfr. Rm 8, 22); ese mismo Señor volverá
para entregar el cosmos al Padre (cfr. 1 Co 15, 28). La Iglesia invoca esta
vuelta, cuyo testigo privilegiado es el monje y el religioso.
El Oriente expresa de modo vivo las realidades de la tradición y de la
espera. Toda su liturgia, en particular, es memorial de la salvación
e invocación de la vuelta del Señor. Y si la Tradición
enseña a las Iglesias la fidelidad a lo que las ha engendrado, la espera
escatológica las impulsa a ser lo que aún no son en plenitud y
que el Señor quiere que lleguen a ser, y por tanto a buscar siempre caminos
nuevos de fidelidad, venciendo el pesimismo por estar proyectadas hacia la esperanza
de Dios, que no defrauda.
Debemos mostrar a los hombres la belleza de la memoria, la fuerza que nos viene
del Espíritu y que nos convierte en testigos, porque somos hijos de testigos;
hacerles gustar las cosas estupendas que el Espíritu ha esparcido en
la historia; mostrar que es precisamente la Tradición la que las conserva,
dando, por tanto, esperanza a los que, aun sin haber logrado que sus esfuerzos
de bien tuvieran éxito, saben que otro los llevará a término;
entonces el hombre se sentirá menos solo, menos encerrado en el rincón
estrecho de su propia actividad individual. SUBIR
El
monaquismo como ejemplaridad de vida bautismal
9. Quisiera ahora contemplar el vasto panorama del cristianismo de Oriente desde
una altura particular, que permite descubrir muchos de sus rasgos: el monaquismo.
En Oriente el monaquismo ha conservado una gran unidad, y no ha conocido, como
en Occidente, la formación de los distintos tipos de vida apostólica.
Las varias expresiones de la vida monástica, desde el cenobitismo rígido,
como lo concebían Pacomio o Basilio, hasta el eremitismo más riguroso
de un Antonio o de un Macario el egipcio, corresponden más a etapas diversas
del camino espiritual que a la opción entre diferentes estados de vida.
Ahora bien, todos hacen referencia al monaquismo en sí, sea cual sea
la forma en que se manifieste.
Además, en Oriente el monaquismo no se ha contemplado sólo como
una condición aparte, propia de una clase de cristianos, sino sobre todo
como punto de referencia para todos los bautizados, en la medida de los dones
que el Señor ha ofrecido a cada uno, presentándose como una síntesis
emblemática del cristianismo.
Cuando Dios llama de modo total, como en la vida monástica, la persona
puede alcanzar el punto más alto de cuanto la sensibilidad, la cultura
y la espiritualidad son capaces de expresar. Eso vale con mayor razón
para las Iglesias orientales, para las que el monaquismo constituyó una
experiencia esencial y que aún hoy sigue floreciendo en ellas, en cuanto
cesa la persecución y los corazones pueden elevarse con libertad hacia
el cielo. El monasterio es el lugar profético en que la creación
se transforma en alabanza de Dios y el mandamiento de la caridad, vivida en
la práctica, se convierte en ideal de convivencia humana, y donde el
ser humano busca a Dios sin barreras e impedimentos, transformándose
en referencia para todos, llevándolos en el corazón y ayudándoles
a buscar a Dios.
Quisiera recordar también el magnífico testimonio de las monjas
en el Oriente cristiano. Ha constituido un modelo de valorización de
lo específico femenino en la Iglesia, incluso forzando la mentalidad
del tiempo. Durante las persecuciones recientes, sobre todo en los países
del Este de Europa, cuando muchos monasterios masculinos fueron cerrados con
violencia, el monaquismo femenino conservó encendida la antorcha de la
vida monástica. El carisma de la monja, con sus características
específicas, es un signo visible de la maternidad de Dios a la que, con
frecuencia, se refiere la sagrada Escritura.
Así pues, miraré al monaquismo, para descubrir aquellos valores
que considero hoy muy importantes para expresar la aportación del Oriente
cristiano al camino de la Iglesia de Cristo hacia el Reino. Sin ser exclusivos
ni de la experiencia monástica ni del patrimonio de Oriente, estos aspectos
a menudo han adquirido en él una connotación particular. Por lo
demás, no estamos tratando de valorizar la exclusividad sino el enriquecimiento
recíproco en lo que el único Espíritu ha suscitado en la
única Iglesia de Cristo.
El monaquismo ha sido, desde siempre, el alma misma de las Iglesias orientales:
los primeros monjes cristianos nacieron en Oriente y la vida monástica
fue parte integrante del lumen oriental transmitido a Occidente por los grandes
Padres de la Iglesia indivisa(26).
Los notables rasgos comunes que unen la experiencia monástica de Oriente
y Occidente hacen de ella un admirable puente de fraternidad, donde la unidad
vivida resplandece incluso más de lo que pueda manifestarse en el diálogo
entre las Iglesias. SUBIR
Entre Palabra y Eucaristía
10. El
monaquismo, de modo particular, revela que la vida está suspendida entre
dos cumbres: la Palabra de Dios y la Eucaristía. Eso significa que, incluso
en sus formas eremíticas, es siempre respuesta personal a una llamada
individual y, a la vez, evento eclesial y comunitario.
La Palabra de Dios es el punto de partida del monje, una Palabra que llama,
que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los
Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia,
es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día el monje se alimenta
del pan de la Palabra. Privado de él, está casi muerto, y ya no
tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo, al que
el monje está llamado a conformarse.
Incluso cuando canta con sus hermanos la oración que santifica el tiempo,
continúa su asimilación de la Palabra. La riquísima iconografía
litúrgica, de la que con razón se enorgullecen todas las Iglesias
del Oriente cristiano, no es más que la continuación de la Palabra,
leída, comprendida, asimilada y, por último, cantada: esos himnos
son, en gran parte, sublimes paráfrasis del texto bíblico, filtradas
y personalizadas mediante la experiencia de la persona y de la comunidad.
Frente al abismo de la misericordia divina, al monje no le queda más
que proclamar la conciencia de su pobreza radical, que se convierte inmediatamente
en invocación y grito de júbilo para una salvación aún
más generosa, por ser inseparable del abismo de su miseria(27). Precisamente
por eso, la invocación de perdón y la glorificación de
Dios constituyen gran parte de la oración litúrgica. El cristiano
se halla inmerso en el estupor de esta paradoja, última de una serie
infinita, que el lenguaje de la liturgia exalta con reconocimiento: el Inmenso
se hace límite; una Virgen da a luz; por la muerte, Aquel que es la vida
derrota para siempre la muerte; en lo alto de los cielos un Cuerpo humano está
sentado a la derecha del Padre.
En el culmen de esta experiencia orante está la Eucaristía, la
otra cumbre indisolublemente vinculada a la Palabra, en cuanto lugar en el que
la Palabra se hace Carne y Sangre, experiencia celestial donde se hace nuevamente
evento.
En la Eucaristía se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad
de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquel que es oferente
y oferta: esos convocados, al participar en los Sagrados Misterios, llegan a
ser «consanguíneos»(28) de Cristo, anticipando la experiencia
de la divinización en el vínculo, ya inseparable, que une en Cristo
divinidad y humanidad.
Pero la Eucaristía es también lo que anticipa la pertenencia de
hombres y cosas a la Jerusalén celestial. Así revela de forma
plena su naturaleza escatológica: como signo vivo de esa espera, el monje
prosigue y lleva a plenitud en la liturgia la invocación de la Iglesia,
la Esposa que suplica la vuelta del Esposo en un «marana tha» repetido
continuamente no sólo con palabras, sino también con toda la vida. SUBIR
Una liturgia para todo el hombre y para todo el cosmos
11. En la experiencia litúrgica, Cristo Señor es la
luz que ilumina el camino y revela la transparencia del cosmos, precisamente
como en la Escritura. Los acontecimientos del pasado encuentran en Cristo significado
y plenitud, y la creación se revela como lo que es: un conjunto de rasgos
que únicamente en la liturgia encuentran su plenitud, su destino completo.
