En
el año 1950, cuando se declaró el Dogma de la Asunción
de la Santísima Virgen María al Cielo, y en los meses previos
a la Declaración, a pesar de que las comunicaciones entre los diversos
países del mundo no podían equipararse en rapidez y eficiencia
con las comunicaciones actuales, el tema de la Asunción de la Virgen
en cuerpo y alma al Cielo, tuvo bastante difusión y se le dio mucha importancia,
tanto en los medios eclesiales, como en los seculares.
Pero ... ¿qué pasó luego del aggiornamento que nos trajo
el Concilio Vaticano II? ¿Dónde quedó el Dogma de la Asunción
de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo? Sabemos que la devoción
a María disminuyó notablemente entre los Católicos a partir
de 1960. En esa década se promovió -con mucho acierto- , pero
tal vez en desmedro de la devoción a la Santísima Virgen, un catolicismo
"Cristocéntrico".
¿Por qué -entonces- es importante que los Católicos recordemos
y profundicemos en el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen
María al Cielo? El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica responde
a este interrogante:
"La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación
singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la
resurrección de los demás cristianos" (#966).
La importancia de la Asunción para nosotros, hombres y mujeres de comienzos
del Tercer Milenio de la Era Cristiana, radica en la relación que hay
entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María,
mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y
alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra
propia resurrección.
Más aún, la Asunción de María en cuerpo y alma al
cielo es un Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el
Papa Pío XII hablando "ex-cathedra". Y ... ¿qué
es un Dogma? Puesto en los términos más sencillos, Dogma es una
verdad de Fe, revelada por Dios (en la Sagrada Escritura o contenida en la Tradición),
y que además es propuesta por la Iglesia como realmente revelada por
Dios.
En este caso se dice que el Papa habla "ex-cathedra", es decir, que
habla y determina algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como Vicario
de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia, Maestro Supremo de la Fe, con intención
de proponer un asunto como creencia obligatoria de los fieles Católicos.
¿En qué consiste, entonces, eso que los Católicos tenemos
como uno de nuestros dogmas: la Asunción de la Santísima Virgen?
Para entender mejor en qué consiste ese privilegio de María, hija
predilecta del Padre, citamos del libro La Madre de Dios según la Fe
y la Teología, escrito en 1955, al Teólogo Gabriel María
Roschini: "Al término de su vida terrestre, María Santísima,
por singular privilegio, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria -gloria singularísima-
del Cielo. Mientras a todos los otros santos les glorifica Dios al término
de su vida terrena únicamente en cuanto al alma (mediante la Visión
Beatífica), y deben, por consiguiente, esperar al fin del mundo para
se glorificados también en cuanto al cuerpo, María Santísima
-y solamente Ella- fue glorificada en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma".
El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (#966) nos lo explica así,
citando a Lumen Gentium 59, que a la vez cita la Bula de la Proclamación
del Dogma: "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda
mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada
a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo,
para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores
y vencedor del pecado y de la muerte".
Y el Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción,
explica esto mismo en los siguientes términos:
"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue
glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás
hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del
mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó
por singular privilegio" (JP II, 2-julio-97).
"Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible
comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después
de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza
el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida
a los elegidos mediante la resurección de los cuerpos" (JP II ,
Audiencia General del 9-julio-97).
Continúa el Papa: "María Santísima nos muestra el
destino final de quienes `oyen la Palabra de Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28).
Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo,
sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde
esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial" (JP II, 15-agosto-97)
Los hombres y mujeres de hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte. Aunque
lo enfoquemos de diversas formas, según la cultura y las creencias que
tengamos, aunque lo evadamos en nuestro pensamiento, aunque tratemos de prolongar
por todos los medios a nuestro alcance nuestros días en la tierra, todos
tenemos una necesidad grande de esa esperanza cierta de inmortalidad contenida
en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.
Mucho bien haría a muchos cristianos oír y leer más sobre
este misterio de la Asunción de María, el cual nos atañe
tan directamente. ¿Por qué se ha logrado colar la creencia en
el mito pagano de la re-encarnación entre nosotros? Si pensamos bien,
estas ideas extrañas a nuestra fe cristiana se han ido metiendo en la
medida que hemos dejado de pensar, de predicar y de recordar los misterios,
que como el de la Asunción, tienen que ver con la otra vida, con la escatología,
con las realidades últimas del ser humano.
