| Relato de la Anunciación: Evangelio según San Lucas (Lc 1,26-38) | |
| ENCICLICA DE JUAN PABLO II "REDEMPTORIS MATER" (25.III.1987) | |
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MARÍA, NUEVA EVA Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación del Evangelio según San Lucas - Catequesis de Juan Pablo II el 18 de septiembre de 1996. |
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| LA
FE DE LA VIRGEN MARÍA Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación del Evangelio según San Lucas - Catequesis de Juan Pablo II el 3 de julio de 1996 |
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| MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II PARA LA XVIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD - "AHÍ TIENES A TU MADRE" (JN 19, 27) | |
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EL MUNDO EN MANOS DE MARÍA Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación del Evangelio según San Lucas - Catequesis de Juan Pablo II el 24 de marzo de 2004 |
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Relato
de la Anunciación: Evangelio según San Lucas (Lc 1,26-38)
Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de
la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría
aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque
has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a
luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será
grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios
le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de
Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió
al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?» El ángel le respondió: «El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo
y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente,
ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban
estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue.
1.-
ENCICLICA DE JUAN PABLO II "REDEMPTORIS MATER" (25.III.1987)
SUBIR
La Carta Encíclica "Redemptoris Mater" (Madre del Redentor)
fue escrita por el Papa Juan Pablo II durante el noveno año de su pontificado.
La firmó en Roma el 25 de marzo de 1987, solemnidad de la Anunciación
del Señor. Con este documento, el Santo Padre desea reflexionar "sobre
el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia
activa y ejemplar en la vida de la Iglesia".
La encíclica se divide en una introducción, tres partes ("María
en el misterio de Cristo", "La Madre de Dios en el centro de la Iglesia
peregrina" y "Mediación Materna") y una conclusión.
2.- MARÍA, NUEVA EVA
SUBIR
Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación del
Evangelio según San Lucas.
Catequesis de Juan Pablo II el 18 de septiembre de 1996.
María y su obediencia
1. El concilio Vaticano II, comentando el episodio de la Anunciación,
subraya de modo especial el valor del consentimiento de María a las palabras
del mensajero divino. A diferencia de cuanto sucede en otras narraciones bíblicas
semejantes, el ángel lo espera expresamente: «El Padre de las misericordias
quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera
a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó
a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida»
(Lumen Gentium, 56).
La Lumen Gentium recuerda el contraste entre el modo de actuar de Eva y el de
María, que san Ireneo ilustra así: «De la misma manera que
aquella -es decir, Eva- había sido seducida por el discurso de un ángel,
hasta el punto de alejarse de Dios desobedeciendo a su palabra, así ésta
-es decir, María- recibió la buena nueva por el discurso de un
ángel, para llevar en su seno a Dios, obedeciendo a su palabra; y como
aquélla había sido seducida para desobedecer a Dios, ésta
se dejó convencer a obedecer a Dios; por ello, la Virgen María
se convirtió en abogada de la virgen Eva. Y de la misma forma que el
género humano había quedado sujeto a la muerte a causa de una
virgen, fue librado de ella por una Virgen; así la desobediencia de una
virgen fue contrarrestada por la obediencia de una Virgen...» (Adv. Haer.,
5, 19, 1)
Obediencia a la fe
2. Al pronunciar su «sí» total al proyecto divino,
María es plenamente libre ante Dios. Al mismo tiempo, se siente personalmente
responsable ante la humanidad, cuyo futuro está vinculado a su respuesta.
Dios pone el destino de todos en las manos de una joven. El «sí»
de María es la premisa para que se realice el designio que Dios, en su
amor, trazó para la salvación del mundo.
El Catecismo de la Iglesia católica resume de modo sintético y
eficaz el valor decisivo para toda la humanidad del consentimiento libre de
María al plan divino de la salvación: «La Virgen María
colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres.
Ella pronunció su "fiat" "ocupando el lugar de toda la
naturaleza humana". Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva
Eva, madre de los vivientes» (n. 511).
