UNITATIS REDINTEGRATIO

Decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II
Roma, 21 de noviembre de 1964

INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO II - EJERCICIO DEL ECUMENISMO
CAPÍTULO I - PRINCIPIOS CATÓLICOS DEL ECUMENISMO

INTRODUCCIÓN
Restaurar la unidad entre todos los Cristianos es uno de los fines principales del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II. Porque una y única es la Iglesia fundada por Cristo Señor; pero son muchas las Comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo. Todos, ciertamente, se presentan como discípulos del Señor, pero observan actitudes distintas y siguen distintos caminos, como si Cristo mismo estuviera dividido (879). División, que está en clara contradicción con la voluntad de Cristo, es piedra de escándalo para el mundo y constituye un obstáculo a la más santa de las causas: la predicación del Evangelio a toda criatura.
Mas el Señor de los tiempos, que con sabiduría y paciencia prosigue el plan de su gracia para con nosotros, los pecadores, en nuestros días ha empezado a difundir con mayor abundancia, en los Cristianos separados entre sí, una compunción interior y un deseo de unión. Muchos son los hombres que se sienten conmovidos por esta gracia, y aun entre nuestros hermanos separados ha surgido, por impulso del Espíritu Santo, un movimiento, cada día mayor, para restaurar la unidad de todos los Cristianos. En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador; no sólo individualmente, sino también reunidos en comunidades, en las que han oído el Evangelio y a las que cada uno llama Iglesia suya e Iglesia de Dios. Casi todos, sin embargo, aunque en distintas formas, aspiran a una Iglesia de Dios, una y visible, verdaderamente universal, enviada a todo el mundo, para que éste se convierta al Evangelio, y así se salve para gloria de Dios.
Considerando, pues, este Sacrosanto Concilio con alegría todas estas realidades, después de haber declarado la doctrina sobre la Iglesia, animado por el deseo de restablecer la unidad entre todos los discípulos de Cristo, quiere proponer a todos los Católicos el auxilio, orientaciones y medios, para que puedan corresponder a esta divina vocación y gracia.   SUBIR

