19/08/05

UN DÍA DE TROPIEZOS IMPENSABLES

COLONIA, Alemania (De una enviada especial).- No sólo fue el debut multitudinario. También las circunstancias probaron el humor de Benedicto XVI con una serie de tropiezos impensables para un mismo pontífice en un solo día.

Para empezar, apenas asomó a la escalerilla del avión, el viento le voló, sin piedad, el solideo. Fueron vanos sus reflejos para atraparlo: el pequeño gorro blanco se perdió en la inmensidad de la pista. Los mechones lacios y canosos del Papa se mecieron al viento.

Pasaron pocos minutos para la segunda broma, que, esta vez, convirtió a Benedicto XVI en una burka andante. Ocurrió cuando el mismo viento del aeropuerto bailó con su capa, haciendo que la prenda llegara a cubrir por completo el rostro del Pontífice. Lo curioso es que ni siquiera eso lo hizo aminorar el paso. Enceguecido y todo, siguió caminando.

Sin tampoco perder la calma, todo lo que ensayó el Pontífice fue un disimulado gesto con las manos para atrapar la estola rebelde. Y cuando fracasaba, a su lado, el presidente Horst Köhler, le echó una mano.

Hubo más. Hasta la enorme Cruz de Peregrino sufrió un percance y perdió, sobre la hora, uno de sus brazos. Se trata de la enorme pieza de madera que acompaña al Pontífice en sus viajes, de modo que era impensable la ceremonia sin ella. Rápidamente, un grupo de operarios puso manos a la obra.

Hasta que algo pasó -en esta ocasión- con la silla reservada para el Papa durante su mensaje a los jóvenes peregrinos: una de sus cuatro patas se aflojó y el mueble bailoteó de manera amenazadora. Alguien corrió por el repuesto, que, generosamente, fue provisto por un hotel cercano a la catedral.

Ante todo eso, Benedicto XVI mostró tanta cintura como apego al protocolo. "No, no se puede", dijo su secretario, Georg Gaenswein, cuando se le pidió una pausa ante los fotógrafos. Muchos lo consideran "el hombre tras el Papa", siempre pendiente de alcanzarle los anteojos con los que, de otro modo, el Pontífice suele enredarse.

Cientos de miles de peregrinos, en tanto, añoraron las pantallas gigantes para poder ver al Papa, y una traducción radial de sus mensajes. Nada de eso funcionó. Pero aun así, lo aplaudieron a rabiar: la mayoría no pudo verlo, pero sabía que estaba allí y ése fue su más poderoso motivo para alegrarse.

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