Ejemplo de obediencia al querer divino
3. Así pues, María, con su modo de actuar, nos recuerda la grave
responsabilidad que cada uno tiene de acoger el plan divino sobre la propia
vida. Obedeciendo sin reservas a la voluntad salvífica de Dios que se
le manifestó a través de las palabras del ángel, se presenta
como modelo para aquellos a quienes el Señor proclama bienaventurados,
porque «oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11, 28). Jesús,
respondiendo a la mujer que, en medio de la multitud, proclama bienaventurada
a su madre, muestra la verdadera razón de ser de la bienaventuranza de
María: su adhesión a la voluntad de Dios, que la llevó
a aceptar la maternidad divina.
En la encíclica Redemptoris Mater puse de relieve que la nueva maternidad
espiritual, de la que habla Jesús, se refiere ante todo precisamente
a ella. En efecto, «¿no es tal vez María la primera entre
"aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen"? Y por consiguiente,
¿no se refiere sobre todo a ella aquella bendición pronunciada
por Jesús en respuesta a las palabras de la mujer anónima?»
(n. 20). Así, en cierto sentido, a María se la proclama la primera
discípula de su Hijo (cf. ib.) y, con su ejemplo, invita a todos los
creyentes a responder generosamente a la gracia del Señor. SUBIR
Importancia de su activa colaboración
4. El concilio Vaticano II destaca la entrega total de María
a la persona y a la obra de Cristo: «Se entregó totalmente a sí
misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con
él y en dependencia de él, se puso, por la gracia de Dios todopoderoso,
al servicio del misterio de la redención» (Lumen gentium, 56).
Para María, la entrega a la persona y a la obra de Jesús significa
la unión íntima con su Hijo, el compromiso materno de cuidar de
su crecimiento humano y la cooperación en su obra de salvación.
María realiza este último aspecto de su entrega a Jesús
en dependencia de él, es decir, en una condición de subordinación,
que es fruto de la gracia. Pero se trata de una verdadera cooperación,
porque se realiza con él e implica, a partir de la anunciación,
una participación activa en la obra redentora. «Con razón,
pues, -afirma el concilio Vaticano II- creen los santos Padres que Dios no utilizó
a María como un instrumento puramente pasivo, sino que ella colaboró
por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella, en
efecto, como dice san Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación
propia y de la de todo el género humano" (Adv. Haer., 3, 22, 4)»
(ib.)
María, asociada a la victoria de Cristo sobre el pecado de nuestros primeros
padres, aparece como la verdadera «madre de los vivientes» (ib.).
Su maternidad, aceptada libremente por obediencia al designio divino, se convierte
en fuente de vida para la humanidad entera. SUBIR
3.-
LA FE DE LA VIRGEN MARÍA SUBIR
Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación del
Evangelio según San Lucas.
Catequesis de Juan Pablo II el 3 de julio de 1996
Luminosa respuesta del Ángel
1. En la narración evangélica de la Visitación, Isabel,
«llena de Espíritu Santo», acogiendo a María en su
casa, exclama: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45).
Esta bienaventuranza, la primera que refiere el evangelio de san Lucas, presenta
a María como la mujer que con su fe precede a la Iglesia en la realización
del espíritu de las bienaventuranzas.
El elogio que Isabel hace de la fe de María se refuerza comparándolo
con el anuncio del ángel a Zacarías. Una lectura superficial de
las dos anunciaciones podría considerar semejantes las respuestas de
Zacarías y de María al mensajero divino: «¿En qué
lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad»,
dice Zacarías; y María: «¿Cómo será
esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 18.34). Pero la profunda
diferencia entre las disposiciones íntimas de los protagonistas de los
dos relatos se manifiesta en las palabras del ángel, que reprocha a Zacarías
su incredulidad, mientras que da inmediatamente una respuesta a la pregunta
de María. A diferencia del esposo de Isabel, María se adhiere
plenamente al proyecto divino, sin subordinar su consentimiento a la concesión
de un signo visible.
