UNITATIS
REDINTEGRATIO
Decreto
sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II
Roma, 21 de noviembre de 1964
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO
II - EJERCICIO DEL ECUMENISMO
CAPÍTULO
I - PRINCIPIOS CATÓLICOS DEL ECUMENISMO
INTRODUCCIÓN
Restaurar la unidad
entre todos los Cristianos es uno de los fines principales del Sacrosanto Concilio
Ecuménico Vaticano II. Porque una y única es la Iglesia fundada
por Cristo Señor; pero son muchas las Comuniones cristianas que se presentan
a los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo. Todos, ciertamente,
se presentan como discípulos del Señor, pero observan actitudes
distintas y siguen distintos caminos, como si Cristo mismo estuviera dividido
(879). División, que está en clara contradicción con la
voluntad de Cristo, es piedra de escándalo para el mundo y constituye
un obstáculo a la más santa de las causas: la predicación
del Evangelio a toda criatura.
Mas el Señor de los tiempos, que con sabiduría y paciencia prosigue
el plan de su gracia para con nosotros, los pecadores, en nuestros días
ha empezado a difundir con mayor abundancia, en los Cristianos separados entre
sí, una compunción interior y un deseo de unión. Muchos
son los hombres que se sienten conmovidos por esta gracia, y aun entre nuestros
hermanos separados ha surgido, por impulso del Espíritu Santo, un movimiento,
cada día mayor, para restaurar la unidad de todos los Cristianos. En
este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan
al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador; no sólo
individualmente, sino también reunidos en comunidades, en las que han
oído el Evangelio y a las que cada uno llama Iglesia suya e Iglesia de
Dios. Casi todos, sin embargo, aunque en distintas formas, aspiran a una Iglesia
de Dios, una y visible, verdaderamente universal, enviada a todo el mundo, para
que éste se convierta al Evangelio, y así se salve para gloria
de Dios.
Considerando, pues, este Sacrosanto Concilio con alegría todas estas
realidades, después de haber declarado la doctrina sobre la Iglesia,
animado por el deseo de restablecer la unidad entre todos los discípulos
de Cristo, quiere proponer a todos los Católicos el auxilio, orientaciones
y medios, para que puedan corresponder a esta divina vocación y gracia.
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CAPÍTULO
I
PRINCIPIOS CATÓLICOS DEL ECUMENISMO
2. En esto apareció la caridad de Dios hacia nosotros, en
que el Hijo unigénito de Dios ha sido enviado al mundo por el Padre,
para que, hecho hombre, regenerase a todo el género humano redimiéndolo
y reuniéndolo en un todo (880).
Ya El, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima
inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: Que todos sean
uno, como tú, Padre, eres en mí y yo en ti; que también
ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado
(Jn., 17, 21), e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la
Eucaristía, que significa y realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a
sus discípulos el mandato nuevo del amor mutuo (881) y les prometió
el Espíritu Paráclito (882), que, como Señor y vivificador,
permanecería con ellos eternamente.
Exaltado el Señor Jesús en la cruz y glorificado, derramó
el Espíritu prometido, por el cual llamó y congregó en
unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo de la Nueva Alianza,
que es la Iglesia, según enseña el Apóstol: Un solo cuerpo
y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza
de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo
(Ef., 4, 4-5). Puesto que todos los que habéis sido bautizados en Cristo
os habéis revestido de Cristo..., porque todos vosotros sois uno en Cristo
Jesús (Gl., 3, 27-28 gr.). El Espíritu Santo que habita en los
creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, realiza esta admirable comunión
de los fieles y los une a todos tan íntimamente en Cristo, que es el
Principio de la unidad de la Iglesia. El reparte las gracias y los oficios (883),
enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con diversas funciones para la perfección
consumada de los santos en orden a la obra del ministerio y a la edificación
del cuerpo de Cristo (Ef., 4, 12).
Para establecer doquier esta su santa Iglesia hasta la consumación de
los siglos, Jesucristo confió al Colegio de los Doce el oficio de enseñar,
de regir y de santificar (884). Entre ellos eligió a Pedro, sobre el
cual determinó edificar su Iglesia; después de su confesión
de fe, a él prometió las llaves del reino de los cielos (885),
y, después que el apóstol le repitió la profesión
de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la
fe (886) y las apacentara en la perfecta unidad (887); mas permaneciendo Jesucristo
mismo eternamente como su piedra fundamental (888) y pastor de nuestras almas
(889).
