DIA DE LA MADRE


Muchas veces nos toca hablar de la madre, pero muy pocas sabemos el verdadero y hondo sentido de lo que ello significa.

Desde este lugar virtual, me atrevo humildemente a expresar algunas ideas que pretenden, acercarse a ese verdadero y hondo sentido del cual hablamos.

Para ello, miraremos a la Madre de todos los hombres, es decir a Eva, pero también pondremos la mirada en la Madre de Dios, La Santísima Virgen María, la madre de todos los bautizados.

Por un lado Eva, la Madre de todos los vivientes, es la que dio vida a todo el género humano, era la primera, la cual vivía junto a Dios, la cual gozaba de los beneficios de habitar junto a Dios. Beneficios que le permitían gozar no solo de la presencia beatífica permanente, sino también de sus efectos, como la armonía y paz interior; la experiencia de una mirada cargada de amor y por ello positiva, a todo su entorno; la vivencia de compartir con Adán un ámbito rodeado de armonía donde la discordia, la duda, la sospecha y ningún género de envidia tenían lugar. Donde el día a día que no tiene fin era realmente un gozo ilimitado no solo en toda su extensión, sino también en su honda profundidad. Eso era Felicidad sin mancha.

Pero, esta madre, tenía reservada una experiencia profundamente dolorosa, que se haría herida en su corazón con el pecado, pero a la vez, esta experiencia tendría una cara cargada de una alegría, tan grande que se manifestaría con el nacimiento de cada uno de sus hijos a lo largo de toda la historia. Hijos que también traerían alegrías y tristezas a cada paso de sus vidas personales, expresadas en sus errores y en sus aciertos.

Todo eso era la herencia que de sus hijos, es decir, todo los hombres, podía esperar vivir.


Frente a esta alternativa, tuvo que intervenir el mismo Dios para que, mediante un mensajero privilegiado llamado Gabriel, y la decisión firme y segura de otra mujer, pudiera volver a plantearse, otra vez, una nueva oportunidad que nos llevara a ese estado original, perdido por nuestra propia soberbia y ahora, en ocasiones, extrañado o al menos deseado ardientemente, en el corazón de aquellos que son verdaderos hijos.

Esos que no solo aman, sino que a raíz de que aman, valoran y por ello se ponen manos a la obra, para poder conseguir el objetivo anhelado. Objetivo que alcanzaremos, pero no solos, sino con la ayuda de esta Madre que nos muestra la Salvación, por medio del perdón, en su Hijo Jesucristo, que también es el Hijo de Dios y por ello, ella, es la Madre de Dios.

En esta oportunidad, esta madre, que también, igual que la anterior, experimentó el desgarro de su corazón cuando su Hijo, el mismo Dios, era sacrificado por los hombres sus hermanos en la cruz; pero a diferencia de la anterior, está permanentemente invitando a seguir al fruto eminente de su vientre, para que aquellos que decidan seguirlo, tengan el beneficio de poder estar al lado del Padre Eterno gozando de su visión perfecta y la felicidad sin mella que de esa experiencia emana.

He querido con estas expresiones brindar un merecido homenaje a todas aquellas madres que son capaces de dar su vida por cada uno de sus hijos, a lo largo de sus existencias personales.

José Miguel Toro
Prof. en Teología - Argentina

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