El misterio de la Asunción de la Santísma Virgen María
al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar
sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin
último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima
Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María
ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido
a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza
en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.
¿MURIÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA?
Es
sabido que la muerte no es condición esencial para la Asunción.
Y es sabido, también, que el Dogma de la Asunción no dejó
definido si murió realmente la Santísima Virgen. Había
para entonces discusión sobre esto entre los Mariólogos y Pío
XII prefirió dejar definido lo que realmente era importante: que María
subió a los Cielos gloriosa en cuerpo y alma, soslayando el problema
de si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada
en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte, como todos los
demás mortales (inclusive como su propio Hijo).
Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre el tema, nos recuerda que Pío
XII y el Concilio Vaticano II no se pronuncian sobre la cuestión de la
muerte de María. Pero aclara que "Pío XII no pretendió
negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente,
como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre
de Dios". (JP II, 25-junio-97)
Sin embargo, algunos teólogos han sostenido la teoría de la inmortalidad
de María, pero Juan Pablo II nos dice al respecto, "existe una tradición
común que ve en la muerte de María su introducción en la
gloria celeste". (JP II, 25-junio-97)
Se refiere posiblemente a que, como afirma Antonio Royo Marín o.p., la
Asunción gloriosa de María, después de su muerte y resurrección,
reúne un apoyo inmensamente mayoritario entre los Mariólogos.
(cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).
Los argumentos en favor de la muerte de María los dividiremos: según
la Tradición Cristiana (incluyendo el Arte Cristiano), según la
Liturgia, según la razón teológica y por la utilidad de
la muerte.
1. Según la Tradición Cristiana:
Royo Marín afirma que el testimonio de la Tradición -dice
que sobretodo a partir del Siglo II- es abrumador a favor de la muerte de María.
Es su afirmación, aunque no da citas al respecto. (cfr. La Virgen María,
A. Royo Marín, 1968).
Inclusive la misma Bula Munificentissimus Deus de Pío XII (sobre el Dogma
de la Asunción), aunque no propone como dogma la muerte de María,
nos presenta este dato interesantísimo sobre la muerte de María
en la Tradición de la Iglesia: "Los fieles, siguiendo las enseñanzas
y guía de sus pastores ... no encontraron dificultad en admitir que María
hubiese muerto como murió su Unigénito. Pero eso no les impidió
creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción
del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto
tabernáculo del Verbo Divino" (Pío XII, Bula Munificentissimus
Deus #7, cf. Doc. mar. #801).
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. edita en México en el Año
de la declaración del Dogma un librito "La Asunción de María
Santísima". Y nos refiere lo siguiente sobre la muerte de María
en la Tradición:
"Hasta el Siglo IV no hay documento alguno escrito que hable de la creencia
de la Iglesia, explícitamente, acerca de la Asunción de María.
Sin embargo, cuando se comienza a escribir sobre ella, todos los autores siempre
se refieren a una antigua tradición de los fieles sobre el asunto. Se
hablaba ya en el Siglo II de la muerte de María, pero no se designaba
con ese nombre de muerte, sino con el de tránsito, sueño o dormición,
lo cual indica que la muerte de María no había sido como la de
todos los demás hombres, sino que había tenido algo de particular.
Porque aunque de todos los difuntos se decía que habían pasado
a una vida mejor, no obstante para indicar ese paso se empleaba siempre la palabra
murió, o por lo menos `se durmió en el Señor', pero nunca
se le llamaba como a la de la Virgen así, especialmente, y como por antonomasia,
el Tránsito, el Sueño".
Son muchísimos los Sumos Pontífices que han enseñado expresamente
sobre la muerte de María. Entre éstos, nuestro Papa Juan Pablo
II, quien en su Catequesis del 25 de junio de 1997, titulada por el Osservatore
Romano "La Dormición de la Madre de Dios", nos da más
datos sobre la muerte de María en la Tradición:
Santiago de Sarug (+521): "El coro de los doce Apóstoles" cuando
a María le llegó "el tiempo de caminar por la senda de todas
las generaciones", es decir, la senda de la muerte, se reunió para
enterrar "el cuerpo virginal de la Bienaventurada".
