«SLAVORUM APOSTOLI» Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II
I. INTRODUCCIÓN
II. REFERENCIA BIOGRÁFICA
III. HERALDOS DEL EVANGELIO
IV. IMPLANTARON LA IGLESIA DE DIOS
V. SENTIDO CATÓLICO DE LA IGLESIA
VI. EVANGELIO Y CULTURA
VII. SIGNIFICADO E IRRADIACIÓN DEL MILENIO CRISTIANO EN EL MUNDO ESLAVO
VIII. CONCLUSIÓN
I. INTRODUCCIÓN
1.LOS APÓSTOLES DE LOS ESLAVOS, santos Cirilo y Metodio, permanecen en
la memoria de la Iglesia junto a la gran obra de evangelización que realizaron.
Se puede afirmar más bien que su recuerdo se ha hecho particularmente
vivo y actual en nuestros días.
Al considerar la veneración, plena de gratitud, de la que los santos
hermanos de Salónica (la antigua Tesalónica) gozan desde hace
siglos, especialmente en las naciones eslavas, y recordando la inestimable contribución
dada por ellos a la obra del anuncio del Evangelio en aquellos pueblos y, al
mismo tiempo, a la causa de la reconciliación, de la convivencia amistosa,
del desarrollo humano y del respeto a la dignidad intrínseca de cada
nación, con la Carta Apostólica Egregiae virtutis,[1] del 31 de
diciembre de 1980, proclamé a los santos Cirilo y Metodio compatronos
de Europa. Continué así la línea trazada por mis Predecesores
y, de modo particular, por León XIII, quien hace algo más de 100
años, el 30 de septiembre de 1880, extendió a toda la Iglesia
el culto de los dos santos con la Carta Encíclica Grande munus,[2] y
por Pablo VI, quien, con la Carta Apostólica Pacis nuntius,[3] proclamó
a San Benito, patrón de Europa, el 24 de octubre de 1964.
2. El documento
de hace cinco años quería avivar la conciencia ante estos solemnes
actos de la Iglesia e intentaba llamar la atención de los cristianos
y de todos los hombres de buena voluntad, que buscan el bien, la concordia y
la unidad de Europa, a la actualidad siempre viva de las eminentes figuras de
Benito, de Cirilo y Metodio, como modelos concretos y ayuda espiritual para
los cristianos de nuestra época y, especialmente, para las naciones del
continente europeo, que, desde hace ya tiempo, sobre todo gracias a la oración
y a la labor de estos santos, se han arraigado consciente y originalmente en
la Iglesia y en la tradición cristiana.
La publicación de mi citada Carta Apostólica, el año 1980,
inspirada por la firme esperanza de una superación gradual en Europa
y en el mundo de todo aquello que divide a las Iglesias, a las naciones y a
los pueblos, se refería a tres circunstancias, que constituyeron objeto
de mi oración y reflexión. La primera fue el XI centenario de
la Carta pontificia Industriae tuae,[4] mediante la cual Juan VIII, en el año
880, aprobó el uso de la lengua eslava en la liturgia traducida por los
dos santos hermanos. La segunda estaba representada por el primer centenario
de la ya mencionada Carta encíclica Grande munus. La tercera fue el comienzo,
precisamente el año 1980, del feliz y prometedor diálogo teológico
entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas en la isla de Patmos.
3. En este
documento deseo hacer una mención particular de la citada Carta con la
que León XIII quiso recordar a la Iglesia y al mundo los méritos
apostólicos de ambos hermanos: no sólo de Metodio que, --según
la tradición-- terminó su vida en Velehrad, en la Gran Moravia
el año 885, sino también de Cirilo, al que la muerte separó
de su hermano el año 869 en Roma, ciudad que acogió y custodia
todavía con conmovedora veneración sus reliquias en la antigua
Basílica de san Clemente.
Al recordar la santa vida y los méritos apostólicos de los dos
hermanos de Salónica, el papa León XIII fijó su fiesta
litúrgica el día 7 de julio. Después del Concilio Vaticano
II, como consecuencia de la reforma litúrgica, la fiesta fue trasladada
al 14 de febrero, fecha que, desde el punto de vista histórico, indica
el nacimiento al cielo de san Cirilo.[5]A más de un siglo de la publicación
de la Carta de León XIII las nuevas circunstancias, en que se celebra
el undécimo centenario de la gloriosa muerte de san Metodio, inducen
a dar una renovada expresión al recuerdo que la Iglesia conserva de tan
importante aniversario. Y se siente particularmente obligado a ello el primer
Papa llamado a la sede de Pedro desde Polonia y, por lo tanto, de entre las
naciones eslavas. Los acontecimientos del último siglo y, especialmente,
de los últimos decenios han contribuido a reavivar en la Iglesia, junto
con el recuerdo religioso, el interés histórico cultural por los
dos santos hermanos, cuyos carismas particulares se han hecho aún más
inteligibles ante las situaciones y las experiencias propias de nuestra época.
A ello han contribuido muchos hechos que pertenecen, como auténticos
signos de los tiempos, a la historia del siglo XX y, ante todo, a aquel gran
acontecimiento que se ha verificado en la vida de la Iglesia con el Concilio
Vaticano II. A la luz del Magisterio y de la orientación pastoral de
este Concilio, podemos volver a mirar de un modo nuevo --más maduro y
profundo-- a estas dos santas figuras, de las que nos separan ya once siglos,
y leer, además, en su vida y actividad apostólica los contenidos
que la sapiente Providencia divina inscribió para que se revelaran con
nueva plenitud en nuestra época y dieran nuevos frutos.
[1] Juan Pablo
II, Carta Apostólica Egregiae virtutis (31 de diciembre de 1980)
AAS 73 (1981), pp. 258-262.
[2] León XIII, Carta Encíclica Grande munus (30 de septiembre
de 1880): Leonis
XIII Pont. Max. Acta, II, pp. 125-137; cf. también Pío XI, Carta
Quod S.
Ciryllum (13 de febrero de 1927) a los Arzobispos y Obispos del Reino de los
Servios-Croatas-Eslovenos y de la República Checoeslovaca: AAS 19 (1927),
pp.
93-96; Juan XXIII, Carta Apostólica Magnifici eventus (11 de mayo de
1963) a los
Obispos de las Naciones Eslavas: AAS 55 (1963), pp. 434-439; Pablo VI, Carta
Apostólica Antiquae nobilitatis (2 de febrero de 1969), con ocasión
del XI
centenario de la muerte de san Cirilo: AAS 61 (1969), pp. 137-149.
[3] Pablo VI, Carta Apostólica Pacis nuntius (24 de octubre de 1964):
AAS 56
(1964), pp. 965-967.
[4] Cf. Magnae Moraviae Fontes Historici, t. III, Brno 1969, pp. 197-208.
[5] Únicamente en algunas naciones eslavas se celebra todavía
la fiesta del 7 de
julio.
II. REFERENCIA BIOGRÁFICA
4. Siguiendo
el ejemplo ofrecido por la Carta Grande munus, deseo recordar la vida de San
Metodio, sin omitir por esto las vicisitudes --que tan íntimamente le
están unidas-- de su hermano san Cirilo. Esto lo haré a grandes
rasgos, dejando a la investigación histórica las precisiones y
las discusiones sobre los puntos más concretos. La ciudad, que vio nacer
a los dos santos hermanos, es la actual Salónica, que en el siglo IX
era un importante centro de vida comercial y política en el Imperio bizantino
y ocupaba un lugar de notable importancia en la vida intelectual y social de
aquella región de los Balcanes. Al estar situada en la frontera de los
territorios eslavos, tenía por lo tanto un nombre eslavo: Solun.
Metodio era el hermano mayor y verosímilmente su nombre de pila era Miguel.
Nace entre los años 815 y 820. Menor que él, Constantino --posteriormente
más conocido con el nombre religioso de Cirilo-- vino al mundo el año
827 u 828. Su padre era un alto funcionario de la administración imperial.
La situación social de la familia abría a los dos hermanos una
similar carrera, que, por lo demás, Metodio emprendió, alcanzando
el cargo de arconte, o sea de gobernador en una de las provincias fronterizas,
en la que vivían muchos eslavos. Sin embargo, hacia el año 840
la abandona para retirarse a uno de los monasterios situados en la falda del
monte Olimpo --en Bitinia--, conocido entonces bajo el nombre de Sagrada Montaña.
