Carta de S.S. Juan Pablo II a las mujeres
Vaticano, 29
de junio de 1995, solemnidad de los santos Pedro y Pablo
A vosotras, mujeres
del mundo entero, os doy mi más cordial saludo:
1. A cada una
de vosotras dirijo esta carta con objeto de compartir y manifestar gratitud,
en la proximidad de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, que tendrá
lugar en Pekín el próximo mes de septiembre.
Ante todo deseo
expresar mi vivo reconocimiento a la Organización de las Naciones Unidas,
que ha promovido tan importante iniciativa. La Iglesia quiere ofrecer también
su contribución en defensa de la dignidad, papel y derechos de las
mujeres, no sólo a través de la aportación específica
de la Delegación oficial de la Santa Sede a los trabajos de Pekín,
sino también hablando directamente al corazón y a la mente de
todas las mujeres. Recientemente, con ocasión de la visita que la Señora
Gertrudis Mongella, Secretaria General de la Conferencia, me ha hecho precisamente
con vistas a este importante encuentro, le he entregado un Mensaje en el que
se recogen algunos puntos fundamentales de la enseñanza de la Iglesia
al respecto. Es un mensaje que, más allá de la circunstancia
específica que lo ha inspirado, se abre a la perspectiva más
general de la realidad y de los problemas de las mujeres en su conjunto, poniéndose
al servicio de su causa en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.
Por lo cual he dispuesto que se enviara a todas las Conferencias Episcopales,
para asegurar su máxima difusión.
Refiriéndome a lo expuesto en dicho documento, quiero ahora dirigirme
directamente a cada mujer, para reflexionar con ella sobre sus problemas y
las perspectivas de la condición femenina en nuestro tiempo, deteniéndome
en particular sobre el tema esencial de la dignidad y de los derechos de las
mujeres, considerados a la luz de la Palabra de Dios.
El punto de partida
de este diálogo ideal no es otro que dar gracias. « La Iglesia
--escribía en la Carta apostólica Mulieris dignitatem-- desea
dar gracias a la Santísima Trinidad por el "misterio de la mujer"
y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina,
por las "maravillas de Dio", que en la historia de la humanidad
se han realizado en ella y por ella » (n. 31).
2. Dar gracias
al Señor por su designio sobre la vocación y la misión
de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo
a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.
Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con
la alegría y los dolores de parto de una experiencia única,
la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te
hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de
referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias,
mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante
una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión
y de la vida.
Te doy gracias,
mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también
al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición,
generosidad y constancia.
Te doy gracias,
mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social,
económica, cultural, artística y política, mediante la
indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura
capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de
la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a la edificación
de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias,
mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la
Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor
de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una
respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión
que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias,
mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia
de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes
a la plena verdad de las relaciones humanas.
3. Pero dar gracias
no basta, lo sé. Por desgracia somos herederos de una historia de enormes
condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil
el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas,
marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud. Esto le ha impedido
ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas
riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar
responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones
culturales que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones.
Pero si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos,
responsabilidades objetivas incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento
sinceramente. Que este sentimiento se convierta para toda la Iglesia en un
compromiso de renovada fidelidad a la inspiración evangélica,
que precisamente sobre el tema de la liberación de la mujer de toda
forma de abuso y de dominio tiene un mensaje de perenne actualidad, el cual
brota de la actitud misma de Cristo. El, superando las normas vigentes en
la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud
de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en
la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor
de Dios. Mirando hacia El, al final de este segundo milenio, resulta espontáneo
preguntarse: ?qué parte de su mensaje ha sido comprendido y llevado
a término?
Ciertamente,
es la hora de mirar con la valentía de la memoria, y reconociendo sinceramente
las responsabilidades, la larga historia de la humanidad, a la que las mujeres
han contribuido no menos que los hombres, y la mayor parte de las veces en
condiciones bastante más adversas. Pienso, en particular, en las mujeres
que han amado la cultura y el arte, y se han dedicado a ello partiendo con
desventaja, excluidas a menudo de una educación igual, expuestas a
la infravaloración, al desconocimiento e incluso al despojo de su aportación
intelectual. Por desgracia, de la múltiple actividad de las mujeres
en la historia ha quedado muy poco que se pueda recuperar con los instrumentos
de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo
haya enterrado sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo
benéfico en la linfa vital que conforma el ser de las generaciones
que se han sucedido hasta nosotros. Respecto a esta grande e inmensa «
tradición » femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable.
¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas
en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad,
capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y en definitiva por la dignidad
misma de su ser!
4. Y qué
decir también de los obstáculos que, en tantas partes del mundo,
impiden aún a las mujeres su plena inserción en la vida social,
política y económica? Baste pensar en cómo a menudo es
penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la
humanidad debe también su misma supervivencia. Ciertamente, aún
queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación.
Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de
la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo,
tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad
de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va
unido a los derechos y deberes del ciudadano en un régimen democrático.
Se trata de un
acto de justicia, pero también de una necesidad. Los graves problemas
sobre la mesa, en la política del futuro, verán a la mujer comprometida
cada vez más: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios
sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecología, etc. Para
todos estos campos será preciosa una mayor presencia social de la mujer,
porque contribuirá a manifestar las contradicciones de una sociedad
organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligará
a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanización
que configuran la « civilización del amor ».
5. Mirando también
uno de los aspectos más delicados de la situación femenina en
el mundo, cómo no recordar la larga y humillante historia --a menudo
« subterránea »-- de abusos cometidos contra las mujeres
en el campo de la sexualidad? A las puertas del tercer milenio no podemos
permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno. Es hora de condenar
con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de
defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto
a las mujeres. En nombre del respeto de la persona no podemos además
no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve
la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas
incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción
y hacer un uso mercenario de su cuerpo.
Ante estas perversiones,
cuánto reconocimiento merecen en cambio las mujeres que, con amor heroico
por su criatura, llevan a término un embarazo derivado de la injusticia
de relaciones sexuales impuestas con la fuerza; y esto no sólo en el
conjunto de las atrocidades que por desgracia tienen lugar en contextos de
guerra todavía tan frecuentes en el mundo, sino también en situaciones
de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de permisivismo hedonístico,
en que prosperan también más fácilmente tendencias de
machismo agresivo. En semejantes condiciones, la opción del aborto,
que es siempre un pecado grave, antes de ser una responsabilidad de las mujeres,
es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente que lo rodea.
6. Mi «
gratitud » a las mujeres se convierte pues en una llamada apremiante,
a fin de que por parte de todos, y en particular por parte de los Estados
y de las instituciones internacionales, se haga lo necesario para devolver
a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y de su papel. A este propósito
expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han
dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la
conquista de fundamentales derechos sociales, económicos y políticos,
y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo
era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad,
una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado.
Como expuse en
el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, mirando este
gran proceso de liberación de la mujer, se puede decir que «
ha sido un camino difícil y complicado y, alguna vez, no exento de
errores, aunque sustancialmente positivo, incluso estando todavía incompleto
por tantos obstáculos que, en varias partes del mundo, se interponen
a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad
» (n. 4).
¡Es necesario
continuar en este camino! Sin embargo estoy convencido de que el secreto para
recorrer libremente el camino del pleno respeto de la identidad femenina no
está solamente en la denuncia, aunque necesaria, de las discriminaciones
y de las injusticias, sino también y sobre todo en un eficaz e ilustrado
proyecto de promoción, que contemple todos los ámbitos de la
vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de
la dignidad de la mujer. A su reconocimiento, no obstante los múltiples
condicionamientos históricos, nos lleva la razón misma, que
siente la Ley de Dios inscrita en el corazón de cada hombre. Pero es
sobre todo la Palabra de Dios la que nos permite descubrir con claridad el
radical fundamento antropológico de la dignidad de la mujer, indicándonoslo
en el designio de Dios sobre la humanidad.
