Mi
mejor invento, dice Dios, es mi madre. Me faltaba una madre y me la hice.
Hice Yo a mi madre antes que ella me hiciese. Así era más seguro.
Ahora sí que soy hombre como todos los hombres. Ya no tengo nada que
envidiarles, porque tengo una madre, una madre de veras. Sí, eso me faltaba.
Mi
madre se llama María, dice Dios. Su alma es absolutamente pura y llena
de gracia. Su cuerpo es virginal y habitado de una luz tan espléndida,
que cuando Yo estaba en el mundo no me cansaba nunca de mirarla.
¡Qué bonita es mi madre!. Tanto, que dejando las maravillas del
cielo nunca me sentí desterrado junto a ella.
Y fíjense si sabré Yo lo que es ser llevado por los ángeles...,
pues bien: eso no es nada junto a los brazos de una madre, créanme.
Mi
madre ha muerto, dice Dios. Cuando me fui al cielo Yo la echaba de menos. Y
ella a Mí.
Ahora me la he traído a casa, con su alma, con su cuerpo, bien entera.
Yo no podía portarme de otro modo. Debía hacerlo así. Era
lo lógico. ¿Cómo iban a secarse los dedos que habían
tocado a Dios?. ¿Cómo iban a cerrarse los ojos que Lo vieron?.
Y los labios que lo besaron ¿creen que podrían marchitarse?.
No,
aquel cuerpo purísimo, que dio a Dios un cuerpo, no podía pudrirse
en la tierra.
¿O no soy Yo el que manda? ¿De qué iba a sírveme,
si no, el ser Dios?.
Además, dice Dios, también lo hice por mis hermanos los hombres:
para que tengan una madre en el cielo, una madre de veras, como las suyas, en
cuerpo y alma. La mía.
Bien.
Hecho está. La tengo aquí conmigo, desde el día de su muerte.
Su asunción, como dicen los hombres.
La madre ha vuelto a encontrar a su Hijo, y el hijo a la madre, en cuerpo y
alma, el uno junto al otro, eternamente.
Ah,
si los hombres adivinasen la belleza de este misterio...
Ellos la han reconocido al fin oficialmente. Mi representante en la tierra,
el Papa, lo ha proclamado solemnemente. ¡Da gusto, dice Dios, ver que
se aprecian los dones que uno hace! Aunque la verdad es que el buen pueblo cristiano
ya había presentido ese misterio de amor de hijo y de hermano...
Y
ahora que se aprovechen, dice Dios.
En el cielo tienen una madre que les sigue con sus ojos, con sus ojos de carne.
En el cielo tienen una madre que los ama con todo su corazón, con su
corazón de carne.
Y esa madre mía. Y me mira a Mí con los mismos ojos que a ellos,
me ama con el mismo corazón.
Ah,
si los hombres fueran pícaros... Bien se aprovecharían.
¿Cómo no se darán cuenta de que Yo a ella no puedo negarle
nada?. ¡Qué quieres! ¡Es mi madre!. Yo lo quise así.
Y bien... no me arrepiento.
Uno junto al otro, cuerpo y alma, eternamente Madre e Hijo...
Michelle Quoist