Su hermano Cirilo siguió con particular provecho los estudios en Bizancio,
donde recibió las órdenes sagradas, después de haber rechazado
decididamente un brillante porvenir político. Por sus excepcionales cualidades
y conocimientos culturales y religiosos le fueron confiadas, siendo todavía
joven, delicadas tareas eclesiásticas, como la de bibliotecario del Archivo
contiguo a la gran iglesia de santa Sofía en Constantinopla y, a la vez,
el prestigioso cargo de secretario del Patriarca de aquella misma ciudad. Bien
pronto, sin embargo, dio a conocer que quería substraerse a tales funciones,
para dedicarse al estudio y a la vida contemplativa, lejos de toda ambición.
Y así, se refugió a escondidas en un monasterio en las costas
del Mar Negro. Encontrado seis meses más tarde, fue convencido a aceptar
la enseñanza de las disciplinas filosóficas en la Escuela Superior
de Constantinopla, ganándose por la calidad de su saber el calificativo
de Filósofo con el que todavía es conocido. Más tarde fue
enviado por el Emperador y el Patriarca a realizar una misión ante los
sarracenos. Finalizada con éxito dicha gestión, se retiró
de la vida pública para reunirse con su hermano mayor Metodio y compartir
con él la vida monástica. Pero nuevamente, y junto con él,
fue incluido como experto religioso y cultural en una delegación de Bizancio
enviada ante los Jázaros. Durante la permanencia en Crimea, en Cherson,
creyeron localizar la iglesia en la que había sido sepultado antiguamente
san Clemente, Papa romano y mártir exiliado en aquella lejana región;
recogen y llevan consigo las reliquias,[6] que acompañarían después
los dos santos hermanos en el sucesivo viaje misionero a Occidente, hasta el
instante en que pudieran depositarlas solemnemente en Roma, entregándolas
al papa Adriano II.
5. El hecho
que debía decidir totalmente el curso de su vida, fue la petición
hecha por el príncipe Rastislao de la Gran Moravia al Emperador Miguel
III, para que enviara a sus pueblos « un Obispo y maestro, ... que fuera
capaz de explicarles la verdadera fe cristiana en su lengua ».[7]Son elegidos
los santos Cirilo y Metodio, que rápidamente aceptan la misión.
Seguidamente se ponen en viaje y llegan a la Gran Moravia --un Estado formado
entonces por diversos pueblos eslavos de Europa Central, encrucijada de las
influencias recíprocas entre Oriente y Occidente-- probablemente hacia
el año 863 comenzando en aquellos pueblos la misión, a la que
ambos se dedican durante el resto de su vida, pasada entre viajes, privaciones,
sufrimientos, hostilidades y persecuciones, que en el caso de Metodio llegan
hasta una cruel prisión. Soportan todo ello con una gran fe y firme esperanza
en Dios. En efecto, se habían preparado bien a la tarea que les había
sido encomendada; llevaban consigo los textos de la Sagrada Escritura indispensables
para la celebración de la sagrada liturgia, preparados y traducidos por
ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con un nuevo alfabeto, elaborado
por Constantino Filósofo y perfectamente adaptado a los sonidos de tal
lengua. La actividad misionera de los dos hermanos estuvo acompañada
por un éxito notable, pero también por las comprensibles dificultades
que la precedente e inicial cristianización, llevada por las Iglesias
latinas lindantes, ponía a los nuevos misioneros.
Después de unos tres años, en el viaje a Roma se detienen en Panonia,
donde el príncipe eslavo Kocel --huido del importante centro civil y
religioso de Nitra-- les ofrece una hospitalaria acogida. Desde aquí,
algunos meses más tarde, continúan el viaje a Roma en compañía
de sus discípulos para quienes desean conseguir las órdenes sagradas.
Su itinerario pasa por Venecia, donde son sometidas a público debate
las premisas innovadoras de la misión que están realizando. En
Roma el Papa Adriano II, que ha sucedido mientras tanto a Nicolás I,
les acoge con mucha benevolencia. Aprueba los libros litúrgicos eslavos,
que ordena depositar sobre el altar de la iglesia de Santa María ad Praesepe,
llamada en la actualidad Santa María la Mayor, y dispone que sus discípulos
sean ordenados sacerdotes. Esta fase de sus trabajos se concluye de un modo
muy favorable. Metodio, sin embargo, debe continuar solo la etapa sucesiva,
: pues su hermano menor, gravemente enfermo, apenas consigue emitir los votos
religiosos y vestir el hábito monacal, pues muere poco tiempo después
el 14 de febrero del 869 en Roma.
6. San Metodio
fue fiel a las palabras que Cirilo le había dicho en su lecho de muerte:
« He aquí, hermano, que hemos compartido la misma suerte ahondando
el arado en el mismo surco; yo caigo ahora sobre el campo al término
de mi jornada. Tú amas mucho --lo sé-- tu Montaña; sin
embargo, por la Montaña no abandones tu trabajo de enseñanza.
En verdad, ¿dónde puedes salvarte mejor? [8]Consagrado obispo
para el territorio de la antigua diócesis de Panonia y nombrado legado
pontificio « ad gentes » para los pueblos eslavos, toma el título
eclesiástico de la restaurada sede episcopal de Sirmio. La actividad
apostólica de Metodio se ve, sin embargo, interrumpida a consecuencia
de complicaciones político religiosas que culminan con su encarcelamiento
por un período de dos años, bajo la acusación de haber
invadido una jurisdicción episcopal ajena. Es liberado sólo gracias
a una intervención personal del papa Juan VIII. Finalmente, también
el nuevo soberano de la Gran Moravia, el príncipe Svatopluk, se muestra
contrario a la acción de Metodio, oponiéndose a la liturgia eslava
e insinuando en Roma ciertas dudas sobre la ortodoxia del nuevo arzobispo. El
año 880 Metodio es llamado ad limina Apostolorum, para presentar una
vez más toda la cuestión personalmente a Juan VIII. En Roma, una
vez absuelto de todas las acusaciones, obtiene del Papa la publicación
de la bula Industriae tuae,[9] que, por lo menos en lo fundamental, restituía
las prerrogativas reconocidas a la liturgia en lengua eslava por su predecesor
Adriano II.
Análogo reconocimiento de perfecta legitimidad y ortodoxia obtiene Metodio
de parte del Emperador bizantino y del Patriarca Focio, en aquel momento en
plena comunión con la sede de Roma, cuando va a Constantinopla el año
881 u 882. Dedica los últimos años de su vida sobre todo a ulteriores
traducciones de la Sagrada Escritura y de los libros litúrgicos, de las
obras de los Padres de la Iglesia y también de una recopilación
de las leyes eclesiásticas y civiles bizantinas, conocida bajo el nombre
de Nomocanon. Preocupado por la supervivencia de la obra que había comenzado,
designa como sucesor a su discípulo Gorazd. Muere el 6 de abril del año
885 al servicio de la Iglesia
instaurada en los pueblos eslavos.
7. La acción
previsora, la doctrina profunda y ortodoxa, el equilibrio, la lealtad, el celo
apostólico, la magnanimidad intrépida le granjearon el reconocimiento
y la confianza de Pontífices Romanos, de Patriarcas Constantinopolitanos,
de Emperadores bizantinos y de diversos Príncipes de los nuevos pueblos
eslavos. Por todo ello, Metodio llegó a ser el guía y el pastor
legítimo de la Iglesia, que en aquella época se arraigaba en aquellas
naciones y es unánimemente venerado, junto con su hermano Constantino,
como el heraldo del Evangelio y el Maestro « de parte de Dios y del Santo
Apóstol Pedro » [10] y como fundamento de la unidad plena entre
las Iglesias de reciente fundación y las más antiguas.
Por esto « hombres y mujeres, humildes y poderosos, ricos y pobres, libres
y siervos, viudas y huérfanos, extranjeros y gentes del lugar, sanos
y enfermos » [11] formaban la muchedumbre que, entre lágrimas y
cantos, acompañaban al sepulcro al buen Maestro y Pastor, que se había
hecho « todo para todos para salvarlos a todos ».[12]En honor a
la verdad, la obra de los santos hermanos, después de la muerte de Metodio
sufrió una grave crisis, y la persecución contra sus discípulos
se agudizó de tal modo, que se vieron obligados a abandonar su campo
misional; no obstante esto, su siembra evangélica no cesó de producir
frutos y su actitud pastoral, preocupada por llevar la verdad revelada a nuevos
pueblos --respetando en todo momento su peculiaridad cultural--, sigue siendo
un modelo vivo para la Iglesia y para los misioneros de todas las épocas.
[6] Cf. Vita
Constantini VIII, 16-18: Constantinus et Methodius
Thessalonicenses, Fontes, recensuerunt et illustraverunt Fr. Grivec et Fr.
Tom[sinvcircumflex]ic (Radovi Staroslavenskog Instituta, Knjiga 4, Zagreb 1960),
p. 184.
[7] Cf. Ibid . XIV, 2-4; ed cit., pp. 199 s.
[8] Vita Methodii VI, 2-3: ed. cit., p. 225.
[9] Cf. Magnae Moraviae Fontes Historici, t. III, Brno 1969, pp. 197-208.
[10] Cf. Vita Methodii VIII, 1-2: ed. cit., p. 225.
[11] Cf. Vita Methodii XVII, 13: ed. cit., p. 237.
[12] Cf. Ibid. y 1Cor 9, 22.
III. HERALDOS DEL EVANGELIO
8. Los hermanos Cirilo y Metodio, bizantinos de cultura, supieron hacerse apóstoles de los eslavos en el pleno sentido de la palabra. La separación de la patria que Dios exige a veces a los hombres elegidos, aceptada por la fe en su promesa, es siempre una misteriosa y fecunda condición para el desarrollo y el crecimiento del Pueblo de Dios en la tierra. El Señor dijo a Abrahán: « Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición ».[13]Durante la visión nocturna que san Pablo tuvo en Tróade en el Asia Menor, un varón macedonio, por lo tanto un habitante del continente europeo, se presentó ante él y le suplicó que se dirigiera a su país para anunciarles la Palabra de Dios: « Pasa a Macedonia y ayúdanos ».[14]La divina Providencia, que en el caso de los dos santos hermanos se manifestó a través de la voz y la autoridad del Emperador de Bizancio y del Patriarca de la Iglesia de Constantinopla, les exhortó de una manera semejante, cuando les pidió que se dirigieran en misión a los pueblos eslavos. Este encargo significaba para ellos abandonar no sólo un puesto de honor, sino también la vida contemplativa; significaba salir del ámbito del Imperio bizantino y emprender una larga peregrinación al servicio del Evangelio, entre unos pueblos que, bajo muchos aspectos, estaban lejos del sistema de convivencia civil basado en una organización avanzada del Estado y la cultura refinada de Bizancio, imbuida por principios cristianos. Análoga pregunta hizo por tres veces el Pontífice Romano a Metodio, cuando le envió como obispo entre los eslavos de la Gran Moravia, en las regiones eclesiásticas de la antigua diócesis de Panonia.
9. La Vida eslava de Metodio recoge con estas palabras la petición, hecha por el príncipe Rastislao al Emperador Miguel III a través de sus enviados: « Han llegado hasta nosotros numerosos maestros cristianos de Italia, de Grecia y de Alemania, que nos instruyen de diversas maneras. Pero nosotros los eslavos... no tenemos a nadie que nos guíe a la verdad y nos instruya de un modo comprensible ».[15] Entonces es cuando Constantino y Metodio fueron invitados a partir. Su respuesta profundamente cristiana a la invitación, en esta circunstancia y en todas las demás ocasiones, está expresada admirablemente en las palabras dirigidas por Constantino al Emperador: « A pesar de estar cansado y físicamente débil, iré con alegría a aquel país »; [16] « Yo marcho con alegría por la fe cristiana »,[17]La verdad y la fuerza de su mandato misional nacían del interior del misterio de la Redención, y su obra evangelizadora entre los pueblos eslavos debía constituir un eslabón importante en la misión confiada por el Salvador a la Iglesia Universal hasta el fin del mundo. Fue una realidad --en el tiempo y en las circunstancias concretas-- de las palabras de Cristo, que mediante el poder de su Cruz y de su Resurrección mandó a los Apóstoles: « Predicad el Evangelio a toda creatura »; [18] « id pues; enseñad a todas las gentes ».[19] Actuando así, los evangelizadores y maestros de los pueblos eslavos se dejaron guiar por el ideal apostólico de san Pablo: « Todos pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús ».[20]Junto a un gran respeto por las personas y a la desinteresada solicitud por su verdadero bien, los dos santos hermanos tuvieron adecuados recursos de energía, de prudencia, de celo y de caridad, indispensables para llevar a los futuros creyentes la luz, y para indicarles, al mismo tiempo, el bien, ofreciendo una ayuda concreta para conseguirlo. Para tal fin quisieron hacerse semejantes en todo a los que llevaban el evangelio; quisieron ser parte de aquellos pueblos y compartir en todo su suerte.
10. Precisamente
por tal motivo consideraron una cosa normal tomar una posición clara
en todos los conflictos, que entonces perturbaban las sociedades eslavas en
vías de organización, asumiendo como suyas las dificultades y
los problemas, inevitables en unos pueblos que defendían la propia identidad
bajo la presión militar y cultural del nuevo Imperio romanogermánico,
e intentaban rechazar aquellas formas de vida que consideraban extrañas.
Era a la vez el comienzo de unas divergencias más profundas, destinadas
desgraciadamente a acrecentarse, entre la cristiandad oriental y la occidental,
y los dos santos misioneros se encontraron personalmente implicados en ellas;
pero supieron mantener siempre una recta ortodoxia y una atención coherente,
tanto al depósito de la tradición como a las novedades del estilo
de vida, propias de los pueblos evangelizados. A menudo las situaciones de contraste
se impusieron con toda su ambigua y dolorosa complejidad; pero no por esto Constantino
y Metodio intentaron apartarse de la prueba: la incomprensión, la manifiesta
mala fe y, en el caso de Metodio, incluso las cadenas, aceptadas por amor de
Cristo, no consiguieron hacer desistir a ninguno de los dos del tenaz propósito
de ayudar y de servir a la justa causa de los pueblos eslavos y a la unidad
de la Iglesia universal. Este fue el precio que debieron pagar por la causa
de la difusión del Evangelio, por la empresa misionera, por la búsqueda
esforzada de nuevas formas de vida y de vías eficaces con el fin de hacer
llegar la Buena Nueva a las naciones eslavas que se estaban formando.
En la perspectiva de la evangelización --como indican sus biografías--
los dos santos hermanos se dedicaron a la difícil tarea de traducir los
textos de la Sagrada Escritura, conocidos por ellos en griego, a la lengua de
aquella estirpe eslava que se había establecido hasta los confines de
su región y de su ciudad natal. Sirviéndose del conocimiento de
la propia lengua griega y de la propia cultura para esta obra ardua y singular,
se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres
y tradiciones propias de los pueblos eslavos, interpretando fielmente las aspiraciones
y valores humanos que en ellos subsistían y se expresaban.
11. Para traducir
las verdades evangélicas a una nueva lengua, ellos se preocuparon por
conocer bien el mundo interior de aquellos a los que tenían intención
de anunciar la Palabra de Dios con imágenes y conceptos que les resultaran
familiares. Injertar correctamente las nociones de la Biblia y los conceptos
de la teología griega en un con texto de experiencias históricas
y de formas de pensar muy distintas, les pareció una condición
indispensable para el éxito de su actividad misionera. Se trataba de
un nuevo método de catequesis. Para defender su legitimidad y demostrar
su bondad, san Metodio no dudó, primero con su hermano y luego solo,
en acoger dócilmente las invitaciones a ir a Roma, recibidas tanto en
el 867 del papa Nicolás I, como en el año 879 del papa Juan VIII,
los cuales quisieron confrontar la doctrina que enseñaban en la Gran
Moravia con la que los santos Apóstoles Pedro y Pablo habían dejado
en la primera Cátedra episcopal de la Iglesia, junto con el trofeo glorioso
de sus reliquias. Anteriormente, Constantino y sus colaboradores se habían
preocupado en crear un nuevo alfabeto, para que las verdades que había
que anunciar y explicar pudieran ser escritas en la lengua eslava y resultaran
de ese modo plenamente comprensibles y asimilables por sus destinatarios. Fue
un esfuerzo verdaderamente digno de su espíritu misionero el de aprender
la lengua y la mentalidad de los pueblos nuevos, a los que debían llevar
la fe, como fue también ejemplar la determinación de asimilar
y hacer propias todas las exigencias y aspiraciones de los pueblos eslavos.