Por eso, la liturgia es el cielo en la tierra y en ella el Verbo que asumió
la carne penetra la materia con una potencialidad salvífica que se manifiesta
de forma plena en los sacramentos: allí la creación comunica a
cada uno la potencia que le ha otorgado Cristo. Así, el Señor,
inmerso en el Jordán, transmite a las aguas un poder que las capacita
para ser baño de regeneración bautismal(29).
En este marco la oración litúrgica en Oriente muestra gran capacidad
para implicar a la persona humana en su totalidad: el Misterio es cantado en
la sublimidad de su contenido, pero también en el calor de los sentimientos
que suscita en el corazón de la humanidad salvada. En la acción
sagrada también la corporeidad está convocada a la alabanza, y
la belleza, que en Oriente es uno de los nombres con que más frecuentemente
se suele expresar la divina armonía y el modelo de la humanidad transfigurada(30),
se muestra por doquier: en las formas del templo, en los sonidos, en los colores,
en las luces y en los perfumes. La larga duración de las celebraciones,
las continuas invocaciones, todo expresa un progresivo ensimismarse en el misterio
celebrado con toda la persona. Y así la plegaria de la Iglesia se transforma
ya en participación en la liturgia celeste, anticipo de la bienaventuranza
final.
Esta valorización integral de la persona en sus componentes racionales
y emotivos, en el «éxtasis» y en la inmanencia, es de gran
actualidad, y constituye una admirable escuela para comprender el significado
de las realidades creadas: no son ni un absoluto ni un nido de pecado e iniquidad.
En la liturgia las cosas revelan su naturaleza de don que el Creador regala
a la humanidad: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy
bien» (Gn 1, 31). Aunque todo ello está marcado por el drama del
pecado, que hace pesada la materia e impide su transparencia, ésta es
redimida en la Encarnación y hecha plenamente teofórica, es decir,
capaz de ponernos en relación con el Padre: esta propiedad queda de manifiesto
sobre todo en los santos misterios, los Sacramentos de la Iglesia.
El Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad; al contrario, la valoriza
plenamente en el acto litúrgico, en el que el cuerpo humano muestra su
naturaleza íntima de templo del Espíritu y llega a unirse al Señor
Jesús, hecho también él cuerpo para la salvación
del mundo. Y esto no implica una exaltación absoluta de todo lo que es
físico, porque conocemos bien qué desorden introdujo el pecado
en la armonía del ser humano. La liturgia revela que el cuerpo, atravesando
el misterio de la cruz, está en camino hacia la transfiguración,
hacia la pneumatización: en el monte Tabor Cristo lo mostró resplandeciente,
como el Padre quiere que vuelva a estar.
Y también la realidad cósmica está invitada a la acción
de gracias, porque todo el cosmos está llamado a la recapitulación
en Cristo Señor. En esta concepción se manifiesta una enseñanza
equilibrada y admirable sobre la dignidad, el respeto y la finalidad de la creación
y del cuerpo humano en particular. Rechazando por igual todo dualismo y todo
culto del placer que sea fin en sí mismo, el cuerpo se convierte en lugar
hecho luminoso por la gracia y, por consiguiente, plenamente humano.
A quien busca una relación de auténtico significado consigo mismo
y con el cosmos, tan a menudo aún desfigurado por el egoísmo y
la avidez, la liturgia le revela el camino hacia el equilibrio del hombre nuevo
y le invita a respetar la potencialidad eucarística del mundo creado:
está destinado a ser asumido en la Eucaristía del Señor,
en su Pascua presente en el sacrificio del altar. SUBIR
Una mirada limpia para descubrirse a sí mismos
12. A
Cristo, el Hombre-Dios, se dirige la mirada del monje: en su rostro desfigurado,
varón de dolores, descubre ya el anuncio profético del rostro
transfigurado del Resucitado. Al espíritu contemplativo Cristo se revela
como a las mujeres de Jerusalén, que subieron a contemplar el misterioso
espectáculo del Calvario. Y así, formada en esa escuela, la mirada
del monje se acostumbra a contemplar a Cristo también en los pliegues
escondidos de la creación y en la historia de los hombres, también
ella comprendida en su progresivo conformarse al Cristo total.
La mirada progresivamente cristificada aprende así a alejarse de lo exterior,
del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide al hombre la levedad
que le permitiría dejarse conquistar por el Espíritu. Al recorrer
ese camino, se deja reconciliar con Cristo en un incesante proceso de conversión:
en la conciencia de su pecado y de la lejanía del Señor, que se
transforma en compunción del corazón, símbolo de su bautismo
en el agua saludable de las lágrimas; en el silencio y en el sosiego
interior buscado y donado, donde se aprende a hacer que el corazón palpite
en armonía con el ritmo del Espíritu, eliminando toda doblez o
ambigüedad. Este hacerse cada vez más sobrio y esencial, más
transparente a sí mismo, puede llevarlo a caer en el orgullo y en la
intransigencia, si llega a considerar que eso es fruto de su esfuerzo ascético.
El discernimiento espiritual, en la purificación continua, lo vuelve
entonces humilde y manso, consciente de captar sólo algún rasgo
de esa verdad que lo sacia, porque es don del Esposo, único que encierra
la plenitud de la felicidad.
Al hombre que busca el significado de la vida, el Oriente le ofrece esta escuela
para conocerse y ser libre, amado por aquel Jesús que dijo: «Venid
a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré
descanso» (Mt 11, 28). A quien busca la curación interior, le dice
que siga buscando: si la intención es recta y el camino honrado, al final
el rostro del Padre se dará a conocer, impreso como está en las
profundidades del corazón humano. SUBIR
Un padre en el Espíritu
13. El recorrido del monje, por lo general, no sólo está
marcado por un esfuerzo personal, sino que también hace referencia a
un padre espiritual, al que se abandona con confianza filial, seguro de que
en él se manifiesta la tierna y exigente paternidad de Dios. Esta figura
da al monaquismo oriental una ductilidad extraordinaria: en efecto, por obra
del padre espiritual, el camino de todo monje es fuertemente personalizado en
los tiempos, en los ritmos y en los modos de la búsqueda de Dios. Precisamente
porque el padre espiritual es el punto de enlace y armonización, eso
permite al monaquismo la mayor variedad de expresiones, cenobíticas y
eremíticas. Así, el monaquismo en Oriente ha podido ser realización
de las expectativas de cada Iglesia en los varios períodos de su historia(31).
En esta búsqueda el Oriente enseña de modo particular que hay
hermanos y hermanas a los que el Espíritu ha concedido el don de la guía
espiritual: son puntos de referencia valiosos, porque miran con los ojos de
amor con que Dios nos mira. No se trata de renunciar a la propia libertad, para
que los demás nos dirijan: se trata de sacar provecho del conocimiento
del corazón, que es un verdadero carisma, para que nos ayuden, con dulzura
y firmeza, a encontrar el camino de la verdad. Nuestro mundo tiene gran necesidad
de padres. A menudo los ha rechazado, porque le parecían poco creíbles,
o su modelo daba la impresión de estar ya superado y ser poco atractivo
para la sensibilidad del momento. Sin embargo, tiene dificultad para encontrar
nuevos, y entonces sufre en el miedo y en la incertidumbre, sin modelos ni puntos
de referencia. El que es padre en el Espíritu, si es de verdad tal -y
el pueblo de Dios ha demostrado siempre que sabe reconocerlo-, no hará
a los demás iguales a sí mismo, sino que les ayudará a
encontrar el camino hacia el Reino.
