Decía una
sacerdote jesuita que había que vivir permanentemente tres vidas.
Es decir que nuestro diario vivir incluya tres actitudes de vida.
Las tres vidas
son: hablar con los muertos; hablar con los vivos y hablar consigo mismo.
Es decir debemos permanentemente reflexionar y meditar sobre estas tres actitudes.
¿Que quieren decir cada una de ellas?
Hablar con los muertos quiere decir recordar aquellos que han pasado por nuestra vida y que algo nos han dejado. Lo que nosotros sabemos hoy, lo que nosotros somos hoy lo hemos recibido de otros, de los que estuvieron antes. Abuelos, padres, tios que ya no están.
Hablar con los vivos quiere decir que el dialogo con los que nos rodean tiene que ser una actitud permanente, una actitud que no solo nos enriquecerá sino que servirá también para enriquecer a otros.
Hablar consigo mismo quiere decir que no debemos dejar de reflexionar hacia nuestro interior, hacia lo profundo de nuestra alma, para que todo aquello que diariamente vivamos nos sirva para enriquecernos, nos sirva para crecer, nos sirva para ser más.
Esto es lo que quiere decir el vivir las tres vidas en forma simultánea.
Para ello nos ayudará
en gran manera el leer, el viajar, el participar. Tres elementos que ayudarán
en gran medida a enriquecer nuestras reflexiones.
¿Vivimos estas tres vidas? Si leemos, si participamos, tendremos una
vida completa, una vida llena de gran riqueza.
Esa forma de vivir
nos ayudará el vivir en el bien, el vivir haciendo el bien, que es el
camino para ser santo.
Para ser santo no hay que hacer nada extraordinario. Hay que hacer extraordinariamente
bien las cosas comunes de todos los días.
Vivirás alegremente todo aquello que va creciendo delante nuestro, alrededor
nuestro.
Lo más importante
que hay que pedir a Dios es la alegría.
Generalmente los hombres risueños, los hombres que saben decir las cosas
sonriendo son hombres sanos de corazón, escribió Ruben Darío.
Cada momento de
nuestra vida debe ser el primer momento, el último momento, el único
momento. Si no lo vivimos con alegría, ¿a cuantos habré
perjudicado? ¿ A cuantos no habré servido?
Todos los momentos vividos con alegría, ayudan a descubrir al otro la
alegría de saber de Dios.
Sin mi alegría, quizás el otro, nunca sabrá de Dios.
Que bueno que transmitamos el Dios en el cual creemos y con alegría que
facilita el que el otro sepa de Dios.
A los cristianos
siempre se nos ha dicho que deberíamos ser alegres. No siempre hemos
sabido transmitir esta alegría.
Por suerte ha habido en la historia muchos que han sido testigos de su alegría
cristiana. Algunos hasta de un humor extremo.
Como es el caso de Tomás Moro (1478-1535) que no perdió el humor
ni siquiera cuando el verdugo lo encapuchó para cortarle la cabeza. Le
dijo que esperara un poco para arreglarse bien y le rogó que no le estropeara
la barba, pues la pobre nada tenía que ver con todo eso.
Esa forma de ser no se improvisa por eso es bueno que conozcamos las bienaventuranzas de la alegría que escribió y que conservan toda su vigencia:
Dichosos
los que saben reírse de si mismos, porque no terminarán nunca
de divertirse.
Dichosos los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se
evitarán muchos inconvenientes
Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán
a ser sabios.
Dichosos los que saben escuchar y callar, aprenderán cosas nuevas.
Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio:
serán apreciados por sus vecinos.
Dichosos los que están atentos a las exigencias de los demás,
sin sentirse indispensables: serán dispensadores de alegría.
Dichosos ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y
tranquilamente a las cosas importantes: llegaran lejos en la vida.
Dichosos ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro
camino estará lleno de sol.
Dichosos ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de
los demás, aun contra las apariencias: serán tomados por ingenuos,
pero éste es el precio de la caridad.
Dichosos los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar: evitarán
muchas necedades.
Dichosos ustedes sobre todo cuando sepan reconocer al Señor en todos
los que encuentran: habrán encontrado la verdadera luz y la verdadera
sabiduría.
Estas son las bienaventuranzas
de Tomás Moro, mártir por lo que creía y hombre santo por
todo lo que vivió.
Y a lo que vivió le supo poner alegría.
Sepamos también nosotros vivir con alegría, lo que creemos y lo
que nos toque vivir.
SALVADOR CASADEVALL
REFLEXIONES DESDE LA FAMILIA, para acompañar a vivir.
Este
programa puede ser escuchado por:
FM-Parroquial 105.1 Jueves 14 a 15.30 hs. en vivo.
Vía INTERNET: www.fmparroquial.com.ar
En las madrugadas de 0.15 a 8.00 (grabado)
FM-Inolvidable 96.9 lunes 19 a 21 hs.
Grabaciones que estan a disposición de quien las quiera usar.
Contactarse vía
mail: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar