CARTA
ENCÍCLICA DOMINUM ET VIVIFICANTEM
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE EL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO
Venerables
hermanos, amadísimos hijos e hijas: ¡ salud y bendición
apostólica !
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo que es « Señor
y dador de vida ». Así lo profesa el Símbolo de la Fe, llamado
nicenoconstantinopolitano por el nombre de los dos Concilios -Nicea (a. 325)
y Constantinopla (a. 381)-, en los que fue formulado o promulgado. En ellos
se añade también que el Espíritu Santo « habló
por los profetas ». Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma
de su fe, Jesucristo. En efecto, según el Evangelio de Juan, el Espíritu
Santo nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el
día grande de la fiesta de los Tabernáculos: « " Si
alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí ",
como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva
».(1) Y el evangelista explica: « Esto decía refiriéndose
al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él ».(2)
Es el mismo símil del agua usado por Jesús en su coloquio con
la Samaritana, cuando habla de una « fuente de agua que brota para la
vida eterna »,(3) y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad
de un nuevo nacimiento « de agua y de Espíritu » para «
entrar en el Reino de Dios ».(4)
La
Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia
de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el
principio su fe en el Espíritu Santo, como aquél que es dador
de vida, aquél en el que el inescrutable Dios uno y trino se comunica
a los hombres, constituyendo en ellos la fuente de vida eterna.
2. Esta fe, profesada ininterrumpidamente por la Iglesia, debe ser siempre fortalecida
y profundizada en la conciencia del Pueblo de Dios. Durante el último
siglo esto ha sucedido varias veces; desde León XIII, que publicó
la Encíclica Divinum illud munus (a. 1897) dedicada enteramente al Espíritu
Santo, pasando por Pío XII, que en la Encíclica Mystici Corporis
(a. 1943) se refirió al Espíritu Santo como principio vital de
la Iglesia, en la cual actúa conjuntamente con Cristo, Cabeza del Cuerpo
Místico,(5) hasta el Concilio Ecuménico Vaticano II, que ha hecho
sentir la necesidad de una nueva profundización de la doctrina sobre
el Espíritu Santo, como subrayaba Pablo VI: « A la cristología
y especialmente a la eclesiología del Concilio debe suceder un estudio
nuevo y un culto nuevo del
Espíritu
Santo, justamente como necesario complemento de la doctrina conciliar ».(6)
En nuestra época, pues, estamos de nuevo llamados, por la fe siempre
antigua y siempre nueva de la Iglesia, a acercarnos al Espíritu Santo
que es dador de vida. Nos ayuda a ello y nos estimula también la herencia
común con las Iglesias orientales, las cuales han custodiado celosamente
las riquezas extraordinarias de las enseñanzas de los Padres sobre el
Espíritu Santo. También por esto podemos decir que uno de los
acontecimientos eclesiales más importantes de los últimos años
ha sido el XVI centenario del I Concilio de Constantinopla, celebrado contemporáneamente
en Constantinopla y en Roma en la solemnidad de Pentecostés del 1981.
El Espíritu Santo ha sido comprendido mejor en aquella ocasión,
mientras se meditaba sobre el misterio de la Iglesia, como aquél que
indica los caminos que llevan a la unión de los cristianos, más
aún, como la fuente suprema de esta unidad, que proviene de Dios mismo
y a la que San Pablo dio una expresión particular con las palabras con
que frecuentemente se inicia la liturgia eucarística: « La gracia
de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo esté con todos vosotros ».(7)
De
esta exhortación han partido, en cierto modo, y en ella se han inspirado
las precedentes Encíclicas Redemptor hominis y Dives in misericordia,
las cuales celebran el hecho de nuestra salvación realizada en el Hijo,
enviado por el Padre al mundo, « para que el mundo se salve por él
» (8) y « toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para
gloria de Dios Padre ».(9) De esta misma exhortación arranca ahora
la presente Encíclica sobre el Espíritu Santo, que procede del
Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración
y gloria: él es una Persona divina que está en el centro de la
fe cristiana y es la fuente y fuerza dinámica de la renovación
de la Iglesia.(10) Esta Encíclica arranca de la herencia profunda del
Concilio. En efecto, los textos conciliares, gracias a su enseñanza sobre
la Iglesia en sí misma y sobre la Iglesia en el mundo, nos animan a penetrar
cada vez más en el misterio trinitario de Dios, siguiendo el itinerario
evangélico, patrístico v litúrgico: al Padre, por Cristo,
en el Espíritu Santo.
De
este modo la Iglesia responde también a ciertos deseos profundos, que
trata de vislumbrar en el corazón de los hombres de hoy: un nuevo descubrimiento
de Dios en su realidad trascendente de Espíritu infinito, como lo presenta
Jesús a la Samaritana; la necesidad de adorarlo « en espíritu
y verdad »; (11) la esperanza de encontrar en él el secreto del
amor y la fuerza de una « creación nueva »: (12) sí,
precisamente aquél que es dador de vida.
La Iglesia se siente llamada a esta misión de anunciar el Espíritu
mientras, junto con la familia humana, se acerca al final del segundo milenio
después de Cristo. En la perspectiva de un cielo y una tierra que «
pasarán », la Iglesia sabe bien que adquieren especial elocuencia
las « palabras que no pasarán ».(13) Son las palabras de
Cristo sobre el Espíritu Santo, fuente inagotable del « agua que
brota para vida eterna »,(14) que es verdad y gracia salvadora. Sobre
estas palabras quiere reflexionar y hacia ellas quiere llamar la atención
de los creyentes y de todos los hombres, mientras se prepara a celebrar -como
se dirá más adelante- el gran Jubileo que señalará
el paso del segundo al tercer milenio cristiano.
Naturalmente,
las consideraciones que siguen no pretenden examinar de modo exhaustivo la riquísima
doctrina sobre el Espíritu Santo, ni privilegiar alguna solución
sobre cuestiones todavía abiertas. Tienen como objetivo principal desarrollar
en la Iglesia la conciencia de que en ella « el Espíritu Santo
la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó
a Cristo principio de salvación para todo el mundo ».(15)
I
PARTE
EL
ESPÍRITU DEL PADRE Y DEL HIJO, DADO A LA IGLESIA
1.
Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual
3.
Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció
a los apóstoles « otro Paráclito ».(16) El evangelista
Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena pascual
anterior al día de su pasión y muerte, se dirigió a ellos
con estas palabras: « Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré,
para que el Padre sea glorificado en el Hijo... y yo pediré al Padre
y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para
siempre, el Espíritu de la verdad ».(17)
Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo llama el Paráclito,
y Parákletos quiere decir « consolador », y también
« intercesor » o « abogado ». Y dice que es «
otro » Paráclito, el segundo, porque él mismo, Jesús,
es el primer Paráclito, (18) al ser el primero que trae y da la Buena
Nueva. El Espíritu Santo viene después de él y gracias
a él, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de
la Buena Nueva de salvación. De esta continuación de su obra por
parte del Espíritu Santo Jesús habla más de una vez durante
el mismo discurso de despedida, preparando a los apóstoles, reunidos
en el Cenáculo, para su partida, es decir, su pasión y muerte
en Cruz.
Las palabras, a las que aquí nos referimos, se encuentran en el Evangelio
de Juan. Cada una de ellas añade algún contenido nuevo a aquel
anuncio y a aquella promesa. Al mismo tiempo, están simultáneamente
relacionadas entre sí no sólo por la perspectiva de los mismos
acontecimientos, sino también por la perspectiva del misterio del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo, que quizás en ningún otro
pasaje de la Sagrada Escritura encuentran una expresión tan relevante
como ésta.
4.
Poco después del citado anuncio, añade Jesús: « Pero
el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en
mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que
yo he dicho ».(19) El Espíritu Santo será el Consolador
de los apóstoles y de la Iglesia, siempre presente en medio de ellos-aunque
invisible-como maestro de la misma Buena Nueva que Cristo anunció. Las
palabras « enseñará » y « recordará »
significan no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá
inspirando la predicación del Evangelio de salvación, sino que
también ayudará a comprender el justo significado del contenido
del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión
en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Espíritu Santo,
pues, hará que en la Iglesia perdure siempre la misma verdad que los
apóstoles oyeron de su Maestro.
5.
Los apóstoles, al transmitir la Buena Nueva, se unirán particularmente
al Espíritu Santo. Así sigue hablando Jesús: « Cuando
venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu
de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis
conmigo desde el principio ».(20)
Los apóstoles fueron testigos directos y oculares. « Oyeron »
y « vieron con sus propios ojos », « miraron » e incluso
« tocaron con sus propias manos » a Cristo, como se expresa en otro
pasaje el mismo evangelista Juan.(21) Este testimonio suyo humano, ocular e
« histórico » sobre Cristo se une al testimonio del Espíritu
Santo: « El dará testimonio de mí ». En el testimonio
del Espíritu de la verdad encontrará el supremo apoyo el testimonio
humano de los apóstoles. Y luego encontrará también en
ellos el fundamento interior de su continuidad entre las generaciones de los
discípulos y de los confesores de Cristo, que se sucederán en
los siglos posteriores.
Si la revelación suprema y más completa de Dios a la humanidad
es Jesucristo mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira,
garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y
en los escritos apostólicos, (22) esta misión esté relacionada
con la misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente en ella
misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos salvíficos,
está expresado con el verbo « recibir »: « recibirá
de lo mío y os lo comunicará ». Jesús para explicar
la palabra « recibirá », poniendo en clara evidencia la unidad
divina y trinitaria de la fuente, añade: « Todo lo que tiene el
Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y
os lo comunicará mientras que el testimonio de los apóstoles asegura
su expresión humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.
6.
Esto se deduce también de la profunda correlación de contenido
y de intención con el anuncio y la promesa mencionada, que se encuentra
en las palabras sucesivas del texto de Juan: « Mucho podría deciros
aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu
de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará
por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo
que ha de venir ».(23)
Con estas palabras Jesús presenta el Paráclito. el Espíritu
de la verdad, como el que « enseñará » y « recordará
», como el que « dará testimonio » de él; luego
dice: « Os guiará hasta la verdad completa ». Este «
guiar hasta la verdad completa », con referencia a lo que dice a los apóstoles
« pero ahora no podéis con ello », está necesariamente
relacionado con el anonadamiento de Cristo por medio de la pasión y muerte
de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente.