7. Permitidme
pues, queridas hermanas, que medite de nuevo con vosotras sobre la maravillosa
página bíblica que presenta la creación del ser humano,
y que dice tanto sobre vuestra dignidad y misión en el mundo.
El Libro del Génesis habla de la creación de modo sintético
y con lenguaje poético y simbólico, pero profundamente verdadero:
« Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios
le creó: varón y mujer los creó » (Gn 1, 27). La
acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso.
Ante todo, se dice que el ser humano es creado « a imagen y semejanza
de Dios » (cf. Gn 1, 26), expresión que aclara en seguida el
carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación.
Se dice además que el ser humano, desde el principio, es creado como
« varón y mujer » (Gn 1, 27). La Escritura misma da la
interpretación de este dato: el hombre, aun encontrándose rodeado
de las innumerables criaturas del mundo visible, ve que está solo (cf.
Gn 2, 20). Dios interviene para hacerlo salir de tal situación de soledad:
« No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda
adecuada » (Gn 2, 18). En la creación de la mujer está
inscrito, pues, desde el inicio el principio de la ayuda: ayuda --mírese
bien-- no unilateral, sino recíproca. La mujer es el complemento del
hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre
sí complementarios. La femineidad realiza lo « humano »
tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria.
Cuando el Génesis
habla de « ayuda », no se refiere solamente al ámbito del
obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre
sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico
y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad
de lo « masculino » y de lo « femenino » lo «
humano » se realiza plenamente.
8. Después
de crear al ser humano varón y mujer, Dios dice a ambos: « Llenad
la tierra y sometedla » (Gn 1, 28). No les da sólo el poder de
procrear para perpetuar en el tiempo el género humano, sino que les
entrega también la tierra como tarea, comprometiéndolos a administrar
sus recursos con responsabilidad. El ser humano, ser racional y libre, está
llamado a transformar la faz de la tierra. En este encargo, que esencialmente
es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio
igual responsabilidad. En su reciprocidad esponsal y fecunda, en su común
tarea de dominar y someter la tierra, la mujer y el hombre no reflejan una
igualdad estática y uniforme, y ni siquiera una diferencia abismal
e inexorablemente conflictiva: su relación más natural, de acuerdo
con el designio de Dios, es la « unidad de los dos », o sea una
« unidualidad » relacional, que permite a cada uno sentir la relación
interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante.
A esta «
unidad de los dos » confía Dios no sólo la obra de la
procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma
de la historia. Si durante el Año internacional de la Familia, celebrado
en 1994, se puso la atención sobre la mujer como madre, la Conferencia
de Pekín es la ocasión propicia para una nueva toma de conciencia
de la múltiple aportación que la mujer ofrece a la vida de todas
las sociedades y naciones. Es una aportación, ante todo, de naturaleza
espiritual y cultural, pero también socio-política y económica.
¡Es mucho verdaderamente lo que deben a la aportación de la mujer
los diversos sectores de la sociedad, los Estados, las culturas nacionales
y, en definitiva, el progreso de todo el genero humano!
9. Normalmente
el progreso se valora según categorías científicas y
técnicas, y también desde este punto de vista no falta la aportación
de la mujer. Sin embargo, no es ésta la única dimensión
del progreso, es más, ni siquiera es la principal. Más importante
es la dimensión ética y social, que afecta a las relaciones
humanas y a los valores del espíritu: en esta dimensión, desarrollada
a menudo sin clamor, a partir de las relaciones cotidianas entre las personas,
especialmente dentro de la familia, la sociedad es en gran parte deudora precisamente
al « genio de la mujer ».