Desde luego, también a Occidente se le ha concedido el don admirable
de una vida monástica, tanto masculina como femenina, que conserva el
don de la guía en el Espíritu y espera ser valorizada. Ojalá
que en ese ámbito, y dondequiera que la gracia suscite esos valiosos
instrumentos de maduración interior, los responsables cultiven y valoren
tal don y que todos hagan uso de él: así experimentarán
cómo la paternidad en el Espíritu es consuelo y ayuda para su
camino de fe(32). SUBIR
Comunión y servicio
14. Precisamente gracias al progresivo desapego de lo que en el mundo
le impide lograr la comunión con su Señor, el monje considera
el mundo como lugar donde se refleja la belleza del Creador y el amor del Redentor.
En su oración el monje pronuncia una epíclesis del Espíritu
sobre el mundo y está seguro de que será escuchado, porque esa
plegaria forma parte de la misma oración de Cristo. Y así siente
nacer en sí mismo un amor profundo hacia la humanidad, el amor que la
oración en Oriente tan frecuentemente celebra como atributo de Dios,
el amigo de los hombres que no ha dudado en entregar a su Hijo para que el mundo
se salve. Con esta actitud, a veces, el monje puede contemplar ese mundo ya
transfigurado por la acción deificante de Cristo muerto y resucitado.
Cualquiera que sea la modalidad que el Espíritu le reserve, el monje
es siempre esencialmente el hombre de la comunión. Con este nombre se
ha indicado, ya desde la antigüedad, también el estilo monástico
de la vida cenobítica. El monaquismo nos muestra que no existe una auténtica
vocación que no nazca de la Iglesia y para la Iglesia. De ello da testimonio
la experiencia de tantos monjes que, encerrados en sus celdas, infunden en su
oración una pasión extraordinaria no sólo por la persona
humana sino también por toda criatura, en la invocación incesante
para que todo se convierta a la corriente salvífica del amor de Cristo.
Este camino de liberación interior en la apertura al Otro convierte al
monje en el hombre de la caridad. En la escuela del apóstol Pablo que
indica la plenitud de la ley en la caridad (cfr. Rm 13, 10), la comunión
monástica oriental siempre ha tratado de garantizar la superioridad del
amor con respecto a toda ley.
Esa caridad se manifiesta, ante todo, en el servicio a los hermanos en la vida
monástica, pero también en la comunidad eclesial, en formas que
varían según los tiempos y lugares, y van desde las obras sociales
hasta la predicación itinerante. Las Iglesias de Oriente han vivido con
gran generosidad este compromiso, comenzando por la evangelización, que
es el servicio más alto que el cristiano puede prestar a su hermano,
para proseguir con muchas otras formas de servicio espiritual y material. Es
más, se puede decir que el monaquismo fue en la antigüedad -y, en
varias ocasiones, también en tiempos sucesivos- el instrumento privilegiado
para la evangelización de los pueblos.
Una persona en relación
15. La vida del monje da razón de la unidad que existe en Oriente
entre espiritualidad y teología: el cristiano, y el monje en particular,
más que buscar verdades abstractas, sabe que sólo su Señor
es Verdad y Vida, pero sabe también que él es el Camino (cfr.
Jn 14, 6) para alcanzar ambas: conocimiento y participación son, por
tanto, una sola realidad: de la persona al Dios trino a través de la
Encarnación del Verbo de Dios.
El Oriente nos ayuda a delinear con gran riqueza de elementos el significado
cristiano de la persona humana. Se centra en la Encarnación, que ilumina
incluso a la creación. En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre,
se revela la plenitud de la vocación humana: para que el hombre se convirtiera
en Dios, el Verbo asumió la humanidad. El hombre, que experimenta continuamente
el gusto amargo de su límite y de su pecado, no se abandona a la recriminación
o a la angustia, porque sabe que en su interior actúa el poder de la
divinidad. La humanidad fue asumida por Cristo sin separación de la naturaleza
divina y sin confusión(33), y el hombre no se queda solo para intentar,
de mil modos a menudo frustrados, una imposible ascensión al cielo: hay
un tabernáculo de gloria, que es la persona santísima de Jesús
el Señor, donde lo humano y lo divino se encuentran en un abrazo que
nunca podrá deshacerse: el Verbo se hizo carne, en todo semejante a nosotros,
excepto en el pecado. Él vierte la divinidad en el corazón enfermo
de la humanidad e, infundiéndole el Espíritu del Padre, la hace
capaz de llegar a ser Dios por la gracia.
Pero si esto nos lo ha revelado el Hijo, entonces nos ha sido otorgado acercarnos
al misterio del Padre, principio de comunión en el amor. La Trinidad
santísima se nos presenta entonces como una comunidad de amor: conocer
a ese Dios significa sentir la urgencia de que hable al mundo, de que se comunique;
y la historia de la salvación no es más que la historia del amor
de Dios a la criatura que ha amado y elegido, queriéndola «según
el icono del icono» -como se expresa la intuición de los Padres
orientales(34)-, es decir, creada a imagen de la Imagen, que es el Hijo, llevada
a la comunión perfecta por el santificador, el Espíritu de amor.
E incluso cuando el hombre peca, este Dios lo busca y lo ama, para que la relación
no se rompa y el amor siga existiendo. Y lo ama en el misterio del Hijo, que
se deja matar en la cruz por un mundo que no lo reconoció, pero es resucitado
por el Padre, como garantía perenne de que nadie puede matar el amor,
porque cualquiera que sea partícipe de ese amor está tocado por
la Gloria de Dios: este hombre transformado por el amor es el que los discípulos
contemplaron en el Tabor, el hombre que todos nosotros estamos llamados a ser. SUBIR
Un silencio que adora
16. Ahora bien, este misterio continuamente se vela, se cubre de
silencio(35), para evitar que, en lugar de Dios, construyamos un ídolo.
Sólo en una purificación progresiva del conocimiento de comunión,
el hombre y Dios se encontrarán y reconocerán en el abrazo eterno
su connaturalidad de amor, nunca destruida.
Nace así lo que se suele llamar el apofatismo del Oriente cristiano:
cuanto más crece el hombre en el conocimiento de Dios, tanto más
lo percibe como misterio inaccesible, inaferrable en su esencia. Eso no se ha
de confundir con un misticismo oscuro, donde el hombre se pierde en enigmáticas
realidades impersonales. Más aún, los cristianos de Oriente se
dirigen a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, personas vivas, tiernamente
presentes, a las que expresan una doxología litúrgica solemne
y humilde, majestuosa y sencilla. Sin embargo, perciben que a esta presencia
nos acercamos sobre todo dejándonos educar en un silencio adorante, porque
en el culmen del conocimiento y de la experiencia de Dios está su absoluta
trascendencia. A ello se llega, más que a través de una meditación
sistemática, mediante la asimilación orante de la Escritura y
de la Liturgia.
En esta humilde aceptación del límite creatural frente a la infinita
trascendencia de un Dios que no cesa de revelarse como el Dios-Amor, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, en el gozo del Espíritu Santo, veo expresada
la actitud de la oración y el método teológico que el Oriente
prefiere y sigue ofreciendo a todos los creyentes en Cristo.
Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia
adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma
sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que
ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue
a cubrirlo con un velo (cfr. Ex 34, 33) y para que nuestras asambleas sepan
hacer espacio a la presencia de Dios, evitando celebrarse a sí mismas;
la predicación, para que no se engañe pensando que basta multiplicar
las palabras para atraer hacia la experiencia de Dios; el compromiso, para renunciar
a encerrarse en una lucha sin amor y perdón. De ese silencio tiene necesidad
el hombre de hoy, que a menudo no sabe callar por miedo de encontrarse a sí
mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda
de significado; el hombre que se aturde en el ruido. Todos, tanto creyentes
como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar,
cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra. SUBIR
II
DEL CONOCIMIENTO AL ENCUENTRO
17. Han transcurrido treinta años desde que los Obispos de la Iglesia
católica, reunidos en Concilio con la presencia de no pocos hermanos
de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, escucharon la voz del
Espíritu que iluminaba verdades profundas sobre la naturaleza de la Iglesia,
manifestando así que todos los creyentes en Cristo se encontraban mucho
más cercanos de lo que se pudiera pensar, todos en camino hacia el único
Señor, todos sostenidos y apoyados por su gracia. De aquí brotaba
una invitación cada vez más apremiante a la unidad.
