«REDEMPTOR HOMINIS»
I. HERENCIA
1. A FINALES DEL SEGUNDO MILENIO
2. PRIMERAS PALABRAS DEL NUEVO PONTIFICADO
3. CONFIANZA EN EL ESPÍRITU DE VERDAD Y DE AMOR
4. EN RELACIÓN CON LA PRIMERA ENCÍCLICA DE PABLO VI
5. COLEGIALIDAD Y APOSTOLADO
6. HACIA LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS
II. EL MISTERIO
DE LA REDENCIÓN
7. EN EL MISTERIO DE CRISTO
8. REDENCIÓN: CREACIÓN RENOVADA
9. DIMENSIÓN DIVINA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
10. DIMENSIÓN HUMANA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
11. EL MISTERIO DE CRISTO EN LA BASE DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y DEL
CRISTIANISMO
12. MISIÓN DE LA IGLESIA Y LIBERTAD DEL HOMBRE
III. EL HOMBRE
REDIMIDO Y SU SITUACIÓN EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
13. CRISTO SE HA UNIDO A TODO HOMBRE
14. TODOS LOS CAMINOS DE LA IGLESIA CONDUCEN AL HOMBRE
15. DE QUÉ TIENE MIEDO EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO
16. ¿PROGRESO O AMENAZA?
17. DERECHOS DEL HOMBRE: « LETRA » O « ESPÍRITU »
IV. LA MISIÓN
DE LA IGLESIA Y LA SUERTE DEL HOMBRE
18. LA IGLESIA SOLíCITA POR LA VOCACIÓN DEL HOMBRE EN CRISTO
19. LA IGLESIA, RESPONSABLE DE LA VERDAD
20. EUCARISTíA Y PENITENCIA
21. VOCACIÓN CRISTIANA: SERVIR Y REINAR
22. LA MADRE DE NUESTRA CONFIANZA
Venerables
Hermanos,
amadísimos Hijos e Hijas:
Salud y Bendición Apostólica
I. HERENCIA
1. A FINALES DEL SEGUNDO MILENIO
2. PRIMERAS PALABRAS DEL NUEVO PONTIFICADO
3. CONFIANZA EN EL ESPíRITU DE VERDAD Y DE AMOR
4. EN RELACIÓN CON LA PRIMERA ENCÍCLICA DE PABLO VI
5. COLEGIALIDAD Y APOSTOLADO
6. HACIA LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS
1. A FINALES
DEL SEGUNDO MILENIO
El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia.
A Él se vuelven mi pensamiento y mi corazón en esta hora solemne
que está viviendo la Iglesia y la entera familia humana contemporánea.
En efecto, este tiempo en el que, después del amado Predecesor Juan Pablo
I, Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio universal vinculado
con la Cátedra de San Pedro en Roma, está ya muy cercano al año
dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo que ese año indicará
en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cada uno
de los pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya
desde ahora se trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para
el Pueblo de Dios que se ha extendido --aunque de manera desigual-- hasta los
más lejanos confines de la tierra, aquel año será el año
de un gran Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que --aun respetando
todas las correcciones debidas a la exactitud cronológica-- nos hará
recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de
la fe, expresada por San Juan al principio de su evangelio: « Y el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros »,[1] y en otro pasaje: «
Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo,
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna
».[2]También nosotros estamos, en cierto modo, en el tiempo de
un nuevo Adviento, que es tiempo de espera: « Muchas veces y en muchas
maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de
los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por
su Hijo... »,[3] por medio del Hijo-Verbo, que se hizo hombre y nació
de la Virgen María. En este acto redentor, la historia del hombre ha
alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios. Dios ha entrado en la historia
de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los
millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de la Encarnación,
Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre
desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva -de modo peculiar a él
solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina--
y a la vez con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la
historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento,
de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir con estupor
las palabras de la Sagrada Liturgia: « ¡Feliz la culpa que mereció
tal Redentor! ».[4]
2. PRIMERAS
PALABRAS DEL NUEVO PONTIFICADO
A Cristo Redentor he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día
16 de octubre del año pasado, cuando después de la elección
canónica, me fue hecha la pregunta: « ¿Aceptas? ».
Respondí entonces: « En obediencia de fe a Cristo, mi Señor,
confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades,
acepto ». Quiero hacer conocer públicamente esta mi respuesta a
todos sin excepción, para poner así de manifiesto que con esa
verdad primordial y fundamental de la Encarnación, ya recordada, está
vinculado el ministerio, que con la aceptación de la elección
a Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro, se ha convertido en mi
deber específico en su misma Cátedra.He escogido los mismos nombres
que había escogido mi amadísimo Predecesor Juan Pablo I. En efecto,
ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él declaró al Sacro
Colegio que quería llamarse Juan Pablo --un binomio de este género
no tenía precedentes en la historia del Papado-- divisé en ello
un auspicio elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel
pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no sólo
continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto
de partida. Esto precisamente quedó corroborado por mi elección
de aquellos dos nombres. Con esta elección, siguiendo el ejemplo de mi
venerado Predecesor, deseo al igual que él expresar mi amor por la singular
herencia dejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI
y al mismo tiempo mi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de
Dios.A través de estos dos nombres y dos pontificados conecto con toda
la tradición de esta Sede Apostólica, con todos los Predecesores
del siglo xx y de los siglos anteriores, enlazando sucesivamente, a lo largo
de las distintas épocas hasta las más remotas, con la línea
de la misión y del ministerio que confiere a la Sede de Pedro un puesto
absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VI constituyen una
etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, a partir del cual
quiero, en cierto modo en unión con Juan Pablo I, proseguir hacia el
futuro, dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia
al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Decía
Él, en efecto, a los Apóstoles la víspera de su Pasión:
« Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá
a vosotros; pero, si me fuere, os lo enviaré ».[5] « Cuando
venga el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu
de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí,
y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio
estáis conmigo ».[6] « Pero cuando viniere aquél,
el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque
no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y
os comunicará las cosas venideras ».[7]
3. CONFIANZA
EN EL ESPíRITU DE VERDAD Y DE AMOR
Con plena confianza en el Espíritu de Verdad entro pues en la rica herencia
de los recientes pontificados. Esta herencia está vigorosamente enraizada
en la conciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jamás conocido
anteriormente, gracias al Concilio Vaticano II, convocado e inaugurado por Juan
XXIII y, después, felizmente concluido y actuado con perseverancia por
Pablo VI, cuya actividad he podido observar de cerca. Me maravillaron siempre
su profunda prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia
en el difícil período posconciliar de su pontificado. Como timonel
de la Iglesia, barca de Pedro, sabía conservar una tranquilidad y un
equilibrio providencial incluso en los momentos más críticos,
cuando parecía que ella era sacudida desde dentro, manteniendo una esperanza
inconmovible en su compactibilidad. Lo que, efectivamente, el Espíritu
dijo a la Iglesia mediante el Concilio de nuestro tiempo, lo que en esta Iglesia
dice a todas las Iglesias [8] no puede --a pesar de inquietudes momentáneas--
servir más que para una mayor cohesión de todo el Pueblo de Dios,
consciente de su misión salvífica. Precisamente de esta conciencia
contemporánea de la Iglesia, Pablo VI hizo el tema primero de su fundamental
Encíclica que comienza con las palabras Ecclesiam suam; a esta Encíclica
séame permitido, ante todo, referirme en este primero y, por así
decirlo, documento inaugural del actual pontificado. Iluminada y sostenida por
el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una conciencia cada vez más
profunda, sea respecto de su misterio divino, sea respecto de su misión
humana, sea finalmente respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente
esta conciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de esta
Iglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a consolidar y profundizar
esa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el testimonio de esa profundísima
conciencia de Iglesia. A través de los múltiples y frecuentemente
dolorosos acontecimientos de su pontificado, nos ha enseñado el amor
intrépido a la Iglesia, la cual, como enseña el Concilio, es «
sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios
y de la unidad de todo el género humano ».[9]
4. EN RELACIÓN
CON LA PRIMERA ENCíCLICA DE PABLO VI
Precisamente por esta razón, la conciencia de la Iglesia debe ir unida
con una apertura universal, a fin de que todos puedan encontrar en ella «
la insondable riqueza de Cristo »,[10] de que habla el Apóstol
de las gentes. Tal apertura, orgánicamente unida con la conciencia de
la propia naturaleza, con la certeza de la propia verdad, de la que dijo Cristo:
« no es mía, sino del Padre que me ha enviado »,[11] determina
el dinamismo apostólico, es decir, misionero de la Iglesia, profesando
y proclamando íntegramente toda la verdad transmitida por Cristo. Ella
debe conducir, al mismo tiempo, a aquel diálogo que Pablo VI en la Encíclica
Ecclesiam suam llamó « diálogo de la salvación »,
distinguiendo con precisión los diversos ámbitos dentro de los
cuales debe ser llevado a cabo.[12] Cuando hoy me refiero a este documento programático
del pontificado de Pablo VI, no ceso de dar gracias a Dios, porque este gran
Predecesor mío y al mismo tiempo verdadero padre, no obstante las diversas
debilidades internas que han afectado a la Iglesia en el período posconciliar,
ha sabido presentar « ad extra », al exterior, su auténtico
rostro. De este modo, también una gran parte de la familia humana, en
los distintos ámbitos de su múltiple existencia, se ha hecho,
a mi parecer, más consciente de cómo sea verdaderamente necesaria
para ella la Iglesia de Cristo, su misión y su servicio. Esta conciencia
se ha demostrado a veces más fuerte que las diversas orientaciones críticas,
que atacaban « ab intra », desde dentro, a la Iglesia, a sus instituciones
y estructuras, a los hombres de la Iglesia y a su actividad. Tal crítica
creciente ha tenido sin duda causas diversas y estamos seguros, por otra parte,
de que no ha estado siempre privado de un sincero amor a la Iglesia. Indudablemente,
se ha manifestado en él, entre otras cosas, la tendencia a superar el
así llamado triunfalismo, del que se discutía frecuentemente en
el Concilio. Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Maestro
que era « humilde de corazón »,[13] esté fundada asimismo
en la humildad, que tenga el sentido crítico respecto a todo lo que constituye
su carácter y su actividad humana, que sea siempre muy exigente consigo
misma, del mismo modo el criticismo debe tener también sus justos límites.
En caso contrario, deja de ser constructivo, no revela la verdad, el amor y
la gratitud por la gracia, de la que nos hacemos principal y plenamente partícipes
en la Iglesia y mediante la Iglesia. Además el espíritu crítico
no sería expresión de la actitud de servicio, sino más
bien de la voluntad de dirigir la opinión de los demás según
la opinión propia, divulgada a veces de manera demasiado desconsiderada.