Después, sin embargo, resulta claro que aquel « guiar hasta la
verdad completa » se refiere también, además del escándalo
de la cruz, a todo lo que Cristo « hizo y enseñó ».(24)
En efecto, el misterio de Cristo en su globalidad exige la fe ya que ésta
introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El «
guiar hasta la verdad completa » se realiza, pues en la fe y mediante
la fe, lo cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción
en el hombre. El Espíritu Santo debe ser en esto la guía suprema
del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los apóstoles,
testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo
que Cristo « hizo y enseñó » y, especialmente, el
anuncio de su Cruz y de su Resurrección. En una perspectiva más
amplia esto sirve también para todas las generaciones de discípulos
y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar con
lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio
revelado que explica el sentido definitivo de esa misma historia.
7.
Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la economía
de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu
actúa en la historia del hombre como « otro Paráclito »,
asegurando de modo permanente la trasmisión y la irradiación de
la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret. Por esto, resplandece la
gloria de Cristo en el Espíritu Santo-Paráclito, que en el misterio
y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la presencia
histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica, como
lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: « El me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros
».(25) Con estas palabras se confirma una vez más todo lo que han
dicho los enunciados anteriores. « Enseñará ..., recordará
..., dará testimonio ». La suprema y completa autorrevelación
de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación
de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante
la misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad.
Cuán íntimamente a vosotros ».(26) Tomando de lo «
mío », por eso mismo recibirá de « lo que es del Padre
».
A la luz pues de aquel « recibirá » se pueden explicar todavía
las otras palabras significativas sobre el Espíritu Santo, pronunciadas
por Jesús en el Cenáculo antes de la Pascua: « Os conviene
que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito;
pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá
al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente
al juicio ».(27) Convendrá dedicar todavía a estas palabras
una reflexión aparte.
2.
Padre, Hijo y Espíritu Santo
8.
Una característica del texto joánico es que el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es distinta
de la segunda y de la tercera, y éstas también lo son entre sí.
Jesús habla del Espíritu Paráclito usando varias veces
el pronombre personal « él »; y al mismo tiempo, en todo
el discurso de despedida, descubre los lazos que unen recíprocamente
al Padre, al Hijo y al Paráclito. Por tanto, « el Espíritu
... procede del Padre » (28) y el Padre « dará » el
Espíritu.(29) El Padre « enviará » el Espíritu
en nombre del Hijo, (30) el Espíritu « dará testimonio »
del Hijo.(31) El Hijo pide al Padre que envíe el Espíritu Paráclito,(32)
pero afirma y promete, además, en relación con su « partida
» a través de la Cruz: « Si me voy, os lo enviaré
».(33) Así pues, el Padre envía el Espíritu Santo
con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo,(34) y al mismo
tiempo lo envía con la fuerza de la redención realizada por Cristo;
en este sentido el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo:
« os lo enviaré ».
Conviene notar aquí que si todas las demás promesas hechas en
el Cenáculo anunciaban la venida del Espíritu Santo después
de la partida de Cristo, la contenida en el texto de Juan comprende y subraya
claramente también la relación de interdependencia, que se podría
llamar causal, entre la manifestación de ambos: « Pero si me voy,
os le enviaré ». El Espíritu Santo vendrá cuando
Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendrá no sólo después,
sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y
obra del Padre.
9.
Así, en el discurso pascual de despedida se llega -puede decirse- al
culmen de la revelación trinitaria. Al mismo tiempo, nos encontramos
ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que al final
se traducirán en el gran mandato misional dirigido a los apóstoles
y, por medio de ellos, a la Iglesia: « Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes », mandato que encierra, en cierto modo, la fórmula
trinitaria del bautismo: « bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo ».(35) Esta fórmula refleja
el misterio íntimo de Dios y de su vida divina, que es el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo, divina unidad de la Trinidad. Se puede leer este
discurso como una preparación especial a esta fórmula trinitaria,
en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento que obra la participación
en la vida de Dios uno y trino, porque da al hombre la gracia santificante como
don sobrenatural. Por medio de ella éste es llamado y hecho « capaz
» de participar en la inescrutable vida de Dios.
10.
Dios, en su vida íntima, « es amor »,(36) amor esencial,
común a las tres Personas divinas. EL Espíritu Santo es amor personal
como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto « sondea hasta las
profundidades de Dios »,(37) como Amor-don increado. Puede decirse que
en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace
enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas,
y que por el Espíritu Santo Dios « existe » como don. El
Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación,
de este ser-amor.(38) Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una
riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto
de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.
Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consustancial al Padre y al Hijo
en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente
(fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación
de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación
de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación.
Como escribe el apóstol Pablo: « El amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado ».(39)
3.
La donación salvífica de Dios por el Espíritu Santo
11.
El discurso de despedida de Cristo durante la Cena pascual se refiere particularmente
a este « dar » y « darse » del Espíritu Santo.
En el Evangelio de Juan se descubre la « lógica » más
profunda del misterio salvífico contenido en el designio eterno de Dios
como expansión de la inefable comunión del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Es la « lógica » divina, que del misterio
de la Trinidad lleva al misterio de la Redención del mundo por medio
de Jesucristo. La Redención realizada por el Hijo en el ámbito
de la historia terrena del hombre -realizada por su « partida »
a través de la Cruz y Resurrección- es al mismo tiempo, en toda
su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo: que «
recibirá de lo mío ».(40) Las palabras del texto joánico
indican que, según el designio divino, la « partida » de
Cristo es condición indispensable del « envío » y
de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza la nueva
comunicación salvífica por el Espíritu Santo.
12.
Es un nuevo inicio en relación con el primero, -inicio originario de
la donación salvífica de Dios- que se identifica con el misterio
de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del
libro del Génesis: « En el principio creó Dios los cielos
y la tierra ... y el Espíritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima
de las aguas ».(41) Este concepto bíblico de creación comporta
no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir,
el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de
Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica
de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre,
que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: « Hagamos al ser humano
a nuestra imagen, como semejanza nuestra ».(42) « Hagamos »,
¿se puede considerar que el plural, que el Creador usa aquí hablando
de sí mismo, sugiera ya de alguna manera el misterio trinitario, la presencia
de la Trinidad en la obra de la creación del hombre? El lector cristiano,
que conoce ya la revelación de este misterio, puede también descubrir
su reflejo en estas palabras. En cualquier caso, el contexto nos permite ver
en la creación del hombre el primer inicio de la donación salvífica
de Dios a la medida de su « imagen y semejanza », que ha concedido
al hombre.
13.
Parece, pues, que las palabras pronunciadas por Jesús en el discurso
de despedida deben ser leídas también con referencia a aquel «
inicio » tan lejano, pero fundamental, que conocemos por el Génesis.
« Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero
si me voy, os lo enviaré ». Cristo, describiendo su « partida
» como condición de la « venida » del Paráclito,
une el nuevo inicio de la comunicación salvífica de Dios por el
Espíritu Santo con el misterio de la Redención. Este es un nuevo
inicio, ante todo porque entre el primer inicio y toda la historia del hombre,
-empezando por la caída original-, se ha interpuesto el pecado, que es
contrario a la presencia del Espíritu de Dios en la creación y
es, sobre todo, contrario a la comunicación salvífica de Dios
al hombre. Escribe San Pablo que, precisamente a causa del pecado, « la
creación ... fue sometida a la vanidad... gimiendo hasta el presente
y sufre dolores de parto » y « desea vivamente la revelación
de los hijos de Dios ».(43)
14.
Por eso Jesucristo dice en el Cenáculo: « Os conviene que yo me
vaya »; « Si me voy, os lo enviaré ».(44) La «
partida » de Cristo a través de la Cruz tiene la fuerza de la Redención;
y esto significa también una nueva presencia del Espíritu de Dios
en la creación: el nuevo inicio de la comunicación de Dios al
hombre por el Espíritu Santo. « La prueba de que sois hijos es
que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
¡Abbá Padre! », escribe el apóstol Pablo en la Carta
a los Gálatas.(45) El Espíritu Santo es el Espíritu del
Padre, como atestiguan las palabras del discurso de despedida en el Cenáculo.
Es, al mismo tiempo, el Espíritu del Hijo: es el Espíritu de Jesucristo,
como atestiguarán los apóstoles y especialmente Pablo de Tarso.(46)
Con el envío de este Espíritu « a nuestros corazones »
comienza a cumplirse lo que « la creación desea vivamente »,
como leemos en la Carta a los Romanos.
El Espíritu viene a costa de la « partida » de Cristo. Si
esta « partida » causó la tristeza de los apóstoles,(47)
y ésta debía llegar a su culmen en la pasión y muerte del
Viernes Santo, a su vez esta « tristeza se convertirá en gozo ».(48)
En efecto, Cristo insertará en su « partida » redentora la
gloria de la resurrección y de la ascensión al Padre. Por tanto
la tristeza, a través de la cual aparece el gozo, es la parte que toca
a los apóstoles en el marco de la « partida » de su Maestro,
una partida « conveniente », porque gracias a ella vendría
otro « Paráclito ».(49) A costa de la Cruz redentora y por
la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el Espíritu Santo
viene para quedar se desde el día de Pentecostés con los Apóstoles,
para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo.
De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo inicio de la comunicación
de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de Jesucristo, Redentor
del Hombre y del mundo.
4.
El Mesías ungido con el Espíritu Santo
15.
Se realiza así completamente la misión del Mesías, que
recibió la plenitud del Espíritu Santo para el Pueblo elegido
de Dios y para toda la humanidad. « Mesías » literalmente
significa « Cristo », es decir « ungido »; y en la historia
de la salvación significa « ungido con el Espíritu Santo
». Esta era la tradición profética del Antiguo Testamento.