La opción generosa de identificarse con su misma vida y tradición,
después de haberlas purificado e iluminado con la Revelación,
hace de Cirilo y Metodio verdaderos modelos para todos los misioneros que en
las diversas épocas han acogido la invitación de san Pablo de
hacerse todo a todos para rescatar a todos y, en particular, para los misioneros
que, desde la antigüedad hasta los tiempos modernos --desde Europa a Asia
y hoy en todos los continentes-- han trabajado para traducir a las lenguas vivas
de los diversos pueblos la Biblia y los textos litúrgicos, a fin de reflejar
en ellas la única Palabra de Dios, hecha accesible de este modo según
las formas expresivas propias de cada civilización.
La perfecta comunión en el amor preserva a la Iglesia de cualquier forma
de particularismo o de exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así
como de cualquier orgullo nacionalista. Tal comunión debe elevar y sublimar
todo legítimo sentimiento puramente natural del corazón humano.
[13] Gén
12, 1 s.
[14] Act 16, 9.
[15] Vita Methodii V, 2: ed. cit., p. 223.
[16] Vita Constantini XIV, 9: ed. cit., p. 200.
[17] Ibid. VI, 7: ed. cit., p. 179.
[18] Mc 16, 15.
[19] Mt 28, 19.
[20] Gál 3, 26-28.
IV. IMPLANTARON LA IGLESIA DE DIOS
12. Pero la
característica que, de manera especial, deseo subrayar en la conducta
tenida por a los apóstoles de los eslavos, Cirilo y Metodio, es su modo
pacífico de edificar la Iglesia, guiados por su visión de la Iglesia
una, santa y universal.
Aunque los cristianos eslavos, más que otros, consideran de buen grado
a los santos hermanos como « eslavos de corazón », éstos
sin embargo siguen siendo hombres de cultura helénica y de formación
bizantina, es decir, hombres que pertenecen en todo a la tradición del
Oriente cristiano, tanto civil como eclesiástico.
Ya en sus tiempos las diferencias entre Constantinopla y Roma habían
empezado a perfilarse como pretextos de desunión, aunque la deplorable
escisión entre las dos partes de la misma cristiandad estaba aún
lejana. Los evangelizadores y maestros de los eslavos se prepararon para ir
a la Gran Moravia, llenos de toda la riqueza de la tradición y de la
experiencia religiosa que caracterizaba el cristianismo oriental y que encontraba
un reflejo peculiar en la enseñanza teológica y en la celebración
de la sagrada liturgia.
Dado que desde ya hacía tiempo todos los oficios sagrados se celebraban
en lengua griega en todas las Iglesias dentro de los confines del Imperio bizantino,
las tradiciones propias de muchas Iglesias nacionales de Oriente --como la Georgiana
y la Siríaca-- que en el servicio divino usaban la lengua de su pueblo,
eran bien conocidas a la cultura superior de Constantinopla y, especialmente,
a Constantino Filósofo gracias a los estudios y a los contactos repetidos
que había tenido con cristianos de aquellas Iglesias, tanto en la capital
como en el curso de sus viajes.
Ambos hermanos, conscientes de la antigüedad y de la legitimidad de estas
sagradas tradiciones, no tuvieron pues miedo de usar la lengua eslava en la
liturgia, haciendo de ella un instrumento eficaz para acercar las verdades divinas
a cuantos hablaban en esa lengua. Lo hicieron con una conciencia ajena a todo
espíritu de superioridad o de dominio, por amor a la justicia y con evidente
celo apostólico hacia unos pueblos que se estaban desarrollando.
El cristianismo occidental, después de las migraciones de los pueblos
nuevos, había amalgamado los grupos étnicos llegados con las poblaciones
latinas residentes, extendiendo a todos, con la intención de unirlos,
la lengua, la liturgia y la cultura latina transmitidas por la Iglesia de Roma.
De la uniformidad así conseguida, se originaba en aquellas sociedades
relativamente jóvenes y en plena expansión un sentimiento de fuerza
y compactibilidad, que contribuía tanto a su unión más
estrecha, como a su afirmación más enérgica en Europa.
Se puede comprender cómo en esta situación toda diversidad fuera
entendida a veces como amenaza a una unidad todavía infieri, y cómo
pudiera resultar grande la tentación de eliminarla recurriendo a formas
de coacción.
13. Resulta
así singular y admirable, cómo los santos hermanos, actuando en
situaciones tan complejas y precarias, no impusieran a los pueblos, cuya evangelización
les encomendaron, ni siquiera la indiscutible superioridad de la lengua griega
y de la cultura bizantina, o los usos y comportamientos de la sociedad más
avanzada, en la que ellos habían crecido y que necesariamente seguían
siendo para ellos familiares y queridos. Movidos por el ideal de unir en Cristo
a los nuevos creyentes, adaptaron a la lengua eslava los textos ricos y refinados
de la liturgia bizantina, y adecuaron a la mentalidad y a las costumbres de
los nuevos pueblos las elaboraciones sutiles y complejas del derecho grecorromano.
Siguiendo el mismo programa de concordia y paz, respetaron en todo momento las
obligaciones de su misión, teniendo en cuenta las tradicionales prerrogativas
y los derechos eclesiásticos fijados por los cánones conciliares,
de tal modo --a pesar de ser súbditos del Imperio de Oriente y fieles
sujetos al Patriarcado de Constantinopla-- creyeron deber suyo dar cuenta al
Romano Pontífice de su acción misionera y someter a su juicio,
para obtener su aprobación, la doctrina que profesaban y enseñaban,
los libros litúrgicos compuestos en lengua eslava y los métodos
adoptados en la evangelización de aquellos pueblos.
Habiendo iniciado su misión por mandato de Constantinopla, ellos buscaron,
en un cierto sentido, que la misma fuese confirmada dirigiéndose a la
Sede Apostólica de Roma, centro visible de la unidad de la Iglesia.[21]
De este modo, movidos por el sentido de su universalidad, edificaron la Iglesia
como Iglesia una, santa, católica y apostólica. Esto se deduce,
de la forma más transparente y explícita, de todo su comportamiento.
Puede decirse que la invocación de Jesús en la oración
sacerdotal --ut unum sint [22]-- representa su lema misionero según las
palabras del Salmista: « Alabad a Yavé las gentes todas, alabadle
todos los pueblos ».[23] Para nosotros, hombres de hoy, su apostolado
posee también la elocuencia de una llamada ecuménica: es una invitación
a reconstruir, en la paz de la reconciliación, la unidad que fue gravemente
resquebrajada en tiempos posteriores a los santos Cirilo y Metodio y, en primerísimo
lugar, la unidad entre Oriente y Occidente.
La convicción de los santos hermanos de Salónica, según
los cuales cada Iglesia local está llamada a enriquecer con sus propios
dones el « pleroma » católico, estaba en perfecta armonía
con su intuición evangélica de que las diferentes condiciones
de vida de cada Iglesia cristiana nunca pueden justificar desacuerdos, discordias,
rupturas en la profesión de la única fe y en la práctica
de la caridad.
14. Se sabe
que, según las enseñanzas del Concilio Vaticano II, « por
"Movimiento ecuménico" se entienden las actividades e iniciativas
que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características
de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos
».[24] Por tanto, no parece nada anacrónico el ver en los santos
Cirilo y Metodio a los auténticos precursores del ecumenismo, por haber
querido eliminar o disminuir eficazmente toda verdadera división, o incluso
sólo aparente, entre cada una de las Comunidades pertenecientes a la
misma Iglesia. En efecto, la división, que por desgracia tuvo lugar en
la historia de la Iglesia y desafortunadamente continúa todavía,
« contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo
para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación
del Evangelio a todos los hombres ».[25]La ferviente solicitud demostrada
por ambos hermanos y, especialmente por Metodio, en razón de su responsabilidad
episcopal, por conservar la unidad de la fe y del amor entre las Iglesias de
las que eran miembros, es decir, la Iglesia de Constantinopla y la Iglesia Romana
por una parte, y las Iglesias nacientes en tierras eslavas por otra, fue y será
siempre su gran mérito. Este es tanto mayor, si se tiene presente que
su misión se desarrolló en los años 863-885, es decir en
los años críticos en los que surgió y empezó a hacerse
más profunda la fatal discordia y la áspera controversia entre
las Iglesias de Oriente y de Occidente. La división se acentuó
por la cuestión de la dependencia canónica de Bulgaria, que precisamente
entonces había aceptado oficialmente el cristianismo.
