REDEMPTORIS MATER
INTRODUCCIÓN
I Parte: MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
2. Feliz la que ha creído
3. Ahí tienes a tu madre
II Parte: LA MADRE DE DIOS EN EL CENTRO DE LA IGLESIA PEREGRINA
1. La Iglesia, Pueblo de Dios radicado en todas las naciones de la tierra
2. El camino de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos
3. El Magníficat de la Iglesia en camino
III PARTE: MEDIACIÓN MATERNA
1. María, Esclava del Señor
2. María en la vida de la Iglesia y de cada cristiano
3. El sentido del Año Mariano
CONCLUSIÓN
Venerables
hermanos,
Amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y bendición apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. LA MADRE DEL REDENTOR tiene un lugar preciso en el plan de la salvación,
porque « al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su
Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban
bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de
que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! » (Gál 4, 4-6).Con
estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al
comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María,[1]
deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María
tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la
vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del
Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la
que nació el Redentor, nuestra filiación divina, en el misterio
de la « plenitud de los tiempos ».[2]Esta plenitud delimita el momento,
fijado desde toda la eternidad, en el cual el Padre envió a su Hijo «
para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna
» (Jn 3, 16). Esta plenitud señala el momento feliz en el que «
la Palabra que estaba con Dios ... se hizo carne, y puso su morada entre nosotros
» (Jn 1, 1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud
señala el momento en que el Espíritu Santo, que ya había
infundido la plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó en
su seno virginal la naturaleza humana de Cristo. Esta plenitud define el instante
en el que, por la entrada del eterno en el tiempo, el tiempo mismo es redimido
y, llenándose del misterio de Cristo, se convierte definitivamente en
« tiempo de salvación ». Designa, finalmente, el comienzo
arcano del camino de la Iglesia. En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda
a María de Nazaret como a su exordio,[3] ya que en la Concepción
inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble,
de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la
Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a María:
al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat
de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre.
2. La Iglesia, confortada por la presencia de Cristo (cf. Mt 28, 20), camina
en el tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro del
Señor que llega. Pero en este camino --deseo destacarlo enseguida-- procede
recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María, que
« avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la Cruz ».[4] Tomo estas palabras tan
densas y evocadoras de la Constitución Lumen gentium, que en su parte
final traza una síntesis eficaz de la doctrina de la Iglesia sobre el
tema de la Madre de Cristo, venerada por ella como madre suya amantísima
y como su figura en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Poco después del Concilio, mi gran predecesor Pablo VI quiso volver a
hablar de la Virgen Santísima, exponiendo en la Carta Encíclica
Christi Matri y más tarde en las Exhortaciones Apostólicas Signum
magnum y Marialis cultus [5] los fundamentos y criterios de aquella singular
veneración que la Madre de Cristo recibe en la Iglesia, así como
las diferentes formas de devoción mariana --litúrgicas, populares
y privadas-- correspondientes al espíritu de la fe.
3. La circunstancia que ahora me empuja a volver sobre este tema es la perspectiva
del año dos mil, ya cercano, en el que el Jubileo bimilenario del nacimiento
de Jesucristo orienta, al mismo tiempo, nuestra mirada hacia su Madre. En los
últimos años se han alzado varias voces para exponer la oportunidad
de hacer preceder tal conmemoración por un análogo Jubileo, dedicado
a la celebración del nacimiento de María.
En realidad, aunque no sea posible establecer un preciso punto cronológico
para fijar la fecha del nacimiento de María, es constante por parte de
la Iglesia la conciencia de que María apareció antes de Cristo
en el horizonte de la historia de la salvación.[6] Es un hecho que, mientras
se acercaba definitivamente « la plenitud de los tiempos », o sea
el acontecimiento salvífico del Emmanuel, la que había sido destinada
desde la eternidad para ser su Madre ya existía en la tierra. Este «
preceder » suyo a la venida de Cristo se refleja cada año en la
liturgia de Adviento. Por consiguiente, si los años que se acercan a
la conclusión del segundo Milenio después de Cristo y al comienzo
del tercero se refieren a aquella antigua espera histórica del Salvador,
es plenamente comprensible que en este período deseemos dirigirnos de
modo particular a la que, en la « noche » de la espera de Adviento,
comenzó a resplandecer como una verdadera « estrella de la mañana
» (Stella matutina). En efecto, igual que esta estrella junto con la «
aurora » precede la salida del sol, así María desde su concepción
inmaculada ha precedido la venida del Salvador, la salida del « sol de
justicia » en la historia del género humano.[7]Su presencia en
medio de Israel --tan discreta que pasó casi inobservada a los ojos de
sus contemporáneos-- resplandecía claramente ante el Eterno, el
cual había asociado a esta escondida « hija de Sión »
(cf. So 3, 14; Za 2, 14) al plan salvífico que abarcaba toda la historia
de la humanidad. Con razón pues, al término del segundo Milenio,
nosotros los cristianos, que sabemos como el plan providencial de la Santísima
Trinidad sea la realidad central de la revelación y de la fe, sentimos
la necesidad de poner de relieve la presencia singular de la Madre de Cristo
en la historia, especialmente durante estos últimos años anteriores
al dos mil.