Siguiéndola, Simón Pedro dirá en casa de Cornelio: «
Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea ... después que Juan
predicó el bautismo; como Dios a Jesús de Nazaret le ungió
con el Espíritu Santo y con poder ».(50)
Desde estas palabras de Pedro y otras muchas parecidas (51) conviene remontarse
ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces « el
quinto evangelio » o bien el « evangelio del Antiguo Testamento
». Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación
neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona
la persona y su misión con una acción especial del Espíritu
de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta:
« Saldrá un vástago del tronco de Jesé
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor ».(52)
Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento,
porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de
« espíritu », entendido ante todo como « aliento carismático
», y el « Espíritu » como persona y como don, don para
la persona. El Mesías de la estirpe de David (« del tronco de Jesé
») es precisamente aquella persona sobre la que « se posará
» el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía
no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo,
con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre,
por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena
revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario,
que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza.
16.
El Mesías es precisamente esta vía. En la Antigua Alianza la unción
era un símbolo externo del don del Espíritu. El Mesías
(mucho más que cualquier otro personaje ungido en la Antigua Alianza)
es el único gran Ungido por Dios mismo. Es el Ungido en el sentido de
que posee la plenitud del Espíritu de Dios. El mismo será también
el mediador al conceder este Espíritu a todo el Pueblo. En efecto, dice
el Profeta con estas palabras:
« El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto que me ha ungido el Señor.
A anunciar la buena nueva a los pobres me ha a enviado,
a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad;
a pregonar año de gracia del Señor ».(53)
El Ungido es también enviado « con el Espíritu del Señor
».
« Ahora el Señor Dios me envía con su espíritu».(54)
Según el libro de Isaías, el Ungido y el Enviado junto con el
Espíritu del Señor es también el Siervo elegido del Señor,
sobre el que se posa el Espíritu de Dios:
« He aquí a mi siervo a quien sostengo,
mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi espíritu sobre él ».(55)
Se sabe que el Siervo del Señor es presentado en el Libro de Isaías
como el verdadero varón de dolores: el Mesías doliente por los
pecados del mundo.(56) Y a la vez es precisamente aquél cuya misión
traerá verdaderos frutos de salvación para toda la humanidad:
« Dictará ley a las naciones ... »; (57) y será «
alianza del pueblo y luz de las gentes ... »; (58) « para que mi
salvación alcance hasta los confines de la tierra ».(59)
Ya que:
« Mi espíritu que ha venido sobre ti
y mis palabras que he puesto en tus labios
no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia
ni de la boca de la descendencia de tu descendencia,
dice el Señor, desde ahora y para siempre ».(60)
Los textos proféticos expuestos aquí deben ser leídos por
nosotros a la luz del Evangelio, como a su vez el Nuevo Testamento recibe una
particular clarificación por la admirable luz contenida en estos textos
veterotestamentarios. El profeta presenta al Mesías como aquél
que viene por el Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud
de este Espíritu en sí y, al mismo tiempo, para los demás,
para Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad. La plenitud del
Espíritu de Dios está acompañada de múltiples dones,
los de la salvación, destinados de modo particular a los pobres y a los
que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a veces mediante
las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante todo con aquella
disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intuía el anciano Simeón,
« hombre justo y piadoso » ya que « estaba en él el
Espíritu Santo », en el momento de la presentación de Jesús
en el Templo, cuando descubría en él la « salvación
preparada a la vista de todos los pueblos » a costa del gran sufrimiento
-la Cruz- que había de abrazar acompañado por su Madre.(61) Esto
intuía todavía mejor la Virgen María, que « había
concebido del Espíritu Santo »,(62) cuando meditaba en su corazón
los « misterios » del Mesías al que estaba asociada.(63)
17.
Conviene subrayar aquí claramente que el « Espíritu del
Señor », que « se posa » sobre el futuro Mesías,
es ante todo un don de Dios para la persona de aquel Siervo del Señor.
Pero éste no es una persona aislada e independiente, porque actúa
por voluntad del Señor en virtud de su decisión u opción.
Aunque a la luz de los textos de Isaías la actuación salvífica
del Mesías, Siervo del Señor, encierra en sí la acción
del Espíritu que se manifiesta a través de él mismo, sin
embargo en el contexto veterotestamentario no está sugerida la distinción
de los sujetos o de las personas divinas, tal como subsisten en el misterio
trinitario y son reveladas luego en el Nuevo Testamento. Tanto en Isaías
como en el resto del Antiguo Testamento la personalidad del Espíritu
Santo está totalmente « escondida »: escondida en la revelación
del único Dios, así como también en el anuncio del futuro
Mesías.
18.
Jesucristo se referirá a este anuncio, contenido en las palabras de Isaías,
al comienzo de su actividad mesiánica. Esto acaecerá en Nazaret
mismo donde había transcurrido treinta años de su vida en la casa
de José, el carpintero junto a María, su Madre Virgen. Cuando
se presentó la ocasión de tomar la palabra en la Sinagoga, abriendo
el libro de Isaías encontró el pasaje en que estaba escrito: «
EL Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto
que me ha ungido el Señor » y después de haber leído
este fragmento dijo a los presentes: « Esta Escritura que acabáis
de oír, se ha cumplido hoy ».(64) De este modo confesó y
proclamó ser el que « fue ungido » por el Padre, ser el Mesías,
es decir Cristo, en quien mora el Espíritu Santo como don de Dios mismo,
aquél que posee la plenitud de este Espíritu, aquél que
marca el « nuevo inicio » del don que Dios hace a la humanidad con
el Espíritu.
5.
Jesús de Nazaret « elevado » por el Espíritu Santo
19.
Aunque en Nazaret, su patria, Jesús no es acogido como Mesías,
sin embargo, al comienzo de su actividad pública, su misión mesiánica
por el Espíritu Santo es revelada al pueblo por Juan el Bautista. Este,
hijo de Zacarías y de Isabel, anuncia en el Jordán la venida del
Mesías y administra el bautismo de penitencia. Dice al respecto: «
Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y yo
no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará
en Espíritu Santo y fuego ».(65)
Juan Bautista anuncia al Mesías-Cristo no sólo como el que «
viene » por el Espíritu Santo, sino también como el que
« lleva » el Espíritu Santo, como Jesús revelará
mejor en el Cenáculo. Juan es aquí el eco fiel de las palabras
de Isaías, que en el antiguo Profeta miraban al futuro, mientras que
en su enseñanza a orillas del Jordán constituyen la introducción
inmediata en la nueva realidad mesiánica. Juan no es solamente un profeta
sino también un mensajero, es el precursor de Cristo. Lo que Juan anuncia
se realiza a la vista de todos. Jesús de Nazaret va al Jordán
para recibir también el bautismo de penitencia. Al ver que llega, Juan
proclama: « He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo ».(66) Dice esto por inspiración del Espíritu Santo,(67)
atestiguando el cumplimiento de la profecía de Isaías. Al mismo
tiempo confiesa la fe en la misión redentora de Jesús de Nazaret.
« Cordero de Dios » en boca de Juan Bautista es una expresión
de la verdad sobre el Redentor, no menos significativa de la usada por Isaías:
« Siervo del Señor ».
Así, por el testimonio de Juan en el Jordán, Jesús de Nazaret,
rechazado por sus conciudadanos, es elevado ante Israel como Mesías,
es decir « Ungido » con el Espíritu Santo. Y este testimonio
es corroborado por otro testimonio de orden superior mencionado por los Sinópticos.
En efecto, cuando todo el pueblo fue bautizado y mientras Jesús después
de recibir el bautismo estaba en oración, « se abrió el
cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal,
como una paloma » (68) y al mismo tiempo « vino una voz del cielo:
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco ».(69)
Es una teofanía trinitaria que atestigua la exaltación de Cristo
con ocasión del bautismo en el Jordán, la cual no sólo
confirma el testimonio de Juan Bautista, sino que descubre una dimensión
todavía más profunda de la verdad sobre Jesús de Nazaret
como Mesías. El Mesías es el Hijo predilecto del Padre. Su exaltación
solemne no se reduce a la misión mesiánica del « Siervo
del Señor ». A la luz de la teofanía del Jordán,
esta exaltación alcanza el misterio de la Persona misma del Mesías.
El es exaltado porque es el Hijo de la divina complacencia. La voz de lo alto
dice: « mi Hijo ».
20.
La teofanía del Jordán ilumina sólo fugazmente el misterio
de Jesús de Nazaret cuya actividad entera se desarrollará bajo
la presencia viva del Espíritu Santo.(70) Este misterio habría
sido manifestado por Jesús mismo y confirmado gradualmente a través
de todo lo que « hizo y enseñó ».(71) En la línea
de esta enseñanza y de los signos mesiánicos que Jesús
hizo antes de llegar al discurso de despedida en el Cenáculo, encontramos
unos acontecimientos y palabras que constituyen momentos particularmente importantes
de esta progresiva revelación. Así el evangelista Lucas, que ya
ha presentado a Jesús « lleno de Espíritu Santo »
y « conducido por el Espíritu en el desierto »,(72) nos hace
saber que, después del regreso de los setenta y dos discípulos
de la misión confiada por el Maestro,(73) mientras llenos de gozo narraban
los frutos de su trabajo, « en aquel momento, se llenó de gozo
Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios
e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues
tal ha sido tu beneplácito" ».(74) Jesús se alegra
por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad;
se alegra, finalmente, por la especial irradiación de esta paternidad
divina sobre los « pequeños ». Y el evangelista califica
todo esto como « gozo en el Espíritu Santo ».
Este « gozo », en cierto modo, impulsa a Jesús a decir todavía:
« Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quien es el Hijo
sino el Padre; y quien es el Padre sino el Hijo, y aquél a quien se lo
quiera revelar ».(75)
21.
Lo que durante la teofanía del Jordán vino en cierto modo «
desde fuera », desde lo alto aquí proviene « desde dentro
», es decir, desde la profundidad de lo que es Jesús. Es otra revelación
del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo. Jesús habla
solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla
directamente del Espíritu que es amor y, por tanto, unión del
Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de sí como Hijo
brota de la plenitud del Espíritu que está en él y que
se derrama en su corazón, penetra su mismo « yo », inspira
y vivifica profundamente su acción. De ahí aquel « gozarse
en el Espíritu Santo ». La unión de Cristo con el Espíritu
Santo, de la que tiene perfecta conciencia, se expresa en aquel « gozo
», que en cierto modo hace « perceptible » su fuente arcana.
Se da así una particular manifestación y exaltación, que
es propia del Hijo del Hombre, de Cristo-Mesías, cuya humanidad pertenece
a la persona del Hijo de Dios, substancialmente uno con el Espíritu Santo
en la divinidad.