Se debe gratitud a Pablo VI porque, respetando toda partícula de verdad
contenida en las diversas opiniones humanas, ha conservado igualmente el equilibrio
providencial del timonel de la Barca.[14] La Iglesia que --a través de
Juan Pablo I-- me ha sido confiada casi inmediatamente después de él,
no está ciertamente exenta de dificultades y de tensiones internas. Pero
al mismo tiempo se siente interiormente más inmunizada contra los excesos
del autocriticismo: se podría decir que es más crítica
frente a las diversas críticas desconsideradas, que es más resistente
respecto a las variadas « novedades », más madura en el espíritu
de discernimiento, más idónea a extraer de su perenne tesoro «
cosas nuevas y cosas viejas »,[15] más centrada en el propio misterio
y, gracias a todo esto, más disponible para la misión de la salvación
de todos: « Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al
conocimiento de la verdad ».[16]
5. COLEGIALIDAD
Y APOSTOLADO
Esta Iglesia está --contra todas las apariencias-- mucho más unida
en la comunión de servicio y en la conciencia del apostolado. Tal unión
brota de aquel principio de colegialidad, recordado por el Concilio Vaticano
II, que Cristo mismo injertó en el Colegio apostólico de los Doce
con Pedro a la cabeza y que renueva continuamente en el Colegio de los Obispos,
que crece cada vez más en toda la tierra, permaneciendo unido con el
Sucesor de San Pedro y bajo su guía. El Concilio no sólo ha recordado
este principio de colegialidad de los Obispos, sino que lo ha vivificado inmensamente,
entre otras cosas propiciando la institución de un organismo permanente
que Pablo VI estableció al crear el Sínodo de los Obispos, cuya
actividad no sólo ha dado una nueva dimensión a su pontificado,
sino que se ha reflejado claramente después, desde los primeros días,
en el pontificado de Juan Pablo I y en el de su indigno Sucesor. El principio
de colegialidad se ha demostrado particularmente actual en el difícil
período posconciliar, cuando la postura común y unánime
del Colegio de los Obispos --la cual, sobre todo a través del Sínodo,
ha manifestado su unión con el Sucesor de Pedro--contribuía a
disipar dudas e indicaba al mismo tiempo los caminos justos para la renovación
de la Iglesia, en su dimensión universal. Del Sínodo ha brotado,
entre otras cosas, ese impulso esencial para la evangelización que ha
encontrado su expresión en la Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi,[17] acogida con tanta alegría como programa de renovación
de carácter apostólico y también pastoral. La misma línea
se ha seguido en los trabajos de la última sesión ordinaria del
Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar casi un año antes de la
desaparición del Pontífice Pablo VI y que fue dedicada --como
es sabido-- a la catequesis. Los resultados de aquellos trabajos requieren aún
una sistematización y un enunciado por parte de la Sede Apostólica.
Dado que estamos tratando del evidente desarrollo de la forma en que se expresa
la colegialidad episcopal, hay que recordar al menos el proceso de consolidación
de las Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia y de otras estructuras
colegiales de carácter internacional o continental. Refiriéndonos
por otra parte a la tradición secular de la Iglesia conviene subrayar
la actividad de los diversos Sínodos locales. Fue en efecto idea del
Concilio, coherentemente ejecutada por Pablo VI, que las estructuras de este
tipo, experimentadas desde hace siglos por la Iglesia, así como otras
formas de colaboración colegial de los Obispos, por ejemplo, la provincia
eclesiástica, por no hablar ya de cada una de las diócesis, pulsasen
con plena conciencia de la propia identidad y a la vez de la propia originalidad,
en la unidad universal de la Iglesia. El mismo espíritu de colaboración
y de corresponsabilidad se está difundiendo también entre los
sacerdotes, lo cual se confirma por los numerosos Consejos Presbiterales que
han surgido después del Concilio. Este espíritu se ha extendido
asimismo entre los laicos, confirmando no sólo las organizaciones de
apostolado seglar ya existentes, sino también creando otras nuevas con
perfil muchas veces distinto y con un dinamismo excepcional. Por otra parte,
los laicos, conscientes de su responsabilidad en la Iglesia, se han empeñado
de buen grado en la colaboración con los Pastores, con los representantes
de los Institutos de vida consagrada en el ámbito de los Sínodos
diocesanos o de los Consejos pastorales en las parroquias y en las diócesis.
Me es necesario tener en la mente todo esto al comienzo de mi pontificado, para
dar gracias a Dios, para dar nuevos ánimos a todos los Hermanos y Hermanas
y para recordar además con viva gratitud la obra del Concilio Vaticano
II y a mis grandes Predecesores que han puesto en marcha esta nueva «
ola » de la vida de la Iglesia, movimiento mucho más potente que
los síntomas de duda, de derrumbamiento y de crisis.
6. HACIA LA
UNIÓN DE LOS CRISTIANOS
Y ¿qué decir de todas las iniciativas brotadas de la nueva orientación
ecuménica? El inolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evangélica,
planteó el problema de la unión de los cristianos como simple
consecuencia de la voluntad del mismo Jesucristo, nuestro Maestro, afirmada
varias veces y expresada de manera particular en la oración del Cenáculo,
la víspera de su muerte: « para que todos sean uno, como tú,
Padre, estás en mí y yo en ti ».[18] El Concilio Vaticano
II respondió a esta exigencia de manera concisa con el Decreto sobre
el ecumenismo. El Papa Pablo VI, valiéndose de la actividad del Secretariado
para la unión de los Cristianos inició los primeros pasos difíciles
por el camino de la consecución de tal unión. ¿Hemos ido
lejos por este camino? Sin querer dar una respuesta concreta podemos decir que
hemos conseguido unos progresos verdaderos e importantes. Una cosa es cierta:
hemos trabajado con perseverancia, coherencia y valentía, y con nosotros
se han empeñado también los representantes de otras Iglesias y
de otras Comunidades cristianas, por lo cual les estamos sinceramente reconocidos.
Es cierto además que, en la presente situación histórica
de la cristiandad y del mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión
universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas ecuménicos,
que la de buscar lealmente, con perseverancia, humildad y con valentía,
las vías de acercamiento y de unión, tal como nos ha dado ejemplo
personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la unión sin desanimarnos
frente a las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de
este camino; de otra manera no seremos fieles a la palabra de Cristo, no cumpliremos
su testamento. ¿Es lícito correr este riesgo? Hay personas que,
encontrándose frente a las dificultades o también juzgando negativos
los resultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran preferido
echarse atrás. Algunos incluso expresan la opinión de que estos
esfuerzos son dañosos para la causa del evangelio, conducen a una ulterior
ruptura de la Iglesia, provocan confusión de ideas en las cuestiones
de la fe y de la moral, abocan a un específico indiferentismo. Posiblemente
será bueno que los portavoces de tales opiniones expresen sus temores;
no obstante, también en este aspecto hay que mantener los justos límites.
Es obvio que esta nueva etapa de la vida de la Iglesia exige de nosotros una
fe particularmente consciente, profunda y responsable. La verdadera actividad
ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo,
búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico
y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar
o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente
confesada y enseñada por la Iglesia. A todos aquellos que por cualquier
motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la búsqueda de la unidad universal
de los cristianos hay que decirles una vez más: ¿Nos es lícito
no hacerlo? ¿Podemos no tener confianza --no obstante toda la debilidad
humana, todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados--
en la gracia de nuestro Señor, tal cual se ha revelado en los últimos
tiempos a través de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado
durante el Concilio? Obrando así, negaríamos la verdad que concierne
a nosotros mismos y que el Apóstol ha expresado de modo tan elocuente:
« Mas por gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió
no resultó vana ».[19] Aunque de modo distinto y con las debidas
diferencias, hay que aplicar lo que se ha dicho a la actividad que tiende al
acercamiento con los representantes de las religiones no cristianas, y que se
expresa a través del diálogo, los contactos, la oración
comunitaria, la búsqueda de los tesoros de la espiritualidad humana que
--como bien sabemos-- no faltan tampoco a los miembros de estas religiones.
¿No sucede quizá a veces que la creencia firme de los seguidores
de las religiones no cristianas, --creencia que es efecto también del
Espíritu de verdad, que actúa más allá de los confines
visibles del Cuerpo Místico-- haga quedar confundidos a los cristianos,
muchas veces tan dispuestos a dudar en las verdades reveladas por Dios y proclamadas
por la Iglesia, tan propensos al relajamiento de los principios de la moral
y a abrir el camino al permisivismo ético? Es cosa noble estar predispuestos
a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar razón a todo
lo que es justo; esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia
fe,[20] o debilitar los principios de la moral, cuya falta se hará sentir
bien pronto en la vida de sociedades enteras, determinando entre otras cosas
consecuencias deplorables.
[1] Jn 1, 14.[2] Jn 3, 16.[3] Heb 1, 1 s.[4] Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual.[5] Jn 16, 7.[6] Jn 15, 26 s.[7] Jn 16, 13.[8] Cfr. Ap 2, 7.[9] Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 1: AAS 57 (1965) 5.[10] Ef 3, 8.[11] Jn 14, 24.[12] Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 650 ss.[13] Mt 11, 29.[14] Hay que señalar aquí los documentos más salientes del Pontificado de Pablo VI, algunos de los cuales fue recordado por él mismo en la homilía pronunciada durante la Misa de la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, el año 1978: Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 609-659; Exhort. apost. Investigabiles divitias Christi: AAS 57 (1965) 298-301; Enc. Mysterium Fidei:AAS 57 (1965) 753-774; Enc. Sacerdotalis caelibatus: AAS 59 (1967) 657-697; Sollemnis professio Fidei: AAS 60 (1968) 433-445; Exhort. apost. Quinque iam anni: AAS 63 (1971) 97-106; Exhort. apost. Evangelica testificatio: AAS 63 (1971) 497-535; Exhort. apost. Paterna cum benevolentia: AAS 67 (1975) 5-23; Exhort. apost. Gaudete in Domino: AAS 67 (1975) 289-322; Exhort. apost. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76.[15] Mt 13, 52.[16] 1 Tim 2, 4.[17] Cfr. Pablo VI, Exhort. apost, Evangelii nuntiandi: AAS 58 (1976) 5-76.[18] Jn 17, 21: cfr. ibid. 11, 22-23; 10, 16; Lc 9, 49-50.54.[19] 1 Cor 15, 10.[20] Cfr. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, can. III De fide, n. 6: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Ed. Istituto per le Scienze Religiose, Bologna 1973 (3), p. 811.
II. EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
7. EN EL MISTERIO DE CRISTO
8. REDENCIÓN: CREACIÓN RENOVADA
9. DIMENSIÓN DIVINA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
10. DIMENSIÓN HUMANA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
11. EL MISTERIO DE CRISTO EN LA BASE DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y DEL
CRISTIANISMO
12. MISIÓN DE LA IGLESIA Y LIBERTAD DEL HOMBRE
7. EN EL MISTERIO DE CRISTO
Si las vías por las que el Concilio de nuestro siglo ha encaminado a
la Iglesia --vías indicadas en su primera Encíclica por el llorado
Papa Pablo VI-- permanecen por largo tiempo las vías que todos nosotros
debemos seguir, a la vez, en esta nueva etapa podemos justamente preguntarnos:
¿Cómo? ¿De qué modo hay que proseguir? ¿Qué
hay que hacer a fin de que este nuevo adviento de la Iglesia, próximo
ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura
llama: « Padre sempiterno », Pater futuri saeculi?[21] Esta es la
pregunta fundamental que el nuevo Pontífice debe plantearse, cuando,
en espíritu de obediencia de fe, acepta la llamada según el mandato
de Cristo dirigido más de una vez a Pedro: « Apacienta mis corderos
»,22 que quiere decir: Sé pastor de mi rebaño; y después:
« ... una vez convertido, confirma a tus hermanos ».[23]Es precisamente
aquí, carísimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta
fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu,
la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón
es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo,
Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo
en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación
de Pedro « Señor, ¿a quién iríamos? Tú
tienes palabras de vida eterna ».[24] A través de la conciencia
de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos los niveles de esta
conciencia y a través también de todos los campos de la actividad
en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemos tender constantemente
a Aquel « que es la cabeza »,[25] a Aquel « de quien todo
procede y para quien somos nosotros »,[26] a Aquel que es al mismo tiempo
« el camino, la verdad » [27] y « la resurrección y
la vida »,[28] a Aquel que viéndolo nos muestra al Padre,[29] a
Aquel que debía irse de nosotros [30] --se refiere a la muerte en Cruz
y después a la Ascensión al cielo-- para que el Abogado viniese
a nosotros y siga viniendo constantemente como Espíritu de verdad.[31]
En Él están escondidos a todos los tesoros de la sabiduría
y de la ciencia »,[32] y la Iglesia es su Cuerpo.[33] La Iglesia es en
Cristo como un « sacramento, o signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano »[34]
y de esto es Él la fuente. ¡El mismo! ¡El, el Redentor! La
Iglesia no cesa de escuchar sus palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruye
con la máxima devoción todo detalle particular de su vida. Estas
palabras son escuchadas también por los no cristianos. La vida de Cristo
habla al mismo tiempo a tantos hombres que no están aún en condiciones
de repetir con Pedro: « Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios
vivo ».[35] Él, Hijo de Dios vivo, habla a los hombres también
como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la
verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte en Cruz, esto
es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono. La Iglesia
no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección,
que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto,
por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente
la Eucaristía, encontrando en ella la « fuente de la vida y de
la santidad »,[36] el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación
con Dios, la prenda de la vida eterna. La Iglesia vive su misterio, lo alcanza
sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos para acercar este misterio
de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones,
a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular, como
si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol: « que nunca entre vosotros
me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado
».[37] La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención
que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su
misión.