En este período borrascoso, marcado también por conflictos armados
entre pueblos cristianos limítrofes, los santos hermanos de Salónica
conservaron una fidelidad total, llena de vigilancia, a la recta doctrina y
a la tradición de la Iglesia perfectamente unida y, en particular, a
las « instituciones divinas » y a las « instituciones eclesiásticas
»,[26] sobre las que, según los cánones de los antiguos
Concilios, basaban su estructura y su organización. Esta fidelidad les
permitió llevar a término los grandes objetivos misioneros y permanecer
en plena unidad espiritual y canónica con la Iglesia Romana, con la Iglesia
de Constantinopla y con las nuevas Iglesias, fundadas por ellos entre los pueblos
eslavos.
15. Metodio,
especialmente, no dudaba en afrontar incomprensiones, contrastes e incluso difamaciones
y persecuciones físicas, con tal de no faltar a su ejemplar fidelidad
eclesial, con tal de cumplir sus deberes de cristiano y de obispo, y los compromisos
adquiridos ante la Iglesia de Bizancio, que lo había engendrado y enviado
como misionero junto con Cirilo; ante la Iglesia de Roma, gracias a la cual
desempeñaba su encargo de arzobispo pro fide en el « territorio
de san Pedro »; [27] así como ante aquella Iglesia naciente en
tierras eslavas, que él aceptó como propia y que supo defender
--convencido de su justo derecho-- ante las autoridades eclesiásticas
y civiles, tutelando concretamente la liturgia en lengua paleoeslava y los derechos
eclesiásticos fundamentales propios de las Iglesias en las diversas Naciones.
Obrando así, él recurría siempre, como Constantino Filósofo,
al diálogo con los que eran contrarios a sus ideas o a sus iniciativas
pastorales y ponían en duda su legitimidad. De este modo será
siempre un maestro para todos aquellos que, en cualquier época, tratan
de atenuar las discordias respetando la plenitud multiforme de la Iglesia, la
cual, según la voluntad de su Fundador Jesucristo, debe ser siempre una,
santa, católica y apostólica. Tal consigna encontró pleno
eco en el Símbolo de los 150 Padres del II Concilio ecuménico
de Constantinopla, lo cual constituye la intangible profesión de fe de
todos los cristianos.
[21] Los sucesores
del Papa Nicolás I, aunque preocupados por las informaciones
contradictorias que llegaban sobre la doctrina y la actuación de Cirilo
y
Metodio, en el encuentro directo con ellos dieron plena razón a los dos
hermanos. Las prohibiciones o las limitaciones en el uso de la nueva liturgia
eslava deben atribuirse más bien a la presión de las circunstancias,
a las
mudables relaciones políticas y a la necesidad de mantener la concordia.
[22] Jn 17, 21 s.
[23] Sal 117 [116], 1.
[24] Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 4.
[25] Ibid., 1.
[26] Cf. Vita Methodii IX, 3; VIII, 16: ed. cit., pp. 229; 228.
[27] Cf. Vita Methodii IX, 2:ed. cit., pp. 229.
V. SENTIDO CATÓLICO DE LA IGLESIA
16. No es solamente
el contenido evangélico de la doctrina anunciada por los santos Cirilo
y Metodio lo que merece un particular relieve. Para la Iglesia de hoy es también
muy expresivo e instructivo el método catequético y pastoral que
ellos aplicaron en su actividad apostólica entre pueblos que todavía
no habían visto celebrar los divinos Misterios en su lengua nativa, ni
habían oído todavía anunciar la Palabra de Dios de una
manera plenamente afín a su mentalidad y en el respeto de sus propias
condiciones de vida.
Sabemos que el Concilio Vaticano II, hace veinte años, tuvo como objetivo
principal el de despertar la autoconciencia de la Iglesia y, mediante su renovación
interior, darle un nuevo impulso misionero en el anuncio del eterno mensaje
de salvación, de paz y de reciproca concordia entre los pueblos y naciones,
por encima de todas las fronteras que todavía dividen nuestro planeta
destinado por voluntad de Dios creador y redentor, a ser morada común
para toda la humanidad. Las amenazas, que en nuestros días se ciernen
sobre el mundo, no pueden hacer olvidar la profética intuición
del papa Juan XXIII, que convocó el Concilio con la intención
y convicción de que con él se podría preparar e iniciar
un período de primavera y resurgimiento en la vida de la iglesia.
Y, en tema de universalidad, el mismo Concilio, entre otras cosas, se expresó
así: « Todos los hombres están llamados a formar parte del
nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único,
debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir
el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola
naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego
congregarlos (cf. Jn 11, 52)... La Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo
este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al
contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva
todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen
de bueno ... Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de
Dios, es un don del mismo Señor ... En virtud de esta catolicidad, cada
una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y
con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumenten
a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en
la unidad ».[28]
17. Podemos
afirmar con toda tranquilidad que una visión así, tradicional
y a la vez muy actual, de la catolicidad de la Iglesia --sentida como una sinfonía
de las diversas liturgias en todas las lenguas del mundo, unidas a una única
liturgia, o como un coro armonioso que, sostenido por las voces de inmensas
multitudes de hombres, se eleva según innumerables modulaciones, timbres
y acordes para la alabanza de Dios, desde cualquier punto de nuestro globo,
en cada momento de la historia--, corresponde de modo particular a la visión
teológico y pastoral que inspiró la obra apostólica y misionera
de Constantino Filósofo y de Metodio, y favoreció su misión
entre las naciones eslavas.
En Venecia, ante los representantes de la cultura eclesiástica que, apegados
a un concepto más bien angosto de la realidad eclesial, eran contrarios
a esta visión, san Cirilo la defendió con valentía, indicando
el hecho de que muchos pueblos habían introducido ya en el pasado y poseían
una liturgia escrita y celebrada en su propia lengua, como « los Armenios,
Persas, Abasgos, Georgianos, Sugdos, Godos, Avares, Tirsos, Jázaros,
Arabes, Coptos, Sirianos y otros muchos ».[29]Recordando que Dios hace
salir el sol y hace caer la lluvia sobre todos los hombres sin excepción,[30]
él decía: « ¿no respiramos acaso todos el aire del
mismo modo? Y vosotros no os avergonzáis de establecer sólo tres
lenguas (hebreo, griego y latín) decidiendo que todos los demás
pueblos y razas queden ciegos y sordos. Decidme: ¿defendéis esto,
porque consideráis a Dios tan débil que no pueda concederlo, o
tan envidioso, que no lo quiera? ».[31] A las argumentaciones históricas
y dialécticas que se le presentaban, el Santo respondía recurriendo
al fundamento inspirado por la Sagrada Escritura: « Toda lengua confiese
que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre »;[32] «
póstrese toda la tierra ante ti y entone salmos a tu nombre »;[33]
« alabad a Yavé las gentes todas, alabadle todos los pueblos ».[34]
18. La Iglesia
es también católica porque sabe presentar en cada contexto humano
la verdad revelada, custodiada intacta por ella en su contenido divino, de manera
que se haga accesible a los modos de pensar elevados y a las justas aspiraciones
de cada hombre y de cada pueblo. Por otra parte, todo el patrimonio de bien,
que cada generación trasmite a la posteridad junto con el don inestimable
de la vida, constituye como una variopinta e inmensa cantidad de teselas que
componen el vivo mosaico del Pantocrátor, el cual se manifestará
en su total esplendor sólo en la parusía.
El Evangelio no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que
cada hombre, pueblo y nación, y cada cultura en la historia, reconocen
y realizan como bien, verdad y belleza. Es más, el Evangelio induce a
asimilar y desarrollar todos estos valores, a vivirlos con magnanimidad y alegría
y a completarlos con la misteriosa y sublime luz de la Revelación.
La dimensión concreta de la catolicidad, inscrita por Cristo el Señor
en la constitución misma de la Iglesia, no es algo estático, fuera
del dato histórico y de una uniformidad sin relieve, sino que surge y
se desarrolla, en un cierto sentido, cotidianamente como una novedad a partir
de la fe unánime de todos los que creen en Dios uno y trino, revelado
por Jesucristo y predicado por la Iglesia con la fuerza del Espíritu
Santo. Esta dimensión brota espontáneamente del recíproco
respeto --propio de la caridad fraterna-- hacia cada hombre y cada Nación,
grande o pequeña, y por el reconocimiento leal de los atributos y derechos
de los hermanos en la fe.