San Modesto de Jerusalén (+634), después de hablar largamente
de la "santísima dormición de la gloriosísima Madre
de Dios", concluye su "encomio", exaltando la intervención
prodigiosa de Cristo que "la resucitó de la tumba" para tomarla
consigo en la gloria .
San Juan Damasceno (+704), por su parte, se pregunta: "¿Cómo
es posible que aquélla que en el parto superó todos los límites
de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta
a la muerte?". Y responde: "Ciertamente, era necesario que se despojara
de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor
de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto,
El muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma
la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección".
No es posible, además, ignorar el Arte Cristiano, en el que encontramos
gran número de mosaicos y pinturas que han representado la Asunción
de María, tratando de hacernos ver gráficamente el paso inmediato
de la "dormición" al gozo pleno de la gloria celestial, e inclusive
algunos, del paso del sepulcro a la gloria, siendo asunta al Cielo.
2. Según la Liturgia:
De acuerdo a Royo Marín, el argumento litúrgico tiene gran valor
en teología, según el conocido aforismo orandi statuat legem credendi,
puesto que en la aprobación oficial de los libros litúrgicos está
empeñada la autoridad de la Iglesia, la cual iluminada por el Espíritu
Santo, no puede proponer a la oración de los fieles fórmulas falsas
o erróneas.
Y desde la más remota antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia
recogió la doctrina de la muerte de María. Royo Marín refiere
dos oraciones "Veneranda nobis..." y "Subveniat, Domine ..."
, las cuales estuvieron en vigor hasta la declaración del Dogma (1950)
y recogen expresamente la muerte de María al celebrar al fiesta de su
gloriosa Asunción a los Cielos. Las oraciones posteriores a la declaración
del Dogma, por razones obvias, no aluden a la muerte.
Así decía la oración "Veneranda nobis": "Ayúdenos
con su intercesión saludable, ¡oh, Señor!, la venerable
festividad de este día, en el cual, aunque la santa Madre de Dios pagó
su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser humillada por su corrupción
aquélla que en su seno encarnó a tu Hijo, Señor nuestro".
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. tiene esto que decirnos sobre la muerte
de María en la Liturgia:
"La Iglesia, pues, tanto la Griega, como la Latina, creyeron siempre, no
solamente como posible, sino como regla, en la muerte de María, y en
las más antiguas Liturgias de ambas Iglesias se encuentra siempre la
celebración y el recuerdo de la muerte de María, con el nombre
de la Dormición, Sueño o Tránsito de Nuestra Señora.
Porque eso sí: si creían que realmente la Virgen había
muerto, indicaban con esa denominación, no usada comúnmente para
todas las muertes, que la de la Virgen había tenido algún carácter
especial y extraordinario, que es precisamente el de su resurrección
inmediata y Asunción a los Cielos".
"Y como dicen los críticos, aun protestantes ... ya en el Siglo
VI era absolutamente general la creencia en la Asunción de María,
tal cual lo demuestran las antiquísimas liturgias de todas las Iglesias
que tienen, al menos desde el siglo IV, establecida la Fiesta de la Dormición
de María".
3. Según la razón teológica:
Iniciamos este aparte con Juan Pablo II: "¿Es posible que María
de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando
en el destino de María y en su relación con su Hijo Divino, parece
legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería
difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre"
(JP II, 25-junio-97).
Cristo, el Hijo de Dios e Hijo de María, murió. Y ¿puede
ser la Madre superior al Hijo de Dios en cuanto a la muerte física? Es
cierto que la Santísima Virgen María, habiendo sido concebida
sin pecado original (Inmaculada Concepción) tenía derecho a no
morir. Pero, nos dice Juan Pablo II: "El hecho de que la Iglesia proclame
a María liberada del pecado original por singular privilegio divino,
no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal.
La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole
nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación.
" (JP II, 25-junio-97)
Y Royo Marín remata este argumento de la siguiente manera: "Sin
duda alguna, María hubiera renunciado de hecho a ese privilegio para
parecerse en todo -hasta en la muerte y resurrección- a su Divino Hijo
Jesús."