CAPÍTULO I 
PRINCIPIOS CATÓLICOS DEL ECUMENISMO

2. En esto apareció la caridad de Dios hacia nosotros, en que el Hijo unigénito de Dios ha sido enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerase a todo el género humano redimiéndolo y reuniéndolo en un todo (880).
Ya El, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: Que todos sean uno, como tú, Padre, eres en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn., 17, 21), e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, que significa y realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos el mandato nuevo del amor mutuo (881) y les prometió el Espíritu Paráclito (882), que, como Señor y vivificador, permanecería con ellos eternamente.
Exaltado el Señor Jesús en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu prometido, por el cual llamó y congregó en unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia, según enseña el Apóstol: Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef., 4, 4-5). Puesto que todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo..., porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gl., 3, 27-28 gr.). El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, realiza esta admirable comunión de los fieles y los une a todos tan íntimamente en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia. El reparte las gracias y los oficios (883), enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con diversas funciones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio y a la edificación del cuerpo de Cristo (Ef., 4, 12).
Para establecer doquier esta su santa Iglesia hasta la consumación de los siglos, Jesucristo confió al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar (884). Entre ellos eligió a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia; después de su confesión de fe, a él prometió las llaves del reino de los cielos (885), y, después que el apóstol le repitió la profesión de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe (886) y las apacentara en la perfecta unidad (887); mas permaneciendo Jesucristo mismo eternamente como su piedra fundamental (888) y pastor de nuestras almas (889).
Por medio de la fiel predicación del Evangelio, por la administración de los Sacramentos, y por el gobierno en el amor, realizado todo por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, bajo la acción del Espíritu Santo, quiere Jesucristo que su pueblo crezca y realice su comunión en la unidad por la profesión de una sola fe, por la común celebración del culto divino y por la concordia fraterna de la familia de Dios.
Así, la Iglesia, único rebaño de Dios, como un lábaro alzado entre todos los pueblos (890), al comunicar el Evangelio de la paz a todo el género humano (891), se siente conducida por la esperanza en su peregrinación hacia la meta de la patria celestial (892).
Este es el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia, en Cristo y por medio de Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo que comunica la variedad de los ministerios. El supremo modelo y principio de este misterio es la Trinidad de personas: la unidad de un solo Dios Padre, e Hijo en el Espíritu Santo.
3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, surgieron algunas escisiones (893), que el Apóstol reprueba como dignas de grave condenación (894), pero en sucesivos siglos nacieron mayores discrepancias, al separarse de la plena comunión de la Iglesia católica no pequeñas Comunidades, a veces por culpa de una y otra parte. Pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas Comunidades no pueden ser acusados del pecado de la secesión, y la Iglesia católica los abraza con fraternal respeto y amor; pues quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica. En efecto; las varias discrepancias existentes entre ellos y la Iglesia católica, ya en lo doctrinal y a veces en lo disciplinar, ya sobre la estructura misma de la Iglesia, constituyen obstáculos, a veces muy graves, a la plena comunión eclesiástica. El movimiento ecumenista trata de superarlos. Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo (895), y, por lo tanto, con todo derecho reciben el nombre de Cristianos y justamente son reconocidos como hermanos en el Señor (896) por los hijos de la Iglesia católica.
Además, entre los elementos o bienes, por cuyo conjunto se constituye y se vivifica la Iglesia, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes, pueden encontrarse fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles. Todo esto, que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única Iglesia de Cristo.
Los hermanos separados practican también no pocos actos de culto de la religión cristiana, que en varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o Comunidad, pueden, sin duda alguna, producir efectivamente la vida de la gracia, y se les debe reconocer como aptos para dar acceso a la comunión de la salvación.
Por consiguiente, aunque creemos que estas Iglesias (897) y Comunidades separadas tienen sus deficiencias, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehuye servirse de ellas como de medios de salvación, cuya fuerza se deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que ha sido confiada a la Iglesia.
Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus Comunidades y sus Iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y convivificó para formar un solo cuerpo con una vida nueva, unidad que manifiestan las Sagradas Escrituras y la venerable Tradición de la Iglesia. Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el medio general de la salvación, puede alcanzarse toda la plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo Colegio apostólico, a saber, al que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que deben incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al pueblo de Dios. Pueblo que en su peregrinación por la tierra, aunque en sus miembros permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo, y es conducido suavemente por Dios, según sus arcanos designios, hasta que gozoso adquiera la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.
4. Puesto que hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos intentos, con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere, este Sacrosanto Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, al reconocer los signos de los tiempos, cooperen activamente a la obra ecuménica.
Por «movimiento ecuménico» se entiende el conjunto de actividades e iniciativas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan para promover la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras, juicios y actos que no reflejen, según justicia y verdad, la condición de los hermanos separados, y que, por lo tanto, pueden hacer más difíciles las mutuas relaciones con ellos. Sigue «el diálogo» entablado entre peritos y técnicos en reuniones de Cristianos de diversas Iglesias o Comunidades, que se celebren con espíritu religioso, exponiendo cada uno por su parte con toda profundidad la doctrina de su propia Comunidad, con lo que se presentan más claros los caracteres de la misma. Por medio de este diálogo todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de ambas Comuniones, y las diversas Comuniones consiguen una más amplia colaboración en todas las empresas exigidas por la conciencia cristiana en orden al bien común, y, en determinadas ocasiones, se reúnen para orar todos juntos. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, con vigor emprenden la obra de renovación y de reforma.
Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica, bajo la vigilancia de sus pastores, conduce a la perfección de la justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los Cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un principio, y que creemos subsiste, sin posibilidad de perderse, en la Iglesia católica y esperamos que crecerá de día en día hasta la consumación de los siglos.
Es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación de las personas individuales, que desean la plena comunión católica, se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecuménica, pero no se contradicen, puesto que ambas proceden de un admirable plan de Dios.
En la acción ecuménica, los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos con los hermanos separados: orar por ellos, hablarles de cosas de la Iglesia, dar los primeros pasos hacia ellos. Pero, ante todo, deben considerar también por su parte con lealtad y diligencia todo lo que se debe renovar y realizar en la Familia católica misma, para que su vida de un testimonio más fiel y claro de la doctrina y de las instituciones que Cristo ha transmitido a través de sus Apóstoles.
Aunque la Iglesia católica posee toda la verdad revelada por Dios, y todos los instrumentos de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor debido. Así que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, y por ello se retarda el crecimiento del reino de Dios. Por esto, todos los Católicos deben tender a la perfección cristiana (898) y, cada uno según su condición, trabajar para que la Iglesia, portadora -en su cuerpo- de la humildad y de la mortificación de Jesús (899), cada día se purifique y se renueve más, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga (900).
Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia, cada uno según la función a él dada, guarden la debida libertad, así en las diversas formas de la vida espiritual y de la disciplina como en la variedad de los ritos litúrgicos; y aun en la teológica evolución de la verdad revelada; pero en todo practiquen la caridad. Y así manifestarán cada día más plenamente la verdadera catolicidad y apostolicidad de la Iglesia.
Por otra parte, necesario es que los Católicos reconozcan y aprecien con gozo los valores verdaderamente cristianos que, procedentes del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras virtuosas en la vida de todos los que dan testimonio a Cristo, a veces, hasta con el derramamiento de su sangre; porque Dios es siempre admirable y digno de ser admirado en sus obras.
Tampoco debe olvidarse que todo cuanto opera la gracia del Espíritu Santo en los corazones de los hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación. Lo que de verdad es cristiano nunca puede oponerse a los auténticos valores de la fe; antes al contrario, todo puede contribuir a que se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia.
Sin embargo, las divisiones de los Cristianos impiden a la Iglesia el realizar su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, se encuentran, sin embargo, separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad.
Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día, y la recomienda a los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia y la orienten con prudencia.   SUBIR