Por medio de la fiel predicación del Evangelio, por la administración
de los Sacramentos, y por el gobierno en el amor, realizado todo por los Apóstoles
y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro,
bajo la acción del Espíritu Santo, quiere Jesucristo que su pueblo
crezca y realice su comunión en la unidad por la profesión de
una sola fe, por la común celebración del culto divino y por la
concordia fraterna de la familia de Dios.
Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como un lábaro
alzado entre todos los pueblos (890), al comunicar el Evangelio de la paz a
todo el género humano (891), se siente conducida por la esperanza en
su peregrinación hacia la meta de la patria celestial (892).
Este es el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia, en Cristo y por medio
de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo que comunica la variedad
de los ministerios. El supremo modelo y principio de este misterio es la Trinidad
de personas: la unidad de un solo Dios Padre, e Hijo en el Espíritu Santo.
3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos,
surgieron algunas escisiones (893), que el Apóstol reprueba como dignas
de grave condenación (894), pero en sucesivos siglos nacieron mayores
discrepancias, al separarse de la plena comunión de la Iglesia católica
no pequeñas Comunidades, a veces por culpa de una y otra parte. Pero
los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas Comunidades
no pueden ser acusados del pecado de la secesión, y la Iglesia católica
los abraza con fraternal respeto y amor; pues quienes creen en Cristo y recibieron
el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque
no perfecta, con la Iglesia católica. En efecto; las varias discrepancias
existentes entre ellos y la Iglesia católica, ya en lo doctrinal y a
veces en lo disciplinar, ya sobre la estructura misma de la Iglesia, constituyen
obstáculos, a veces muy graves, a la plena comunión eclesiástica.
El movimiento ecumenista trata de superarlos. Sin embargo, justificados por
la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo (895), y, por lo tanto, con
todo derecho reciben el nombre de Cristianos y justamente son reconocidos como
hermanos en el Señor (896) por los hijos de la Iglesia católica.
Además, entre los elementos o bienes, por cuyo conjunto se constituye
y se vivifica la Iglesia, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes,
pueden encontrarse fuera de los límites visibles de la Iglesia católica:
la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad
y otros dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles. Todo
esto, que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única
Iglesia de Cristo.
Los hermanos separados practican también no pocos actos de culto de la
religión cristiana, que en varias formas, según la diversa condición
de cada Iglesia o Comunidad, pueden, sin duda alguna, producir efectivamente
la vida de la gracia, y se les debe reconocer como aptos para dar acceso a la
comunión de la salvación.
Por consiguiente, aunque creemos que estas Iglesias (897) y Comunidades separadas
tienen sus deficiencias, no están desprovistas de sentido y de valor
en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no
rehuye servirse de ellas como de medios de salvación, cuya fuerza se
deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que ha sido confiada
a la Iglesia.
Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus Comunidades
y sus Iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró
y convivificó para formar un solo cuerpo con una vida nueva, unidad que
manifiestan las Sagradas Escrituras y la venerable Tradición de la Iglesia.
Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el medio
general de la salvación, puede alcanzarse toda la plenitud de los medios
de salvación. Creemos que el Señor entregó todos los bienes
de la Nueva Alianza a un solo Colegio apostólico, a saber, al que preside
Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que deben incorporarse
totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al pueblo de Dios. Pueblo
que en su peregrinación por la tierra, aunque en sus miembros permanezca
sujeto al pecado, crece en Cristo, y es conducido suavemente por Dios, según
sus arcanos designios, hasta que gozoso adquiera la total plenitud de la gloria
eterna en la Jerusalén celestial.
4. Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu
Santo, se hacen muchos intentos, con la oración, la palabra y la acción
para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere, este Sacrosanto
Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, al reconocer los
signos de los tiempos, cooperen activamente a la obra ecuménica.
Por «movimiento ecuménico» se entiende el conjunto de actividades
e iniciativas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las
circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan para promover la unidad
de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar
palabras, juicios y actos que no reflejen, según justicia y verdad, la
condición de los hermanos separados, y que, por lo tanto, pueden hacer
más difíciles las mutuas relaciones con ellos. Sigue «el
diálogo» entablado entre peritos y técnicos en reuniones
de Cristianos de diversas Iglesias o Comunidades, que se celebren con espíritu
religioso, exponiendo cada uno por su parte con toda profundidad la doctrina
de su propia Comunidad, con lo que se presentan más claros los caracteres
de la misma. Por medio de este diálogo todos adquieren un conocimiento
más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de
la vida de ambas Comuniones, y las diversas Comuniones consiguen una más
amplia colaboración en todas las empresas exigidas por la conciencia
cristiana en orden al bien común, y, en determinadas ocasiones, se reúnen
para orar todos juntos. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad
de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, con vigor emprenden
la obra de renovación y de reforma.
Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica,
bajo la vigilancia de sus pastores, conduce a la perfección de la justicia
y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno
y de la unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos
los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica,
todos los Cristianos se congreguen en una única celebración de
la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia,
a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste,
sin posibilidad de perderse, en la Iglesia católica y esperamos que crecerá
de día en día hasta la consumación de los siglos.
Es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación
de las personas individuales, que desean la plena comunión católica,
se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecuménica, pero no se
contradicen, puesto que ambas proceden de un admirable plan de Dios.
En la acción ecuménica, los fieles católicos han de ser,
sin duda, solícitos con los hermanos separados: orar por ellos, hablarles
de cosas de la Iglesia, dar los primeros pasos hacia ellos. Pero, ante todo,
deben considerar también por su parte con lealtad y diligencia todo lo
que se debe renovar y realizar en la Familia católica misma, para que
su vida de un testimonio más fiel y claro de la doctrina y de las instituciones
que Cristo ha transmitido a través de sus Apóstoles.
Aunque la Iglesia católica posee toda la verdad revelada por Dios, y
todos los instrumentos de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente
con todo el fervor debido. Así que la faz de la Iglesia resplandece menos
ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, y por ello
se retarda el crecimiento del reino de Dios. Por esto, todos los Católicos
deben tender a la perfección cristiana (898) y, cada uno según
su condición, trabajar para que la Iglesia, portadora -en su cuerpo-
de la humildad y de la mortificación de Jesús (899), cada día
se purifique y se renueve más, hasta que Cristo se la presente a sí
mismo gloriosa, sin mancha ni arruga (900).
Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia, cada uno según
la función a él dada, guarden la debida libertad, así en
las diversas formas de la vida espiritual y de la disciplina como en la variedad
de los ritos litúrgicos; y aun en la teológica evolución
de la verdad revelada; pero en todo practiquen la caridad. Y así manifestarán
cada día más plenamente la verdadera catolicidad y apostolicidad
de la Iglesia.
Por otra parte, necesario es que los Católicos reconozcan y aprecien
con gozo los valores verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio
común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable
reconocer las riquezas de Cristo y las obras virtuosas en la vida de todos los
que dan testimonio a Cristo, a veces, hasta con el derramamiento de su sangre;
porque Dios es siempre admirable y digno de ser admirado en sus obras.
Tampoco debe olvidarse que todo cuanto opera la gracia del Espíritu Santo
en los corazones de los hermanos separados puede contribuir también a
nuestra edificación. Lo que de verdad es cristiano nunca puede oponerse
a los auténticos valores de la fe; antes al contrario, todo puede contribuir
a que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la
Iglesia.
Sin embargo, las divisiones de los Cristianos impiden a la Iglesia el realizar
su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente
incorporados a ella por el bautismo, se encuentran, sin embargo, separados de
su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta
muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de
la vida, la plenitud de la catolicidad.
Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los
fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día,
y la recomienda a los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia
y la orienten con prudencia. SUBIR
CAPÍTULO
II
EJERCICIO DEL ECUMENISMO
5. El deseo de restablecer la unión corresponde a la Iglesia entera,
tanto a los fieles como a los Pastores, a cada uno según sus posibilidades,
así en la vida diaria cristiana como en las investigaciones teológicas
e históricas. Tal empeño manifiesta ya, de alguna manera, la unión
fraterna existente entre los cristianos, y va conduciendo a la plena y perfecta
unidad, conforme a la benevolencia de Dios.
6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia (901) consiste esencialmente
en una cada vez mayor fidelidad a su vocación, en aquella, sin duda,
se encuentra la razón del movimiento hacia la unidad. Cristo llama a
la Iglesia peregrina en el camino, a esta perenne reforma, de la que la Iglesia
misma, como institución humana y terrena, tiene siempre necesidad. De
modo que, si, según los tiempos y circunstancias, algunas cosas fueron
menos cuidadosamente observadas, ya en la moral, ya en la disciplina eclesiástica,
ya aun en las formas mismas de exponer la doctrina -que debe cuidadosamente
distinguirse del mismo «depósito» de la fe-, deben restablecerse
en recta y debida forma, cuando fuere oportuno.