Desde entonces se ha avanzado mucho en el conocimiento recíproco. Este
conocimiento ha intensificado la estima y nos ha permitido a menudo orar juntos
al único Señor y también los unos por los otros, en un
camino de caridad que ya es peregrinación de unidad.
Después de los importantes pasos dados por el Papa Pablo VI, he querido
que se prosiguiera por el camino del conocimiento recíproco en la caridad.
Puedo atestiguar la alegría profunda que ha suscitado en mí el
encuentro fraterno con tantos líderes y representantes de Iglesias y
Comunidades eclesiales en estos años. Juntos hemos compartido preocupaciones
y expectativas, juntos hemos invocado la unión entre nuestras Iglesias
y la paz para el mundo. Juntos nos hemos sentido más responsables del
bien común, no sólo de forma individual sino también en
nombre de los cristianos de quienes el Señor nos ha hecho pastores. A
veces, a esta Sede de Roma han llegado los apremiantes llamamientos de otras
Iglesias, amenazadas o heridas por la violencia y el atropello. A todas ha tratado
de abrirles su corazón. En favor suyo, en cuanto ha sido posible, se
ha elevado la voz del Obispo de Roma, para que los hombres de buena voluntad
escucharan el grito de nuestros hermanos que sufrían.
«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión
han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida
por Dios para su pueblo. A lo largo de los mil años que se están
concluyendo, aún más que en el primer milenio, la comunión
eclesial, "a veces no sin culpa de los hombres por ambas partes"(36),
ha conocido dolorosas laceraciones que contradicen abiertamente la voluntad
de Cristo y son un escándalo para el mundo. Desgraciadamente, estos pecados
del pasado hacen sentir todavía su peso y permanecen como tentaciones
del presente. Es necesario hacer propósito de enmienda, invocando con
fuerza el perdón de Cristo»(37).
El pecado de nuestra división es gravísimo: siento la necesidad
de que crezca nuestra disponibilidad común al Espíritu que nos
llama a la conversión, a aceptar y reconocer al otro con respeto fraterno,
a realizar nuevos gestos valientes, capaces de vencer toda tentación
de repliegue. Sentimos la necesidad de ir más allá del grado de
comunión que hemos logrado.
18. Cada día se hace más intenso en mí el deseo de volver
a recorrer la historia de las Iglesias, para escribir finalmente una historia
de nuestra unidad, y remontarnos así al tiempo en que, inmediatamente
después de la muerte y de la resurrección del Señor Jesús,
el Evangelio se difundió en las culturas más diversas, y comenzó
un intercambio fecundísimo, que aún hoy siguen testimoniando las
liturgias de las Iglesias. A pesar de que no faltaron dificultades y contrastes,
las Cartas de los Apóstoles (cfr. 2 Co 9, 11-14) y de los Padres(38)
muestran vínculos estrechísimos, fraternos, entre las Iglesias,
en una plena comunión de fe dentro del respeto de sus especificidades
e identidades respectivas. La común experiencia del martirio y la meditación
de las actas de los mártires de cada Iglesia, la participación
en la doctrina de tantos santos maestros de la fe, en una profunda circulación
y participación, refuerzan este admirable sentimiento de unidad(39).
El desarrollo de diferentes experiencias de vida eclesial no impedía
que, mediante relaciones recíprocas, los cristianos pudieran seguir sintiendo
la certeza de que en cualquier Iglesia se podían sentir como en casa,
porque de todas se elevaba, con una admirable variedad de lenguas y de modulaciones,
la alabanza del único Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo;
todas se hallaban reunidas para celebrar la Eucaristía, corazón
y modelo para la comunidad no sólo por lo que atañe a la espiritualidad
o a la vida moral, sino también para la estructura misma de la Iglesia,
en la variedad de los ministerios y de los servicios bajo la presidencia del
Obispo, sucesor de los Apóstoles(40). Los primeros concilios son un testimonio
elocuente de esta constante unidad en la diversidad(41).
Y también cuando se afianzaron ciertas incomprensiones dogmáticas
-amplificadas frecuentemente por influjo de factores políticos y culturales-
que ya llevaban a dolorosas consecuencias en las relaciones entre las Iglesias,
permaneció vivo el compromiso de invocar y promover la unidad de la Iglesia.
En los primeros contactos del diálogo ecuménico el Espíritu
Santo nos permitió afianzarnos en la fe común, continuación
perfecta del kerygma apostólico, y de esto damos gracias a Dios con todo
el corazón(42). Y aunque lentamente, ya en los primeros siglos de la
era cristiana, fueron surgiendo contrastes dentro del cuerpo de la Iglesia,
no podemos olvidar que durante todo el primer milenio perduró, a pesar
de las dificultades, la unidad entre Roma y Constantinopla. Hemos visto cada
vez con mayor claridad que lo que desgarró el tejido de la unidad no
fue tanto un episodio histórico o una simple cuestión de preeminencia,
cuanto un progresivo alejamiento, que hace que la diversidad ajena ya no se
perciba como riqueza común, sino como incompatibilidad. A pesar de que
en el segundo milenio se produce un endurecimiento en la polémica y en
la división, a medida que aumenta la ignorancia recíproca y el
prejuicio, se siguen celebrando encuentros constructivos entre jefes de Iglesias
deseosos de intensificar las relaciones y de favorecer los intercambios, así
como no disminuye la obra santa de hombres y mujeres que, reconociendo que la
contraposición es un pecado grave y estando enamorados de la unidad y
de la caridad, de muchas maneras trataron de promover, con la oración,
con el estudio y la reflexión, con el encuentro abierto y cordial, la
búsqueda de la comunión(43). Toda esta obra tan meritoria confluye
en la reflexión del concilio Vaticano II y encuentra una especie de emblema
en la anulación de las excomuniones recíprocas del año
1054 realizada por el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras
I(44).
19. El camino de la caridad conoce nuevos momentos de dificultad después
de los recientes acontecimientos que han afectado a Europa central y oriental.
Hermanos cristianos que habían sufrido juntos la persecución se
miran con recelo y temor en el momento en que se abren perspectivas y esperanzas
de mayor libertad: ¿No es éste un riesgo, nuevo y grave, de pecado
que todos, poniendo el máximo empeño, debemos tratar de vencer,
si queremos que pueblos en búsqueda puedan encontrar con más facilidad
al Dios del amor, en vez de quedar de nuevo escandalizados por nuestras divisiones
y contrastes? Cuando, con ocasión del Viernes Santo de 1994, Su Santidad
el Patriarca de Constantinopla Bartolomé I regaló a la Iglesia
de Roma su meditación sobre el «Vía Crucis», quise
recordar esta comunión en la reciente experiencia del martirio: «Nos
encontramos unidos en estos mártires entre Roma, la "Colina de las
cruces" y las islas Solovki y tantos otros campos de exterminio. Estamos
unidos por el telón de fondo de los mártires. No podemos menos
de estar unidos»(45).