En la magnífica confesión de la paternidad de Dios, Jesús
de Nazaret manifiesta también a sí mismo su « yo »
divino; efectivamente, él es el Hijo « de la misma naturaleza »,
y por tanto « nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; y quien es
el Padre sino el Hijo », aquel Hijo que « por nosotros los hombres
y por nuestra salvación » se hizo hombre por obra del Espíritu
Santo y nació de una virgen, cuyo nombre era María
6. Cristo resucitado dice: « Recibid el Espíritu Santo »
22.
Gracias a su narración Lucas nos acerca a la verdad contenida en el discurso
del Cenáculo. Jesús de Nazaret, « elevado » por el
Espíritu Santo, durante este discurso-coloquio, se manifiesta como el
que « trae » el Espíritu, como el que debe llevarlo y «
darlo » a los apóstoles y a la Iglesia a costa de su « partida
» a través de la cruz.
El verbo « traer » aquí quiere decir, ante todo, «
revelar ». En el Antiguo Testamento, desde el Libro del Génesis,
el espíritu de Dios fue de alguna manera dado a conocer primero como
« soplo » de Dios que da vida, como « soplo vital »
sobrenatural. En el libro de Isaías es presentado como un « don
» para la persona del Mesías, como el que se posa sobre él,
para guiar interiormente toda su actividad salvífica. Junto al Jordán,
el anuncio de Isaías ha tomado una forma concreta: Jesús de Nazaret
es el que viene por el Espíritu Santo y lo trae como don propio de su
misma persona, para comunicarlo a través de su humanidad: « El
os bautizará en Espíritu Santo ».(76) En el Evangelio de
Lucas se encuentra confirmada y enriquecida esta revelación del Espíritu
Santo, como fuente íntima de la vida y acción mesiánica
de Jesucristo.
A la luz de lo que Jesús dice en el discurso del Cenáculo, el
Espíritu Santo es revelado de una manera nueva y más plena. Es
no sólo el don a la persona (a la persona del Mesías), sino que
es una Persona-don. Jesús anuncia su venida como la de « otro Paráclito
», el cual, siendo el Espíritu de la verdad, guiará a los
apóstoles y a la Iglesia « hacia la verdad completa ».(77)
Esto se realizará en virtud de la especial comunión entre el Espíritu
Santo y Cristo: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará
a vosotros ».(78) Esta comunión tiene su fuente primaria en el
Padre: « Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho:
que recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(79)
Procediendo del Padre, el Espíritu Santo es enviado por el Padre.(80)
El Espíritu Santo ha sido enviado antes como don para el Hijo que se
ha hecho hombre, para cumplir las profecías mesiánicas. Según
el texto joánico, después de la « partida » de Cristo-Hijo,
el Espíritu Santo « vendrá » directamente -es su nueva
misión- a completar la obra del Hijo. Así llevará a término
la nueva era de la historia de la salvación.
23.
Nos encontramos en el umbral de los acontecimientos pascuales. La revelación
nueva y definitiva del Espíritu Santo como Persona, que es el don, se
realiza precisamente en este momento Los acontecimientos pascuales -pasión,
muerte y resurrección de Cristo- son también el tiempo de la nueva
venida del Espíritu Santo, como Paráclito y Espíritu de
la verdad. Son el tiempo del « nuevo inicio » de la comunicación
de Dios uno y trino a la humanidad en el Espíritu Santo, por obra de
Cristo Redentor. Este nuevo inicio es la redención del mundo: «
Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único ».(81) Ya
en el « dar » el Hijo, en este don del Hijo, se expresa la esencia
más profunda de Dios, el cual, como Amor, es la fuente inagotable de
esta dádiva. En el don hecho por el Hijo se completan la revelación
y la dádiva del amor eterno: el Espíritu Santo, que en la inescrutable
profundidad de la divinidad es una Persona-don, por obra del Hijo, es decir,
mediante el misterio pascual es dado de un modo nuevo a los apóstoles
y a la Iglesia y, por medio de ellos, a la humanidad y al mundo entero.
24.
La expresión definitiva de este misterio tiene lugar el día de
la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, « nacido
del linaje de David », como escribe el apóstol Pablo, es «
constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad,
por su resurrección de entre los muertos ».(82) Puede decirse,
por consiguiente, que la « elevación » mesiánica de
Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección,
en la cual se revela también como Hijo de Dios, « lleno de poder
». Y este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión
trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si
por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta:
« Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros
un espíritu nuevo, ... mi espíritu »,(83) por otra cumple
su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: a Si me voy,
os lo enviaré ».(84) Es él: el Espíritu de la verdad,
el Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su
misma imagen de resucitado.(85)
« Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando cerradas,
por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los
discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:
"La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el
costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús
repitió: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también
yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid
el Espíritu Santo" ».(86)
Todos los detalles de este texto-clave del Evangelio de Juan tienen su elocuencia,
especialmente si los releemos con referencia a las palabras pronunciadas en
el mismo Cenáculo al comienzo de los acontecimientos pascuales. Tales
acontecimientos -el triduo sacro de Jesús, que el Padre ha consagrado
con la unción y enviado al mundo- alcanzan ya su cumplimiento. Cristo,
que « había entregado el espíritu en la cruz »(87)
como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los apóstoles
para « soplar sobre ellos » con el poder del que habla la Carta
a los Romanos.(88) La venida del Señor llena de gozo a los presentes:
« Su tristeza se convierte en gozo »,(89) como ya había prometido
antes de su pasión. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del
discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación,
« trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae
a costa de su « partida »; les da este Espíritu como a través
de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos
y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: «
Recibid el Espíritu Santo ».
Se establece así una relación profunda entre el envío del
Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu
Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección:
« Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ».(90)
Se establece también una relación íntima entre la misión
del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión
del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención:
« Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros
».(91) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido,
que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose
finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención,
al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias
humanas -en la historia del mundo- por el Espíritu Santo, que es el «
otro Paráclito ».
7.
El Espíritu Santo y la era de la Iglesia
25.
« Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre
la tierra (cf. Jn 17, 4) fue enviado el Espíritu Santo el día
de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y para
que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un
mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). El es el Espíritu de vida o la
fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por
quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite
sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11 ) ».(92)
De este modo el Concilio Vaticano II habla del nacimiento de la Iglesia el día
de Pentecostés. Tal acontecimiento constituye la manifestación
definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el
domingo de Pascua. Cristo resucitado vino y « trajo » a los apóstoles
el Espíritu Santo. Se lo dio diciendo: « Recibid el Espíritu
Santo ». Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo,
« estando las puertas cerradas », más tarde, el día
de Pentecostés es manifestado también al exterior, ante los hombres.
Se abren las puertas del Cenáculo y los apóstoles se dirigen a
los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén con ocasión
de la fiesta, para dar testimonio de Cristo por el poder del Espíritu
Santo. De este modo se cumple el anuncio: « El dará testimonio
de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque
estáis conmigo desde el principio ».(93)
Leemos en otro documento del Vaticano II: « El Espíritu Santo obraba
ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo,
el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos
para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente
ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación
entre los paganos ».(94)
La era de la Iglesia empezó con la « venida », es decir,
con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos
en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del
Señor.(95) Dicha era empezó en el momento en que las promesas
y las profecías, que explícitamente se referían al Paráclito,
el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza
y evidencia sobre los apóstoles, determinando así el nacimiento
de la Iglesia. De esto hablan ampliamente y en muchos pasajes los Hechos de
los Apóstoles de los cuáles resulta que, según la conciencia
de la primera comunidad , cuyas convicciones expresa Lucas, el Espíritu
Santo asumió la guía invisible -pero en cierto modo «perceptible»-
de quienes, después de la partida del Señor Jesús, sentían
profundamente que habían quedado huérfanos. Estos, con la venida
del Espíritu Santo, se sintieron idóneos para realizar la misión
que se les había confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente
esto obró en ellos el Espíritu Santo, y lo sigue obrando continuamente
en la Iglesia, mediante sus sucesores. Pues la gracia del Espíritu Santo,
que los apóstoles dieron a sus colaboradores con la imposición
de las manos, sigue siendo transmitida en la ordenación episcopal. Luego
los Obispos, con el sacramento del Orden hacen partícipes de este don
espiritual a los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento
de la Confirmación, sean corroborados por él todos los renacidos
por el agua y por el Espíritu; así, en cierto modo, se perpetúa
en la Iglesia la gracia de Pentecostés.
Como escribe el Concilio, «el Espíritu habita en la Iglesia y en
el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Cor 3, 16; 6,19), y
en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gál
4, 6; Rom 8, 15-16.26). Guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16,
13), la unifica en comunión y misterio, la provee y gobierna con diversos
dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos
(cf. Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4; Gál 5, 22) con la fuerza del Evangelio
rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión
consumada con su Esposo ».(96)
26.
Los pasajes citados por la Constitución conciliar Lumen gentium nos indica
que, con la venida del Espíritu Santo, empezó la era de la Iglesia.
Nos indican también que esta era, la era de la Iglesia, perdura. Perdura
a través de los siglos y las generaciones. En nuestro siglo en el que
la humanidad se está acercando al final del segundo milenio después
de Cristo, esta «era de la Iglesia», se ha manifestado de manera
especial por medio del Concilio Vaticano II, como concilio de nuestro siglo.
En efecto, se sabe que éste ha sido especialmente un concilio «
eclesiológico », un concilio sobre el tema de la Iglesia. Al mismo
tiempo, la enseñanza de este concilio es esencialmente « pneumatológica
», impregnada por la verdad sobre el Espíritu Santo, como alma
de la Iglesia. Podemos decir que el Concilio Vaticano II en su rico magisterio
contiene propiamente todo lo « que el Espíritu dice a las Iglesias
» (97) en la fase presente de la historia de la salvación.
Siguiendo la guía del Espíritu de la verdad y dando testimonio
junto con él, el Concilio ha dado una especial ratificación de
la presencia del Espíritu Santo Paráclito. En cierto modo, lo
ha hecho nuevamente « presente » en nuestra difícil época.