Esta reforma, pues, tiene una extraordinaria importancia ecuménica. Muchas
de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va consiguiendo esta
renovación -como el movimiento bíblico y litúrgico, la
predicación de la Palabra de Dios y la catequesis, el apostolado de los
seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la espiritualidad del matrimonio,
la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social-, han de considerarse
como otras tantas prendas y augurios, que anuncian felizmente los futuros progresos
del ecumenismo.
7. No existe verdadero ecumenismo sin la conversión interior. En efecto,
los deseos de la unidad surgen y maduran en la renovación del alma (902),
en la abnegación de sí mismo y en la efusión generosa de
la caridad. Por eso hemos de implorar del Espíritu Santo la gracia de
la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestro
servicio y de la fraterna generosidad del alma para con los demás. Así,
pues, os exhorto yo -dice el Apóstol de las gentes-, preso en el Señor,
a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados,
con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos
a los otros con caridad, solícitos por conservar la unidad del espíritu
mediante el vínculo de la paz (Ef., 4, 1-3). Y esta exhortación
se dirige, sobre todo, a los que han sido elevados al Orden sagrado, para continuar
la misión de Cristo, que vino entre nosotros no para ser servido, sino
para servir (Mt., 20, 28).
A las faltas contra la unidad pueden aplicarse también las palabras de
San Juan: Si decimos que no hemos pecado, Le desmentimos, y su palabra no está
en nosotros (1 Jn., 1, 10). Con humilde oración, pues, pedimos perdón
a Dios y a los hermanos separados, como también nosotros perdonamos a
nuestros deudores.
Recuerden todos los fieles que tanto mejor promoverán y realizarán
la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen por llevar
una vida más pura, que esté conforme al Evangelio. Porque cuanto
más estrecha sea su comunión con el Padre, con el Verbo y con
el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente podrán
acrecentar la mutua hermandad.
8. Esta conversión del corazón y esta santidad de vida, juntamente
con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos,
han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con
razón puede llamarse ecumenismo espiritual.
Es frecuente entre los católicos el reunirse en la oración por
la unidad de la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió tan suplicante
al Padre en vísperas de su muerte: Que todos sean «uno» (Jn.,
17, 21).
En ciertas circunstancias especiales, como cuando se ordenan oraciones «por
la unidad», y en las asambleas ecuménicas, es lícito, más
aún, es de desear que los Católicos se asocien para orar, con
los hermanos separados. Tales preces comunes son un medio muy eficaz para conseguir
la gracia de la unidad y expresión genuina de los vínculos por
los que los Católicos permanecen unidos aún con los hermanos separados:
Pues donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos (Mt., 18, 20).
Sin embargo, no por ello está permitido considerar la communicatio in
sacris como un medio que pueda usarse sin discreción para restablecer
la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende fundamentalmente
de dos principios: de la expresión de la unidad de la Iglesia y de la
participación en los medios de la gracia. La expresión de la unidad
prohibe, de ordinario, la comunicación. La necesidad de participar en
la gracia algunas veces la recomienda. Las autoridades locales deben determinar
con prudencia el modo de obrar en cada caso, atendidas las circunstancias de
tiempo, lugar y personas, a no ser que la conferencia episcopal, según
sus propios estatutos, o la Santa Sede determinaren otro modo de actuar.
9. Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados.
Para ello se necesita un estudio, que se ha de llevar a cabo con espíritu
de verdad y con benevolencia. Es preciso que católicos, muy bien preparados,
adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual
y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares de
los hermanos [separados]. Para lograrlo, ayudan mucho, mediante la reunión
de ambas partes, los congresos destinados a tratar sobre todo cuestiones teológicas,
donde cada uno puede tratar a los demás de igual a igual, con tal que
los que toman parte, bajo la vigilancia de los obispos, sean verdaderamente
peritos. Con tal diálogo puede incluso aclararse más la verdadera
posición de la Iglesia católica. Así también se
llegará a conocer mejor el pensamiento de los hermanos separados, y nuestra
fe les será expuesta con una mayor precisión.
10. La sagrada teología y las demás disciplinas, sobre todo las
históricas, deben también enseñarse con un sentido ecuménico,
para que respondan cuanto mejor posible a la realidad.
Conviene mucho que los futuros pastores y sacerdotes se formen adecuadamente
en la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no polémicamente,
sobre todo en lo que se refiere a las relaciones de los hermanos separados para
con la Iglesia católica. Porque de la formación de los sacerdotes,
sobre todo, depende la necesaria educación y formación espiritual
de los fieles y de los religiosos.