Al ángel que le propone ser madre, María le hace presente su propósito
de virginidad. Ella, creyendo en la posibilidad del cumplimiento del anuncio,
interpela al mensajero divino sólo sobre la modalidad de su realización,
para corresponder mejor a la voluntad de Dios, a la que quiere adherirse y entregarse
con total disponibilidad. «Buscó el modo; no dudó de la
omnipotencia de Dios», comenta san Agustín (Sermo 291).
Movida por su gran amor
2. También el contexto en el que se realizan las dos anunciaciones
contribuye a exaltar la excelencia de la fe de María. En la narración
de san Lucas captamos la situación más favorable de Zacarías
y lo inadecuado de su respuesta. Recibe el anuncio del ángel en el templo
de Jerusalén, en el altar delante del «Santo de los Santos»
(cf. Ex 30, 6-8); el ángel se dirige a él mientras ofrece el incienso;
por tanto, durante el cumplimiento de su función sacerdotal, en un momento
importante de su vida; se le comunica la decisión divina durante una
visión. Estas circunstancias particulares favorecen una comprensión
más fácil de la autenticidad divina del mensaje y son un motivo
de aliento para aceptarlo prontamente.
Por el contrario, el anuncio a María tiene lugar en un contexto más
simple y ordinario, sin los elementos externos de carácter sagrado que
están presentes en el anuncio a Zacarías. San Lucas no indica
el lugar preciso en el que se realiza la anunciación del nacimiento del
Señor; refiere, solamente, que María se hallaba en Nazaret, aldea
poco importante, que no parece predestinada a ese acontecimiento. Además,
el evangelista no atribuye especial importancia al momento en que el ángel
se presenta, dado que no precisa las circunstancias históricas. En el
contacto con el mensajero celestial, la atención se centra en el contenido
de sus palabras, que exigen a María una escucha intensa y una fe pura.
Esta última consideración nos permite apreciar la grandeza de
la fe de María, sobre todo si la comparamos con la tendencia a pedir
con insistencia, tanto ayer como hoy, signos sensibles para creer. Al contrario,
la aceptación de la voluntad divina por parte de la Virgen está
motivada sólo por su amor a Dios. SUBIR
Su pregunta manifiesta su fe
3. A María se le propone que acepte una verdad mucho más
alta que la anunciada a Zacarías. Éste fue invitado a creer en
un nacimiento maravilloso que se iba a realizar dentro de una unión matrimonial
estéril, que Dios quería fecundar. Se trata de una intervención
divina análoga a otras que habían recibido algunas mujeres del
Antiguo Testamento: Sara (Gn 17, 15-21; 18, 10-14), Raquel (Gn 30, 22), la madre
de Sansón (Jc 13, 1-7) y Ana, la madre de Samuel (1 S 1, 11-20). En estos
episodios se subraya, sobre todo, la gratuidad del don de Dios.
María es invitada a creer en una maternidad virginal, de la que el Antiguo
Testamento no recuerda ningún precedente. En realidad, el conocido oráculo
de Isaías: «He aquí que una doncella está encinta
y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is
7, 14), aunque no excluye esta perspectiva, ha sido interpretado explícitamente
en este sentido sólo después de la venida de Cristo, y a la luz
de la revelación evangélica.
A María se le pide que acepte una verdad jamás enunciada antes.
Ella la acoge con sencillez y audacia. Con la pregunta: «¿Cómo
será esto?», expresa su fe en el poder divino de conciliar la virginidad
con su maternidad única y excepcional.
Respondiendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35), el ángel
da la inefable solución de Dios a la pregunta formulada por María.
La virginidad, que parecía un obstáculo, resulta ser el contexto
concreto en que el Espíritu Santo realizará en ella la concepción
del Hijo de Dios encarnado. La respuesta del ángel abre el camino a la
cooperación de la Virgen con el Espíritu Santo en la generación
de Jesús
Siempre fe para la salvación
4. En la realización del designio divino se da la libre colaboración
de la persona humana. María, creyendo en la palabra del Señor,
coopera en el cumplimiento de la maternidad anunciada.