A la luz de esta convicción se comprende mejor la gran importancia de
todas las iniciativas que miran a la realización del Vaticano II, de
su magisterio y de su orientación pastoral y ecuménica. En este
sentido deben ser también consideradas y valoradas las sucesivas Asambleas
del Sínodo de los Obispos, que tratan de hacer que los frutos de la verdad
y del amor -auténticos frutos del Espíritu Santo- sean un bien
duradero del Pueblo de Dios en su peregrinación terrena en el curso de
los siglos. Es indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a la verificación
y consolidación de los frutos salvíficos del Espíritu,
otorgados en el Concilio. A este respecto conviene saber « discernirlos
» atentamente de todo lo que contrariamente puede provenir sobre todo
del « príncipe de este mundo ».(98) Este discernimiento es
tanto más necesario en la realización de la obra del Concilio
ya que se ha abierto ampliamente al mundo actual, como aparece claramente en
las importantes Constituciones conciliares Gaudium et spes y Lumen gentium.
Leemos en la Constitución pastoral: « La comunidad cristiana (de
los discípulos de Cristo) está integrada por hombres que, reunidos
en Cristo son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el
Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla
a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del
género humano y de su historia ».(99) « Bien sabe la Iglesia
que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más
profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos
los elementos terrenos ».(100) « El Espíritu de Dios ...
con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz
de la tierra ».(101)
II
PARTE
EL
ESPÍRITU QUE CONVENCE AL MUNDO EN LO REFERENTE AL PECADO
1.
Pecado, justicia y juicio
27.
Cuando Jesús, durante el discurso del Cenáculo, anuncia la venida
del Espíritu Santo « a costa » de su partida y promete: «
Si me voy, os lo enviaré », precisamente en el mismo contexto añade:
« Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente
al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ».(102)
El mismo Paráclito y Espíritu de la verdad, -que ha sido prometido
como el que « enseñará » y « recordará
», que « dará testimonio », que « guiará
hasta la verdad completa »-, con las palabras citadas ahora es anunciado
como el que « convencerá al mundo en lo referente al pecado, en
lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ».
Significativo parece también el contexto Jesús relaciona este
anuncio del Espíritu Santo con las palabras que indican su propia «
partida » a través de la Cruz, e incluso subraya su necesidad:
« Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a
vosotros el Paráclito ».(103)
Pero lo más interesante es la explicación que Jesús añade
a estas palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: « El convencerá
al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente
al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente
a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente
al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado ».(104)
En el pensamiento de Jesús el pecado, la justicia y el juicio tienen
un sentido muy preciso, distinto del que quizás alguno sería propenso
a atribuir a estas palabras, independientemente de la explicación de
quien habla. Esta explicación indica también cómo conviene
entender aquel « convencer al mundo », que es propio de la acción
del Espíritu Santo. Aquí es importante tanto el significado de
cada palabra, como el hecho de que Jesús las haya unido entre sí
en la misma frase.
En este pasaje « el pecado », significa la incredulidad que Jesús
encontró entre los « suyos », empezando por sus conciudadanos
de Nazaret. Significa el rechazo de su misión que llevará a los
hombres a condenarlo a muerte. Cuando seguidamente habla de « la justicia
», Jesús parece que piensa en la justicia definitiva, que el Padre
le dará rodeándolo con la gloria de la resurrección y de
la ascensión al cielo: « Voy al Padre ». A su vez, en el
contexto del « pecado » y de la « justicia » entendidos
así, « el juicio » significa que el Espíritu de la
verdad demostrará la culpa del « mundo » en la condena de
Jesús a la muerte en Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo sólo
para juzgarlo y condenarlo: él vino para salvarlo.(105) El convencer
en lo referente al pecado y a la justicia tiene como finalidad la salvación
del mundo y la salvación de los hombres. Precisamente esta verdad parece
estar subrayada por la afirmación de que « el juicio » se
refiere solamente al « Príncipe de este mundo », es decir,
Satanás, el cual desde el principio explota la obra de la creación
contra la salvación, contra la alianza y la unión del hombre con
Dios: él está « ya juzgado » desde el principio. Si
el Espíritu Paráclito debe convencer al mundo precisamente en
lo referente al juicio, es para continuar en él la obra salvífica
de Cristo.
28. Queremos concentrar ahora nuestra atención principalmente sobre esta
misión del Espíritu Santo, que consiste en « convencer al
mundo en lo referente al pecado », pero respetando al mismo tiempo el
contexto de las palabras de Jesús en el Cenáculo. El Espíritu
Santo, que recibe del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe
con ello mismo la tarea del salvífico « convencer en lo referente
al pecado ». Este convencer se refiere constantemente a la « justicia
», es decir, a la salvación definitiva en Dios, al cumplimiento
de la economía que tiene como centro a Cristo crucificado y glorificado.
Y esta economía salvífica de Dios sustrae, en cierto modo, al
hombre del « juicio, o sea de la condenación », con la que
ha sido castigado el pecado de Satanás, « Príncipe de este
mundo », quien por razón de su pecado se ha convertido en «
dominador de este mundo tenebroso » (106) y he aquí que, mediante
esta referencia al « juicio », se abren amplios horizontes para
la comprensión del « pecado » así como de la «
justicia ». El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la Cruz
de Cristo « el pecado » en la economía de la salvación
(podría decirse « el pecado salvado »), hace comprender que
su misión es la de « convencer » también en lo referente
al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente (« el pecado condenado
»).
29.
Todas las palabras, pronunciadas por el Redentor en el Cenáculo la víspera
de su pasión, se inscriben en la era de la Iglesia: ante todo, las dichas
sobre el Espíritu Santo como Paráclito y Espíritu de la
verdad. Estas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada
generación y de cada época. Esto ha sido confirmado, respecto
a nuestro siglo, por el conjunto de las enseñanzas del Concilio Vaticano
II, especialmente en la Constitución pastoral « Gaudium et spes
». Muchos pasajes de este documento señalan con claridad que el
Concilio, abriéndose a la luz del Espíritu de la verdad, se presenta
como el auténtico depositario de los anuncios y de las promesas hechas
por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia en el discurso de despedida;
de modo particular, del anuncio, según el cual el Espíritu Santo
debe « convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a
la justicia y en lo referente al juicio ».
Esto lo señala ya el texto en el que el Concilio explica cómo
entiende el « mundo »: « Tiene, pues, ante sí la Iglesia
(el Concilio mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el conjunto
universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro
de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los
cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo
la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado,
roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación ».(107) Respecto a este texto
tan sintético es necesario leer en la misma Constitución otros
pasajes, que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situación
del pecado en el mundo contemporáneo y explicar también su esencia
partiendo de diversos puntos de vista.(108)
Cuando Jesús, la víspera de Pascua, habla del Espíritu
Santo, que « convencerá al mundo en lo referente al pecado »,
por un lado se debe dar a esta afirmación el alcance más amplio
posible, porque comprende el conjunto de los pecados en la historia de la humanidad.
Por otro lado, sin embargo, cuando Jesús explica que este pecado consiste
en el hecho de que « no creen en él », este alcance parece
reducirse a los que rechazaron la misión mesiánica del Hijo del
Hombre, condenándole a la muerte de Cruz. Pero es difícil no advertir
que este aspecto más « reducido » e históricamente
preciso del significado del pecado se extienda hasta asumir un alcance universal
por la universalidad de la Redención, que se ha realizado por medio de
la Cruz. La revelación del misterio de la Redención abre el camino
a una comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar
y momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y por tanto, indirectamente también
al pecado de quienes « no han creído en él », condenando
a Jesucristo a la muerte de Cruz.
Desde este punto de vista es conveniente volver al acontecimiento de Pentecostés.
2.
El testimonio del día de Pentecostés
30.
El día de Pentecostés encontraron su más exacta y directa
confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en
particular, el anuncio del que estamos tratando: « El Paráclito...
convencerá al mundo en la referente al pecado ». Aquel día,
sobre los apóstoles recogidos en oración junto a María,
Madre de Jesús, bajó el Espíritu Santo prometido, como
leemos en los Hechos de los Apóstoles: « Quedaron todos llenos
del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según
el Espíritu les concedía expresarse »,(109) « volviendo
a conducir de este modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre
las primicias de todas las naciones ».(110)
Es evidente la relación entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo.
En él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa
del Paráclito. Este viene, enviado por el Padre, « después
» de la partida de Cristo, como « precio » de ella. Esta es
primero una partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta
días después de la resurrección, con su ascensión
al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión Jesús mandó
a los apóstoles « que no se ausentasen de Jerusalén, sino
que aguardasen la Promesa del Padre »; « seréis bautizados
en el Espíritu Santo dentro de pocos días »; « recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los
confines de la tierra ».(111)
Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho
en el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se
cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido
por los apóstoles durante la oración en el Cenáculo ante
una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta
y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir
anteriormente: « Israelitas ... Jesús de Nazaret, hombre acreditado
por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo
por su medio entre vosotros... a éste, que fue entregado según
el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis
clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues,
Dios lo resucitó librándole de los dolores de la muerte, pues
no era posible que quedase bajo su dominio ».(112)
Jesús había anunciado y prometido: « El dará testimonio
de mí... pero también vosotros daréis testimonio ».
En el primer discurso de Pedro en Jerusalén este « testimonio »
encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado.
El testimonio del Espíritu Paráclito y de los apóstoles.
Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el Espíritu de la
verdad por boca de Pedro « convence al mundo en lo referente al pecado
»: ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo hasta
la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota. Proclamaciones de
contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos de
los Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.(113)
31.
Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la acción del Espíritu
de la verdad, que « convence al mundo en lo referente al pecado »
del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al testimonio
del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta vinculación
el mismo « convencer en lo referente al pecado » manifiesta la propia
dimensión salvífica. En efecto, es un « convencimiento »
que no tiene como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos
su condena. Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino
para salvarlo.(114) Esto está ya subrayado en este primer discurso cuando
Pedro exclama: « Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios
ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado ».(115) Y a continuación, cuando los presentes preguntan
a Pedro y a los demás apóstoles: « ¿Qué hemos
de hacer, hermanos? » él les responde: « Convertíos
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para
remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo ».(116)
De este modo el « convencer en lo referente al pecado » llega a
ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud
del Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta
a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo
de su actividad mesiánica.(117) La conversión exige la convicción
del pecado, contiene en sí el juicio interior de la conciencia, y éste,
siendo una verificación de la acción del Espíritu de la
verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo
de la dádiva de la gracia y del amor: a Recibid el Espíritu Santo
».(118) Así pues en este « convencer en lo referente al pecado
» descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia
y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad
es el Paráclito. El convencer en lo referente al pecado, mediante el
ministerio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente,
es relacionado -bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés-
con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado. De este modo se cumple
la promesa referente al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: «
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».
Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés, habla
del pecado de aquellos que « no creyeron » (119) y entregaron a
una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la victoria
sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el pecado
más grande que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús,
Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo
de Dios vence la muerte humana: « Seré tu muerte, oh muerte ».(120)
Como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios « vence » el
pecado humano. Aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo
en Jerusalén y también cada pecado del hombre. Pues, al pecado
más grande del hombre corresponde, en el corazón del Redentor,
la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados
de los hombres. En base a esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no
duda en repetir cada año, en el transcurso de la vigilia Pascual, «
Oh feliz culpa », en el anuncio de la resurrección hecho por el
diácono con el canto del « Exsultet ».
32.
Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede « convencer al mundo
», al hombre y a la conciencia humana , sino es el Espíritu de
la verdad. El es el Espíritu que « sondea hasta las profundidades
de Dios ».(121) Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente
« las profundidades de Dios ». No basta sondear la conciencia humana,
como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio
íntimo de Dios, en aquellas « profundidades de Dios » que
se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu
Santo. Es precisamente el Espíritu Santo que las « sondea »
y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta
se cierra el procedimiento de « convencer en lo referente al pecado »,
como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecostés.
Al convencer al « mundo » del pecado del Gólgota -la muerte
del Cordero inocente-, como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu
Santo convence también de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento
de la historia del hombre, pues demuestra su relación con la cruz de
Cristo. El « convencer » es la demostración del mal del pecado,
de todo pecado en relación con la Cruz de Cristo. El pecado, presentado
en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal,
que le es característica por el « misterio de la impiedad »
(122) que contiene y encierra en sí. El hombre no conoce esta dimensión,
-no la conoce absolutamente- fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente, no
puede ser « convencido » de ello sino es por el Espíritu
Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito.
En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo
tiempo es identificado por la plena dimensión del « misterio de
la piedad »,(123) como ha señalado la Exhortación Apostólica
postsinodal « Reconciliatio et paenitentia ».(124) El hombre tampoco
conoce absolutamente esta dimensión del pecado fuera de la Cruz de Cristo.
Y tampoco puede ser « convencido » de ella sino es por el Espíritu
Santo: por el cual sondea las profundidades de Dios.
3.
El testimonio del principio: la realidad originaria del pecado
33.
Es la dimensión del pecado que encontramos en el testimonio del principio,
recogido en el Libro del Génesis. (125) Es el pecado que, según
la palabra de Dios revelada, constituye el principio y la raíz de todos
los demás. Nos encontramos ante la realidad originaria del pecado en
la historia del hombre y, a la vez, en el conjunto de la economía de
la salvación. Se puede decir que en este pecado comienza el misterio
de la impiedad, pero que también este es el pecado, respecto al cual
el poder redentor del misterio de la piedad llega a ser particularmente transparente
y eficaz. Esto lo expresa San Pablo, cuando a la « desobediencia »
del primer Adán contrapone la « obediencia » de Cristo, segundo
Adán: « La obediencia hasta la muerte ».(126)
Según el testimonio de del principio, el pecado en su realidad originaria
se dio en la voluntad -y en la conciencia- del hombre, ante todo, como «
desobediencia », es decir, como oposición de la voluntad del hombre
a la voluntad de Dios. Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o,
por lo menos, el alejamiento de la verdad contenida en la Palabra de Dios, que
crea el mundo. Esta Palabra es el mismo Verbo, que « en el principio estaba
en Dios » y que « era Dios » y sin él no se hizo nada
de cuanto existe », porque « el mundo fue hecho por él ».(127)
El Verbo es también ley eterna, fuente de toda ley, que regula el mundo
y, de modo especial, los actos humanos. Pues, cuando Jesús, la víspera
de su pasión, habla del pecado de los que « no creen en él
», en estas palabras suyas llenas de dolor encontramos como un eco lejano
de aquel pecado, que en su forma originaria se inserta oscuramente en el misterio
mismo de la creación. El que habla, pues, es no sólo el Hijo del
hombre, sino que es también el « Primogénito de toda la
creación », « en él fueron creadas todas las cosas
... todo fue creado por él y para él ». (128) A la luz de
esta verdad se comprende que la « desobediencia », en el misterio
del principio, presupone en cierto modo la misma « no-fe », aquel
mismo « no creyeron » que volverá a repetirse ante el misterio
pascual. Como hemos dicho ya, se trata del rechazo o, por lo menos, del alejamiento
de la verdad contenida en la Palabra del Padre. El rechazo se expresa prácticamente
como « desobediencia », en un acto realizado como efecto de la tentación,
que proviene del « padre de la mentira ».(129) Por tanto, en la
raíz del pecado humano está la mentira como radical rechazo de
la verdad contenida en el Verbo del Padre, mediante el cual se expresa la amorosa
omnipotencia del Creador: la omnipotencia y a la vez el amor de Dios Padre,
« creador de cielo y tierra ».
34.
El « espíritu de Dios », que según la descripción
bíblica de la creación « aleteaba por encima de las aguas
»,(130) indica el mismo « Espíritu que sondea hasta las profundidades
de Dios », sondea las profundidades del Padre y del Verbo-Hijo en el misterio
de la creación. No sólo es el testigo directo de su mutuo amor,
del que deriva la creación, sino que él mismo es este amor. El
mismo, como amor, es el eterno don increado. En él se encuentra la fuente
y el principio de toda dádiva a las criaturas. El testimonio del principio,
que encontramos en toda la revelación comenzando por el Libro del Génesis,
es unívoco al respecto. Crear quiere decir llamar a la existencia desde
la nada; por tanto, crear quiere decir dar la existencia. Y si el mundo visible
es creado para el hombre, por consiguiente el mundo es dado al hombre.(131)
Y contemporáneamente el mismo hombre en su propia humanidad recibe como
don una especial « imagen y semejanza » de Dios. Esto significa
no sólo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la
naturaleza humana, sino además, desde el principio, capacidad de una
relación personal con Dios, como « yo » y « tú
» y, por consiguiente, capacidad de alianza que tendrá lugar con
la comunicación salvífica de Dios al hombre. En el marco de la
« imagen y semejanza » de Dios, « el don del Espíritu
» significa, finalmente, una llamada a la amistad, en la que las trascendentales
« profundidades de Dios » están abiertas, en cierto modo,
a la participación del hombre. El Concilio Vaticano II enseña:
« Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a
los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos
en su compañía ».(132)
35.
Por consiguiente, el Espíritu, que « todo lo sondea, hasta las
profundidades de Dios », conoce desde el principio « lo íntimo
del hombre.(133) Precisamente por esto sólo él puede plenamente
« convencer en lo referente al pecado » que se dio en el principio,
pecado que es la raíz de todos los demás y el foco de la pecaminosidad
del hombre en la tierra, que no se apaga jamás. El Espíritu de
la verdad conoce la realidad originaria del pecado, causado en la voluntad del
hombre por obra del « padre de la mentira » -de aquél que
ya « está juzgado »-.(134) EL Espíritu Santo convence,
por tanto, al mundo en lo referente al pecado en relación a este «
juicio », pero constantemente guiando hacia la « justicia »
que ha sido revelada al hombre junto con la Cruz de Cristo, mediante «
la obediencia hasta la muerte ».(135)
Sólo el Espíritu Santo puede convencer en lo referente al pecado
del principio humano, precisamente el que es amor del Padre y del Hijo, el que
es don, mientras el pecado del principio humano consiste en la mentira y en
el rechazo del don y del amor que influyen definitivamente sobre el principio
del mundo y del hombre.
36.
Según el testimonio del principio, que encontramos en la Escritura y
en la Tradición, después de la primera (y a la vez más
completa) descripción del Génesis, el pecado en su forma originaria
es entendido como « desobediencia », lo que significa simple y directamente
trasgresión de una prohibición puesta por Dios.(136) Pero a la
vista de todo el contexto es también evidente que las raíces de
esta desobediencia deben buscarse profundamente en toda la situación
real del hombre. Llamado a la existencia, el ser humano -hombre o mujer- es
una criatura. La « imagen de Dios », que consiste en la racionalidad
y en la libertad, demuestra la grandeza y la dignidad del sujeto humano, que
es persona. Pero este sujeto personal es también una criatura: en su
existencia y esencia depende del Creador. Según el Génesis, «
el árbol de la ciencia del bien y del mal » debía expresar
y constantemente recordar al hombre el « límite » insuperable
para un ser creado. En este sentido debe entenderse la prohibición de
Dios: el Creador prohíbe al hombre y a la mujer que coman los frutos
del árbol de la ciencia del bien y del mal. Las palabras de la instigación,
es decir de la tentación, como está formulada en el texto sagrado,
inducen a transgredir esta prohibición, o sea a superar aquel «
límite »: « el día en que comiereis de él se
os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien
y del mal ».(137)
La « desobediencia » significa precisamente pasar aquel límite
que permanece insuperable a la voluntad y a la libertad del hombre como ser
creado. Dios creador es, en efecto, la fuente única y definitiva del
orden moral en el mundo creado por él. El hombre no puede decidir por
sí mismo lo que es bueno y malo, no puede « conocer el bien y el
mal como dioses ». Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera
y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad
del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre.
Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la
conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que
es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el
mundo. La « desobediencia », como dimensión originaria del
pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre
de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien
y el mal. El Espíritu que « sondea las profundidades de Dios »
y que, a la vez, es para el hombre la luz de la conciencia y la fuente del orden
moral, conoce en toda su plenitud esta dimensión del pecado, que se inserta
en el misterio del principio humano. Y no cesa de « convencer de ello
al mundo » en relación con la cruz de Cristo en el Gólgota.
37.