19. La catolicidad
de la Iglesia se manifiesta también en la corresponsabilidad activa y
en la colaboración generosa de todos en favor del bien común.
La Iglesia realiza en todas partes su propia universalidad acogiendo, uniendo
y elevando, en el modo en que le es propio y con solicitud maternal, todo valor
humano auténtico. Al mismo tiempo, ella se afana, en cualquier área
geográfica y en cualquier situación histórica, en ganar
para Dios a cada hombre y a todos los , hombres, para unirlos entre sí
y con EL en su verdad y en su amor.
Cada hombre, cada nación, cada cultura y civilización tienen una
función propia que desarrollar y un puesto propio en el misterioso plan
de Dios y en la historia universal de la salvación. Este era el modo
de pensar de los dos santos hermanos: Dios « clemente y compasivo,[35]
esperando que todos los hombres se arrepientan, para que todos sean salvos y
vengan al conocimiento de la verdad,[36] no permite que el género humano
sucumba a la debilidad y perezca, cayendo en la tentación del enemigo,
sino que en todos los años y tiempos no cesa de concedernos una gracia
múltiple, desde el origen hasta hoy, del mismo modo: antes, por medio
de los patriarcas y de los padres y, después de ellos, por medio de los
profetas; y más tarde por medio de los apóstoles y de los mártires,
de los hombres justos y de los doctores, que El escogió de en medio de
esta vida tempestuosa ».[37]
20. EL mensaje evangélico, que los santos Cirilo y Metodio tradujeron para los pueblos eslavos, recogiendo sabiamente del tesoro de la Iglesia « cosas antiguas y nuevas »,[38] fue transmitido mediante el anuncio y la catequesis en conformidad con las verdades eternas y adaptándolo, al mismo tiempo, a la situación histórica concreta. Gracias a los esfuerzos misioneros de ambos Santos, los pueblos eslavos pudieron, por primera vez, tomar conciencia de su propia vocación y participar en el designio eterno de salvación del mundo. Con esto reconocían también el propio papel en favor de toda la historia de la humanidad creada por Dios Padre, redimida por el Hijo Salvador e iluminada por el Espíritu Santo. Gracias a este anuncio, aprobado en su tiempo por las autoridades de la Iglesia --los Obispos de Roma y los Patriarcas de Constantinopla-- los eslavos pudieron sentirse, junto con las otras naciones de la tierra, descendientes y herederos de la promesa hecha por Dios a Abrahán.[39] De este modo, y gracias a la organización eclesiástica creada por san Metodio y a la conciencia de la propia identidad cristiana, ellos ocuparon el lugar que les estaba destinado en la Iglesia , establecida también ya en aquella parte de Europa. Por ello, sus actuales descendientes conservan un recuerdo grato e imperecedero de aquél que vino a ser el eslabón que los une a la cadena de los grandes heraldos de la divina Revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento: « Después de todos éstos, en nuestros tiempos, Dios misericordioso suscitó para la buena empresa en favor de nuestro pueblo --de quien antes nadie se había preocupado--, a nuestro maestro el bienaventurado Metodio, cuyas virtudes y luchas nosotros las comparamos una por una y son sonrojarnos, a las de tales hombres gratos a Dios ».[40]
[28] Conc.
Ecum. Vatic. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 13.
[29] Vita Constantini XVI, 8: ed. cit., p. 205.
[30] Cf. Mt 5, 45.
[31] Vita Constantini XVI, 4-6: ed. cit., p. 205
[32] Ibid. XVI, 58: ed. cit., p. 208; Flp 2, 11.
[33] Vita Constantini XVI, 12: ed. cit., p. 206, Sal 66 [65], 4.
[34] Ibid. XVI, 13: ed. cit., p. 206; Sal 117 [116], 1.
[35] Cf. Sal 112 [111], 4; Jl 2, 13.
[36] Cf. 1 Tim 2, 4.
[37] Vita Constantini I, 1: ed. cit., p. 169.
[38] Cf. Mt 13, 52.
[39] Cf. Gén 15, 1-21.
[40] Vita Methodii II, 1: ed. cit., pp. 220 s.
VI. EVANGELIO Y CULTURA
21. Los hermanos
de Salónica eran herederos no sólo de la fe, sino también
de la cultura de la antigua Grecia, continuada por Bizancio. Todos saben la
importancia que esta herencia tiene para toda la cultura europea y, directa
o indirectamente, para la cultura universal. En la obra de evangelización
que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los
pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo, un modelo de lo que
hoy lleva el nombre de « inculturación » --encarnación
del evangelio en las culturas autóctonas-- y , a la vez , la introducción
de éstas en la vida de la Iglesia.
Al encarnarse el Evangelio en la peculiar cultura de los pueblos que evangelizaban,
los santos Cirilo y Metodio tuvieron un mérito particular en la formación
y desarrollo de aquella misma cultura, o mejor, de muchas culturas. En efecto,
todas las culturas de las naciones eslavas deben el propio « comienzo
» o desarrollo a la obra de los hermanos de Salónica. Ellos, con
la creación, original y genial, de un alfabeto para la lengua eslava,
dieron una contribución fundamental a la cultura y a la literatura de
todas las naciones eslavas.
Además, la traducción de los libros sagrados realizada por Cirilo
y Metodio, junto con sus discípulos, confirió capacidad y dignidad
cultural a la lengua litúrgica paleoeslava, que, vino a ser durante largos
siglos no sólo la lengua eclesiástica, sino también la
oficial y literaria, e incluso la lengua común de las clases más
cultas en la mayor parte de las naciones eslavas y, en concreto, de todos los
eslavos de rito oriental. Dicha lengua se usaba también en la Iglesia
de la Santa Cruz, de Cracovia, en la que se habían establecido los Benedictinos
eslavos. Aquí se publicaron los primeros libros litúrgicos impresos
en esta lengua. Hasta el día de hoy es ésta la lengua usada en
la liturgia bizantina de las Iglesia Orientales eslavas de rito constantinopolitano,
tanto Católicas como Ortodoxas, en Europa oriental y sudoriental, así
como en diversos Países de Europa occidental; es también usada
en la liturgia romana de los católicos de Croacia.
22. En el desarrollo histórico de los eslavos de rito oriental, dicha lengua tuvo un papel similar al de la lengua latina en Occidente; además ella se ha conservado durante largo tiempo --en parte hasta el siglo XIX-- y ha ejercido un influjo mucho más directo en la formación de las lenguas nativas literarias gracias a la estrecha relación de parentesco con ellas. Estos méritos en favor de la cultura de todos los pueblos y de todas las naciones eslavas, hacen que la obra de evangelización realizada por los santos Cirilo y Metodio esté, en cierto sentido, constantemente presente en la historia y en la vida de estos pueblos y de estas naciones.
VII. SIGNIFICADO E IRRADIACIÓN DEL MILENIO CRISTIANO EN EL MUNDO ESLAVO
23. La actividad
apostólico-misionera de los santos Cirilo y Metodio, que se sitúa
en la segunda mitad del siglo IX, puede considerarse como la primera evangelización
efectiva de los eslavos.
Esta actividad alcanzó, de diversa manera, a cada uno de los territorios,
concentrándose principalmente en los de la Gran Moravia de entonces.
Ante todo, abarcó las regiones de la metrópoli, cuyo pastor era
Metodio, esto es, Moravia, Eslovaquia y Panonia, en suma, una parte de la actual
Hungría. En el marco del influjo más vasto ejercido por esta actividad
apostólica --en especial por parte de los misioneros preparados por Metodio--
se encontraron los otros grupos de eslavos occidentales, sobre todo, los de
Bohemia. El primer príncipe histórico de Bohemia, de la dinastía
de los Premyslidi, Bozyvoj (Borivoj), fue bautizado probablemente según
el rito eslavo. Más tarde este influjo llegó hasta las tribus
serviolusacianas, así como a los territorios de la Polonia meridional.