Los Padres de la Iglesia subrayan a menudo este aspecto de la concepción
virginal de Jesús. Sobre todo san Agustín, comentando el evangelio
de la Anunciación, afirma: «El ángel anuncia, la Virgen
escucha, cree y concibe» (Sermo 13 in Nat. Dom.). Y añade: «Cree
la Virgen en el Cristo que se le anuncia, y la fe le trae a su seno; desciende
la fe a su corazón virginal antes que a sus entrañas la fecundidad
maternal» (Sermo 293).
El acto de fe de María nos recuerda la fe de Abraham, que al comienzo
de la antigua alianza creyó en Dios, y se convirtió así
en padre de una descendencia numerosa (cf. Gn 15, 6; Redemptoris Mater, 14).
Al comienzo de la nueva alianza también María, con su fe, ejerce
un influjo decisivo en la realización del misterio de la Encarnación,
inicio y síntesis de toda la misión redentora de Jesús.
La estrecha relación entre fe y salvación, que Jesús puso
de relieve durante su vida pública (cf. Mc 5, 34; 10, 52; etc.), nos
ayuda a comprender también el papel fundamental que la fe de María
ha desempeñado y sigue desempeñando en la salvación del
género humano. SUBIR
4.- MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II PARA LA XVIII
JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD - "AHÍ TIENES A TU
MADRE" (JN 19, 27) SUBIR
¡Queridos jóvenes!
1. Es para mí motivo de renovada alegría poder dirigiros de nuevo
un Mensaje especial con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud,
para testimoniaros el afecto que os tengo. Conservo en la memoria, como un recuerdo
luminoso, las impresiones suscitadas en mí durante nuestros encuentros
en las Jornadas Mundiales: los jóvenes y el Papa juntos, con un gran
número de Obispos y sacerdotes, miran a Cristo, luz del mundo, lo invocan
y lo anuncian a toda la familia humana. Mientras doy gracias a Dios por el testimonio
de fe que habéis dado recientemente en Toronto, os renuevo la invitación
que pronuncié a orillas del lago Ontario: «¡La Iglesia os
mira con confianza, y espera que seáis el pueblo de las bienaventuranzas!»
(Exhibition Place, 25 de julio 2002).
Para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud que celebraréis en las diversas
diócesis del mundo, he escogido un tema en relación con el Año
del Rosario: "¡Ahí tienes a tu Madre!" (Jn 19,27). Antes
de morir, Jesús entrega al apóstol Juan lo más precioso
que tiene: su Madre, María. Son las últimas palabras del Redentor,
que por ello adquieren un carácter solemne y constituyen como su testamento
espiritual.
2.- Las palabras del ángel Gabriel en Nazaret: "Alégrate,
llena de gracia" (Lc 1,28) iluminan también la escena del Calvario.
La Anunciación marca el inicio, la Cruz señala el cumplimiento.
En la Anunciación, María dona en su seno la naturaleza humana
al Hijo de Dios; al pie de la Cruz, en Juan, acoge en su corazón la humanidad
entera. Madre de Dios desde el primer instante de la Encarnación, Ella
se convierte en Madre de los hombres en los últimos instantes de la vida
de su Hijo Jesús. Ella, que está libre de pecado, "conoce"
en el Calvario en su propio ser el sufrimiento del pecado, que su Hijo carga
sobre sí para salvar a la humanidad. Al pie de la Cruz en la que está
muriendo Aquél que ha concebido con el "sí" de la Anunciación,
María recibe de Él como una "segunda anunciación":
«¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19,26).SUBIR
En la Cruz, el Hijo puede derramar su sufrimiento en el corazón de la
Madre. Todo hijo que sufre siente esta necesidad. También vosotros, queridos
jóvenes, os enfrentáis al sufrimiento: la soledad, los fracasos
y las desilusiones en vuestra vida personal; las dificultades para adaptarse
al mundo de los adultos y a la vida profesional; las separaciones y los lutos
en vuestras familias; la violencia de las guerras y la muerte de los inocentes.