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. dice al respecto: "María Santísima
nunca tuvo pecado, por el privilegio de Dios de su Inmaculada Concepción;
por consiguiente, no estaba sujeta a la muerte, como no lo estaba Jesucristo;
pero también Ella tomó sobre sí nuestro castigo, nuestra
muerte".
Y Juan Pablo II: "María, implicada en la obra redentora y asociada
a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte
con vistas a la redención de la humanidad". (JP II, 25-junio-97)
4. Por la utilidad de la muerte:
Dice Royo Marín que la muerte de María nos sirve de ejemplo
y consuelo. María debió morir para enseñarnos a bien morir
y dulcificar con su ejemplo los supuestos terrores de la muerte. Los recibió
con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos
que no tiene nada de terrible la muerte para aquéllos que en la vida
han cumplido la Voluntad de Dios.
Y Juan Pablo II también habla al respecto: "La experiencia de la
muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común
a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad
espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida".
(JP II, 25-junio-97) ![]()
Royo
Marín responde así a la pregunta ¿de qué murió
María?: ""No parece que muriera de enfermedad, ni de vejez
muy avanzada, ni por accidente violento (martirio), ni por ninguna otra causa
que por el amor ardentísimo que consumía su corazón"
No creamos que esta afirmación de que el amor a Dios haya sido la causa
del fallecimiento (¿o desfallecimiento?) de María, sea una ilusión
poética, producto de una piedad ingenua y entusiasta para con la Santísima
Virgen. No. Esta enseñanza se funda en testimonios de los Santos Padres,
quienes dejaron traslucir con frecuencia su pensamiento sobre este particular.
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. cita a San Alberto Magno: "Creemos
que murió sin dolor y de amor". Nos asegura, además, que
a San Alberto siguen otros como el Abad Guerrico, Ricardo de San Lorenzo, San
Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio y otros muchísimos."
Y veamos qué nos dice Juan Pablo II sobre las causas de la muerte de
la Madre de Dios: "Más importante es investigar la actitud espiritual
de la Virgen en el momento de dejar este mundo". Entonces se apoya en San
Francisco de Sales, quien considera que la muerte de María se produjo
como un ímpetu de amor. En el Tratado del Amor de Dios habla de una muerte
"en el Amor, a causa del Amor y por Amor" <Tratado del Amor de
Dios, Lib. 7, 12-14> (JP II, 25-junio-99).
Royo Marín cita a Alastruey, quien en su Tratado de la Virgen Santísima
afirma: "La Santísima Virgen acabó su vida con muerte extática,
en fuerza del divino amor y del vehemente deseo y contemplación intensísima
de las cosas celestiales".
Es nuevamente Juan Pablo II quien aclara aún más este punto: "Cualquiera
que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto
de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito
de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia
en la gloria, de modo que nunca mejor que en este caso la muerte pudo concebierse
como una `dormición'"
Luego basándose en la Tradición para tratar este tema, el Papa
nos aclara aún más este maravilloso suceso:
"Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir
a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste.
Así, presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor
que la llevó a reunirse con su Hijo Divino, para compartir con El la
vida inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado,
como San Pablo -y más que él- el deseo de liberarse del cuerpo
para estar con Cristo para siempre". <cf. Flp. 1, 23> (JP II, 25-junio-97)
Otro ilustre Mariólogo, Garriguet, también citado por Royo Marín,
nos describe más detalles sobre la vida y la dormición de la Madre
de Dios: "María murió sin dolor, porque vivió sin
placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió
sin apego terrenal. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde,
como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora
de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una palabra
encantadora: la llama sueño o dormición de la Virgen".