8. REDENCIÓN:
CREACIÓN RENOVADA
¡Redentor del mundo! En Él se ha revelado de un modo nuevo y más
admirable la verdad fundamental sobre la creación que testimonia el Libro
del Génesis cuando repite varias veces: « Y vio Dios ser bueno
».[38] El bien tiene su fuente en la Sabiduría y en el Amor. En
Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre [39] --el mundo
que, entrando el pecado está sujeto a la vanidad--[40] adquiere nuevamente
el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría
y del Amor. En efecto, « amó Dios tanto al mundo, que le dio su
unigénito Hijo ».[41] Así como en el hombre-Adán
este vínculo quedó roto, así en el Hombre-Cristo ha quedado
unido de nuevo.[42] ¿ Es posible que no nos convenzan, a nosotros hombres
del siglo XX, las palabras del Apóstol de las gentes, pronunciadas con
arrebatadora elocuencia, acerca de « la creación entera que hasta
ahora gime y siente dolores de parto »[43] y « está esperando
la manifestación de los hijos de Dios »,[44] acerca de la creación
que está sujeta a la vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido,
que se ha verificado particularmente durante este nuestro siglo, en el campo
de dominación del mundo por parte del hombre, ¿no revela quizá
el mismo, y por lo demás en un grado jamás antes alcanzado, esa
multiforme sumisión « a la vanidad »? Baste recordar aquí
algunos fenómenos como la amenaza de contaminación del ambiente
natural en los lugares de rápida industrialización, o también
los conflictos armados que explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas
de autodestrucción a través del uso de las armas atómicas:
al hidrógeno, al neutrón y similares, la falta de respeto a la
vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos
cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y técnicas,
jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «
gime y sufre » 45 y « está esperando la manifestación
de los hijos de Dios »?[46] El Concilio Vaticano II, en su análisis
penetrante « del mundo contemporáneo », llegaba al punto
más importante del mundo visible: el hombre bajando --como Cristo-- a
lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre,
que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa
con la palabra « corazón ». Cristo, Redentor del mundo, es
Aquel que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del
hombre y ha entrado en su « corazón ». Justamente pues enseña
el Concilio Vaticano II: « En realidad el misterio del hombre sólo
se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer
hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo
nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación
del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre
y le descubre la sublimidad de su vocación ». Y más adelante:
« Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también
el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza
divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza humana asumida,
no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual.
El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo
hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María,
se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto
en el pecado ».[47] ¡El, el Redentor del hombre!
9. DIMENSIÓN
DIVINA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
Al reflexionar nuevamente sobre este texto maravilloso del Magisterio conciliar,
no olvidamos ni por un momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se ha convertido
en nuestra reconciliación ante el Padre.[48] Precisamente Él,
solamente Él ha dado satisfacción al amor eterno del Padre, a
la paternidad que desde el principio se manifestó en la creación
del mundo, en la donación al hombre de toda la riqueza de la creación,
en hacerlo « poco menor que Dios »,[49] en cuanto creado «
a imagen y semejanza de Dios »;[50] e igualmente ha dado satisfacción
a la paternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con
la ruptura de la primera Alianza [51] y de las posteriores que Dios «
ha ofrecido en diversas ocasiones a los hombres »,[52] La redención
del mundo --ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es
renovada [53]-- es en su raíz más profunda « la plenitud
de la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo Primogénito,
para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales,
precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la
eternidad a ser hijos de Dios [54] y llamados a la gracia, llamados al amor.
La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo --Hombre, Hijo de
María Virgen, hijo putativo de José de Nazaret-- « deja
» este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación de la
eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la humanidad,
a todo hombre, dándole el tres veces santo « Espíritu de
verdad ».[55] Con esta revelación del Padre y con la efusión
del Espíritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de
la Redención, se explica el sentido de la cruz y de la muerte de Cristo.
El Dios de la creación se revela como Dios de la redención, como
Dios que es fiel a sí mismo,[56] fiel a su amor al hombre y al mundo,
ya revelado el día de la creación. El suyo es amor que no retrocede
ante nada de lo que en él mismo exige la justicia. Y por esto al Hijo
« a quien no conoció el pecado le hizo pecado por nosotros para
que en Él fuéramos justicia de Dios ».[57] Si « trató
como pecado » a Aquel que estaba absolutamente sin pecado alguno, lo hizo
para revelar el amor que es siempre más grande que todo lo creado, el
amor que es Él mismo, porque « Dios es amor ».[58] Y sobre
todo el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, que la «
vanidad de la creación »,[59] más fuerte que la muerte;
es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al
encuentro con el hijo pródigo,[60] siempre a la búsqueda de la
« manifestación de los hijos de Dios »,61 que están
llamados a la gloria.[62] Esta revelación del amor es definida también
misericordia,[63] y tal revelación del amor y de la misericordia tiene
en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo.
10. DIMENSIÓN
HUMANA DEL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo
un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela
el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio,
si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor,
como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre.
Tal es --si se puede expresar así-- la dimensión humana del misterio
de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar
la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio
de la Redención el hombre es « confirmado » y en cierto modo
es nuevamente creado. ¡El es creado de nuevo! « Ya no es judío
ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús ».[64] El hombre que quiere comprenderse
hasta el fondo a sí mismo --no solamente según criterios y medidas
del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes--
debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad,
con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así,
entrar en Él con todo su ser, debe « apropiarse » y asimilar
toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse
a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces
él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también
de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener
el hombre a los ojos del Creador, si ha « merecido tener tan grande Redentor
»,[65] si « Dios ha dado a su Hijo », a fin de que él,
el hombre, « no muera sino que tenga la vida eterna »![66]En realidad,
ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio,
es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica
la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún
más, « en el mundo contemporáneo ». Este estupor y
al mismo tiempo persuasión y certeza que en su raíz profunda es
la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto
del humanismo auténtico, está estrechamente vinculado con Cristo.
Él determina también su puesto, su --por así decirlo--
particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad.
La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe
con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio
de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido
de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida
a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido
en el misterio pascual que a través de la cruz y la muerte conduce a
la resurrección.
El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente
en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia
de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres
a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza
en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca también la
más profunda obra del hombre, la esfera --queremos decir-- de los corazones
humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.
11. EL MISTERIO
DE CRISTO EN LA BASE DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y DEL
CRISTIANISMO
El Concilio Vaticano II ha llevado a cabo un trabajo inmenso para formar la
conciencia plena y universal de la Iglesia, a la que se refería el Papa
Pablo VI en su primera Encíclica. Tal conciencia --o más bien,
autoconciencia de la Iglesia-- se forma « en el diálogo »,
el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la propia atención al
« otro », es decir, a aquél con el cual queremos hablar.
El Concilio ecuménico ha dado un impulso fundamental para formar la autoconciencia
de la Iglesia, dándonos, de manera tan adecuada y competente, la visión
del orbe terrestre como de un « mapa » de varias religiones. Además,
ha demostrado cómo a este mapa de las religiones del mundo se sobrepone
en estratos --antes nunca conocidos y característicos de nuestro tiempo--
el fenómeno del ateísmo en sus diversas formas, comenzando por
el ateísmo programado, organizado y estructurado en un sistema político.
Por lo que se refiere a la religión, se trata ante todo de la religión
como fenómeno universal, unido a la historia del hombre desde el principio;
seguidamente de las diversas religiones no cristianas y finalmente del mismo
cristianismo. El documento conciliar dedicado a las religiones no cristianas
está particularmente lleno de profunda estima por los grandes valores
espirituales, es más, por la primacía de lo que es espiritual
y que en la vida de la humanidad encuentra su expresión en la religión
y después en la moralidad que refleja en toda la cultura. Justamente
los Padres de la Iglesia veían en las distintas religiones como otros
tantos reflejos de una única verdad « como gérmenes del
Verbo »,[67] los cuales testimonian que, aunque por diversos caminos,
está dirigida sin embargo en una única dirección la más
profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en
la búsqueda de Dios y al mismo tiempo en la búsqueda, mediante
la tensión hacia Dios, de la plena dimensión de la humanidad,
es decir, del pleno sentido de la vida humana. El Concilio ha dedicado una atención
especial a la religión judía, recordando el gran patrimonio espiritual
y común a los cristianos y a los judíos, y ha expresado su estima
hacia los creyentes del Islam, cuya fe se refiere también a Abrahám.
Es sabido por otra parte que la religión de Israel tiene un pasado en
común con la historia del cristianismo: el pasado relativo a la Antigua
Alianza.[68]Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia
y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa
del misterio de Cristo, « misterio escondido desde los siglos »
[69] en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para
revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios
se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a
ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena
conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor transcendental
de la propia humanidad, del sentido de su existencia. Es necesario por tanto
que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y nos
unamos en torno a Él mismo. Esta unión, en los diversos sectores
de la vida, de la tradición, de las estructuras y disciplinas de cada
una de las Iglesias y Comunidades eclesiales, no puede actuarse sin un valioso
trabajo que tienda al conocimiento recíproco y a la remoción de
los obstáculos en el camino de una perfecta unidad. No obstante podemos
y debemos, ya desde ahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad: en
el anuncio del misterio de Cristo, en la revelación de la dimensión
divina y humana también de la Redención, en la lucha con perseverancia
incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar
continuamente en Cristo, que es la dignidad de la gracia de adopción
divina y también dignidad de la verdad interior de la humanidad, la cual
--si ha alcanzado en la conciencia común del mundo contemporáneo
un relieve tan fundamental-- sobresale aún más para nosotros a
la luz de la realidad que es él: Cristo Jesús.
Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que
Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos,
en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más
que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar
en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro
tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época
aún más necesaria y --no obstante las oposiciones-- es más
esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía
divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano
Jesucristo dijo que el « reino de los cielos está en tensión,
y los esforzados lo arrebatan »;[70] y además que « los hijos
de este siglo son más avisados... que los hijos de la luz ».[71]
Aceptamos gustosamente este reproche para ser como aquellos « violentos
de Dios » que hemos visto tantas veces en la historia de la Iglesia y
que descubrimos todavía hoy para unirnos conscientemente a la gran misión,
es decir: revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre
a sí mismo en él, ayudar a las generaciones contemporáneas
de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países
en vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos en definitiva,
a conocer las « insondables riquezas de Cristo »,[72] porque éstas
son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno.
12. MISIÓN
DE LA IGLESIA Y LIBERTAD DEL HOMBRE
En esta unión la misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo,
todos los cristianos deben descubrir lo que les une, incluso antes de que se
realice su plena comunión. Esta es la unión apostólica
y misionera, misionera y apostólica. Gracias a esta unión podemos
acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espíritu humano,
que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaración
del Concilio Vaticano II Nostra aetate.[73] Gracias a ella, nos acercamos igualmente
a todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los
hombres de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento
que, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud
misionera y del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso
en el Areópago de Atenas.[74] La actitud misionera comienza siempre con
un sentimiento de profunda estima frente a lo que « en el hombre había
»,[75] por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu,
ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; se
trata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu,
que « sopla donde quiere ».[76] La misión no es nunca una
destrucción, sino una purificación y una nueva construcción
por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia
con un ideal tan elevado. La conversión que de ella ha de tomar comienzo,
sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente
a sí mismo. Por esto la Iglesia de nuestro tiempo da gran importancia
a todo lo que el Concilio Vaticano II ha expuesto en la Declaración sobre
la libertad religiosa, tanto en la primera como en la segunda parte del documento.[77]
Sentimos profundamente el carácter empeñativo de la verdad que
Dios nos ha revelado. Advertimos en particular el gran sentido de responsabilidad
ante esta verdad. La Iglesia, por institución de Cristo, es su custodia
y maestra, estando precisamente dotada de una singular asistencia del Espíritu
Santo para que pueda custodiarla fielmente y enseñarla en su más
exacta integridad.[78] Cumpliendo esta misión, miramos a Cristo mismo,
que es el primer evangelizador [79] y miramos también a los Apóstoles,
Mártires y Confesores. La Declaración sobre la libertad religiosa
nos muestra de manera convincente cómo Cristo y, después sus Apóstoles,
al anunciar la verdad que no proviene de los hombres sino de Dios (« mi
doctrina no es mía, sino del que me ha enviado »,[80] esto es,
del Padre), incluso actuando con toda la fuerza del espíritu, conservan
una profunda estima por el hombre, por su entendimiento, su voluntad, su conciencia
y su libertad.[81] De este modo, la misma dignidad de la persona humana se hace
contenido de aquel anuncio, incluso sin palabras, a través del comportamiento
respecto de ella. Tal comportamiento parece corresponder a las necesidades particulares
de nuestro tiempo. Dado que no en todo aquello que los diversos sistemas, y
también los hombres en particular, ven y propagan como libertad está
la verdadera libertad del hombre, tanto más la Iglesia, en virtud de
su misión divina, se hace custodia de esta libertad que es condición
y base de la verdadera dignidad de la persona humana.
Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también
de nuestra época, con las mismas palabras: « Conoceréis
la verdad y la verdad os librará ».[82] Estas palabras encierran
una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de
una relación honesta con respecto a la verdad, como condición
de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se
evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral,
cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre
el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo
aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la
verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye
esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón,
en su conciencia. ¡Qué confirmación tan estupenda de lo
que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, han
alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de
constricción exterior! Jesucristo mismo, cuando compareció como
prisionero ante el tribunal de Pilatos y fue preguntado por él acerca
de la acusación hecha contra él por los representantes del Sanedrín,
¿no respondió acaso: « Yo para esto he venido al mundo,
para dar testimonio de la verdad »? [83] Con estas palabras pronunciadas
ante el juez, en el momento decisivo, era como si confirmase, una vez más,
la frase ya dicha anteriormente: « Conoced la verdad y la verdad os hará
libres ». En el curso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando
por los tiempos de los Apóstoles, ¿no es acaso Jesucristo mismo
el que tantas veces ha comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad
y no ha ido quizá a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad?
¿Acaso cesa él de ser continuamente portavoz y abogado del hombre
que vive « en espíritu y en verdad »? [84] Del mismo modo
que no cesa de serlo ante el Padre, así lo es también con respecto
a la historia del hombre. La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades
que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo:
« ya llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los
adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran
han de adorarle en espíritu y en verdad ».[85]
[21] Is 9,
6.
[22] Jn 21, 15.
[23] Lc 22, 32.
[24] Jn 6, 68; cfr Heb 4, 8-12.
[25] Cfr. Ef 1, 10.22; 4, 25; Col 1, 18.
[26] 1 Cor 8, 6; cfr. Col 1, 17.
[27] Jn 14, 6.
[28] Jn 11, 25.
[29] Cfr. Jn 14, 9.
[30] Cfr. Jn 16, 7.
[31] Cfr. Jn 16, 7.13.
[32] Col 2, 3.
[33] Cfr. Rom 12, 5; 1 Cor 6, 15; 10, 17; 12, 12.27; Ef 1, 23; 2, 16; 4, 4;
Col
1, 24; 3, 15.
[34] Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 1: AAS 57 (1965) 5.
[35] Mt 16, 16.
[36] Cfr. Letanías del Sagrado Corazón.
[37] 1 Cor 2, 2.
[38] Cfr. Gén 1.
[39] Cfr. Gén 1, 26-30.
[40] Rom 8, 20; cfr. ibid. 8, 19-22; Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et
Spes, 2; 13: AAS 58 (1966) 1026; 1034 s.
[41] Jn 3, 16.
[42] Cfr. Rom 5, 12-21.
[43] Rom 8, 22.
[44] Rom 8, 19.
45 Rom 8, 22.
[46] Rom 8, 19.
[47] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 22: AAS 58 (1966) 1042 s.
[48] Cfr. Rom 5, 11; Col 1, 20.
[49] Sal 8, 6.
[50] Cfr. Gén 1, 26.
[51] Cfr. Gén 3, 6-13.
[52] Cfr. IV Plegaria Eucarística.
[53] Cfr. Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et Spes, 37: AAS 58 (1966) 1054s.;
Const. dogm. Lumen Gentium, 48: AAS 57 (1965) 53 s.
[54] Cfr. Rom 8, 29 s.; Ef 1, 8.
[55] Cfr. Jn 16, 13.
[56] Cfr. 1 Tes 5, 24.
[57] 2 Cor 5, 21; Cfr. Gál 3, 13.
[58] 1 Jn 4, 8.16.
[59] Cfr. Rom 8, 20.
[60] Cfr. Lc 15, 11-32.
61 Rom 8, 19.
[62] Cfr. Rom 8, 18.
[63] Cfr. S. Tomás, Summa Theol. III, q. 46, a. 1, ad 3.
[64] Gál 3, 28.
[65] Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual.
[66] Cfr. Jn 3, 16.
[67] Cfr. S. Justino, I Apologia, 46, 1-4; II Apologia, 7 (8), 1-4; 10, 1-3;
13, 3-4: Florilegium Patristicum II, Bonn 1911 (2), pp. 81, 125, 129, 133; Clemente
Alejandrino, Stromata I, 19, 91.94: S.C. 30, pp. 117 s.; 119 s.; Conc Vat. II,
Decr. Ad Gentes, 11: AAS 58 (1966) 960; Const. dogm. Lumen Gentium, 17: AAS
57 (1965) 21.
[68] Cfr. Conc. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 3-4: AAS 58 (1966) 741-743.
[69] Col 1, 26.
[70] Mt 11, 12.
[71] Lc 16, 8.
[72] Ef 3, 8.
[73] Cfr. Conc. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 1 s.: AAS 58 (1966) 740 s.
[74] Heb 17, 22-31.
[75] Jn 2, 25.
[76] Jn 3, 8.
[77] Cfr. AAS 58 (1966) 929-946.
[78] Cfr. Jn 14, 26.
[79] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 6: AAS 68 (1976) 9.
[80] Jn 7, 16.
[81] Cfr. AAS 58 (1966) 936 ss.
[82] Jn 8, 32.
[83] Jn 18, 37.
[84] Cfr. Jn 4, 23.
[85] Jn 4, 23 s.
III. EL HOMBRE
REDIMIDO Y SU SITUACIÓN EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
13. CRISTO SE HA UNIDO A TODO HOMBRE
14. TODOS LOS CAMINOS DE LA IGLESIA CONDUCEN AL HOMBRE
15. DE QUÉ TIENE MIEDO EL HOMBRE CONTEMPORáNEO
16. ¿PROGRESO O AMENAZA?
17. DERECHOS DEL HOMBRE: « LETRA » O « ESPÍRITU »
13. CRISTO
SE HA UNIDO A TODO HOMBRE
Cuando, a través de la experiencia de la familia humana que aumenta continuamente
a ritmo acelerado, penetramos en el misterio de Jesucristo, comprendemos con
mayor claridad que, en la base de todos estos caminos a lo largo de los cuales
en conformidad con las sabias indicaciones del Pontífice Pablo VI [86]
debe proseguir la Iglesia de nuestro tiempo, hay un solo camino: es el camino
experimentado desde hace siglos y es al mismo tiempo el camino del futuro. Cristo
Señor ha indicado estos caminos sobre todo cuando-- como enseña
el Concilio-- « mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido
en cierto modo a todo hombre ».[87] La Iglesia divisa por tanto su cometido
fundamental en lograr que tal unión pueda actuarse y renovarse continuamente.
La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar
a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida,
con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el
misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia
del amor que irradia de ella. En el trasfondo de procesos siempre crecientes
en la historia, que en nuestra época parecen fructificar de manera particular
en el ámbito de varios sistemas, concepciones ideológicas del
mundo y regímenes, Jesucristo se hace en cierto modo nuevamente presente,
a pesar de todas sus aparentes ausencias, a pesar de todas las limitaciones
de la presencia o de la actividad institucional de la Iglesia. Jesucristo se
hace presente con la potencia de la verdad y del amor, que se han manifestado
en Él como plenitud única e irrepetible, por más que su
vida en la tierra fuese breve y más breve aún su actividad pública.
Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro
camino « hacia la casa del Padre » [88] y es también el camino
hacia cada hombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino
por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por
nadie. Esta es la exigencia del bien temporal y del bien eterno del hombre.
La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio,
que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a
todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer
indiferente a lo que lo amenaza. El Concilio Vaticano II, en diversos pasajes
de sus documentos, ha expresado esta solicitud fundamental de la Iglesia, a
fin de que « la vida en el mundo (sea) más conforme a la eminente
dignidad del hombre »,[89] en todos sus aspectos, para hacerla «
cada vez más humana ».[90] Esta es la solicitud del mismo Cristo,
el buen Pastor de todos los hombres. En nombre de tal solicitud, como leemos
en la Constitución pastoral del Concilio, « la Iglesia que por
razón de su ministerio y de su competencia, de ninguna manera se confunde
con la comunidad política y no está vinculada a ningún
sistema político, es al mismo tiempo el signo y la salvaguardia del carácter
trascendente de la persona humana ».[91]Aquí se trata por tanto
del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del
hombre « abstracto » sino real, del hombre « concreto »,
« histórico ». Se trata de « cada » hombre, porque
cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada
uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este ministerio. Todo hombre
viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre y es precisamente
por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado
a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está
centrada sobre él de manera del todo particular . El objeto de esta premura
es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece
intacta la imagen y semejanza con Dios mismo.[92] El Concilio indica esto precisamente,
cuando, hablando de tal semejanza, recuerda que « el hombre es en la tierra
la única creatura que Dios ha querido para sí misma ».[93]
El hombre tal como ha sido « querido » por Dios, tal como Él
lo ha « elegido » eternamente, llamado, destinado a la gracia y
a la gloria, tal es precisamente « cada » hombre, el hombre «
mas concreto », el « más real »; éste es el
hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho partícipe
en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro
mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en
que es concebido en el seno de la madre.
14. TODOS LOS
CAMINOS DE LA IGLESIA CONDUCEN AL HOMBRE
La Iglesia no puede abandonar al hombre, cuya « suerte », es decir,
la elección, la llamada, el nacimiento y la muerte, la salvación
o la perdición, están tan estrecha e indisolublemente unidas a
Cristo. Y se trata precisamente de cada hombre de este planeta, en esta tierra
que el Creador entregó al primer hombre, diciendo al hombre y a la mujer:
« henchid la tierra; sometedla »;[94] todo hombre, en toda su irrepetible
realidad del ser y del obrar, del entendimiento y de la voluntad, de la conciencia
y del corazón. El hombre en su realidad singular ( porque es «
persona »), tiene una historia propia de su vida y sobre todo una historia
propia de su alma. El hombre que conforme a la apertura interior de su espíritu
y al mismo tiempo a tantos y tan diversas necesidades de su cuerpo, de su existencia
temporal, escribe esta historia suya personal por medio de numerosos lazos,
contactos, situaciones, estructuras sociales que lo unen a otros hombres; y
esto lo hace desde el primer momento de su existencia sobre la tierra, desde
el momento de su concepción y de su nacimiento. El hombre en la plena
verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario
y social --en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de
la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación,
o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o tribu), en el ámbito
de toda la humanidad-- este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer
en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental
de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente
conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención.