Pero sabed que en los momentos difíciles, que no faltan en la vida de
cada uno, no estáis solos: como a Juan al pie de la Cruz, Jesús
os entrega también a vosotros su Madre, para que os conforte con su ternura.
3. El Evangelio dice después que «desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa» (Jn 19,27). Esta expresión, tan comentada
desde los inicios de la Iglesia, no sólo designa el lugar en el que habitaba
Juan. Más que el aspecto material, evoca la dimensión espiritual
de esta acogida, de la nueva relación instaurada entre María y
Juan.
Vosotros, queridos jóvenes, tenéis más o menos la misma
edad que Juan y el mismo deseo de estar con Jesús. Es Cristo quien hoy
os pide expresamente que os llevéis a María "a vuestra casa",
que la acojáis "entre vuestros bienes" para aprender de Ella,
que «conservaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»
(Lc 2,19), la disposición interior para la escucha y la actitud de humildad
y de generosidad que la distinguieron como la primera colaboradora de Dios en
la obra de la salvación. Es Ella la que, mediante su ministerio materno,
os educa y os modela hasta que Cristo esté formado plenamente en vosotros
(cfr Rosarium Virginis Mariae , 15).
4. Por esto repito también hoy el lema de mi servicio episcopal y pontificio:
«Totus tuus». He experimentado constantemente en mi vida la presencia
amorosa y eficaz de la Madre del Señor; María me acompaña
cada día en el cumplimiento de la misión de Sucesor de Pedro.
SUBIR
María es Madre de la divina gracia, porque es Madre del Autor de la gracia.
¡Entregaos a Ella con plena confianza! Resplandeceréis con la belleza
de Cristo. Abiertos al soplo del Espíritu, os convertiréis en
apóstoles intrépidos, capaces de difundir a vuestro alrededor
el fuego de la caridad y la luz de la verdad. En la escuela de María,
descubriréis el compromiso concreto que Cristo espera de vosotros, aprenderéis
a darle el primer lugar de vuestra vida, a orientar hacia Él vuestros
pensamientos y vuestras acciones.
Queridos jóvenes, ya lo sabéis: el cristianismo no es una opinión
y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es
una Persona, es el Viviente! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar:
he aquí la vocación cristiana. María os es entregada para
ayudaros a entrar en una relación más auténtica, más
personal con Jesús. Con su ejemplo, María os enseña a posar
una mirada de amor sobre aquel que nos ha amado primero. Por su intercesión,
María plasma en vosotros un corazón de discípulos capaces
de ponerse a la escucha del Hijo, que revela el auténtico rostro del
Padre y la verdadera dignidad del hombre.
5. El 16 de octubre de 2002 he proclamado el "Año del Rosario"
y he invitado a todos los hijos de la Iglesia a hacer de esta antigua oración
mariana un ejercicio sencillo y profundo de contemplación del rostro
de Cristo. Recitar el Rosario significa de hecho aprender a contemplar a Jesús
con los ojos de su Madre, amar a Jesús con el corazón de su Madre.
Hoy os entrego idealmente, también a vosotros, queridos jóvenes,
el Rosario. ¡A través de la oración y la meditación
de los misterios, María os guía con seguridad hacia su Hijo! No
os avergoncéis de rezar el Rosario a solas, mientras vais al colegio,
a la universidad o al trabajo, por la calle y en los medios de transporte público;
habituaos a rezarlo entre vosotros, en vuestros grupos, movimientos y asociaciones;
no dudéis en proponer su rezo en casa, a vuestros padres y a vuestros
hermanos, porque el Rosario renueva y consolida los lazos entre los miembros
de la familia. Esta oración os ayudará a ser fuertes en la fe,
constantes en la caridad, alegres y perseverantes en la esperanza.