También conviene que los Católicos, consagrados a obras misioneras
en las mismas tierras donde trabajen también otros Cristianos, conozcan,
hoy sobre todo, las cuestiones y los frutos que del ecumenismo se derivan para
su apostolado.
11. Nunca deberá ser obstáculo para el diálogo con los
hermanos el método y manera con que se expone la fe católica.
Es absolutamente necesario expresar claramente toda la doctrina. Nada es tan
ajeno al ecumenismo como un falso irenismo, que atente a la pureza de la doctrina
católica y obscurezca su auténtico y verdadero sentido.
Pero, al mismo tiempo, la fe católica debe ser expuesta con mayor profundidad
y con mayor rectitud, para que, tanto por la forma como por las palabras, pueda
ser verdaderamente comprendida aun por los hermanos separados.
Finalmente, en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos,
fieles a la doctrina de la Iglesia, al dedicarse con los hermanos separados
a investigar los divinos misterios, han de proceder con amor a la verdad, con
caridad y con humildad. Al comparar las doctrinas, no olviden que hay un orden
o una «jerarquía» de las verdades en la doctrina católica,
puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana.
De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir
con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo
y una exposición más clara de las insondables riquezas de Cristo
(903).
12. Todos los Cristianos han de confesar ante el mundo entero su fe en Dios
uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro,
y con un empeño común en su mutua estimación den testimonio
de nuestra esperanza, que no confunde. Puesto que en estos tiempos se exige
una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres,
sin excepción alguna, están llamados a esta empresa común,
sobre todo los que creen en Dios y aún más, de modo especial,
todos los Cristianos, a causa misma del nombre de Cristo que los contraseña.
La cooperación de todos los Cristianos expresa vivamente la unión
ya existente entre ellos y pone en luz más plena la imagen de Cristo
siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se ha
de ir perfeccionando más y más -sobre todo en las regiones donde
se está cumpliendo una evolución social y técnica-, ora
en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana, ora procurando el bien
de la paz, ora en la aplicación social del Evangelio, ora en el progreso
de las ciencias y de las artes con criterio cristiano, ora en el uso de toda
clase de remedios contra los infortunios de nuestro tiempo, como son el hambre
y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y
la distribución injusta de las riquezas. Mediante esta cooperación
podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo
pueden conocerse mejor unos a otros, apreciarse más y cómo se
allana el camino para la unidad de los cristianos. SUBIR
Notas
879. Cf. 1 Cor., 1, 13.
880. Cf. 1 Jn., 4, 9; Col.,1, 18-20; Jn., 11, 52.
881. Jn.,
13, 34.
882. Cf. Jn., 16, 7.
883. Cf. 1 Cor., 12, 4-11.
884. Cf. Mt., 28, 18-20, collato Jn., 20, 21-23.
885. Cf. Mt., 16, 19, collato Mt., 18, 18.
886. Cf. Lc., 22, 32.
887. Cf. Jn., 21, 15-17.
888. Cf. Ef., 2, 20.
889. Cf. 1 Pe., 2, 25; Cc. Vaticano I, s. 4 (1870), Const. Pastor Aet.: Coll
Lac. 7, 482 a.
890. Cf. Is., 11, 10-12.
891. Cf. Ef., 2, 17-18, collato Mc., 16, 15.
892. Cf. 1 Pe., 1, 3-9.
893. Cf. 1 Cor., 11, 18-19; Gl., 1, 6-9; 1 Jn., 2, 18-19.
894. Cf. 1 Cor., 1, 11 ss.; 11, 22.
895. Cf. Cc. Florencia, s. 8 (1439), Decr. Exultate Deo: Mansi 31, 1055 A.
896. Cf. S. Agustín, In Sal., 32 Enarr. 2, 29 PL 36, 299.
897. Cf. Cc. Letrán, IV (1215), Const. 4: Mansi 22, 990; Cc. Lugdun.
II (1274), Professio fidei Michaelis Palaeologi: Mansi 24, 71 E; Cc. Florencia,
s. 6 (1439), Definitio Laetentur caeli: Mansi 31, 1026 E.
898. Cf. St., 1, 4; Rm., 12, 1-2.
899. Cf. 2 Cor., 4, 10; Flp., 2, 5-8.
900. Cf. Ef., 5, 27.
901. Cf. Cc. Letran. v, s. 12 (1517), Const. Constituti: Mansi 32, 988 B-C.
902. Cf. Ef., 4, 23.
903. Cf. Ef., 3, 8. SUBIR