CAPÍTULO II
EJERCICIO DEL ECUMENISMO

5. El deseo de restablecer la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los Pastores, a cada uno según sus posibilidades, así en la vida diaria cristiana como en las investigaciones teológicas e históricas. Tal empeño manifiesta ya, de alguna manera, la unión fraterna existente entre los cristianos, y va conduciendo a la plena y perfecta unidad, conforme a la benevolencia de Dios.
6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia (901) consiste esencialmente en una cada vez mayor fidelidad a su vocación, en aquella, sin duda, se encuentra la razón del movimiento hacia la unidad. Cristo llama a la Iglesia peregrina en el camino, a esta perenne reforma, de la que la Iglesia misma, como institución humana y terrena, tiene siempre necesidad. De modo que, si, según los tiempos y circunstancias, algunas cosas fueron menos cuidadosamente observadas, ya en la moral, ya en la disciplina eclesiástica, ya aun en las formas mismas de exponer la doctrina -que debe cuidadosamente distinguirse del mismo «depósito» de la fe-, deben restablecerse en recta y debida forma, cuando fuere oportuno.
Esta reforma, pues, tiene una extraordinaria importancia ecuménica. Muchas de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va consiguiendo esta renovación -como el movimiento bíblico y litúrgico, la predicación de la Palabra de Dios y la catequesis, el apostolado de los seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la espiritualidad del matrimonio, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social-, han de considerarse como otras tantas prendas y augurios, que anuncian felizmente los futuros progresos del ecumenismo.
7. No existe verdadero ecumenismo sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran en la renovación del alma (902), en la abnegación de sí mismo y en la efusión generosa de la caridad. Por eso hemos de implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestro servicio y de la fraterna generosidad del alma para con los demás. Así, pues, os exhorto yo -dice el Apóstol de las gentes-, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos por conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz (Ef., 4, 1-3). Y esta exhortación se dirige, sobre todo, a los que han sido elevados al Orden sagrado, para continuar la misión de Cristo, que vino entre nosotros no para ser servido, sino para servir (Mt., 20, 28).
A las faltas contra la unidad pueden aplicarse también las palabras de San Juan: Si decimos que no hemos pecado, Le desmentimos, y su palabra no está en nosotros (1 Jn., 1, 10). Con humilde oración, pues, pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Recuerden todos los fieles que tanto mejor promoverán y realizarán la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen por llevar una vida más pura, que esté conforme al Evangelio. Porque cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente podrán acrecentar la mutua hermandad.
8. Esta conversión del corazón y esta santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual.
Es frecuente entre los católicos el reunirse en la oración por la unidad de la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió tan suplicante al Padre en vísperas de su muerte: Que todos sean «uno» (Jn., 17, 21).
En ciertas circunstancias especiales, como cuando se ordenan oraciones «por la unidad», y en las asambleas ecuménicas, es lícito, más aún, es de desear que los Católicos se asocien para orar, con los hermanos separados. Tales preces comunes son un medio muy eficaz para conseguir la gracia de la unidad y expresión genuina de los vínculos por los que los Católicos permanecen unidos aún con los hermanos separados: Pues donde hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt., 18, 20).
Sin embargo, no por ello está permitido considerar la communicatio in sacris como un medio que pueda usarse sin discreción para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende fundamentalmente de dos principios: de la expresión de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La expresión de la unidad prohibe, de ordinario, la comunicación. La necesidad de participar en la gracia algunas veces la recomienda. Las autoridades locales deben determinar con prudencia el modo de obrar en cada caso, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la conferencia episcopal, según sus propios estatutos, o la Santa Sede determinaren otro modo de actuar.
9. Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados. Para ello se necesita un estudio, que se ha de llevar a cabo con espíritu de verdad y con benevolencia. Es preciso que católicos, muy bien preparados, adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos [separados]. Para lograrlo, ayudan mucho, mediante la reunión de ambas partes, los congresos destinados a tratar sobre todo cuestiones teológicas, donde cada uno puede tratar a los demás de igual a igual, con tal que los que toman parte, bajo la vigilancia de los obispos, sean verdaderamente peritos. Con tal diálogo puede incluso aclararse más la verdadera posición de la Iglesia católica. Así también se llegará a conocer mejor el pensamiento de los hermanos separados, y nuestra fe les será expuesta con una mayor precisión.
10. La sagrada teología y las demás disciplinas, sobre todo las históricas, deben también enseñarse con un sentido ecuménico, para que respondan cuanto mejor posible a la realidad.
Conviene mucho que los futuros pastores y sacerdotes se formen adecuadamente en la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no polémicamente, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones de los hermanos separados para con la Iglesia católica. Porque de la formación de los sacerdotes, sobre todo, depende la necesaria educación y formación espiritual de los fieles y de los religiosos.
También conviene que los Católicos, consagrados a obras misioneras en las mismas tierras donde trabajen también otros Cristianos, conozcan, hoy sobre todo, las cuestiones y los frutos que del ecumenismo se derivan para su apostolado.
11. Nunca deberá ser obstáculo para el diálogo con los hermanos el método y manera con que se expone la fe católica. Es absolutamente necesario expresar claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como un falso irenismo, que atente a la pureza de la doctrina católica y obscurezca su auténtico y verdadero sentido.
Pero, al mismo tiempo, la fe católica debe ser expuesta con mayor profundidad y con mayor rectitud, para que, tanto por la forma como por las palabras, pueda ser verdaderamente comprendida aun por los hermanos separados.
Finalmente, en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos, fieles a la doctrina de la Iglesia, al dedicarse con los hermanos separados a investigar los divinos misterios, han de proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al comparar las doctrinas, no olviden que hay un orden o una «jerarquía» de las verdades en la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las insondables riquezas de Cristo (903).
12. Todos los Cristianos han de confesar ante el mundo entero su fe en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con un empeño común en su mutua estimación den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde. Puesto que en estos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres, sin excepción alguna, están llamados a esta empresa común, sobre todo los que creen en Dios y aún más, de modo especial, todos los Cristianos, a causa misma del nombre de Cristo que los contraseña. La cooperación de todos los Cristianos expresa vivamente la unión ya existente entre ellos y pone en luz más plena la imagen de Cristo siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se ha de ir perfeccionando más y más -sobre todo en las regiones donde se está cumpliendo una evolución social y técnica-, ora en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana, ora procurando el bien de la paz, ora en la aplicación social del Evangelio, ora en el progreso de las ciencias y de las artes con criterio cristiano, ora en el uso de toda clase de remedios contra los infortunios de nuestro tiempo, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y la distribución injusta de las riquezas. Mediante esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciarse más y cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos.  SUBIR