Con María, la sierva del Señor, descubriréis la alegría
y la fecundidad de la vida oculta. Con Ella, la discípula del Maestro,
seguiréis a Jesús por las calles de Palestina, convirtiéndoos
en testigos de su predicación y de sus milagros. Con Ella, Madre dolorosa,
acompañaréis a Jesús en su pasión y muerte. Con
Ella, Virgen de la esperanza, acogeréis el anuncio gozoso de la Pascua
y el don inestimable del Espíritu Santo. SUBIR
6. Queridos jóvenes, sólo Jesús conoce vuestro corazón,
vuestros deseos más profundos. Sólo Él, que os ha amado
hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus
palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie
fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad. Siguiendo el ejemplo
de María, sabed decirle a Cristo vuestro "sí" incondicional.
Que no haya en vuestra existencia lugar para el egoísmo y la pereza.
Ahora más que nunca es urgente que seáis los "centinelas
de la mañana", los vigías que anuncian la luz del alba y
la nueva primavera del Evangelio, de la que ya se ven los brotes. La humanidad
tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes,
que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo
la propia fe en Dios, Señor y Salvador.
Sabed también vosotros, queridos amigos, que esta misión no es
fácil. Y que puede convertirse incluso en imposible, si sólo contáis
con vosotros mismos. Pero «lo que es imposible para los hombres, es posible
para Dios» (Lc 18,27; 1,37). Los verdaderos discípulos de Cristo
tienen conciencia de su propia debilidad. Por esto ponen toda su confianza en
la gracia de Dios que acogen con corazón indiviso, convencidos de que
sin Él no pueden hacer nada (cfr Jn 15,5). Lo que les caracteriza y distingue
del resto de los hombres no son los talentos o las disposiciones naturales.
Es su firme determinación de caminar tras las huellas de Jesús.
¡Sed sus imitadores así como ellos lo fueron de Cristo! Y "que
Él pueda iluminar los ojos de vuestro corazón para que conozcáis
cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por Él;
cuál la riqueza de la gloria otorgada por Él en herencia a los
santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los
creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa" (Ef 1,18-19).
SUBIR
7. Queridos jóvenes, el próximo Encuentro Mundial tendrá
lugar, como sabéis, en el 2005 en Alemania, en la ciudad y en la diócesis
de Colonia. El camino es aún largo, pero los dos años que nos
separan de esta cita pueden servir para una intensa preparación. Que
os ayuden en este camino los temas que he escogido para vosotros:
- 2004, XIX Jornada Mundial de la Juventud: «Queremos ver a Jesús»
(Jn 12,21);
- 2005, XX Jornada Mundial de la Juventud: «Hemos venido a adorarle»
(Mt 2,2).
Mientras tanto volveréis a encontraros en vuestras Iglesias locales para
el Domingo de Ramos: ¡vivid comprometidos, en la oración, en la
atenta escucha y en el compartir gozoso estas ocasiones de "formación
permanente", manifestando vuestra fe ardiente y devota! ¡Como los
Reyes Magos, sed también vosotros peregrinos animados por el deseo de
encontrar al Mesías y de adorarle! ¡Anunciad con valentía
que Cristo, muerto y resucitado, es vencedor del mal y de la muerte!
En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la guerra, testimoniad
que Él y sólo Él puede dar la verdadera paz al corazón
del hombre, a las familias y a los pueblos de la tierra. Esforzaos por buscar
y promover la paz, la justicia y la fraternidad. Y no olvidéis la palabra
del Evangelio: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos
serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
Al confiaros a la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
os acompaño con una especial Bendición Apostólica, signo
de mi confianza y confirmación de mi afecto hacia vosotros.
Desde el Vaticano, el 8 de marzo de 2003 - Ioannes Paulus II. SUBIR
5.- EL MUNDO EN MANOS DE MARÍA SUBIR
En
tiempos de «violencia, terrorismo y guerra», Juan Pablo II volvió
a poner el mundo en manos de la Virgen María durante la audiencia general
de este miércoles (24/03/2004) .