Así pues, es urgente que se tome conciencia de esta gravísima
responsabilidad: hoy podemos cooperar para el anuncio del Reino o convertirnos
en causantes de nuevas divisiones. Que el Señor abra nuestros corazones,
convierta nuestras mentes y nos inspire acciones concretas, valientes, capaces,
si es necesario, de superar los lugares comunes, las fáciles resignaciones
o las actitudes de inercia. Si el que quiera ser el primero está llamado
a hacerse el servidor de todos, entonces la valentía de esta caridad
hará crecer el primado del amor. Pido al Señor que inspire, ante
todo a mí mismo y a los Obispos de la Iglesia católica, gestos
concretos que sean testimonio de esta certeza interior. Lo exige la naturaleza
más profunda de la Iglesia. Cada vez que celebramos la Eucaristía,
sacramento de la comunión, encontramos en el Cuerpo y en la Sangre, que
compartimos, el sacramento y la llamada a nuestra unidad(46). ¿Cómo
podremos ser plenamente creíbles si nos presentamos divididos ante la
Eucaristía, si no somos capaces de vivir la participación en el
mismo Señor que debemos anunciar al mundo? Frente a la recíproca
exclusión de la Eucaristía sentimos nuestra pobreza y la exigencia
de realizar todos los esfuerzos posibles para que llegue el día en que
compartamos el mismo pan y el mismo cáliz(47). Entonces, la Eucaristía
volverá a ser plenamente percibida como profecía del Reino y resonarán
de nuevo con plena verdad estas palabras tomadas de una antiquísima plegaria
eucarística: «Como este pan partido estaba esparcido por las colinas
y, reunido, llegó a ser una sola cosa, así tu Iglesia se congregue
desde los confines de la tierra en tu reino»(48). SUBIR
Experiencias de unidad
20. Algunos aniversarios de especial significado nos impulsan a dirigir
nuestro pensamiento, con afecto y reverencia, a las Iglesias orientales. Ante
todo, como ya hemos dicho, el centenario de la Carta apostólica «Orientalium
Dignitas». Desde entonces comenzó un camino que ha llevado, entre
otras cosas, en 1917, a la creación de la Congregación para las
Iglesias Orientales(49) y a la institución del Pontificio Instituto Oriental(50)
por obra del Papa Benedicto XV. Más tarde, el 5 de junio de 1960, Juan
XXIII instituyó el Secretariado para la Unión de los Cristianos(51).
En tiempos recientes, el 18 de octubre de 1990, promulgué el Código
de Cánones de las Iglesias Orientales(52), para que fuera conservada
y promovida la especificidad del patrimonio oriental.
Estos son los signos de una actitud que la Iglesia de Roma ha sentido siempre
como parte integrante del mandato que confió Jesucristo al apóstol
Pedro: confirmar a sus hermanos en la fe y en la unidad (cfr. Lc 22, 32). Los
intentos del pasado tenían sus límites, a causa de la mentalidad
de los tiempos y de la misma comprensión de las verdades sobre la Iglesia.
Pero quisiera aquí reafirmar que este compromiso lleva en su raíz
la convicción de que Pedro (cfr. Mt 16, 17-19) desea ponerse al servicio
de una Iglesia unida en la caridad. «La tarea de Pedro es la de buscar
constantemente las vías que sirvan al mantenimiento de la unidad. No
debe crear obstáculos, sino buscar soluciones. Lo cual no está
en contradicción con la tarea que le ha confiado Cristo de "confirmar
a los hermanos en la fe" (cfr. Lc 22, 32). Por otra parte, es significativo
que Cristo haya pronunciado estas palabras cuando el Apóstol iba a renegar
de él. Era como si el Maestro mismo hubiese querido decirle: "Acuérdate
de que eres débil, de que también tú tienes necesidad de
una incesante conversión. Podrás confirmar a los otros en la medida
en que tengas conciencia de tu debilidad. Te doy como tarea la verdad, la gran
verdad de Dios, destinada a la salvación del hombre; pero esta verdad
no puede ser predicada y realizada de ningún otro modo más que
amando". Es necesario, siempre, "veritatem facere in caritate"
-hacer la verdad en la caridad- (cfr. Ef 4, 15)»(53). Hoy sabemos que
la unidad puede ser realizada por el amor de Dios sólo si las Iglesias
lo quieren juntas, dentro del pleno respeto de sus propias tradiciones y de
la necesaria autonomía. Sabemos que esto sólo puede llevarse a
cabo a partir del amor de Iglesias que se sienten llamadas a manifestar cada
vez más la única Iglesia de Cristo, nacida de un solo bautismo
y de una sola Eucaristía, y que quieren ser hermanas(54). Como dije en
otra ocasión, «la Iglesia de Cristo es una sola. Si existen divisiones,
se deben superar, pero la Iglesia es una sola. La Iglesia de Cristo de Oriente
y de Occidente no puede menos de ser una; una y unida»(55).
Desde luego, a una persona de nuestro tiempo le da la impresión de que
una verdadera unión era posible sólo en el pleno respeto de la
dignidad de los demás, sin tener presente que el conjunto de los usos
y costumbres de la Iglesia latina fuese más completo o más adecuado
para mostrar la plenitud de la recta doctrina; y también que esa unión
debía ir precedida por una conciencia de comunión que implicara
a toda la Iglesia y no se limitara a un acuerdo entre los líderes. Hoy,
como se ha afirmado en repetidas ocasiones, somos conscientes de que la unidad
se realizará como el Señor quiera y cuando él quiera, y
de que exigirá la aportación de la sensibilidad y la creatividad
del amor, tal vez incluso yendo más allá de las formas ya experimentadas
en el pasado(56).
21. Las Iglesias orientales que han llegado a la plena comunión con esta
Iglesia de Roma quisieron ser una manifestación de esa solicitud, expresada
según el grado de maduración de la conciencia eclesial en ese
tiempo(57). Al entrar en la comunión católica, de ninguna manera
deseaban renegar de la fidelidad a su tradición, que han testimoniado
a lo largo de los siglos con heroísmo y a menudo pagándola con
sangre. Y aunque, a veces, en sus relaciones con las Iglesias ortodoxas, se
han producido malentendidos y claros contrastes, todos sabemos que hemos de
invocar incesantemente la divina misericordia y un corazón nuevo, capaz
de reconciliación, por encima de cualquier agravio sufrido o provocado.
En varias ocasiones se ha reafirmado que la unión plena de las Iglesias
orientales católicas con la Iglesia de Roma, ya realizada, no debe implicar
que ellas sufran una disminución en la conciencia de su propia autenticidad
y originalidad(58). Y, en caso de que se hubiera producido, el Concilio Vaticano
II las ha invitado a redescubrir plenamente su identidad, dado que «gozan
del derecho y tienen el deber de regirse según sus respectivas disciplinas
peculiares, por estar recomendadas por su venerable antigüedad, ser más
adecuadas a las costumbres de los fieles y parecer más aptas para procurar
el bien de las almas»(59). Estas Iglesias sufren en carne propia una dramática
laceración porque no pueden llegar aún a una total comunión
con las Iglesias orientales ortodoxas, con las que comparten el patrimonio de
sus padres. Una conversión constante y común es indispensable
para que avancen de forma resuelta y ágil hacia la comprensión
recíproca. Y también necesita conversión la Iglesia latina,
para que respete y valore plenamente la dignidad de los Orientales y acoja con
gratitud los tesoros espirituales de los que son portadoras las Iglesias orientales
católicas en beneficio de toda la comunión católica(60);
para que muestre concretamente, mucho más que en el pasado, cuánto
estima y admira al Oriente cristiano y cuán esencial considera su aportación
a fin de que se viva plenamente la universalidad de la Iglesia. SUBIR
Encontrarse, conocerse y trabajar juntos
22. Tengo un vivo deseo de que las palabras que San Pablo dirigía
desde Oriente a los fieles de la Iglesia de Roma resuenen hoy en boca de los
cristianos de Occidente con respecto a sus hermanos de las Iglesias orientales:
«Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo, por todos vosotros,
pues vuestra fe es alabada en todo el mundo» (Rm 1, 8). E, inmediatamente
después, el Apóstol de los gentiles declaraba con entusiasmo su
propósito: «Ansío veros, a fin de comunicaros algún
don espiritual que os fortalezca, o más bien, para sentir entre vosotros
el mutuo consuelo de la común fe: la vuestra y la mía» (Rm
1, 11-12). Esas palabras describen de forma admirable la dinámica del
encuentro: el conocimiento de los tesoros de fe ajenos -que acabo de esbozar-
produce espontáneamente el estímulo para un encuentro nuevo y
más íntimo entre hermanos, que constituya un verdadero y sincero
intercambio recíproco. Es un estímulo que el Espíritu suscita
constantemente en la Iglesia y que se hace más insistente precisamente
en los momentos de mayor dificultad.