Sin embargo, desde el momento de la caída de la Gran Moravia (905-906
aproximadamente), a este rito le sustituyó el rito latino y Bohemia fue
puesta eclesiásticamente bajo la jurisdicción del Obispo de Ratisbona
y la metrópoli de Salzburgo. Mas, es digno de atención el hecho
de que aún a mediados del siglo X, en tiempos de san Wenceslao, existía
una compenetración recíproca de elementos de ambos ritos con una
avanzada simbiosis de las dos lenguas usadas en la liturgia: la lengua eslava
y la lengua latina. Por lo demás, no era posible la cristianización
del pueblo sin servirse de la lengua nativa. Solamente sobre esta base pudo
desarrollarse la terminología cristiana en Bohemia y de aquí,
sucesivamente, desarrollarse y consolidarse la terminología eclesiástica
en Polonia. La referencia sobre el príncipe de los Vislanos en la Vida
de Metodio es la alusión histórica más antigua relativa
a una de las tribus polacas.[41] Faltan datos suficientes para poder relacionar
con esta noticia la institución de una organización eclesiástica
de rito eslavo en las tierras polacas.
24. El bautismo
de Polonia en el año 966, en la persona del primer soberano histórico
Mieszko, que se casó con la princesa bohema Dubravka) tuvo lugar principalmente
por medio de la Iglesia bohema y, por medio de ella, el cristianismo se introdujo
en Polonia desde Roma en la forma latina. De todas maneras, subsiste el hecho
de que los orígenes del cristianismo en Polonia se conectan de algún
modo con la obra de los hermanos que partieron de la lejana Salónica.
Entre los eslavos de la península Balcánica, la solicitud de los
santos hermanos fructificó de modo aún más visible. Gracias
a su apostolado, se consolidó el cristianismo, radicado desde hacía
tiempo en Croacia.
Principalmente a través de los discípulos, expulsados del primer
terreno de actividad, la misión cirilo-metodiana se consolidó
y desarrolló maravillosamente en Bulgaria. Aquí, gracias a san
Clemente de Ojrid, surgieron centros dinámicos de vida monástica,
y aquí tuvo un desarrollo particular el alfabeto cirílico. Desde
aquí el cristianismo pasó también a otros territorios hasta
llegar, a través de la vecina Rumania, a la antigua Rus' de Kiev y extenderse
luego desde Moscú hacia el Oriente. Dentro de algunos años --precisamente
en el 1988-- se cumplirá el milenario del bautismo de san Vladimiro el
Grande, príncipe de Kiev.
25 Justamente,
por tanto, los santos Cirilo y Metodio fueron muy pronto reconocidos por la
familia de los pueblos eslavos como padres, tanto de su cristianismo como de
su cultura. En muchos de los territorios ya mencionados, si bien habían
sido visitados por diversos misioneros, la mayoría de la población
eslava conservaba, todavía en el siglo IX, costumbres y creencias paganas.
Solamente en el terreno cultivado por nuestros santos, o al menos preparado
por ellos para su cultivo, el cristianismo entró de modo definitivo en
la historia de los eslavos durante el siglo siguiente.
Su obra constituye una contribución eminente para la formación
de las comunes raíces cristianas de Europa; raíces que, por su
solidez y vitalidad, constituyen uno de los más firmes puntos de referencia
del que no puede prescindir todo intento serio por recomponer de modo nuevo
y actual la unidad del continente.
Después de once siglos de cristianismo entre los eslavos, constatamos
que el legado de los hermanos de Salónica es y sigue siendo para dichos
pueblos más profundo y serio que cualquier división. Ambas tradiciones
cristianas --la oriental que viene de Constantinopla y la occidental que viene
de Roma-- surgieron en el seno de la única Iglesia, aunque sobre el entramado
de culturas diversas y con una óptica distinta respecto a los mismos
problemas. Tal diversidad, cuando sea bien comprendido su origen y convenientemente
ponderados su valor y significado, no hará sino enriquecer tanto la cultura
de Europa como su tradición religiosa, y convertirse, de esta manera,
en una base adecuada para su deseada renovación espiritual.
26. Desde el siglo IX, cuando en la Europa cristiana se estaba delineando un sistema nuevo, los santos Cirilo y Metodio nos proponen un mensaje que se manifiesta de gran actualidad para nuestra época la cual, precisamente por razón de tantos y tan complejos problemas de orden religioso y cultural, civil e internacional, busca una unidad vital en la real comunión de sus diversas componentes. De los dos evangelizadores se puede afirmar que una característica suya fue el amor a la comunión de la Iglesia universal tanto en Oriente como en Occidente y, dentro de ella, a la Iglesia particular que estaba naciendo en las naciones eslavas. De ellos procede, también para los cristianos y hombres de nuestro tiempo, la invitación a construir juntos la comunión. Pero es en el terreno específico de la actividad misionera donde destaca todavía más el ejemplo de Cirilo y Metodio. En efecto, dicha actividad es tarea esencial de la Iglesia y es en nuestros días urgente en la forma ya mencionada de la « inculturación ». Los dos hermanos no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante De modo análogo, en nuestros días, las Iglesias de antigua fundación pueden y deben ayudar a las Iglesia y a los pueblos jóvenes a madurar en su propia identidad y a progresar en ella.[42]
27. Cirilo
y Metodio son como los eslabones de unión, o como un puente espiritual,
entre la tradición oriental y la occidental, que confluyen en la única
gran tradición de la Iglesia universal. Para nosotros son paladines y
a la vez patronos en el esfuerzo ecuménico de las Iglesias hermanas de
Oriente y Occidente para volver a encontrar, mediante el diálogo y la
oración, la unidad visible en la comunión perfecta y total; «
unión que --como dije durante mi visita a Bari-- no es absorción
ni tampoco fusión ».[43] La unidad es el encuentro en la verdad
y en el amor que nos han sido dados por el Espíritu. Cirilo y Metodio,
en su personalidad y en su obra, son figuras que despiertan en todos los cristianos
una gran « nostalgia por la unión » y por la unidad entre
las dos Iglesias hermanas de Oriente y Occidente.[44] Para la plena catolicidad,
cada nación y cada cultura tienen un papel propio que desarrollar en
el plan universal de salvación. Cada tradición particular, cada
Iglesia local, debe permanecer abierta y atenta a las otras Iglesias y tradiciones
y, al mismo tiempo, a la comunión universal y católica; si permaneciese
cerrada en sí misma, correría el peligro de empobrecerse también
ella.
En la actuación del propio carisma, Cirilo y Metodio dieron una contribución
decisiva a la construcción de Europa, no sólo en la comunión
religiosa cristiana, sino también con miras a su unión civil y
cultural. Ni aún hoy existe otra vía para superar las tensiones
y reparar las rupturas y antagonismos existentes, tanto en Europa como en el
mundo, los cuales amenazan con provocar una espantosa destrucción de
vida y de valores. Ser cristiano en nuestro tiempo significa ser artífice
de comunión en la Iglesia y en la sociedad. A tal fin ayudan un espíritu
abierto hacia los hermanos, la mutua comprensión y la prontitud en la
cooperación mediante un generoso intercambio de los bienes culturales
y espirituales.
En efecto, una de las aspiraciones fundamentales de la humanidad actual es la
de volver a encontrar la unidad y la comunión para una vida verdaderamente
digna del hombre a nivel mundial. La Iglesia, consciente de ser signo y sacramento
universal de salvación y de unidad del género humano, está
dispuesta a desempeñar este deber suyo, « que las condiciones de
nuestra época hacen más urgente », para que « todos
los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples
vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también
la unidad completa en Cristo ».[45]
[41] Cf. Vita
Methodii XI, 2-3: ed. cit., p. 231.
[42] Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera
de la Iglesia, 38.
[43] Juan Pablo II, Discurso en el encuentro ecuménico en la basílica
de San
Nicolás de Bari (26 de febrero de 1984), 2: L'Osservatore Romano, edic.
en
lengua española 11 de marzo de 1984, p. 19.
[44] Ibid., p. 19.
[45] Conc. Ecum. Vatic. II, Constitución dogmática Lumen Gentium,
sobre la
Iglesia, 1.
VIII. CONCLUSIÓN
28. Conviene, por tanto, que toda la Iglesia celebre con solemnidad y alegría los once siglos transcurridos desde la conclusión de la obra apostólica del primer arzobispo ordenado en Roma para los pueblos eslavos, Metodio, y de su hermano Cirilo, al recordar el ingreso de estos pueblos en la escena de la historia de la salvación y en el número de las naciones europeas que, desde los siglos precedentes, habían acogido el mensaje evangélico. Todos pueden comprender con qué profundo gozo desea participar en esta celebración el primer hijo de la estirpe eslava, llamado, después de casi dos milenios, a ocupar la sede episcopal de San Pedro en esta ciudad de Roma.