Pero es el elocuentísmo predicador francés del Siglo XVI-XVII,
Bossuet, Obispo de Meaux, quien en su Sermón Segundo sobre la Asunción
de María nos describe con los más bellos detalles qué significa
morir de amor y cómo fue este maravilloso pasaje de la vida de la Madre
de Dios:
"El amor profano es quejumbroso y está diciendo siempre: languidezco
y muero de amor. Pero no es sobre este fundamento en el que me baso para haceros
ver que el amor puede dar la muerte. Quiero establecer esta verdad sobre una
propiedad del Amor Divino. Digo, pues, que el Amor Divino, trae consigo un despojamiento
y una soledad inmensa, que la naturaleza no es capaz de sobrellevar; una tal
destrucción del hombre entero y un aniquilamiento tan profundo en nosotros
mismos, que todos los sentidos son suspendidos. Porque es necesario desnudarse
de todo para ir a Dios, y que no haya nada que nos retenga. Y la raíz
profunda de tal separación es esos tremendos celos de Dios, que quiere
estar solo en un alma, y no puede sufrir a nadie más que a Sí
mismo, en un corazón que quiere amor. (Amarás a Dios sobre todas
las cosas. Si alguno ama a su padre o a su madre o a sus hermanos más
que a Mí, no es digno de Mí)."
"Ya podemos comprender esta soledad inmensa que pide un Dios celoso. Quiere
que se destruya, que se aniquile todo lo que no es El. Y, sin embargo, se oculta
y no da a ninguno un punto de donde asirlo materialmente, de tal modo que el
alma, desprendida por una parte de todo, y por otra, no encontrado aquí
el medio de poseer a Dios efectivamente, cae en debilidades y desfallecimientos
inconcebibles. Y cuando el amor llega a su perfección, el desfallecimiento
llega hasta la muerte, y el rigor hasta perder la vida."
"Y he aquí lo que da el golpe mortal: es que el corazón despojado
de todo amor superfluo, es atraído con fuerza al solo Bien necesario,
con una fuerza increíble y, no encontrándolo, muere de congoja.
`El hombre insensato' -dice San Pablo- `no entiende estas cosas y el sensual
no las concibe; pero nosotros hablamos de la sabiduría entre los perfectos
y explicamos a los espirituales los misterios del espíritu'. Digo, pues,
que el alma, desprendida de todo anhelo de lo superfluo, es impulsada y atraída
hacia Dios con una fuerza infinita, y es esto lo que le da la muerte; porque
, de un lado, se arranca de todos los objetos sensibles, y por otro, el objeto
que busca es tan inaccesible aquí, que no puede alcanzarlo. No lo ve
sino por la fe, es decir: no lo ve; no lo abraza, sino en medio de sombras y
como a través de las nubes, es decir, que no tiene de dónde asirlo.
Y el amor frustrado se vuelve contra sí mismo y se hace a sí mismo
insoportable."
"Yo he querido daros alguna idea del amor de la Santísima Virgen
durante los días de su destierro y la cautividad de su vida mortal. No,
no; los Serafines mismos no pueden entender, ni dignamente explicar, con qué
fuerza era atraída María a su Bien Amado, ni con qué violencia
sufría su corazón en esta separación. Si jamás hubo
algún alma tan penetrada de la Cruz y de este espíritu de destrucción
santa, fue la Virgen María. Ella estaba, pues, siempre muriendo, siempre
llamando a su Bien Amado con un anhelo mortal".
"No busquéis, pues, almas santas, otra causa de la muerte de la
Santa Virgen. Su amor era tan ardiente, tan fuerte, tan inflamado, que no lanzaba
un suspiro que no debiera romper todas las ligaduras de esta vida mortal; no
enviaba un deseo al Cielo que no hubiera debido arrastrar consigo su alma entera.
Os he dicho antes, cristianos, que su muerte fue milagrosa, pero me veo obligado
a cambiar de opinión: su muerte no fue el milagro, el milagro estuvo
en la suspensión de esa muerte, en que pudiera vivir separada de su Bien
Amado. Vivía, sin embargo, porque esa era la determinación de
Dios, para que fuese conforme con Jesucristo su Hijo crucificado por el martirio
insoportable de una larga vida, tan penosa para Ella, como necesaria para la
Iglesia. Pero como el Divino Amor reinaba en su corazón sin ningún
obstáculo, iba de día en día aumentándose sin cesar
por el ejercicio, creciendo y desarrollándose por sí mismo, de
modo que al fin llegó a tal perfección, que la tierra ya no era
capaz de contenerla. Así, no fue otra causa de la muerte de María
que la vivacidad de su amor".