23. Por otra parte, soy consciente de que en este momento algunas tensiones
entre la Iglesia de Roma y algunas Iglesias de Oriente hacen más difícil
el camino de la estima recíproca con vistas a la comunión. Muchas
veces esta Sede de Roma ha procurado ofrecer directrices que favorezcan el camino
común de todas las Iglesia en un momento tan importante para la vida
del mundo, sobre todo en la Europa oriental, donde acontecimientos históricos
dramáticos han impedido frecuentemente a las Iglesias orientales, en
tiempos recientes, realizar con plenitud el mandato de la evangelización,
a pesar de que sentían su urgencia(61). Hoy, las situaciones de mayor
libertad les ofrecen nuevas oportunidades, aunque los medios de que disponen
son limitados a causa de las dificultades de los Países donde actúan.
Deseo afirmar con firmeza que las comunidades de Occidente están dispuestas
a favorecer en todo -y no pocas ya actúan en ese sentido- la intensificación
de este ministerio de diaconía, aprovechando la experiencia adquirida
en años de más libre ejercicio de la caridad. ¡Ay de nosotros
si la abundancia de uno fuese causa de la humillación de otro, o de estériles
y escandalosas competiciones! Por su parte, las comunidades de Occidente han
de sentir ante todo el deber de compartir, donde sea posible, proyectos de servicio
con los hermanos de las Iglesias de Oriente o de contribuir a la realización
de cuanto ellas emprenden al servicio de sus pueblos y, en cualquier caso, nunca
han de ostentar, en los territorios de presencia común, una actitud que
pueda parecer irrespetuosa con respecto a los intensos esfuerzos que las Iglesias
de Oriente desean realizar, con tanto mayor mérito cuanto más
precaria es la propia disponibilidad.
Mostrar gestos de caridad común, una hacia la otra y juntas hacia los
hombres que se encuentran en necesidad, será un acto de elocuencia inmediata.
Evitar esto o incluso testimoniar lo contrario inducirá a cuantos nos
observan a creer que todo esfuerzo de acercamiento entre las Iglesias en la
caridad es sólo afirmación abstracta, sin convicción y
sin realización concreta.
Considero fundamental el llamado del Señor a esforzarnos, con sumo empeño,
para que todos los creyentes en Cristo testimonien unidos la propia fe, sobre
todo en los territorios donde es más consistente la convivencia entre
hijos de la Iglesia católica -latinos y orientales- e hijos de las Iglesias
ortodoxas. Después del martirio común padecido por Cristo bajo
la opresión de los regímenes ateos, ha llegado el momento de sufrir,
si fuese necesario, para no dejar de dar nunca el testimonio de la caridad entre
cristianos, porque, aunque entregáramos nuestro cuerpo a las llamas,
pero no tuviéramos caridad, nada nos aprovecharía (cfr. 1 Co 13,
3). Debemos orar intensamente para que el Señor conmueva nuestras mentes
y nuestros corazones y nos conceda la paciencia y la mansedumbre.
24. Creo que una manera importante de crecer en la comprensión recíproca
y en la unidad consiste precisamente en mejorar nuestro conocimiento recíproco.
Los hijos de la Iglesia católica ya conocen los caminos que la Santa
Sede ha señalado para que puedan alcanzar ese objetivo: conocer la liturgia
de las Iglesias de Oriente(62); profundizar el conocimiento de las tradiciones
espirituales de los Padres y de los Doctores del Oriente cristiano(63); tomar
ejemplo de las Iglesias de Oriente para la inculturación del mensaje
del Evangelio; combatir las tensiones entre Latinos y Orientales e impulsar
el diálogo entre Católicos y Ortodoxos; formar en instituciones
especializadas para el Oriente cristiano a teólogos, liturgistas, historiadores
y canonistas que puedan difundir, a su vez, el conocimiento de las Iglesias
de Oriente; ofrecer en los seminarios y en las facultades teológicas
una enseñanza adecuada sobre esas materias, sobre todo para los futuros
sacerdotes(64). Son directrices siempre muy válidas, en las que deseo
insistir con particular fuerza.
25. Además del conocimiento, considero muy importante mantener contactos
recíprocos. Al respecto, expreso mi deseo de que realicen una labor particular
los monasterios, precisamente por el papel tan especial que desempeña
la vida monástica dentro de las Iglesias y por los muchos puntos que
unen la experiencia monástica, y, en consecuencia, la sensibilidad espiritual,
en Oriente y en Occidente. Otra forma de encuentro consiste en acoger a profesores
y alumnos ortodoxos en las Universidades Pontificias y en otras instituciones
académicas católicas. Seguiremos haciendo todo lo posible para
que esa acogida pueda asumir proporciones mayores. Que Dios bendiga también
el nacimiento y el desarrollo de lugares destinados precisamente a la hospitalidad
de nuestros hermanos de Oriente, también en esta ciudad de Roma, que
conserva el recuerdo vivo y común de los corifeos de los Apóstoles
y de tantos mártires.
Es importante que las iniciativas de encuentro y de intercambio impliquen a
las comunidades eclesiales en el modo y en las formas más amplias: sabemos,
por ejemplo, cuán positivas pueden resultar algunas iniciativas de contacto
entre parroquias, como «hermanadas» para un recíproco enriquecimiento
cultural y espiritual, también en el ejercicio de la caridad.
Considero muy positivas las iniciativas de peregrinaciones comunes a los lugares
donde la santidad se ha manifestado de modo especial, en el recuerdo de hombres
y mujeres que en todo tiempo han enriquecido a la Iglesia con el sacrificio
de su vida. En esta dirección sería muy significativo llegar a
un reconocimiento común de la santidad de los cristianos que en los últimos
decenios, especialmente en los países del Este europeo, han derramado
su sangre por la única fe en Cristo.
26. Un pensamiento particular va también a los territorios de la diáspora,
donde viven, en un ámbito de mayoría latina, muchos fieles de
las Iglesias orientales que han abandonado sus tierras de origen. Estos lugares,
donde es más fácil el contacto sereno en el seno de una sociedad
pluralista, podrían ser el ambiente ideal para mejorar e intensificar
la colaboración entre las Iglesias en la formación de los futuros
sacerdotes, en los proyectos pastorales y caritativos, también en beneficio
de las tierras de origen de los Orientales.
A los Ordinarios latinos de esos Países recomiendo, de modo especial,
el estudio atento, la plena comprensión y la fiel aplicación de
los principios enunciados por esta Sede acerca de la colaboración ecuménica(65)
y de la atención pastoral a los fieles de las Iglesias orientales católicas,
sobre todo cuando se hallan privados de Jerarquía propia.
Invito a los Jerarcas y al clero oriental católico a colaborar estrechamente
con los Ordinarios latinos en una pastoral eficaz que no sea fragmentaria, sobre
todo cuando su jurisdicción se extienda sobre territorios muy vastos
donde la ausencia de colaboración significa, efectivamente, el aislamiento.
Los Jerarcas orientales católicos no deben dejar de usar ningún
medio que sirva para favorecer un clima de fraternidad, de estima sincera y
recíproca, y de colaboración con sus hermanos de las Iglesias
a las que no nos une todavía una comunión plena, en particular
hacia los que pertenecen a la misma tradición eclesial.
En los lugares de Occidente donde no existan sacerdotes orientales para asistir
a los fieles de las Iglesias orientales católicas, los Ordinarios latinos
y sus colaboradores procuren que crezca en esos fieles la conciencia y el conocimiento
de su propia tradición, e invítenlos a cooperar activamente, con
su aportación específica, al crecimiento de la comunidad cristiana.