29. «
En tus manos entrego mi espíritu ». Nosotros saludamos el undécimo
centenario de la muerte de san Metodio con las mismas palabras que --de acuerdo
a cuanto se narra en su Vida, escrita en lengua paleoeslava [46]-- fueron pronunciadas
por él antes de morir, mientras estaba ya para unirse con sus padres
en la fe, en la esperanza y en la caridad: a los patriarcas, profetas, apóstoles,
doctores y mártires. Con el testimonio de la palabra y de la vida, sostenidas
por el carisma del Espíritu, él dio ejemplo de una vocación
fecunda tanto al siglo en que vivió como a los siglos posteriores y,
de modo particular, a nuestros días.
Su glorioso « tránsito » en la primavera del año 885
de la Encarnación de Cristo (y según el cómputo bizantino
del tiempo, en el año 6393 de la creación del mundo) tuvo lugar
en un período en que inquietantes nubes se cernían sobre Constantinopla
y tensiones hostiles amenazaban cada vez más la tranquilidad y la vida
de las naciones, e incluso los sagrados vínculos de fraternidad cristiana
y de comunión entre las Iglesias de Oriente y Occidente.
En su Catedral, rebosante de fieles de diversas estirpes, los discípulos
de san Metodio tributaron un solemne homenaje al difunto pastor por el mensaje
de salvación, de paz y de reconciliación que había llevado
y al que había dedicado toda su vida: « Celebraron un oficio sagrado
en latín, griego y eslavo »,[47] adorando a Dios y venerando al
primer arzobispo de la Iglesia fundada por él entre los eslavos, a quienes
había anunciado el Evangelio junto con su hermano, en su propia lengua.
Esta Iglesia se consolidó aún más cuando, por explícito
consentimiento del Papa, recibió una jerarquía autóctona,
radicada en la sucesión apostólica y enlazada en la unidad de
fe y de amor tanto con la Iglesia de Roma como con la de Constantinopla , donde
la misión eslava se había iniciado.
Al cumplirse once siglos de su muerte, deseo estar presente, al menos espiritualmente,
en Velehrad donde --como parece-- la divina Providencia permitió a Metodio
concluir su vida apostólica:--deseo también detenerme en la Basílica
de san Clemente en Roma, donde fue sepultado san Cirilo;--y ante las tumbas
de ambos hermanos, apóstoles de los eslavos, deseo encomendar a la Santísima
Trinidad su herencia espiritual con una oración especial.
30. «
En tus manos entrego ... ».
Oh Dios grande, uno en la Trinidad, yo te entrego el legado de la fe de las
naciones eslavas: conserva y bendice esta obra tuya.
Recuerda, Padre todopoderoso, el momento en el que, según tu voluntad,
llegó a estos pueblos y naciones la « plenitud de los tiempos »
y los santos misioneros de Salónica cumplieron el mandato que tu Hijo
Jesucristo había dirigido a sus Apóstoles; siguiendo sus huellas
y las de sus sucesores llevaron a las tierras habitadas por los eslavos la luz
del Evangelio, la Buena Nueva de la salvación y ante ellos dieron testimonio
de--que Tú eres Creador del hombre, que eres Padre y que en Ti todos
los hombres somos hermanos;--que por medio de tu Hijo, Palabra eterna, has dado
la existencia a todas las cosas y has llamado a los hombres a participar de
tu vida que no tiene fin;--que has amado tanto al mundo que le has entregado
como don a tu Hijo unigénito, que por nosotros los hombres y por nuestra
salvación, bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de la Virgen María y se hizo hombre;--que, finalmente,
enviaste al Espíritu de poder y de consuelo para que todo hombre, redimido
por Cristo, pudiese recibir en él la dignidad de hijo y llegar a ser
coheredero de las indefectibles promesas hechas por Ti a la humanidad.
Tu plan creador, oh Padre, culminado en la Redención, implica al hombre
viviente y abarca toda su vida y la historia de los pueblos.
Escucha, oh Padre, lo que hoy te implora toda la Iglesia y haz que los hombres
y las naciones que, gracias a la misión apostólica de los santos
hermanos de Salónica, te conocieron y te recibieron a Ti, Dios verdadero,
y mediante el Bautismo entraron en la comunidad de tus hijos, puedan seguir
todavía acogiendo, sin obstáculos, con entusiasmo y confianza
este programa evangélico, realizando todas sus posibilidades humanas
sobre el fundamento de sus enseñanzas. Que puedan seguir ellos, conforme
a su propia conciencia, la voz de tu llamada a lo largo del camino que les fue
indicado por primera vez hace once siglos.--Que el hecho de pertenecer al Reino
de tu Hijo jamás sea considerado por nadie en contraste con el bien de
su patria terrena.--Que en la vida privada y en la vida pública puedan
darte la alabanza debida.--Que puedan vivir en la verdad, en la caridad, en
la justicia y en el gozo de la paz mesiánica que llega a los corazones
humanos, a las comunidades, a la tierra y al mundo entero.--Que, conscientes
de su dignidad de hombres y de hijos de Dios, puedan tener la fuerza para superar
todo odio y para vencer el mal con el bien.
Y concede también a toda Europa, oh Trinidad Santísima, por intercesión
de los dos santos hermanos, que sienta cada vez más la exigencia de la
unidad religioso-cristiana y la comunión fraterna de todos sus pueblos,
de tal manera que, superada la incomprensión y la desconfianza recíprocas,
y vencidos los conflictos ideológicos por la común conciencia
de la verdad, pueda ser para el mundo entero un ejemplo de convivencia justa
y pacífica en el respeto mutuo y en la inviolable libertad.
31. A Ti, pues,
Dios Padre todopoderoso Dios Hijo que has redimido al mundo, Dios Espíritu
Santo que eres fundamento y maestro de toda santidad, deseo encomendarte la
Iglesia entera de ayer, de hoy y de mañana; la Iglesia que está
en Europa y que está extendida por toda la tierra.
En tus manos pongo esta riqueza singular compuesta de tantos dones diversos,
antiguos y nuevos que forman el tesoro común de tantos hijos diversos.
Toda la Iglesia te da gracias a Ti, que llamaste a las naciones eslavas a la
comunión de la fe por la herencia y por la contribución dada al
patrimonio universal. Te da gracias por esto, de modo particular, el Papa de
origen eslavo. Que esta contribución no cese jamás de enriquecer
a la Iglesia, al continente europeo y al mundo entero. Que no se debilite en
Europa y en el mundo de hoy. Que no falte en la conciencia de nuestros contemporáneos.
Deseamos acoger íntegramente todo aquello que, de original y válido,
las naciones eslavas han dado y siguen dando al patrimonio espiritual de la
Iglesia y de la humanidad. Toda la Iglesia, consciente de su riqueza común,
profesa su solidaridad espiritual con ellos y reafirma su propia responsabilidad
hacia el Evangelio, por la obra de salvación que es llamada a realizar
también hoy en todo el mundo, hasta los confines de la tierra. Es indispensable
remontarse al pasado para comprender, bajo su luz, la realidad actual y vislumbrar
el mañana. La misión de la Iglesia, en efecto, está siempre
orientada y encaminada con indefectible esperanza hacia el futuro.32. ¡El
futuro! Por más que pueda aparecer humanamente grávido de amenazas
e incertidumbres, lo ponemos con confianza en tus manos, Padre celestial, invocando
la intercesión de la Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia; y también
la de tus Apóstoles Pedro y Pablo y la de los santos Benito, Cirilo y
Metodio, la de Agustín y Bonifacio, y la de todos los evangelizadores
de Europa, los cuales, fuertes en la fe, en la esperanza y en la caridad, anunciaron
a nuestros padres tu salvación y tu paz; y con los trabajos de su siembra
espiritual comenzaron la construcción de la civilización del amor,
el nuevo orden basado en tu santa ley y en el auxilio de tu gracia, que al final
de los tiempos vivificará todo y a todos en la Jerusalén celestial.
Amén.
A todos vosotros,
amadísimos hermanos, mi Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de Junio, solemnidad de la
Santísima Trinidad, del año 1985, séptimo de mi Pontificado.
JOANNES PAULUS PP II.
[46] Cf. Vita
Methodii XVII, 9-10: ed. cit., p. 237; Lc 23, 46; Sal 31 [30], 6.
[47] Vita Methodii XVII, 11: ed. cit., p. 237.