4. Nos prepara a esto el Concilio Vaticano II, presentando en su magisterio
a la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, si es
verdad que « el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio
del Verbo encarnado » --como proclama el mismo Concilio [8]--, es necesario
aplicar este principio de modo muy particular a aquella excepcional «
hija de las generaciones humanas », a aquella « mujer » extraordinaria
que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el misterio de Cristo
se esclarece plenamente su misterio. Así, por lo demás, ha intentado
leerlo la Iglesia desde el comienzo. El misterio de la Encarnación le
ha permitido penetrar y esclarecer cada vez mejor el misterio de la Madre del
Verbo encarnado. En este profundizar tuvo particular importancia el Concilio
de Éfeso (a. 431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la
verdad sobre la maternidad divina de María fue confirmada solemnemente
como verdad de fe de la Iglesia. María es la Madre de Dios (Theotókos),
ya que por obra del Espíritu Santo concibió en su seno virginal
y dio al mundo a Jesucristo, el Hijo de Dios consubstancial al Padre.[9] «
El Hijo de Dios... nacido de la Virgen María... se hizo verdaderamente
uno de los nuestros... »,[10] se hizo hombre. Así pues, mediante
el misterio de Cristo, en el horizonte de la fe de la Iglesia resplandece plenamente
el misterio de su Madre. A su vez, el dogma de la maternidad divina de María
fue para el Concilio de Éfeso y es para la Iglesia como un sello del
dogma de la Encarnación, en la que el Verbo asume realmente en la unidad
de su persona la naturaleza humana sin anularla.
5. El Concilio Vaticano II, presentando a María en el misterio de Cristo,
encuentra también, de este modo, el camino para profundizar en el conocimiento
del misterio de la Iglesia. En efecto, María, como Madre de Cristo, está
unida de modo particular a la Iglesia, « que el Señor constituyó
como su Cuerpo ».[11] El texto conciliar acerca significativamente esta
verdad sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza
de las Cartas paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra
del Espíritu Santo nació de María Virgen ». La realidad
de la Encarnación encuentra casi su prolongación en el misterio
de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad misma de
la Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del Verbo encarnado.
En las presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre todo
a aquella « peregrinación de la fe », en la que « la
Santísima Virgen avanzó », manteniendo fielmente su unión
con Cristo.[12] De esta manera aquel doble vínculo, que une la Madre
de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico. No
se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal
camino de fe y de la « parte mejor » que ella tiene en el misterio
de la salvación, sino además de la historia de todo el Pueblo
de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la
fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María «
precedió », convirtiéndose en « tipo de la Iglesia
... en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo
».[13] Este « preceder » suyo como tipo, o modelo, se refiere
al mismo misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión
salvífica uniendo en sí --como María-- las cualidades de
madre y virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo » y que « se hace también madre ... pues
... engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del
Espíritu Santo y nacidos de Dios ».[14]
6. Todo esto se realiza en un gran proceso histórico y, por así
decir, « en un camino ». La peregrinación de la fe indica
la historia interior, es decir la historia de las almas. Pero ésta es
también la historia de los hombres, sometidos en esta tierra a la transitoriedad
y comprendidos en la dimensión de la historia. En las siguientes reflexiones
deseamos concentrarnos ante todo en la fase actual, que de por sí no
es aún historia, y sin embargo la plasma sin cesar, incluso en el sentido
de historia de la salvación. Aquí se abre un amplio espacio, dentro
del cual la bienaventurada Virgen María sigue « precediendo »
al Pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe representa un
punto de referencia constante para la Iglesia, para los individuos y comunidades,
para los pueblos y naciones, y, en cierto modo, para toda la humanidad. De veras
es difícil abarcar y medir su radio de acción.
El Concilio subraya que la Madre de Dios es ya el cumplimiento escatológico
de la Iglesia: « La Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen
la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef
5, 27) » y al mismo tiempo que « los fieles luchan todavía
por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan
sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la
comunidad de los elegidos ».[15] La peregrinación de la fe ya no
pertenece a la Madre del Hijo de Dios; glorificada junto al Hijo en los cielos,
María ha superado ya el umbral entre la fe y la visión «
cara a cara » (1 Cor 13, 12). Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento
escatológico no deja de ser la « Estrella del mar » (Maris
Stella) [16] para todos los que aún siguen el camino de la fe. Si alzan
los ojos hacia ella en los diversos lugares de la existencia terrena lo hacen
porque ella « dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito
entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29) »,[17] y también porque a
la « generación y educación » de estos hermanos y
hermanas « coopera con amor materno ».[18]
[1] Cf. Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52 y todo el cap. VIII,
titulado « La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el
misterio de
Cristo y de la Iglesia ».