27. Con respecto al monaquismo, teniendo en cuenta su importancia en el cristianismo
de Oriente, deseamos que vuelva a florecer en las Iglesias orientales católicas
y se apoye a los que se sientan llamados a llevar a cabo ese afianzamiento(66).
En efecto, existe un vínculo intrínseco entre la oración
litúrgica, la tradición espiritual y la vida monástica
en Oriente. Precisamente por esto, también para ellos una reanudación
bien formada y motivada de la vida monástica podría significar
un verdadero florecimiento eclesial. Y no se ha de pensar que eso implique una
disminución de la eficacia del ministerio pastoral; por el contrario,
esa eficacia quedará fortalecida por una espiritualidad tan robusta y
recuperará de esa manera su colocación ideal. Ese deseo se refiere
también a los territorios de la diáspora oriental, donde la presencia
de monasterios orientales daría mayor solidez a las Iglesias orientales
en esos Países, prestando, además, una valiosa aportación
a la vida religiosa de los cristianos de Occidente. SUBIR
Caminar juntos hacia el «Orientale Lumen»
28. Al concluir esta Carta, mi pensamiento va a nuestros amados hermanos
los Patriarcas, los Obispos, los Sacerdotes y los Diáconos, los Monjes
y las Monjas, los hombres y las mujeres de las Iglesias de Oriente.
En el umbral del tercer milenio todos sentimos que llega a nuestras Sedes el
grito de los hombres, oprimidos por el peso de amenazas graves y, sin embargo,
tal vez incluso sin darse cuenta, deseosos de conocer la historia de amor querida
por Dios. Esos hombres sientes que un rayo de luz, si es acogido, puede aún
disipar las tinieblas del horizonte de la ternura del Padre.
María, «Madre del astro que nunca se pone»(67), «aurora
del místico día»(68), «oriente del Sol de gloria»(69),
nos señala el Orientale Lumen.
De Oriente surge nuevamente cada día el sol de la esperanza, la luz que
devuelve al género humano su existencia. De Oriente, según una
hermosa imagen, regresará nuestro Salvador (cfr. Mt 24, 27).
Los hombres y las mujeres de Oriente son para nosotros signo del Señor
que vuelve. No podemos olvidarlos, no sólo porque los amamos como hermanos
y hermanas, redimidos por el mismo Señor, sino también porque
la nostalgia santa de los siglos vividos en la plena comunión de la fe
y de la caridad nos apremia, nos grita nuestros pecados, nuestras incomprensiones
recíprocas: hemos privado al mundo de un testimonio común que,
tal vez, hubiera podido evitar tantos dramas e, incluso, cambiar el sentido
de la historia.
Sentimos con dolor el hecho de no poder aún participar en la misma Eucaristía.
Ahora que el milenio está a punto de concluirse y nuestra mirada se dirige
totalmente al Sol que surge, los encontramos con gratitud en el recorrido de
nuestra mirada y de nuestro corazón.
El eco del Evangelio, palabra que no defrauda, sigue resonando con fuerza, solamente
debilitada por nuestra separación: Cristo grita, pero el hombre no logra
oír bien su voz porque nosotros no logramos transmitir palabras unánimes.
Escuchemos juntos la invocación de los hombres que quieren oír
entera la Palabra de Dios. Las palabras de Occidente necesitan las palabras
de Oriente para que la Palabra de Dios manifieste cada vez mejor sus insondables
riquezas. Nuestras palabras se unirán para siempre en la Jerusalén
del cielo, pero invocamos y queremos que ese encuentro se anticipe en la santa
Iglesia que aún camina hacia la plenitud del Reino.
Quiera Dios acortar el tiempo y el espacio. Que pronto, muy pronto, Cristo,
el Orientale Lumen, nos conceda descubrir que en realidad, a pesar de tantos
siglos de lejanía, nos encontrábamos muy cerca, porque, tal vez
sin saberlo, caminábamos juntos hacia el único Señor y,
por tanto, los unos hacia los otros.
Que el hombre del tercer milenio pueda gozar de este descubrimiento, logrado
finalmente por una palabra concorde y, en consecuencia, plenamente creíble,
proclamada por hermanos que se aman y se agradecen las riquezas que recíprocamente
se donan. Y así nos presentaremos ante Dios con las manos puras de la
reconciliación y los hombres del mundo tendrán otra sólida
razón para creer y para esperar.
Con estos deseos, imparto a todos mi Bendición. SUBIR
Vaticano, 2 de mayo, memoria de San Atanasio, Obispo y Doctor de la Iglesia,
del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
(1) Cfr. Leonis
XIII Acta, 14 (1894), 358-370. El Pontífice recuerda la estima y la ayuda
concreta que la Santa Sede ha mostrado a las Iglesias Orientales y su deseo
de conservar sus elementos específicos; además Carta Apostólica
Praeclara gratulationis (20 de junio de 1894), l.c., 195-214; Carta Encíclica
Christi nomen (24 de diciembre de 1894), l.c., 405-409.
(2) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre las Iglesias orientales católicas
Orientalium Ecclesiarum, 1; Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
17.
(3) SAN AGUSTÍN, al respecto, observa: "¿Desde dónde
comenzó a extenderse la Iglesia? Desde Jerusalén", In Epistulam
Ioannis, II, 2: PL 35, 1990.
(4) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 23;
Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 14.
(5) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
4.
(6) Cfr. Carta ap. Egregiae virtutis (31 de diciembre de 1980): AAS 73 (1981),
258-262; Carta enc. Slavorum Apostoli (2 de junio de 1985), nn. 12-14: AAS 77
(1985), 792-796.
(7) Discurso después del Vía crucis del Viernes Santo (1 de abril
de 1994): L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8
de abril de 1994, p. 3.
(8) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
14-18.
(9) Discurso al Consistorio extraordinario (13 de junio de 1994), n. 11: cfr.
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio
de 1994, p. 8.
(10) CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
17.
(11) CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
15.
(12) Cfr. SAN IRENEO, Contra las herejías V, 36, 2: SCh 153/2, 461; SAN
BASILIO, Tratado sobre el Espíritu Santo, XV, 36: PG 32, 132; XVII, 43:
l.c., 148; XVIII, 47; l.c., 153.
(13) Cfr. SAN GREGORIO DE NISA, Discurso catequético XXXVII: PG 45, 97.
(14) Cfr. Contra las herejías III, 10, 2: SCh 211/2, 121; III, 18, 7:
l.c., 365; III, 19, 1: l.c., 375; IV, 20, 4: SCh 100/2, 635; IV, 33, 4: l.c.,
811; V, Pref., SCh 153/2, 15.
(15) Injertados en Cristo, "los hombres se convierten en dioses e hijos
de Dios, ... el polvo es elevado a tal grado de gloria que prácticamente
es igual en honor y deidad a la naturaleza divina", NICOLÁS CABASILAS,
La vida en Cristo, I: PG 150, 505.
(16) Cfr. SAN JUAN DAMASCENO, Sobre las imágenes, I, 19: PG 94, 1.249.
(17) Cfr. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987),
31-34: AAS 79 (1987), 402-406; CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo
Unitatis redintegratio, 15.
(18) Cfr. SAN IRENEO, Contra las herejías, II, 28, 3-6: SCh 294, 274-284;
SAN GREGORIO DE NISA, Vida de Moisés: PG 44, 377; SAN GREGORIO NACIANCENO,
Sobre la santa Pascua, or. XLV, 3s: PG 36, 625-630.
(19) CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
15.
(20) N. 9: AAS 77 (1985), 789-790.
(21) Ibíd., n. 11: l.c., 791.
(22) Ibíd., n. 21: l.c., 802-803.
(23) "Divina eloquia cum legente crescunt": SAN GREGORIO MAGNO, In
Ezechiel, I, VII, 8: PL 76, 843.
(24) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la divina revelación
Dei Verbum, 8.
(25) Cfr. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, Interpretationis problema
(octubre de 1989), II, 1-2: Enchiridion Vaticanum 11, pp. 1.717-1.719.