A este hombre precisamente en toda la verdad de su vida, en su conciencia, en
su continua inclinación al pecado y a la vez en su continua aspiración
a la verdad, al bien, a la belleza, a la justicia, al amor, a este hombre tenía
ante sus ojos el Concilio Vaticano II cuando, al delinear su situación
en el mundo contemporáneo, se trasladaba siempre de los elementos externos
que componen esta situación a la verdad inmanente de la humanidad: «
Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A
fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente
sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído
por muchas solicitaciones, tiene que elegir y renunciar. Más aún,
como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere hacer y deja de hacer
lo que quería llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división
que tantas y tan graves discordias provocan en la sociedad ».[95]Este
hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen
de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre
--todo hombre sin excepción alguna-- ha sido redimido por Cristo, porque
con el hombre --cada hombre sin excepción alguna-- se ha unido Cristo
de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello, «
Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre » --a todo
hombre y a todos los hombres-- « ... su luz y su fuerza para que pueda
responder a su máxima vocación ». [96]Siendo pues este hombre
el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misión
y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera siempre nueva,
consciente de la « situación » de él. Es decir, debe
ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación
y de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente
de las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también
de todo lo que parece ser contrario al esfuerzo para que « la vida humana
sea cada vez más humana »,[97] para que todo lo que compone esta
vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser consciente
de todo lo que es contrario a aquel proceso.
15. DE QUÉ
TIENE MIEDO EL HOMBRE CONTEMPORÁNEO
Conservando pues viva en la memoria la imagen que de modo perspicaz y autorizado
ha trazado el Concilio Vaticano II, trataremos una vez más de adaptar
este cuadro a los « signos de los tiempos », así como a las
exigencias de la situación que cambia continuamente y se desenvuelve
en determinadas direcciones.
El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir,
por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo
de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple
actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible
en objeto de « alienación », es decir, son pura y simplemente
arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la línea
indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos
están dirigidos o pueden ser dirigidos contra él. En esto parece
consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea
en su dimensión más amplia y universal. El hombre por tanto vive
cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos
y no la mayor parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte
especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera
radical contra él mismo; teme que puedan convertirse en medios e instrumentos
de una autodestrucción inimaginable, frente a la cual todos los cataclismos
y las catástrofes de la historia que conocemos parecen palidecer. Debe
nacer pues un interrogante: ¿por qué razón este poder,
dado al hombre desde el principio --poder por medio del cual debía él
dominar la tierra [98]-- se dirige contra sí mismo, provocando un comprensible
estado de inquietud, de miedo consciente o inconsciente, de amenaza que de varios
modos se comunica a toda la familia humana contemporánea y se manifiesta
bajo diversos aspectos?
Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias
direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más
conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta
sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al
mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino
también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni
encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico,
llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan
en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece,
a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente
aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio era
voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza
como « dueño » y « custodio » inteligente y noble,
y no como « explotador » y « destructor » sin ningún
reparo.
El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de
nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica,
exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. Mientras
tanto, éste último parece, por desgracia, haberse quedado atrás.
Por esto, este progreso, por lo demás tan maravilloso en el que es difícil
no descubrir también auténticos signos de la grandeza del hombre
que nos han sido revelados en sus gérmenes creativos en las páginas
del Libro del Génesis, en la descripción de la creación,[99]
no puede menos de engendrar múltiples inquietudes. La primera inquietud
se refiere a la cuestión esencial y fundamental: ¿este progreso,
cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en
todos sus aspectos, « más humana »?; ¿la hace más
« digna del hombre »? No puede dudarse de que, bajo muchos aspectos,
la haga así. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente
por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto
hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más
maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad,
más responsable, más abierto a los demás, particularmente
a los más necesitados y a los más débiles, más disponible
a dar y prestar ayuda a todos.
Esta es la pregunta que deben hacerse los cristianos, precisamente porque Jesucristo
les ha sensibilizado así universalmente en torno al problema del hombre.
La misma pregunta deben formularse además todos los hombres, especialmente
los que pertenecen a los ambientes sociales que se dedican activamente al desarrollo
y al progreso en nuestros tiempos. Observando estos procesos y tomando parte
en ellos, no podemos dejarnos llevar solamente por la euforia ni por un entusiasmo
unilateral por nuestras conquistas, sino que todos debemos plantearnos, con
absoluta lealtad, objetividad y sentido de responsabilidad moral, los interrogantes
esenciales que afectan a la situación del hombre hoy y en el mañana.
Todas las conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por la técnica
para el futuro ¿van de acuerdo con el progreso moral y espiritual del
hombre? En este contexto, el hombre en cuanto hombre, ¿se desarrolla
y progresa, o por el contrario retrocede y se degrada en su humanidad? ¿Prevalece
entre los hombres, « en el mundo del hombre » que es en sí
mismo un mundo de bien y de mal moral, el bien sobre el mal? ¿Crecen
de veras en los hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los
derechos de los demás--para todo hombre, nación o pueblo--, o
por el contrario crecen los egoísmos de varias dimensiones, los nacionalismos
exagerados, al puesto del auténtico amor de patria, y también
la tendencia a dominar a los otros más allá de los propios derechos
y méritos legítimos, y la tendencia a explotar todo el progreso
material y técnico-productivo exclusivamente con finalidad de dominar
sobre los demás o en favor de tal o cual imperialismo?
He ahí los interrogantes esenciales que la Iglesia no puede menos de
plantearse, porque de manera más o menos explícita se los plantean
millones y millones de hombres que viven hoy en el mundo. El tema del desarrollo
y del progreso está en boca de todos y aparece en las columnas de periódicos
y publicaciones, en casi todas las lenguas del mundo contemporáneo. No
olvidemos sin embargo que este tema no contiene solamente afirmaciones o certezas,
sino también preguntas e inquietudes angustiosas. Estas últimas
no son menos importantes que las primeras. Responden a la naturaleza del conocimiento
humano y más aún responden a la necesidad fundamental de la solicitud
del hombre por el hombre, por la misma humanidad, por el futuro de los hombres
sobre la tierra. La Iglesia, que está animada por la fe escatológica,
considera esta solicitud por el hombre, por su humanidad, por el futuro de los
hombres sobre la tierra y, consiguientemente, también por la orientación
de todo el desarrollo y del progreso, como un elemento esencial de su misión,
indisolublemente unido con ella. Y encuentra el principio de esta solicitud
en Jesucristo mismo, como atestiguan los Evangelios. Y por esta razón
desea acrecentarla continuamente en él, « redescubriendo »
la situación del hombre en el mundo contemporáneo, según
los más importantes signos de nuestro tiempo.
16. ¿PROGRESO
O AMENAZA?
Consiguientemente, si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra generación,
el tiempo que se está acercando al final del segundo Milenio de nuestra
era cristiana, se nos revela como tiempo de gran progreso, aparece también
como tiempo de múltiples amenazas para el hombre, de las que la Iglesia
debe hablar a todos los hombres de buena voluntad y en torno a las cuales debe
mantener siempre un diálogo con ellos. En efecto, la situación
del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias
objetivas del orden moral, como de las exigencias de la justicia o aún
más del amor social. No se trata aquí mas que de aquello que ha
encontrado su expresión en el primer mensaje del Creador, dirigido al
hombre en el momento en que le daba la tierra para que la « sometiese
».[100] Este primer mensaje quedó confirmado, en el misterio de
la Redención, por Cristo Señor. Esto está expresado por
el Concilio Vaticano II en los bellísimos capítulos de sus enseñanzas
sobre la « realeza » del hombre, es decir, sobre su vocación
a participar en el ministerio regio --munus regale-- de Cristo mismo.[101] El
sentido esencial de esta « realeza » y de este « dominio »
del hombre sobre el mundo visible, asignado a él como cometido por el
mismo Creador, consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica,
en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu
sobre la materia.
Por esto es necesario seguir atentamente todas las fases del progreso actual:
es necesario hacer, por decirlo así, la radiografía de cada una
de las etapas, precisamente desde este punto de vista. Se trata del desarrollo
de las personas y no solamente de la multiplicación de las cosas, de
las que los hombres pueden servirse. Se trata --como ha dicho un filósofo
contemporáneo y como ha afirmado el Concilio-- no tanto de « tener
más » cuanto de « ser más ».[102] En efecto,
existe ya un peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente
el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas; de este dominio
suyo pierda los hilos esenciales, y de diversos modos su humanidad esté
sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple manipulación,
aunque a veces no directamente perceptible, a través de toda la organización
de la vida comunitaria, a través del sistema de producción, a
través de la presión de los medios de comunicación social.
El hombre no puede renunciar a sí mismo, ni al puesto que le es propio
en el mundo visible, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas
económicos, de la producción y de sus propios productos. Una civilización
con perfil puramente materialista condena al hombre a tal esclavitud, por más
que tal vez, indudablemente, esto suceda contra las intenciones y las premisas
de sus pioneros. En la raíz de la actual solicitud por el hombre está
sin duda este problema. No se trata aquí solamente de dar una respuesta
abstracta a la pregunta: quién es el hombre; sino que se trata de todo
el dinamismo de la vida y de la civilización. Se trata del sentido de
las diversas iniciativas de la vida cotidiana y al mismo tiempo de las premisas
para numerosos programas de civilización, programas políticos,
económicos, sociales, estatales y otros muchos.
Si nos atrevemos a definir la situación del hombre en el mundo contemporáneo
como distante de las exigencias objetivas del orden moral, distante de las exigencias
de justicia y, más aún, del amor social, es porque esto está
confirmado por hechos bien conocidos y confrontaciones que más de una
vez han hallado eco en las páginas de las formulaciones pontificias,
conciliares y sinodales.[103] La situación del hombre en nuestra época
no es ciertamente uniforme, sino diferenciada de múltiples modos. Estas
diferencias tienen sus causas históricas, pero tienen también
una gran resonancia ética propia. En efecto, es bien conocido el cuadro
de la civilización consumística, que consiste en un cierto exceso
de bienes necesarios al hombre, a las sociedades enteras --y aquí se
trata precisamente de las sociedades ricas y muy desarrolladas-- mientras las
demás, al menos amplios estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas
personas mueren a diario por inedia y desnutrición. Asimismo se da entre
algunos un cierto abuso de la libertad, que va unido precisamente a un comportamiento
consumístico no controlado por la moral, lo cual limita contemporáneamente
la libertad de los demás, es decir, de aquellos que sufren deficiencias
relevantes y son empujados hacia condiciones de ulterior miseria e indigencia.