A este respecto,
quiero manifestar una particular gratitud a las mujeres comprometidas en los
más diversos sectores de la actividad educativa, fuera de la familia:
asilos, escuelas, universidades, instituciones asistenciales, parroquias,
asociaciones y movimientos. Donde se da la exigencia de un trabajo formativo
se puede constatar la inmensa disponibilidad de las mujeres a dedicarse a
las relaciones humanas, especialmente en favor de los más débiles
e indefensos. En este cometido manifiestan una forma de maternidad afectiva,
cultural y espiritual, de un valor verdaderamente inestimable, por la influencia
que tiene en el desarrollo de la persona y en el futuro de la sociedad. ?Cómo
no recordar aquí el testimonio de tantas mujeres católicas y
de tantas Congregaciones religiosas femeninas que, en los diversos continentes,
han hecho de la educación, especialmente de los niños y de las
niñas, su principal servicio? Cómo no mirar con gratitud a todas
las mujeres que han trabajado y siguen trabajando en el campo de la salud,
no sólo en el ámbito de las instituciones sanitarias mejor organizadas,
sino a menudo en circunstancias muy precarias, en los Países más
pobres del mundo, dando un testimonio de disponibilidad que a veces roza el
martirio?
10. Deseo pues,
queridas hermanas, que se reflexione con mucha atención sobre el tema
del « genio de la mujer », no sólo para reconocer los caracteres
que en el mismo hay de un preciso proyecto de Dios que ha de ser acogido y
respetado, sino también para darle un mayor espacio en el conjunto
de la vida social así como en la eclesial. Precisamente sobre este
tema, ya tratado con ocasión del Año Mariano, tuve oportunidad
de ocuparme ampliamente en la citada Carta apostólica Mulieris dignitatem,
publicada en 1988. Este año, además, con ocasión del
Jueves Santo, a la tradicional Carta que envío a los sacerdotes he
querido agregar idealmente la Mulieris dignitatem, invitándoles a reflexionar
sobre el significativo papel que la mujer tiene en sus vidas como madre, como
hermana y como colaboradora en las obras apostólicas. Es ésta
otra dimensión, --diversa de la conyugal, pero asimismo importante--
de aquella « ayuda » que la mujer, según el Génesis,
está llamada a ofrecer al hombre.
La Iglesia ve
en María la máxima expresión del « genio femenino
» y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración. María
se ha autodefinido « esclava del Señor » (Lc 1, 38). Por
su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada,
nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose
al servicio de Dios, ha estado también al servicio de los hombres:
un servicio de amor. Precisamente este servicio le ha permitido realizar en
su vida la experiencia de un misterioso, pero auténtico « reinar
». No es por casualidad que se la invoca como « Reina del cielo
y de la tierra ». Con este título la invoca toda la comunidad
de los creyentes, la invocan como « Reina » muchos pueblos y naciones.
¡Su « reinar » es servir! ¡Su servir es « reinar
»!
De este modo
debería entenderse la autoridad, tanto en la familia como en la sociedad
y en la Iglesia. El « reinar » es la revelación de la vocación
fundamental del ser humano, creado a « imagen » de Aquel que es
el Señor del cielo y de la tierra, llamado a ser en Cristo su hijo
adoptivo. El hombre es la única criatura sobre la tierra que «
Dios ha amado por sí misma », como enseña el Concilio
Vaticano II, el cual añade significativamente que el hombre «
no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera
de sí mismo » (Gaudium et spes, 24).
En esto consiste
el « reinar » materno de María. Siendo, con todo su ser,
un don para el Hijo, es un don también para los hijos e hijas de todo
el género humano, suscitando profunda confianza en quien se dirige
a Ella para ser guiado por los difíciles caminos de la vida al propio
y definitivo destino trascendente. A esta meta final llega cada uno a través
de las etapas de la propia vocación, una meta que orienta el compromiso
en el tiempo tanto del hombre como de la mujer.
