Santo del Día
31 de julio
SAN IGNACIO
DE LOYOLA, Fundador de la Compañía de Jesús
En 1534, a
los 43 años de edad, San Ignacio obtuvo el título de maestro en
artes de la Universidad de París. Por aquella época se unieron
a Ignacio otros tres estudiantes de teología: Pedro Fabro,
Francisco Javier, Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los
estudios, Simón Rodriguez y Nicolás
Bobadilla. Estos hicieron votos de castidad, pobreza y de predicar el Evangelio
a Palestina, y si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa
para que los emplease en el servicio de Dios cómo y dónde mejor
lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos
recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse
sacerdote. Era el
día de la Asunción de la Virgen de 1534. También resolvieron
que si alguien les preguntaba el
nombre de su asociación, responderían que pertenecían a
la Compañía de Jesús, porque estaban dispuestos a luchar
contra el error y el vicio bajo el estandarte de Cristo. Así, pusieron
de manifiesto
su espiritualidad militante.
Paulo III aprobó
la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre
de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y, algunos días
más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica
de San Pablo Extramuros.
La actividad
de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo
del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma.
Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la
Iglesia y de oponerse al protestantismo. "La Compañía de
Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar
la Reforma. La revolución y el desorden eran las características
de la Reforma. La Compañía tenía como características
la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar,
sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron
y derrotaron la
revolución de Lutero y, con su predicación y dirección
espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo,
a Cristo crucificado.
Una de las
obras más fecundas de San Ignacio fue el libro de los "Ejercicios
Espirituales". Empezó a escribirlo en Manresa y, lo publicó
en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran
con la tradición de santidad de la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San
Ignacio es el orden y el
sistema de las meditaciones. Si bien, las reglas y consejos que da el santo
en su obra se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San
Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y formularlos
con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar
al
hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir "sin
dejarse llevar por el placer o la repugnancia. Así, el principio que
guía la elección es únicamente la consideración
de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del
alma". Como lo dijo Pío XI, el método ignaciano
de oración "guía al hombre por el camino de la propia abnegación
y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de
la contemplación y el amor divino".
Durante los
15 años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó
de diez a mil miembros
y se extendió en nueve países europeos, en la India y en Brasil.
Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.