(26) Ha sido grande el influjo ejercido en Occidente por la Vida de Antonio,
escrita por SAN ATANASIO: PG 26,835-977. La recuerda, entre otros, SAN AGUSTÍN
en sus Confesiones, VIII, 6: CSEL 33, 181-182. Las traducciones de obras de
los Padres orientales, entre las que se encuentran las Reglas de SAN BASILIO:
PG 31,889-1.305, la Historia de los monjes de Egipto: PG 65,441-456 y los Apotegmas
de los Padres del desierto: PG 65,72-440 marcaron el monaquismo en Occidente.
Cfr. GUILLERMO DE SAINT-THIERRY Epistula ad Fratres de Monte Dei, SCh 223, 130-384.
(27) Cfr., por ejemplo, SAN BASILIO, Regla breve: PG 31, 1.079-1.305; SAN JUAN
CRISÓSTOMO, Sobre la compunción, PG 47, 391-422; Homilías
sobre Mateo, hom. XV, 3: PG 57, 225-228; SAN GREGORIO DE NISA, Sobre las bienaventuranzas,
hom. 3: PG 44, 1.219-1.232.
(28) Cfr. NICOLÁS CABASILAS, La vida en Cristo, IV: PG 150, 584-585;
CIRILO DE ALEJANDRÍA, Tratado sobre Juan, 11: PG 74, 561; ibíd.,
12, l.c., 564; SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre Mateo, hom.
LXXXII, 5: PG 58, 743-744.
(29) Cfr. SAN GREGORIO NACIANCENO, Discurso XXXIX: PG 36.335-360.
(30) Cfr. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, El Pedagogo, III, 1, 1: SCh 158, 12.
(31) Son significativas, por ejemplo, las experiencias de Antonio. Cfr. SAN
ATANASIO, Vida de Antonio, 15: PG 26,865; de SAN PACOMIO, Les Vies coptes de
saint Pakhôme et ses successeures, ed. L. Th. Lefort, Louvain 1943, p.
3; y el testimonio de EVAGRIO PONTICO, Praktikos, 100: SCh 171, 710.
(32) Cfr. JUAN PABLO II, Homilía a los religiosos y religiosas (2 de
febrero de 1988), 6: AAS 80 (1988), 1.111.
(33) Cfr. Symbolum chalcedonense, DS 301-302.
(34) Cfr. SAN IRENEO, Contra las herejías V, 16, 2: SCh 153/2, 217; IV,
33, 4: SCh 100/2, 811; SAN ATANASIO, Contra los gentiles, 2-3 y 34: PG 25, 5-8
y 68-69; La Encarnación del Verbo, 12-13: SCh 18, 228-231.
(35) El silencio ("hesychia") es un componente esencial de la espiritualidad
monástica oriental. Cfr. Vita e detti dei Padri del Deserto: PG 65, 72-456;
EVAGRIO PONTICO, Las bases de la vida monástica: PG 40, 1.252-1.264.
(36) CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
3.
(37) JUAN PABLO II, Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 34: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18
de noviembre de 1994, p. 11.
(38) Cfr. SAN CLEMENTE ROMANO, Carta a los Corintios: Patres Apostolici, ed.
F.X. FUNK, I, 60-144; SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Cartas, l.c., 172-252;
SAN POLICARPO, Carta a los Filipenses, l.c., 266-282.
(39) Cfr. SAN IRENEO, Contra las herejías I, 10, 2: SCh 264/2, 158-160.
(40) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
26; Const. sobre la sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, 41; Decr. sobre
el ecumenismo Unitatis redintegratio, 15.
(41) Cfr. JUAN PABLO II, Carta A Concilio Constantinopolitano (25 de marzo 1981),
I, 2: AAS 73 (1981), 515; Carta ap. Duodecimum saeculum (4 de diciembre de 1987),
2 y 4: AAS 80 (1988), 242.243-244.
(42) Cfr. JUAN PABLO II, Homilía en San Pedro, en presencia de Demetrio
I, Arzobispo de Constantinopla y Patriarca Ecuménico (6 de diciembre
de 1987), 3: AAS 80 (1988), 713-714.
(43) Cfr., por ejemplo, ANSELMO DE HAVELBERG, Diálogos: PL 188, 1.139-1.248.
(44) Cfr. Tomos Agapis, Vatican - Phanar (1958-1970), Rome - Istanbul, 1971,
pp. 278-295.
(45) Discurso después del Vía crucis del Viernes Santo (1 de abril
de 1994): L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8
de abril de 1994, p. 3.
(46) Cfr. Misal Romano, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo,
oración sobre las ofrendas; ibíd., plegaria eucarística
III; SAN BASILIO, Anáfora alejandrina, ed. E. Renaudot, Liturgiarum orientalium
collectio, I, Francfurt, 1847, p. 68.
(47) Cfr. PABLO VI, Mensaje a los Mequitaristas (8 de septiembre de 1977): L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 18 de diciembre de 1977, p.
5.
(48) Didaché, IX, 4; Patres Apostolici, ed. F. X. FUNK, I, 22.
(49) Cfr. Motu proprio Dei providentis (1 de mayo de 1917): AAS 9 (1917), 529-531.
(50) Cfr. Motu proprio Orientis catholici (15 de octubre de 1917), l.c., 531-533.
(51) Cfr. Motu proprio Superno Dei nutu (5 de junio de 1960), 9: AAS 52 (1960),
435-436.
(52) Cfr. Const. ap. Sacri canones (18 de octubre de 1990): AAS 82 (1990), 1.033-1.044.
(53) JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona 1994, p. 161.
(54) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
14.
(55) Palabras a los profesores del Pontificio Instituto Oriental (12 de diciembre
de 1993): L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17
de diciembre de 1993, p. 6.
(56) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre las Iglesias Orientales Católicas
Orientalium Ecclesiarum, 30.
(57) Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje Magnum Baptismi donum (14 de febrero de 1988),
4: AAS 80 (1988), 991-992.
(58) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre las Iglesias orientales católicas
Orientalium Ecclesiarum, 24.
(59) Ibíd., 5.
(60) Cfr. CONC. ECUM. VAT. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio,
17; JUAN PABLO II, Discurso al Consistorio extraordinario (13 de junio de 1994):
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio
de 1994, p. 6.
(61) Cfr. JUAN PABLO II, Carta a los Obispos del continente europeo (31 de mayo
de 1991): AAS 84 (1992), 163-168; además, «Les Principes généraux
et Normes pratiques pour coordonner l'évangélisation et l'engagement
Oecuménique de l'Église catholique en Russie et dans les autres
Pays de la C.E.I.», (publicados por la Pontificia Comisión Pro
Russia el 1 de junio de 1992).
(62) Cfr. CONGREGACION PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Instr. In Ecclesiasticam
futurorum (3 de junio de 1979), 48: Enchiridion Vaticanum 6, p. 1.080.
(63) Cfr. CONGREGACION PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Instr. Inspectis
Dierum (10 de noviembre de 1989): AAS 82 (1990), 607-636.
(64) Cfr. CONGREGACION PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Carta. circ.
En égard au développement (6 de enero de 1987), 9-14: cfr. L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 29 de noviembre de 1987, p.
18.
(65) Cfr. PONT. CONSEJO PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS,
Directoire pour l'application des principes et des normes sur l'Oecuménisme,
V: AAS 85 (1993), 1.096-1.119.
(66) Cfr. Mensaje del Sínodo General Ordinario de los Obispos, VII: "Llamamiento
a las Religiosas y Religiosos de las Iglesias Orientales" (27 de octubre
de 1994): L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4
de noviembre de 1994, p. 6.
(67) Horologion, Himno Akáthistos a la Santísima Madre de Dios,
Ikos 5.
(68) Ibíd.
(69) Horologion, Completas del domingo (Primer tono) en la liturgia bizantina. SUBIR