Notas
879. Cf. 1 Cor., 1, 13.
880. Cf. 1 Jn., 4, 9; Col.,1, 18-20; Jn., 11, 52.
881. Jn., 13, 34.
882. Cf. Jn., 16, 7.
883. Cf. 1 Cor., 12, 4-11.
884. Cf. Mt., 28, 18-20, collato Jn., 20, 21-23.
885. Cf. Mt., 16, 19, collato Mt., 18, 18.
886. Cf. Lc., 22, 32.
887. Cf. Jn., 21, 15-17.
888. Cf. Ef., 2, 20.
889. Cf. 1 Pe., 2, 25; Cc. Vaticano I, s. 4 (1870), Const. Pastor Aet.: Coll Lac. 7, 482 a.
890. Cf. Is., 11, 10-12.
891. Cf. Ef., 2, 17-18, collato Mc., 16, 15.
892. Cf. 1 Pe., 1, 3-9.
893. Cf. 1 Cor., 11, 18-19; Gl., 1, 6-9; 1 Jn., 2, 18-19.
894. Cf. 1 Cor., 1, 11 ss.; 11, 22.
895. Cf. Cc. Florencia, s. 8 (1439), Decr. Exultate Deo: Mansi 31, 1055 A.
896. Cf. S. Agustín, In Sal., 32 Enarr. 2, 29 PL 36, 299.
897. Cf. Cc. Letrán, IV (1215), Const. 4: Mansi 22, 990; Cc. Lugdun. II (1274), Professio fidei Michaelis Palaeologi: Mansi 24, 71 E; Cc. Florencia, s. 6 (1439), Definitio Laetentur caeli: Mansi 31, 1026 E.
898. Cf. St., 1, 4; Rm., 12, 1-2.
899. Cf. 2 Cor., 4, 10; Flp., 2, 5-8.
900. Cf. Ef., 5, 27.
901. Cf. Cc. Letran. v, s. 12 (1517), Const. Constituti: Mansi 32, 988 B-C.
902. Cf. Ef., 4, 23.
903. Cf. Ef., 3, 8.  SUBIR

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