Esta confrontación, universalmente conocida, y el contraste al que se
han remitido en los documentos de su magisterio los Pontífices de nuestro
siglo, más recientemente Juan XXIII como también Pablo VI,[104]
representan como el gigantesco desarrollo de la parábola bíblica
del rico epulón y del pobre Lázaro.[105]La amplitud del fenómeno
pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios,
productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones políticas,
rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber
las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los
urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo al hombre
a las tensiones creadas por el mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos
materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente geofísico,
estas estructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y con
ella la angustia, frustración y amargura.[106]Nos encontramos ante un
grave drama que no puede dejarnos indiferentes: el sujeto que, por un lado,
trata de sacar el máximo provecho y el que, por otro lado, sufre los
daños y las injurias es siempre el hombre. Drama exacerbado aún
más por la proximidad de grupos sociales privilegiados y de los de países
ricos que acumulan de manera excesiva los bienes cuya riqueza se convierte de
modo abusivo, en causa de diversos males. Añádanse la fiebre de
la inflación y la plaga del paro; son otros tantos síntomas de
este desorden moral, que se hace notar en la situación mundial y que
reclama por ello innovaciones audaces y creadoras, de acuerdo con la auténtica
dignidad del hombre.[107]La tarea no es imposible. El principio de solidaridad,
en sentido amplio, debe inspirar la búsqueda eficaz de instituciones
y de mecanismos adecuados, tanto en el orden de los intercambios, donde hay
que dejarse guiar por las leyes de una sana competición, como en el orden
de una más amplia y más inmediata repartición de las riquezas
y de los controles sobre las mismas, para que los pueblos en vías de
desarrollo económico puedan no sólo colmar sus exigencias esenciales,
sino también avanzar gradual y eficazmente.
No se avanzará en este camino difícil de las indispensables transformaciones
de las estructuras de la vida económica, si no se realiza una verdadera
conversión de las mentalidades y de los corazones. La tarea requiere
el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios. Demasiado
frecuentemente se confunde la libertad con el instinto del interés --individual
o colectivo--, o incluso con el instinto de lucha y de dominio, cualesquiera
sean los colores ideológicos que revisten. Es obvio que tales instintos
existen y operan, pero no habrá economía humana si no son asumidos,
orientados y dominados por las fuerzas más profundas que se encuentran
en el hombre y que deciden la verdadera cultura de los pueblos. Precisamente
de estas fuentes debe nacer el esfuerzo con el que se expresará la verdadera
libertad humana, y que será capaz de asegurarla también en el
campo de la economía. El desarrollo económico, con todo lo que
forma parte de su adecuado funcionamiento, debe ser constantemente programado
y realizado en una perspectiva de desarrollo universal y solidario de los hombres
y de los pueblos, como lo recordaba de manera convincente mi predecesor Pablo
VI en la Encíclica Populorum progressio. Sin ello la mera categoría
del « progreso » económico se convierte en una categoría
superior que subordina el conjunto de la existencia humana a sus exigencias
parciales, sofoca al hombre, disgrega la sociedad y acaba por ahogarse en sus
propias tensiones y en sus mismos excesos.
Es posible asumir este deber; lo atestiguan hechos ciertos y resultados, que
es difícil enumerar aquí analíticamente. Una cosa es cierta:
en la base de este gigantesco campo hay que establecer, aceptar y profundizar
el sentido de la responsabilidad moral, que debe asumir el hombre. Una vez más
y siempre, el hombre.
Para nosotros los cristianos esta responsabilidad se hace particularmente evidente,
cuando recordamos --y debemos recordarlo siempre-- la escena del juicio final,
según las palabras de Cristo transmitidas en el evangelio de San Mateo.[108]Esta
escena escatológica debe ser aplicada siempre a la historia del hombre,
debe ser siempre « medida » de los actos humanos como un esquema
esencial de un examen de conciencia para cada uno y para todos: « tuve
hambre, y no me disteis de comer; ... estuve desnudo, y no me vestisteis; ...
en la cárcel, y no me visitasteis ».[109] Estas palabras adquieren
una mayor carga amonestadora, si pensamos que, en vez del pan y de la ayuda
cultural a los nuevos estados y naciones que se están despertando a la
vida independiente, se les ofrece a veces en abundancia armas modernas y medios
de destrucción, puestos al servicio de conflictos armados y de guerras
que no son tanto una exigencia de la defensa de sus justos derechos y de su
soberanía sino más bien una forma de « patriotería
», de imperialismo, de neocolonialismo de distinto tipo. Todos sabemos
bien que las zonas de miseria o de hambre que existen en nuestro globo, hubieran
podido ser « fertilizadas » en breve tiempo, si las gigantescas
inversiones de armamentos que sirven a la guerra y a la destrucción,
hubieran sido cambiadas en inversiones para el alimento que sirvan a la vida.
Es posible que esta consideración quede parcialmente « abstracta
», es posible que ofrezca la ocasión a una y otra parte para acusarse
recíprocamente, olvidando cada una las propias culpas. Es posible que
provoque también nuevas acusaciones contra la Iglesia. Esta, en cambio,
no disponiendo de otras armas, sino las del espíritu, de la palabra y
del amor, no puede renunciar a anunciar « la palabra... a tiempo y a destiempo
».[110] Por esto no cesa de pedir a cada una de las dos partes, y de pedir
a todos en nombre de Dios y en nombre del hombre: ¡no matéis! ¡No
preparéis a los hombres destrucciones y exterminio! ¡Pensad en
vuestros hermanos que sufren hambre y miseria! ¡Respetad la dignidad y
la libertad de cada uno!
17. DERECHOS
DEL HOMBRE: « LETRA » O « ESPíRITU »
Nuestro siglo ha sido hasta ahora un siglo de grandes calamidades para el hombre,
de grandes devastaciones no sólo materiales, sino también morales,
más aún, quizá sobre todo morales. Ciertamente, no es fácil
comparar bajo este aspecto, épocas y siglos, porque esto depende de los
criterios históricos que cambian. No obstante, sin aplicar estas comparaciones,
es necesario constatar que hasta ahora este siglo ha sido un siglo en el que
los hombres se han preparado a sí mismos muchas injusticias y sufrimientos.
¿Ha sido frenado decididamente este proceso? En todo caso no se puede
menos de recordar aquí, con estima y profunda esperanza para el futuro,
el magnífico esfuerzo llevado a cabo para dar vida a la Organización
de las Naciones Unidas, un esfuerzo que tiende a definir y establecer los derechos
objetivos e inviolables del hombre, obligándose recíprocamente
los Estados miembros a una observancia rigurosa de los mismos. Este empeño
ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro tiempo y
esto debería constituir una garantía para que los derechos del
hombre lleguen a ser en todo el mundo, principio fundamental del esfuerzo por
el bien del hombre.
La Iglesia no tiene necesidad de confirmar cuán estrechamente vinculado
está este problema con su misión en el mundo contemporáneo.
En efecto, él está en las bases mismas de la paz social e internacional,
como han declarado al respecto Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y posteriormente
Pablo VI en documentos específicos. En definitiva, la paz se reduce al
respeto de los derechos inviolables del hombre, --« opus iustitiae pax
»--, mientras la guerra nace de la violación de estos derechos
y lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos. Si los
derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es particularmente doloroso
y, desde el punto de vista del progreso, representa un fenómeno incomprensible
de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse de ningún modo
con cualquier programa que se defina « humanístico ». Y ¿qué
tipo de programa social, económico, político, cultural podría
renunciar a esta definición? Nutrimos la profunda convicción de
que no hay en el mundo ningún programa en el que, incluso sobre la plataforma
de ideologías opuestas acerca de la concepción del mundo, no se
ponga siempre en primer plano al hombre.
Ahora bien, si a pesar de tales premisas, los derechos del hombre son violados
de distintos modos, si en práctica somos testigos de los campos de concentración,
de la violencia, de la tortura, del terrorismo o de múltiples discriminaciones,
esto debe ser una consecuencia de otras premisas que minan, o a veces anulan
casi toda la eficacia de las premisas humanísticas de aquellos programas
y sistemas modernos. Se impone entonces necesariamente el deber de someter los
mismos programas a una continua revisión desde el punto de vista de los
derechos objetivos e inviolables del hombre.
La Declaración de estos derechos, junto con la institución de
la Organización de las Naciones Unidas, no tenía ciertamente sólo
el fin de separarse de las horribles experiencias de la última guerra
mundial, sino el de crear una base para una continua revisión de los
programas, de los sistemas, de los regímenes, y precisamente desde este
único punto de vista fundamental que es el bien del hombre --digamos
de la persona en la comunidad-- y que como factor fundamental del bien común
debe constituir el criterio esencial de todos los programas, sistemas, regímenes.
En caso contrario, la vida humana, incluso en tiempo de paz, está condenada
a distintos sufrimientos y al mismo tiempo, junto con ellos se desarrollan varias
formas de dominio totalitario, neocolonialismo, imperialismo, que amenazan también
la convivencia entre las naciones. En verdad, es un hecho significativo y confirmado
repetidas veces por las experiencias de la historia, cómo la violación
de los derechos del hombre va acompañada de la violación de los
derechos de la nación, con la que el hombre está unido por vínculos
orgánicos como a una familia más grande.
Ya desde la primera mitad de este siglo, en el período en que se estaban
desarrollando varios totalitarismos de estado, los cuales --como es sabido--
llevaron a la horrible catástrofe bélica, la Iglesia había
delineado claramente su postura frente a estos regímenes que en apariencia
actuaban por un bien superior, como es el bien del estado, mientras la historia
demostraría en cambio que se trataba solamente del bien de un partido,
identificado con el estado.[111] En realidad aquellos regímenes habían
coartado los derechos de los ciudadanos, negándoles el reconocimiento
debido de los inviolables derechos del hombre que, hacia la mitad de nuestro
siglo, han obtenido su formulación en sede internacional. Al compartir
la alegría de esta conquista con todos los hombres de buena voluntad,
con todos los hombres que aman de veras la justicia y la paz, la Iglesia, consciente
de que la sola « letra » puede matar, mientras solamente «
el espíritu da vida »,112 debe preguntarse continuamente junto
con estos hombres de buena voluntad si la Declaración de los derechos
del hombre y la aceptación de su « letra » significan también
por todas partes la realización de su « espíritu ».
Surgen en efecto temores fundados de que muchas veces estamos aún lejos
de esta realización y que tal vez el espíritu de la vida social
y pública se halla en una dolorosa oposición con la declarada
« letra » de los derechos del hombre. Este estado de cosas, gravoso
para las respectivas sociedades, haría particularmente responsable, frente
a estas sociedades y a la historia del hombre, a aquellos que contribuyen a
determinarlo.
El sentido esencial del Estado como comunidad política, consiste en el
hecho de que la sociedad y quien la compone, el pueblo, es soberano de la propia
suerte. Este sentido no llega a realizarse, si en vez del ejercicio del poder
mediante la participación moral de la sociedad o del pueblo, asistimos
a la imposición del poder por parte de un determinado grupo a todos los
demás miembros de esta sociedad. Estas cosas son esenciales en nuestra
época en que ha crecido enormemente la conciencia social de los hombres
y con ella la necesidad de una correcta participación de los ciudadanos
en la vida política de la comunidad, teniendo en cuenta las condiciones
de cada pueblo y del vigor necesario de la autoridad pública.[113] Estos
son pues problemas de primordial importancia desde el punto de vista del progreso
del hombre mismo y del desarrollo global de su humanidad.
La Iglesia ha enseñado siempre el deber de actuar por el bien común
y, al hacer esto, ha educado también buenos ciudadanos para cada Estado.
Ella, además, ha enseñado siempre que el deber fundamental del
poder es la solicitud por el bien común de la sociedad; de aquí
derivan sus derechos fundamentales. Precisamente en nombre de estas premisas
concernientes al orden ético objetivo, los derechos del poder no pueden
ser entendidos de otro modo más que en base al respeto de los derechos
objetivos e inviolables del hombre. El bien común al que la autoridad
sirve en el Estado se realiza plenamente sólo cuando todos los ciudadanos
están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucción
de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos a la autoridad, o también
a una situación de opresión, de intimidación, de violencia,
de terrorismo, de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos
de nuestro siglo. Es así como el principio de los derechos del hombre
toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida
para su verificación fundamental en la vida de los Organismos políticos.