Según el testimonio del principio, Dios en la creación se ha revelado
a sí mismo como omnipotencia que es amor. Al mismo tiempo ha revelado
al hombre que, como « imagen y semejanza » de su creador, es llamado
a participar de la verdad y del amor. Esta participación significa una
vida en unión con Dios, que es la « vida eterna ».(138) Pero
el hombre, bajo la influencia del « padre de la mentira », se ha
separado de esta participación. ¿En qué medida? Ciertamente
no en la medida del pecado de un espíritu puro, en la medida del pecado
de Satanás. El espíritu humano es incapaz de alcanzar tal medida.(139)
En la misma descripción del Génesis es fácil señalar
la diferencia de grado existente entre « el soplo del mal » del
que es pecador (o sea permanece en el pecado) desde el principio (140) y que
ya « está juzgado » (141) y el mal de la desobediencia del
hombre. Esta desobediencia, sin embargo, significa también dar la espalda
a Dios y, en cierto modo, el cerrarse de la libertad humana ante él.
Significa también una determinada apertura de esta libertad -del conocimiento
y de la voluntad humana- hacia el que es el « padre de la mentira ».
Este acto de elección responsable no es sólo una « desobediencia
», sino que lleva consigo también una cierta adhesión al
motivo contenido en la primera instigación al pecado y renovada constantemente
a lo largo de la historia del hombre en la tierra: « es que Dios sabe
muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán
los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal ».
Aquí nos encontramos en el centro mismo de lo que se podría llamar
el « anti-Verbo », es decir la « anti-verdad ». En efecto,
es falseada la verdad del hombre: quién es el hombre y cuáles
son los límites insuperables de su ser y de su libertad. Esta «
anti-verdad » es posible, porque al mismo tiempo es falseada completamente
la verdad sobre quien es Dios. Dios Creador es puesto en estado de sospecha,
más aún incluso en estado de acusación ante la conciencia
de la criatura. Por vez primera en la historia del hombre aparece el perverso
« genio de la sospecha ». Este trata de « falsear »
el Bien mismo, el Bien absoluto, que en la obra de la creación se ha
manifestado precisamente como el bien que da de modo inefable: como bonum diffusivum
sui, como amor creador. ¿Quién puede plenamente « convencer
en lo referente al pecado », es decir de esta motivación de la
desobediencia originaria del hombre sino aquél que sólo él
es el don y la fuente de toda dádiva, sino el Espíritu que, «
sondea las profundidades de Dios » y es amor del Padre y del Hijo?
38.
Pues, a pesar de todo el testimonio de la creación y de la economía
salvífica inherente a ella, el espíritu de las tinieblas (142)
es capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura y, ante todo,
como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre.
De esta manera Satanás injerta en el ánimo del hombre el germen
de la oposición a aquél que « desde el principio »
debe ser considerado como enemigo del hombre y no como Padre. El hombre es retado
a convertirse en el adversario de Dios.
El análisis del pecado en su dimensión originaria indica que,
por parte del « padre de la mentira », se dará a lo largo
de la historia de la humanidad una constante presión al rechazo de Dios
por parte del hombre, hasta llegar al odio: « Amor de sí mismo
hasta el desprecio de Dios », como se expresa San Agustín. (143)
El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación
y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto lo vemos
confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan
desarraigar la religión en base al presupuesto de que determina la radical
« alienación » del hombre, como si el hombre fuera expropiado
de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece
al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento
y de praxis histórico-sociológica donde el rechazo de Dios ha
llegado hasta la declaración de su « muerte ». Esto es un
absurdo conceptual y verbal. Pero la ideología de la « muerte de
Dios » amenaza más bien al hombre, como indica el Vaticano II,
cuando, sometiendo a análisis la cuestión de la « autonomía
de la realidad terrena », afirma: « La criatura sin el Creador se
esfuma ... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda
oscurecida ».(144) La ideología de la « muerte de Dios »
en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y
práctico, la ideología de la « muerte del hombre ».
4.
El Espíritu que transforma el sufrimiento en amor salvífico
39.
EL Espíritu, que sondea las profundidades de Dios, ha sido llamado por
Jesús en el discurso del Cenáculo el Paráclito. En efecto,
desde el comienzo « es invocado » (145) para « convencer al
mundo en lo referente al pecado ». Es invocado de modo definitivo a través
de la Cruz de Cristo. Convencer en lo referente al pecado quiere decir demostrar
el mal contenido en él. Lo que equivale a revelar el misterio de la impiedad.
No es posible comprender el mal del pecado en toda su realidad dolorosa sin
sondear las profundidades de Dios. Desde el principio el misterio oscuro del
pecado se ha manifestado en el mundo con una clara referencia al Creador de
la libertad humana. Ha aparecido como un acto voluntario de la criatura-hombre
contrario a la voluntad de Dios: la voluntad salvífica de Dios; es más,
ha aparecido como oposición a la verdad, sobre la base de la mentira
ya definitivamente « juzgada »: mentira que ha puesto en estado
de acusación, en estado de sospecha permanente, al mismo amor creador
y salvífico. El hombre ha seguido al « padre de la mentira »,
poniéndose contra el Padre de la vida y el Espíritu de la verdad.
El « convencer en lo referente al pecado » ¿no deberá,
por tanto, significar también el revelar el sufrimiento? ¿No deberá
revelar el dolor, inconcebible e indecible, que, como consecuencia del pecado,
el Libro Sagrado parece entrever en su visión antropomórfica en
las profundidades de Dios y, en cierto modo, en el corazón mismo de la
inefable Trinidad? La Iglesia, inspirándose en la revelación,
cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. ¿Qué corresponde
a esta « ofensa », a este rechazo del Espíritu que es amor
y don en la intimidad inexcrutable del Padre, del Verbo y del Espíritu
Santo? La concepción de Dios, como ser necesariamente perfectísimo,
excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero,
en las profundidades de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del
hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de
exclamar: « Estoy arrepentido de haber hecho al hombre ».(146) «
Viendo el Señor que la maldad del hombre cundía en la tierra ...
le pesó de haber hecho al hombre en la tierra ... y dijo el Señor:
« me pesa de haberlos hecho ».(147) Pero a menudo el Libro Sagrado
nos habla de un Padre, que siente compasión por el hombre, como compartiendo
su dolor. En definitiva, este inexcrutable e indecible « dolor »
de padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor
redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad, en la
historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado
Para que prevalezca el « don ».
El Espíritu Santo, que según las palabras de Jesús «
convence en lo referente al pecado », es el amor del Padre y del Hijo
y, como tal, es el don trinitario y, a la vez, la fuente eterna de toda dádiva
divina a lo creado. Precisamente en él podemos concebir como personificada
y realizada de modo trascendente la misericordia, que la tradición patrística
y teológica, de acuerdo con el Antiguo y el Nuevo Testamento, atribuye
a Dios. En el hombre la misericordia implica dolor y compasión por las
miserias del prójimo. En Dios, el Espíritu-amor cambia la dimensión
del pecado humano en una nueva dádiva de amor salvífico. De él,
en unidad con el Padre y el Hijo, nace la economía de la salvación,
que llena la historia del hombre con los dones de la Redención. Si el
pecado, al rechazar el amor, ha engendrado el « sufrimiento » del
hombre que en cierta manera se ha volcado sobre toda la creación,(148)
el Espíritu Santo entrará en el sufrimiento humano y cósmico
con una nueva dádiva de amor, que redimirá al mundo. En boca de
Jesús Redentor, en cuya humanidad se verifica el « sufrimiento
» de Dios, resonará una palabra en la que se manifiesta el amor
eterno, lleno de misericordia: « Siento compasión ».(149)
Así pues, por parte del Espíritu Santo, el « convencer en
lo referente al pecado » se convierte en una manifestación ante
la creación « sometida a la vanidad » y, sobre todo, en lo
íntimo de las conciencias humanas, como el pecado es vencido por el sacrificio
del Cordero de Dios que se ha hecho hasta la muerte « el siervo obediente
» que, reparando la desobediencia del hombre, realiza la redención
del mundo. De esta manera, el Espíritu de la verdad, el Paráclito,
« convence en lo referente al pecado ».
40.
El valor redentor del sacrificio de Cristo ha sido expresado con palabras muy
significativas por parte del autor de la Carta a los Hebreos, que, después
de haber recordado los sacrificios de la Antigua Alianza, en que « si
la sangre de machos cabríos y de toros ... santifica en orden a la purificación
», añade: « cuánto más la sangre de Cristo,
que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha
a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir
culto a Dios vivo ».(150) Aun conscientes de otras interpretaciones posibles,
nuestra consideración sobre la presencia del Espíritu Santo a
lo largo de toda la vida de Cristo nos lleva a reconocer en este texto como
una invitación a reflexionar también sobre la presencia del mismo
Espíritu en el sacrificio redentor del Verbo Encarnado.
Reflexionemos primero sobre el contenido de las palabras iniciales de este sacrificio
y, a continuación, separadamente sobre la « purificación
de la conciencia » llevada a cabo por él. En efecto, es un sacrificio
ofrecido con [ = por obra de ] un Espíritu Eterno », que «
saca » de él la fuerza de « convencer en lo referente al
pecado » en orden a la salvación. Es el mismo Espíritu Santo
que, según la promesa del Cenáculo, Jesucristo « traerá
» a los apóstoles el día de su resurrección, presentándose
a ellos con las heridas de la crucifixión, y que les « dará
» para la remisión de los pecados: « Recibid el Espíritu
Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados ».(151)
Sabemos que Dios « a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu
Santo y con poder », como afirmaba Simón Pedro en la casa del centurión
Cornelio.(152) Conocemos el misterio pascual de su « partida » según
el Evangelio de Juan. Las palabras de la Carta a los Hebreos nos explican ahora
de que modo Cristo « se ofreció sin mancha a Dios » y como
hizo esto « con un Espíritu Eterno ». En el sacrificio del
Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa
del mismo modo con que actuaba en su concepción, en su entrada al mundo,
en su vida oculta y en su ministerio público. Según la Carta a
los Hebreos, en el camino de su « partida » a través de Getsemaní
y del Gólgota, el mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente
a esta acción del Espíritu Paráclito, que del sufrimiento
hace brotar el eterno amor salvífico. Ha sido, por lo tanto, «
escuchado por su actitud reverente y aun siendo Hijo, con lo que padeció
experimentó la obediencia ».(153) De esta manera dicha Carta demuestra
como la humanidad, sometida al pecado en los descendientes del primer Adán,
en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a él y, al
mismo tiempo, está llena de misericordia hacia los hombres. Se tiene
así una nueva humanidad, que en Jesucristo por medio del sufrimiento
de la cruz ha vuelto al amor, traicionado por Adán con su pecado. Se
ha encontrado en la misma fuente de la dádiva originaria: en el Espíritu
que « sondea las profundidades de Dios » y es amor y don.