El Santo Padre renovó en la plaza de San Pedro del Vaticano el acto con
el que confió a la humanidad al Corazón Inmaculado de María
el 25 de marzo de 1984, Año Santo de la Redención, «respondiendo
a lo que había pedido Nuestra Señora en Fátima».
En su intervención ante los peregrinos, el Papa repasó en su intervención
otros de los «momentos significativos» de este pontificado, calificado
por algunos expertos como «mariano».
Recordó que el 8 de diciembre de 1978, al inicio de su ministerio de
obispo de Roma, en la Basílica de Santa María la Mayor ya había
puesto en manos de María a la Iglesia y al mundo.
El 4 de junio de 1979, en su primer viaje a Polonia, añadió, «renové
este acto de entrega en el Santuario de Jasna Gora».
1. Mañana celebraremos la solemnidad de la Anunciación, que nos permite contemplar la Encarnación del Verbo eterno, hecho hombre en el seno de María. El «sí» de la Virgen abrió las puertas a la realización del designio salvador del Padre celestial, designio de redención para todos los hombres. Esta fiesta, que este año cae en el corazón de la Cuaresma, si bien nos remonta a los orígenes de la salvación, nos invita también a dirigir la mirada hacia el Misterio pascual. Contemplemos a Cristo crucificado que ha redimido a la humanidad, cumpliendo hasta el final la voluntad del Padre. En el Calvario, en los últimos instantes de vida, Jesús nos confió a María como Madre y nos entregó a ella como hijos.
Asociada al Misterio de la Encarnación, la Virgen coparticipa en el Misterio de la Redención. Su «fiat», que recordaremos mañana, se hace eco el del Verbo encarnado. En íntima sintonía con el «fiat» de Cristo y de la Virgen, cada uno de nosotros está llamado a unir su propio «sí» a los misteriosos designios de la Providencia. Sólo de la plena adhesión a la voluntad divina surgen esa alegría y esa paz auténticas que todos deseamos ardientemente, también para nuestro tiempo.
2. En la víspera de esta fiesta, cristológica y mariana al mismo tiempo, mi pensamiento se dirige a algunos momentos significativos de mi pontificado: al 8 de diciembre de 1978, cuando en la Basílica de Santa María la Mayor puse en manos de María a la Iglesia y al mundo; el 4 de junio del año siguiente, cuando renové este acto de entrega en el Santuario de Jasna Gora. En particular, pienso en el 25 de marzo de 1984, Año Santo de la Redención. Han pasado veinte años desde aquel día, cuando en la Plaza de San Pedro, en unión espiritual con todos los obispos del mundo precedentemente «convocados», quise confiar a toda la humanidad al Corazón Inmaculado de María, respondiendo a lo que había pedido Nuestra Señora en Fátima. SUBIR
3. Entonces, la humanidad vivía momentos difíciles, de gran preocupación e incertidumbre. Veinte años después, el mundo sigue marcado por el odio, la violencia, el terrorismo y la guerra. Entre las numerosas víctimas que la crónica diaria registra, se encuentran muchas personas indefensas, golpeadas mientras cumplen su deber. En la Jornada de hoy, dedicada al recuerdo y a la oración por los «Misioneros mártires», no podemos dejar de recordar a los sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos fallecidos en tierra de misión en el transcurso del año 2003. Tanta sangre sigue siendo derramada en muchas regiones del planeta. Sigue siendo urgente la necesidad de hombres que abran los corazones a un esfuerzo valiente de recíproca comprensión. Cada vez se hace más intensa la sed de justicia y paz en todas las partes de la tierra. ¿Cómo no responder a esta sed de esperanza y de amor recurriendo a Cristo, por medio de María? A la Virgen Santa le repito también hoy la súplica que le dirigí entonces.
«Madre de Cristo, que se revele una vez más, en la historia del mundo, la infinita potencia salvadora de la Redención: ¡potencia del Amor misericordioso! ¡Que éste detenga el mal! ¡Que transforme las conciencias! ¡Que en tu corazón Inmaculado se revele para todos la luz de la esperanza!. SUBIR
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