"Y esta alma santa y bienaventurada atrae consigo a su cuerpo a una resurrección
anticipada. Porque, aunque Dios ha señalado un término común
a la resurrección de todos los muertos, hay razones particulares que
le obligan a avanzar ese término en favor de la Virgen María".
(Bossuet, citado por el Padre Joaquín Cardozo s.j. en La Asunción
de María Santísima). ![]()
¿DÓNDE MURIÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN?
Para
responder a esta pregunta hay que responder primero dónde vivía
la Santísima Virgen cuando tuvo lugar su muerte.
La más antigua y general tradición de la Iglesia señala
que María había vivido en Jerusalén en los últimos
años de su vida. Sin embargo hubo algunos que emitieron la opinión
que la Virgen había vivido en Efeso y que allí había muerto.
Con respecto de Efeso, es conocido por muchos turistas la llamada "Casita
de la Virgen", donde supuestamente habría vivido la Madre de Dios
con San Juan al final de su vida en la tierra y donde, por lo tanto, habría
muerto.
La historia de este sitio comienza recientemente, a fines del siglo pasado,
cuando se descubrieron cerca de Efeso las ruinas de una capilla que en la antigüedad
llevaba el nombre de "Puerta de la Toda Santa", posiblemente dedicada
a la Virgen, y que se encontraba adosada al monte Bulbul-Dag (Monte del Ruiseñor).
Nos dice el Padre Joaquín Cardoso que el propietario hizo correr la voz
de que las ruinas eran de una casita en la que habitara María con San
Juan al final de su vida y que por consiguiente allí habría tenido
lugar la Asunción.
El Padre Cardoso apoya su afirmación en investigaciones y varios autores:
Monseñor Duchesne, Monseñor Baunard (Rector de la Universidad
de Lille), Monseñor Le Camus, documentos todos escritos también
a fines del siglo pasado.
Hoy en día lo de Efeso son unas ruinas reconstruidas en piedra, donde
muestran a los turistas cada aposento de la casa y cada sitio donde supuestamente
tuvo la muerte, la Asunción, etc.
Son unos cuantos los argumentos en favor de Efeso, pero la gran generalidad
de la tradición eclesiástica señala a Jerusalén
como el sitio donde la Virgen vivió sus últimos días en
la tierra. Y el argumento principal a favor de Jerusalén es la cronología
del Nuevo Testamento.
Según la cuenta del Padre Cardoso, por la Sagrada Escritura sabemos que
San Juan no fue a Efeso sino mucho después de la muerte de San Pablo,
por allá en el año 67. Por otro lado, María tenía
15 años cuando dio a luz al Salvador y 48 cuando murió Jesús
en la cruz. Si hubiera ido a Efeso cuando fue San Juan (año 67) para
ese momento hubiera tenido más de 82 años. A esta edad habría
que añadir los años que pasara en Efeso. Habría entonces
muerto María casi de 90 años de edad.
Pero la Tradición de los Padres de la Iglesia señala el final
de los días de María en la tierra entre los 63 y los 69 años
de edad. Con esto se deduce que no fue con San Juan a Efeso, ni vivió
allí nunca, sino que murió en Jerusalén unos 15 años
después de la muerte de Jesús, cuando San Juan todavía
estaba en Jerusalén evangelizando, junto con San Pedro y San Felipe,
las ciudades de Palestina.
Es cierto que San Juan saldría de vez en cuando de Jerusalén.
Es por ello que San Pablo no lo consigue allí en su primera visita a
esa ciudad en el año 43 o 44. San Pablo nos dice que sólo encontró
allí a Pedro y Santiago. (cfr. Gal. 1, 18-20). Sin embargo, sabemos que
San Juan, una vez llegado a Efeso, no volvió a salir de esa zona. Así
que no pudo haber estado en Efeso en ocasión de esa visita de Pablo a
Jerusalén. El mismo San Pablo nos relata que cuando por segunda vez fue
a Jerusalén en el año 50, es decir, 15 años después
de su primera visita, sí encontró a Juan en Jerusalén (cfr.
Gal. 2, 1 y 9). Fue en esa segunda visita cuando tuvo lugar en la Ciudad Santa
la gran Asamblea de los Apóstoles, antes de que éstos se dispersaran
por el mundo entero conocido hasta el momento. (cfr. Hech. 15) ![]()