Entre estos derechos se incluye, y justamente, el derecho a la libertad religiosa
junto al derecho de la libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II ha considerado
particularmente necesaria la elaboración de una Declaración más
amplia sobre este tema. Es el documento que se titula Dignitatis humanae,[114]
en el cual se expresa no sólo la concepción teológica del
problema, sino también la concepción desde el punto de vista del
derecho natural, es decir, de la postura « puramente humana », sobre
la base de las premisas dictadas por la misma experiencia del hombre, por su
razón y por el sentido de su dignidad. Ciertamente, la limitación
de la libertad religiosa de las personas o de las comunidades no es sólo
una experiencia dolorosa, sino que ofende sobre todo a la dignidad misma del
hombre, independientemente de la religión profesada o de la concepción
que ellas tengan del mundo. La limitación de la libertad religiosa y
su violación contrastan con la dignidad del hombre y con sus derechos
objetivos. El mencionado Documento conciliar dice bastante claramente lo que
es tal limitación y violación de la libertad religiosa. Indudablemente,
nos encontramos en este caso frente a una injusticia radical respecto a lo que
es particularmente profundo en el hombre, respecto a lo que es auténticamente
humano. De hecho, hasta el mismo fenómeno de la incredulidad, arreligiosidad
y ateísmo, como fenómeno humano, se comprende solamente en relación
con el fenómeno de la religión y de la fe. Es por tanto difícil,
incluso desde un punto de vista « puramente humano », aceptar una
postura según la cual sólo el ateísmo tiene derecho de
ciudadanía en la vida pública y social, mientras los hombres creyentes,
casi por principio, son apenas tolerados, o también tratados como ciudadanos
de « categoría inferior », e incluso --cosa que ya ha ocurrido--
son privados totalmente de los derechos de ciudadanía.
Hay que tratar también, aunque sea brevemente, este tema porque entra
dentro del complejo de situaciones del hombre en el mundo actual, porque da
testimonio de cuánto se ha agravado esta situación debido a prejuicios
e injusticias de distinto orden. Prescindiendo de entrar en detalles precisamente
en este campo, en el que tendríamos un especial derecho y deber de hacerlo,
es sobre todo porque juntamente con todos los que sufren los tormentos de la
discriminación y de la persecución por el nombre de Dios, estamos
guiados por la fe en la fuerza redentora de la cruz de Cristo. Sin embargo,
en el ejercicio de mi ministerio específico, deseo, en nombre de todos
los hombres creyentes del mundo entero, dirigirme a aquellos de quienes, de
algún modo, depende la organización de la vida social y pública,
pidiéndoles ardientemente que respeten los derechos de la religión
y de la actividad de la Iglesia. No se trata de pedir ningún privilegio,
sino al respeto de un derecho fundamental. La actuación de este derecho
es una de las verificaciones fundamentales del auténtico progreso del
hombre en todo régimen, en toda sociedad, sistema o ambiente.
[86] Cfr. Pablo
VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 609-659.
[87] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 22: AAS 58 (1966) 1042.
[88] Cfr. Jn 14, 1 ss.
[89] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 91: AAS 58 (1966) 1113.
[90] Ibid., 38: l.c., p.1056.
[91] Ibid., 76: l.c., p. 1099.
[92] Cfr. Gén 1, 27.
[93] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes 24: AAS 58 (1966) 1045.
[94] Gén 1, 28.
[95] Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 10: AAS 58 (1966) 1032.
[96] Ibid., 10: l.c., p. 1033.
[97] Ibid., 38: l.c., p. 1056; Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 21: AAS
59 (1967) 267 s.
[98] Cfr. Gén 1, 28.
[99] Cfr. Gén 1-2.
[100] Gén 1, 28; Conc. Vat. II, Decr. Inter mirifica, 6: AAS 56 (1964)
147; Const. past. Gaudium et Spes, 74, 78: AAS 58 (1966) 1095 s.; 1101 s.
[101] Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 10; 36: AAS 57 (1965) 14-15;
41-42.
[102] Cfr. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 35: AAS 58 (1966) 1053;
Pablo VI, Discurso al Cuerpo diplomático, 7 enero 1965: AAS 57 (1965)
232; Enc. Populorum progressio, 14: AAS 59 (1967) 264.
[103] Cfr. Pío XII, Radiomensaje para el 50deg. aniversario de la Encicl.
« Rerum Novarum » de León XIII (1deg. junio 1941): AAS 33
(1941) 195-205; Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1941): AAS 34 (1942) 10-21;
Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1942): AAS 35 (1943) 9-24; Radiomensaje
de Navidad (24 diciembre 1943): AAS 36 (1944) 11-24; Radiomensaje de Navidad
(24 diciembre 1944): AAS 37 (1945) 10-23; Discurso a los Cardenales (24 diciembre
1946): AAS 39 (1947) 7-17; Radiomensaje de Navidad (24 diciembre 1947): AAS
40 (1948) 8-16; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra: AAS 53 (1961) 401-464; Enc.
Pacem in terris: AAS 55 (1963) 257-304; Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56
(1964) 609-659; Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (4 octubre
1965): AAS 57 (1965) 877-885; Populorum progressio: AAS 59 (1967) 257-299; Discurso
a los Campesinos colombianos (23 agosto 1968): AAS 60 (1968) 619-623; Discurso
a la Asamblea General del Episcopado Latino-Americano (24 agosto 1968): AAS
60 (1968) 639-649; Discurso a la Conferencia de la FAO (16 noviembre 1970):
AAS 62 (1970) 830-838; Carta apost. Octogesima adveniens: AAS 63 (1971) 401-441;
Discurso a los Cardenales (23 junio 1972): AAS 64 (1972) 496-505; Juan Pablo
II, Discurso a la Tercera Conferencia General del Episcopado Latino-Americano
(28 enero 1979): AAS 71 (1979) 187 ss.; Discurso a los Indios de Cuilapán
(29 enero 1979): l.c., pp. 207 ss.; Discurso a los Obreros de Guadalajara (30
enero 1979): l.c., pp. 221 ss.; Discurso a los Obreros de Monterrey (31 enero
1979): l.c., pp. 240 ss.; Conc. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae: AAS 58 (1966)
929-941; Const. past. Gaudium et Spes: AAS 58 (1966) 1025-1115; Documenta Synodi
Episcoporum, De iustitia in mundo: AAS 63 (1971) 923-941.
[104] Cfr. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra: AAS 53 (1961) 418 ss.; Enc. Pacem
in terris: AAS 55 (1963) 289ss.; Pablo VI, Enc. Populorum progressio: AAS 59
(1967) 257-299.
[105] Cfr. Lc 16, 19-31.
[106] Cfr. Juan Pablo II, Homilía en Santo Domingo, 3: AAS 71 (1979)
157 ss.; Discurso a los Indios y a los Campesinos de Oaxaca, 2: l.c., pp. 207
ss.; Discurso a los Obreros de Monterrey, 4: l.c., p. 242.
[107] Cfr. Pablo VI, Carta apost. Octogesima adveniens, 42: AAS 63 (1971) 431.
[108] Cfr. Mt 25, 31-46.
[109] Mt 25, 42.43.
[110] 2 Tim 4, 2.
[111] Pío XI, Enc. Quadragesimo anno: AAS 23 (1931) 213; Enc. Non abbiamo
bisogno: AAS 23 (1931) 285-312; Enc. Divini Redemptoris: AAS 29 (1937) 65-106;
Enc. Mit brennender Sorge: AAS 29 (1937) 145-167; Pío XII, Enc. Summi
pontificatus: AAS 31 (1934) 413-453.
112 Cfr. 2 Cor 3, 6.
[113] Cfr. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 31: AAS 58 (1966) 1050.
[114] Cfr. AAS 58 (1966) 929-946.
IV. LA MISIÓN
DE LA IGLESIA Y LA SUERTE DEL HOMBRE
18. LA IGLESIA SOLÍCITA POR LA VOCACIÓN DEL HOMBRE EN CRISTO
19. LA IGLESIA, RESPONSABLE DE LA VERDAD
20. EUCARISÍA Y PENITENCIA
21. VOCACIÓN CRISTIANA: SERVIR Y REINAR
22. LA MADRE DE NUESTRA CONFIANZA
18. LA IGLESIA
SOLÍCITA POR LA VOCACIÓN DEL HOMBRE EN CRISTO
Esta mirada, necesariamente sumaria, a la situación del hombre en el
mundo contemporáneo nos hace dirigir aún más nuestros pensamientos
y nuestros corazones a Jesucristo, hacia el misterio de la Redención,
donde el problema del hombre está inscrito con una fuerza especial de
verdad y de amor. Si Cristo « se ha unido en cierto modo a todo hombre
»,[115] la Iglesia, penetrando en lo íntimo de este misterio, en
su lenguaje rico y universal, vive también más profundamente la
propia naturaleza y misión. No en vano el Apóstol habla del Cuerpo
de Cristo, que es la Iglesia.[116] Si este Cuerpo Místico es Pueblo de
Dios --como dirá enseguida el Concilio Vaticano II, basándose
en toda la tradición bíblica y patrística-- esto significa
que todo hombre está penetrado por aquel soplo de vida que proviene de
Cristo. De este modo, también el fijarse en el hombre, en sus problemas
reales, en sus esperanzas y sufrimientos, conquistas y caídas, hace que
la Iglesia misma como cuerpo, como organismo, como unidad social perciba los
mismos impulsos divinos, las luces y las fuerzas del Espíritu que provienen
de Cristo crucificado y resucitado, y es así como ella vive su vida.
La Iglesia no tiene otra vida fuera de aquella que le da su Esposo y Señor.
En efecto, precisamente porque Cristo en su misterio de Redención se
ha unido a ella, la Iglesia debe estar fuertemente unida con todo hombre.
Esta unión de Cristo con el hombre es en sí misma un misterio,
del que nace el « hombre nuevo »,[117] llamado a participar en la
vida de Dios, creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad.[118]
La unión de Cristo con el hombre es la fuerza y la fuente de la fuerza,
según la incisiva expresión de San Juan en el prólogo de
su Evangelio: « Dios dio les poder de venir a ser hijos ».[119]
Esta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de
una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna.[120]
Esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo, Hijo eterno
y unigénito, encarnado y nacido « al llegar la plenitud de los
tiempos » 121 de la Virgen María, es el final cumplimiento de la
vocación del hombre. Es de algún modo cumplimiento de la «
suerte » que desde la eternidad Dios le ha preparado. Esta « suerte
divina » se hace camino, por encima de todos los enigmas, incógnitas,
tortuosidades, curvas de la « suerte humana » en el mundo temporal.
En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de la vida temporal,
por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y a la meta de la destrucción
del cuerpo humano, Cristo se nos aparece más allá de esta meta:
« Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí ...
no morirá para siempre ».[122] En Jesucristo crucificado, depositado
en el sepulcro y después resucitado, « brilla para nosotros la
esperanza de la feliz resurrección..., la promesa de la futura inmortalidad
»,[123] hacia la cual el hombre, a través de la muerte del cuerpo,
va compartiendo con todo lo creado visible esta necesidad a la que está
sujeta la materia. Entendemos y tratamos de profundizar cada vez más
el lenguaje de esta verdad que el Redentor del hombre ha encerrado en la frase:
« El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada
».[124] Estas palabras, no obstante las apariencias, expresan la más
alta afirmación del hombre: la afirmación del cuerpo, al que vivifica
el espíritu.