11. En este horizonte
de « servicio » --que, si se realiza con libertad, reciprocidad
y amor, expresa la verdadera « realeza » del ser humano-- es posible
acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad
de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición
arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y
femenino. Es un tema que tiene su aplicación específica incluso
dentro de la Iglesia. Si Cristo --con una elección libre y soberana,
atestiguada por el Evangelio y la constante tradición eclesial-- ha
confiado solamente a los varones la tarea de ser «icono » de su
rostro de « pastor » y de « esposo » de la Iglesia
a través del ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada
al papel de la mujer, así como al de los demás miembros de la
Iglesia que no han recibido el orden sagrado, siendo por lo demás todos
igualmente dotados de la dignidad propia del « sacerdocio común
», fundamentado en el Bautismo. En efecto, estas distinciones de papel
no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento propios
de las sociedades humanas, sino con los criterios específicos de la
economía sacramental, o sea, la economía de « signos »
elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres.
Por otra parte,
precisamente en la línea de esta economía de signos, incluso
fuera del ámbito sacramental, hay que tener en cuenta la « femineidad
» vivida según el modelo sublime de María. En efecto,
en la « femineidad » de la mujer creyente, y particularmente en
el de la « consagrada », se da una especie de « profecía
» inmanente (cf. Mulieris dignitatem, 29), un simbolismo muy evocador,
podría decirse un fecundo « carácter de icono »,
que se realiza plenamente en María y expresa muy bien el ser mismo
de la Iglesia como comunidad consagrada totalmente con corazón «
virgen », para ser « esposa » de Cristo y « madre
» de los creyentes. En esta perspectiva de complementariedad «
icónica » de los papeles masculino y femenino se ponen mejor
de relieve las dos dimensiones imprescindibles de la Iglesia: el principio
« mariano » y el « apostólico-petrino » (cf.
ibid., 27).
Por otra parte
--lo recordaba a los sacerdotes en la citada Carta del Jueves Santo de este
año-- el sacerdocio ministerial, en el plan de Cristo « no es
expresión de dominio, sino de servicio » (n. 7). Es deber urgente
de la Iglesia, en su renovación diaria a la luz de la Palabra de Dios,
evidenciar esto cada vez más, tanto en el desarrollo del espíritu
de comunión y en la atenta promoción de todos los medios típicamente
eclesiales de participación, como a través del respeto y valoración
de los innumerables carismas personales y comunitarios que el Espíritu
de Dios suscita para la edificación de la comunidad cristiana y el
servicio a los hombres.
En este amplio
ámbito de servicio, la historia de la Iglesia en estos dos milenios,
a pesar de tantos condicionamientos, ha conocido verdaderamente el «
genio de la mujer », habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran
talla que han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas en el
tiempo. Pienso en la larga serie de mártires, de santas, de místicas
insignes. Pienso de modo especial en santa Catalina de Siena y en santa Teresa
de Jesús, a las que el Papa Pablo VI concedió el título
de Doctoras de la Iglesia. Y ?cómo no recordar además a tantas
mujeres que, movidas por la fe, han emprendido iniciativas de extraordinaria
importancia social especialmente al servicio de los más pobres? En
el futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán de darse ciertamente
nuevas y admirables manifestaciones del « genio femenino ».
12. Vosotras
veis, pues, queridas hermanas, cuántos motivos tiene la Iglesia para
desear que, en la próxima Conferencia, promovida por las Naciones Unidas
en Pekín, se clarifique la plena verdad sobre la mujer. Que se dé
verdaderamente su debido relieve al « genio de la mujer », teniendo
en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o
las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan
su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de
cada día. En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria
como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá
más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón.
Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos.
Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él
y serle de ayuda. De este modo, se realiza en la historia de la humanidad
el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad
de vocaciones, la belleza --no solamente física, sino sobre todo espiritual--
con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente
a la mujer.
Mientras confío
al Señor en la oración el buen resultado de la importante reunión
de Pekín, invito a las comunidades eclesiales a hacer del presente
año una ocasión para una sentida acción de gracias al
Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don de un bien tan grande
como es el de la femineidad: ésta, en sus múltiples expresiones,
pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia.
Que María,
Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio
de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.
Con mi Bendición.
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