El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de
su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había
impregnado íntimamente su humanidad, transformarla en sacrificio perfecto
mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la Cruz. El solo
ofreció este sacrificio. Como único sacerdote « se ofreció
a sí mismo sin tacha a Dios ».(154) En su humanidad era digno de
convertirse en este sacrificio, ya que él solo era « sin tacha
». Pero lo ofreció « por el Espíritu Eterno »:
lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial
en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el
sufrimiento en amor redentor.
41.
En el Antiguo Testamento se habla varias veces del « fuego del cielo »,
que quemaba los sacrificios presentados por los hombres.(155) Por analogía
se puede decir que el Espíritu Santo es el « fuego del cielo »
que actúa en lo más profundo del misterio de la Cruz. Proveniendo
del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en
la divina realidad de la comunión trinitaria. Si el pecado ha engendrado
el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena
expresión humana por medio del Espíritu Santo. Se da así
un paradójico misterio de amor: en Cristo sufre Dios rechazado por la
propia criatura: « No creen en mí »; pero, a la vez, desde
lo más hondo de este sufrimiento -e indirectamente desde lo hondo del
mismo pecado « de no haber creído »- el Espíritu saca
una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde
el principio. En lo más hondo del misterio de la Cruz actúa el
amor, que lleva de nuevo al hombre a participar de la vida, que está
en Dios mismo.
El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro
mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición
bíblica podemos decir: él consuma este sacrificio con el fuego
del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado
que el sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, también en
este sacrificio él « recibe » el Espíritu Santo. Lo
recibe de tal manera que después -él solo con Dios Padre- puede
« darlo » a los apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad.
El solo lo « envía » desde el Padre.(156) El solo se presenta
ante los apóstoles reunidos en el Cenáculo, « sopló
sobre ellos » y les dijo: « Recibid el Espíritu Santo. A
quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados »,(157) como
había anunciado antes Juan Bautista: « El os bautizará en
Espíritu Santo y fuego ».(158) Con aquellas palabras de Jesús
el Espíritu Santo es revelado y a la vez es presentado como amor que
actúa en lo profundo del misterio pascual, como fuente del poder salvífico
de la Cruz de Cristo y como don de la vida nueva y eterna.
Esta verdad sobre el Espíritu Santo encuentra cada día su expresión
en la liturgia romana, cuando el sacerdote, antes de la comunión, pronuncia
aquellas significativas palabras: « Señor Jesucristo, Hijo de Dios
vivo, que por voluntad del Padre y cooperación del Espíritu Santo,
diste con tu muerte vida al mundo ». Y en la III Plegaria Eucarística,
refiriéndose a la misma economía salvífica, el sacerdote
ruega a Dios que el Espíritu Santo « nos transforme en ofrenda
permanente ».
5.
« La sangre que purifica la conciencia »
42.
Hemos dicho que, en el culmen del misterio pascual, el Espíritu Santo
es revelado definitivamente y hecho presente de un modo nuevo. Cristo resucitado
dice a los apóstoles: « Recibid el Espíritu Santo ».
De esta manera es revelado el Espíritu Santo, pues las palabras de Cristo
constituyen la confirmación de las promesas y de los anuncios del discurso
en el Cenáculo. Y con esto el Paráclito es hecho presente también
de un modo nuevo. En realidad ya actuaba desde el principio en el misterio de
la creación y a lo largo de toda la historia de la antigua Alianza de
Dios con el hombre. Su acción ha sido confirmada plenamente por la misión
del Hijo del hombre como Mesías, que ha venido con el poder del Espíritu
Santo. En el momento culminante de la misión mesiánica de Jesús,
el Espíritu Santo se hace presente en el misterio pascual con toda su
subjetividad divina: como el que debe continuar la obra salvífica, basada
en el sacrificio de la Cruz. Sin duda esta obra es encomendada por Jesús
a los hombres: a los apóstoles y a la Iglesia. Sin embargo, en estos
hombres y por medio de ellos, el Espíritu Santo sigue siendo el protagonista
trascendente de la realización de esta obra en el espíritu del
hombre y en la historia del mundo: el invisible y, a la vez, omnipresente Paráclito.
El Espíritu que « sopla donde quiere ».(159)
Las palabras pronunciadas por Cristo resucitado « el primer día
de la semana », ponen especialmente de relieve la presencia del Paráclito
consolador, como el que « convence al mundo en lo referente al pecado,
en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ». En efecto,
sólo tomadas así se explican las palabras que Jesús pone
en relación directa con el « don » del Espíritu Santo
a los apóstoles. Jesús dice: « Recibid el Espíritu
Santo: A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos ».(160) Jesús confiere
a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, para que lo transmitan
a sus sucesores en la Iglesia. Sin embargo, este poder concedido a los hombres
presupone e implica la acción salvífica del Espíritu Santo.
Convirtiéndose en « luz de los corazones »,(161) es decir
de las conciencias, el Espíritu Santo « convence en lo referente
al pecado », o sea hace conocer al hombre su mal y, al mismo tiempo, lo
orienta hacia el bien. Merced a la multiplicidad de sus dones por lo que es
invocado como el portador « de los siete dones », todo tipo de pecado
del hombre puede ser vencido por el poder salvífico de Dios. En realidad
-como dice San Buenaventura- « en virtud de los siete dones del Espíritu
Santo todos los males han sido destruidos y todos los bienes han sido producidos
».(162)
Bajo el influjo del Paráclito se realiza, por lo tanto, la conversión
del corazón humano, que es condición indispensable para el perdón
de los pecados. Sin una verdadera conversión, que implica una contrición
interior y sin un propósito sincero y firme de enmienda, los pecados
quedan « retenidos », como afirma Jesús, y con El toda la
Tradición del Antiguo y del Nuevo Testamento. En efecto, las primeras
palabras pronunciadas por Jesús al comienzo de su ministerio, según
el Evangelio de Marcos, son éstas: « Convertíos y creed
en la Buena Nueva ».(163) La confirmación de esta exhortación
es el « convencer en lo referente al pecado » que el Espíritu
Santo emprende de una manera nueva en virtud de la Redención, realizada
por la Sangre del Hijo del hombre. Por esto, la Carta a los Hebreos dice que
esta « sangre purifica nuestra conciencia ».(164) Esta sangre, pues,
abre al Espíritu Santo, por decirlo de algún modo, el camino hacia
la intimidad del hombre, es decir hacia el santuario de las conciencias humanas.
43.
El Concilio Vaticano II ha recordado la enseñanza católica sobre
la conciencia, al hablar de la vocación del hombre y, en particular,
de la dignidad de la persona humana. Precisamente la conciencia decide de manera
específica sobre esta dignidad. En efecto, la conciencia es « el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre », en el que
ésta se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más
íntimo. Esta voz dice claramente a « los oídos de su corazón
advirtiéndole ... haz esto, evita aquello ». Tal capacidad de mandar
el bien y prohibir el mal, puesta por el Creador en el corazón del hombre,
es la propiedad clave del sujeto personal. Pero, al mismo tiempo, « en
lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a si mismo, pero a la cual debe obedecer ».(165)
La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para
decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está grabado profundamente
un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona
la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que
se basa el comportamiento humano, como se entrevé ya en la citada página
del Libro del Génesis.(166) Precisamente, en este sentido, la conciencia
es el « sagrario íntimo » donde « resuena la voz de
Dios ». Es « la voz de Dios » aun cuando el hombre reconoce
exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no se
puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente la
conciencia encuentra siempre en esta referencia su fundamento y su justificación.
El evangélico « convencer en lo referente al pecado » bajo
el influjo del Espíritu de la verdad no puede verificarse en el hombre
más que por el camino de la conciencia. Si la conciencia es recta, ayuda
entonces a « resolver con acierto los numerosos problemas morales que
se presentan al individuo y a la sociedad ». Entonces « mayor seguridad
tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para
someterse a las normas objetivas de la moralidad ». (167)
Fruto de la recta conciencia es, ante todo, el llamar por su nombre al bien
y al mal, como hace por ejemplo la misma Constitución pastoral: «
Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto,
eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la
persona, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas,
los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a
la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones
arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata
de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que
reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la
libertad y a la responsabilidad de la persona humana »; y después
de haber llamado por su nombre a los numerosos pecados, tan frecuentes y difundidos
en nuestros días, la misma Constitución añade: «
Todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes,
que degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores
que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador
».(168)
Al llamar por su nombre a los pecados que más deshonran al hombre, y
demostrar que ésos son un mal moral que pesa negativamente en cualquier
balance sobre el progreso de la humanidad, el Concilio describe a la vez todo
esto como etapa « de una lucha, y por cierto dramática, entre el
bien y el mal, entre la luz y las tinieblas ».(169) La Asamblea del Sínodo
de los Obispos de 1983 sobre la reconciliación y la penitencia ha precisado
todavía mejor el significado personal y social del pecado del hombre.(170)
44.
Pues bien, en el Cenáculo la víspera de su Pasión, y después
la tarde del día de Pascua, Jesucristo se refirió al Espíritu
Santo como el que atestigua que en la historia de la humanidad perdura el pecado.
Sin embargo, el pecado está sometido al poder salvífico de la
Redención. El « convencer al mundo en lo referente al pecado »
no se acaba en el hecho de que venga llamado por su nombre e identificado por
lo que es en toda su dimensión característica. En el convencer
al mundo en lo referente al pecado, el Espíritu de la verdad se encuentra
con la voz de las conciencias humanas.
De este modo se llega a la demostración de las raíces del pecado
que están en el interior del hombre, como pone en evidencia la misma
Constitución pastoral: « En realidad de verdad, los desequilibrios
que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raí