La Iglesia vive esta realidad, vive de esta verdad sobre el hombre, que le permite
atravesar las fronteras de la temporalidad y, al mismo tiempo, pensar con particular
amor y solicitud en todo aquello que, en las dimensiones de esta temporalidad,
incide sobre la vida del hombre, sobre la vida del espíritu humano, en
el que se manifiesta aquella perenne inquietud de que hablaba San Agustín:
« Nos has hecho, Señor, para ti e inquieto está nuestro
corazón hasta que descanse en ti ».[125] En esta inquietud creadora
bate y pulsa lo que es más profundamente humano: la búsqueda de
la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la libertad, la nostalgia
de lo bello, la voz de la conciencia. La Iglesia, tratando de mirar al hombre
como con « los ojos de Cristo mismo », se hace cada vez más
consciente de ser la custodia de un gran tesoro, que no le es lícito
estropear, sino que debe crecer continuamente. En efecto, el Señor Jesús
dijo: « El que no está conmigo, está contra mí ».[126]
El tesoro de la humanidad, enriquecido por el inefable misterio de la filiación
divina,[127] de la gracia de « adopción » [128] en el Unigénito
Hijo de Dios, mediante el cual decimos a Dios « ¡Abbá!, ¡Padre!
»,[129] es también una fuerza poderosa que unifica a la Iglesia,
sobre todo desde dentro, y da sentido a toda su actividad. Por esta fuerza,
la Iglesia se une con el Espíritu de Cristo, con el Espíritu Santo
que el Redentor había prometido, que comunica constantemente y cuya venida,
revelada el día de Pentecostés, perdura siempre. De este modo
en los hombres se revelan las fuerzas del Espíritu,[130] los dones del
Espíritu,[131] los frutos del Espíritu Santo.[132] La Iglesia
de nuestro tiempo parece repetir con fervor cada vez mayor y con santa insistencia:
¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven! ¡Riega la tierra
en sequía! ¡Sana el corazón enfermo! ¡Lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo! ¡Doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero! »,[133] Esta súplica al Espíritu,
dirigida precisamente a obtener el Espíritu, es la respuesta a todos
« los materialismos » de nuestra época. Son ellos los que
hacen nacer tantas formas de insaciabilidad del corazón humano. Esta
súplica se hace sentir en diversas partes y parece que fructifica también
de modos diversos. ¿Se puede decir que en esta súplica la Iglesia
no está sola? Sí, se puede decir porque « la necesidad »
de lo que es espiritual es manifestada también por personas que se encuentran
fuera de los confines visibles de la Iglesia.[134] ¿No lo confirma quizá
esto aquella verdad sobre la Iglesia, puesta en evidencia con tanta agudeza
por el reciente Concilio en la Constitución dogmática Lumen Gentium,
allí donde enseña que la Iglesia es « sacramento »
o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano? ».135 Esta invocación al Espíritu
y por el Espíritu no es más que un constante introducirse en la
plena dimensión del misterio de la Redención, en que Cristo unido
al Padre y con todo hombre nos comunica continuamente el Espíritu que
infunde en nosotros los sentimientos del Hijo y nos orienta al Padre.[136] Por
esta razón la Iglesia de nuestro tiempo --época particularmente
hambrienta de Espíritu, porque está hambrienta de justicia, de
paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana--
debe concentrarse y reunirse en torno a ese misterio, encontrando en él
la luz y la fuerza indispensables para la propia misión. Si, en efecto,
--como se dijo anteriormente-- el hombre es el camino de vida cotidiana de la
Iglesia, es necesario que la misma Iglesia sea siempre consciente de la dignidad
de la adopción divina que obtiene el hombre en Cristo, por la gracia
del Espíritu Santo 137 y de la destinación a la gracia y a la
gloria.[138] Reflexionando siempre de nuevo sobre todo esto, aceptándolo
con una fe cada vez más consciente y con un amor cada vez más
firme, la Iglesia se hace al mismo tiempo más idónea al servicio
del hombre, al que Cristo Señor la llama cuando dice: « El Hijo
del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir ».[139] La Iglesia
cumple este ministerio suyo, participando en el « triple oficio »
que es propio de su mismo Maestro y Redentor. Esta doctrina, con su fundamento
bíblico, ha sido expuesta con plena claridad, ha sido sacada a la luz
de nuevo por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la Iglesia.
Cuando, efectivamente, nos hacemos conscientes de la participación en
la triple misión de Cristo, en su triple oficio --sacerdotal, profético
y real--,[140] nos hacemos también más conscientes de aquello
a lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad del Pueblo de
Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cuál debe ser la participación
de cada uno de nosotros en esta misión y servicio.
19. LA IGLESIA,
RESPONSABLE DE LA VERDAD
Así, a la luz de la sagrada doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia
se presenta ante nosotros como sujeto social de la responsabilidad de la verdad
divina. Con profunda emoción escuchamos a Cristo mismo cuando dice: «
La palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado
».[141] En esta afirmación de nuestro Maestro, ¿no se advierte
quizás la responsabilidad por la verdad revelada, que es « propiedad
» de Dios mismo, si incluso Él, « Hijo unigénito »
que vive « en el seno del Padre »,[142] cuando la transmite como
profeta y maestro, siente la necesidad de subrayar que actúa en fidelidad
plena a su divina fuente? La misma fidelidad debe ser una cualidad constitutiva
de la fe de la Iglesia, ya sea cuando enseña, ya sea cuando la profesa.
La fe, como virtud sobrenatural específica infundida en el espíritu
humano, nos hace partícipes del conocimiento de Dios, como respuesta
a su Palabra revelada. Por esto se exige de la Iglesia, cuando profesa y enseña
la fe, esté íntimamente unida a la verdad divina [143] y la traduzca
en conductas vividas de « rationabile obsequium »,[144] obsequio
conforme con la razón. Cristo mismo, para garantizar la fidelidad a la
verdad divina, prometió a la Iglesia la asistencia especial del Espíritu
de verdad, dio el don de la infalibilidad 145 a aquellos a quienes ha confiado
el mandato de transmitir esta verdad y de enseñarla [146] --como había
definido ya claramente el Concilio Vaticano I 147 y, después, repitió
el Concilio Vaticano II [148]-- y dotó, además, a todo el Pueblo
de Dios de un especial sentido de la fe.[149]Por consiguiente, hemos sido hechos
partícipes de esta misión de Cristo, profeta, y en virtud de la
misma misión, junto con Él servimos la verdad divina en la Iglesia.
La responsabilidad de esta verdad significa también amarla y buscar su
comprensión más exacta, para hacerla más cercana a nosotros
mismos y a los demás en toda su fuerza salvífica, en su esplendor,
en su profundidad y sencillez juntamente. Este amor y esta aspiración
a comprender la verdad deben ir juntas, como demuestran las vidas de los Santos
de la Iglesia. Ellos estaban iluminados por la auténtica luz que aclara
la verdad divina, porque se aproximaban a esta verdad con veneración
y amor: amor sobre todo a Cristo, Verbo viviente de la verdad divina y, luego,
amor a su expresión humana en el Evangelio, en la Tradición y
en la teología. También hoy son necesarias, ante todo, esta comprensión
y esta interpretación de la Palabra divina; es necesaria esta teología.
La teología tuvo siempre y continúa teniendo una gran importancia,
para que la Iglesia, Pueblo de Dios, pueda de manera creativa y fecunda participar
en la misión profética de Cristo. Por esto, los teólogos,
como servidores de la verdad divina, dedican sus estudios y trabajos a una comprensión
siempre más penetrante de la misma, no pueden nunca perder de vista el
significado de su servicio en la Iglesia, incluido en el concepto del «
intellectus fidei ». Este concepto funciona, por así decirlo, con
ritmo bilateral, según la expresión de S. Agustín: «
intellege, ut credas; crede, ut intellegas »,[150] y funciona de manera
correcta cuando ellos buscan servir al Magisterio, confiado en la Iglesia a
los Obispos, unidos con el vínculo de la comunión jerárquica
con el Sucesor de Pedro, y cuando ponen al servicio su solicitud en la enseñanza
y en la pastoral, como también cuando se ponen al servicio de los compromisos
apostólicos de todo el Pueblo de Dios.
Como en las épocas anteriores, así también hoy --y quizás
todavía más-- los teólogos y todos los hombres de ciencia
en la Iglesia están llamados a unir la fe con la ciencia y la sabiduría,
para contribuir a su recíproca compenetración, como leemos en
la oración litúrgica en la fiesta de San Alberto, doctor de la
Iglesia. Este compromiso hoy se ha ampliado enormemente por el progreso de la
ciencia humana, de sus métodos y de sus conquistas en el conocimiento
del mundo y del hombre. Esto se refiere tanto a las ciencias exactas, como a
las ciencias humanas, así como también a la filosofía,
cuya estrecha trabazón con la teología ha sido recordada por el
Concilio Vaticano II.[151]En este campo del conocimiento humano, que continuamente
se amplía y al mismo tiempo se diferencia, también la fe debe
profundizarse constantemente, manifestando la dimensión del misterio
revelado y tendiendo a la comprensión de la verdad, que tiene en Dios
la única fuente suprema. Si es lícito --y es necesario incluso
desearlo-- que el enorme trabajo por desarrollar en este sentido tome en consideración
un cierto pluralismo de métodos, sin embargo dicho trabajo no puede alejarse
de la unidad fundamental en la enseñanza de la Fe y de la Moral, como
fin que le es propio. Es, por tanto, indispensable una estrecha colaboración
de la teología con el Magisterio. Cada teólogo debe ser particularmente
consciente de lo que Cristo mismo expresó, cuando dijo: « La palabra
que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado ».[152]
Nadie, pues, puede hacer de la teología una especie de colección
de los propios conceptos personales; sino que cada uno debe ser consciente de
permanecer en estrecha unión con esta misión de enseñar
la verdad, de la que es responsable la Iglesia.
La participación en la misión profética de Cristo mismo
forja la vida de toda la Iglesia, en su dimensión fundamental. Una participación
particular en esta misión compete a los Pastores de la Iglesia, los cuales
enseñan y, sin interrupción y de diversos modos, anuncian y transmiten
la doctrina de la fe y de la moral cristiana. Esta enseñanza, tanto bajo
el aspecto misionero como bajo el ordinario, contribuye a reunir al Pueblo de
Dios en torno a Cristo, prepara a la participación en la Eucaristía,
indica los caminos de la vida sacramental. El Sínodo de los Obispos,
en 1977, dedicó una atención especial a la catequesis en el mundo
contemporáneo, y el fruto maduro de sus deliberaciones, experiencias
y sugerencias encontrará, dentro de poco, su concreción --según
la propuesta de los participantes en el Sínodo-- en un expreso Documento
pontificio. La catequesis constituye, ciertamente, una forma perenne y al mismo
tiempo fundamental de la actividad de la Iglesia, en la que se manifiesta su
carisma profético: testimonio y enseñanza van unidos. Y aunque
aquí se habla en primer lugar de los Sacerdotes, no es posible no recordar
también el gran número de Religiosos y Religiosas, que se dedican
a la actividad catequística por amor al divino Maestro. Sería,
en fin, difícil no mencionar a tantos laicos, que en esta actividad encuentran
la expresión de su fe y de la responsabilidad apostólica.
Además, es cada vez más necesario procurar que las distintas formas
de catequesis y sus diversos campos --empezando por la forma fundamental, que
es la catequesis « familiar », es decir, la catequesis de los padres
a sus propios hijos-- atestigüen la participación universal de todo
el Pueblo de Dios en el oficio profético de Cristo mismo. Conviene que,
unida a este hecho, la responsabilidad de la Iglesia por la verdad divina sea
cada vez más, y de distintos modos, compartida por todos. ¿Y qué
decir aquí de los especialistas en las distintas materias, de los representantes
de las ciencias naturales, de las letras, de los médicos, de los juristas,
de los hombres del arte y de la técnica, de los profesores de los distintos
grados y especializaciones? Todos ellos --como miembros del Pueblo de Dios--
tienen su propia parte en la misión profética de Cristo, en su
servicio a la verdad divina, incluso mediante la actitud honesta respecto a
la verdad, en cualquier campo que ésta pertenezca, mientras educan a
los otros en la verdad y los enseñan a madurar en el amor y la justicia.
Así, pues, el sentido de responsabilidad por la verdad es