[2] La expresión « plenitud de los tiempos » (pléroma
tou jrónou) es paralela a
locuciones afines del judaísmo tanto bíblico (cf. Gn 29, 2l, 1
S 7, 12; Tb l4,
5) como extrabíblico, y sobre todo del N.T. (cf. Mc 1, l5; Lc 21, 24;
Jn 7, 8;
Ef l, 10). Desde el punto de vista formal, esta expresión indica no sólo
la
conclusión de un proceso cronológico, sino sobre todo la madurez
o el
cumplimiento de un período particularmente importante, porque está
orientado
hacia la actuación de una espera, que adquiere, por tanto, una dimensión
escatológica. Según Ga 4, 4 y su contexto, es el acontecimiento
del Hijo de Dios
quien revela que el tiempo ha colmado, por asi decir, la medida; o sea, el
período indicado por la promesa hecha a Abraham, así como por
la ley interpuesta
por Moisés, ha alcanzado su culmen, en el sentido de que Cristo cumple
la
promesa divina y supera la antigua ley.
[3] Cf. Misal Romano, Prefacio del 8 de diciembre, en la Inmaculada Concepión
de
Santa María Virgen; S. Ambrosio, De Institutione Virginis, V, 93-94;
PL 16, 342;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 68.
[4] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
[5] Pablo VI, Carta Enc. Christi Matri (15 de septiembre de 1966): AAS 58 (1966)
745-749; Exhort. Apost. Signum magnum (13 de mayo de 1967): AAS 59 (1967)
465-475; Exhort. Apost. Marialis cultus (2 de febrero de 1974): AAS 66 (1974)
113-168.
[6] El Antiguo Testamento ha anunciado de muchas maneras el misterio de María:
cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem I, 8-9: S. Ch. 80, 103-107.
[7] Cf. Enseñanzas, VI/2 (1983), 225 s., Pío IX, Carta Apost.
Ineffabilis Deus
(8 de diciembre de 1854): Pii IX P. M. Acta , pars I, 597-599.
[8] Cf. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.
[9] Conc. Ecum. Ephes.: Conciliorum Oecumenicorum Decreto, Bologna 1973(3),
41-44; 59-61 (DS 250-264), cf. Conc. Ecum. Calcedon.: o.c., 84-87 (DS 300-303).
[10] Conc. Ecum. Vat II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 22.
[11] Const dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52.
[12] Cf. ibid., 58.
[13] Ibid., 63; cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., II, 7:CSEL, 32/4,
45;
De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341.
[14] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
[15] Ibid., 65.
[16] « Elimina este astro del sol que ilumina el mundo y ¿dónde
va el día?
Elimina a María, esta estrella del mar, sí, del mar grande e inmenso
¿qué
permanece sino una vasta niebla y la sombra de muerte y densas nieblas?: S.
Bernardo, In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 6: S. Bernardi Opera,
V,
1968, 279; cf. In laudibus Virginis Matris Homilia II, 17: Ed. cit., IV, 1966,
34 s.
[17] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
[18] Ibid., 63.
I Parte: MARÍA
EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
2. Feliz la que ha creído
3. Ahí tienes a tu madre
1. Llena de
gracia
7. « Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que
nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos,
en Cristo » (Ef 1, 3). Estas palabras de la Carta a los Efesios revelan
el eterno designio de Dios Padre, su plan de salvación del hombre en
Cristo. Es un plan universal, que comprende a todos los hombres creados a imagen
y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26). Todos, así como están
incluidos « al comienzo » en la obra creadora de Dios, también
están incluidos eternamente en el plan divino de la salvación,
que se debe revelar completamente, en la « plenitud de los tiempos »,
con la venida de Cristo. En efecto, Dios, que es « Padre de nuestro Señor
Jesucristo, --son las palabras sucesivas de la misma Carta-- « nos ha
elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos
e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para
ser sus « hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito
de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agració
en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención,
el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia »
(Ef 1, 4-7). El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado
plenamente con la venida de Cristo, es eterno. Está también --según
la enseñanza contenida en aquella Carta y en otras Cartas paulinas--
eternamente unido a Cristo. Abarca a todos los hombres, pero reserva un lugar
particular a la « mujer » que es la Madre de aquel, al cual el Padre
ha confiado la obra de la salvación.[19] Como escribe el Concilio Vaticano
II, « ella misma es insinuada proféticamente en la promesa dada
a nuestros primeros padres caídos en pecado », según el
libro del Génesis (cf. 3, 15). « Así también, ella
es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será
Emmanuel », según las palabras de Isaías (cf. 7, 14).[20]
De este modo el Antiguo Testamento prepara aquella « plenitud de los tiempos
», en que Dios « envió a su Hijo, nacido de mujer, ... para
que recibiéramos la filiación adoptiva ». La venida del
Hijo de Dios al mundo es el acontecimiento narrado en los primeros capítulos
de los Evangelios según Lucas y Mateo.
8. María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través
de este acontecimiento: la anunciación del ángel. Acontece en
Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo
destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen:
« Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo
» (Lc 1, 28). María « se conturbó por estas palabras,
y discurría qué significaría aquel saludo » (Lc 1,
29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en
concreto, la expresión « llena de gracia » (Kejaritoméne).[21]Si
queremos meditar junto a María sobre estas palabras y, especialmente
sobre la expresión « llena de gracia », podemos encontrar
una verificación significativa precisamente en el pasaje anteriormente
citado de la Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del mensajero
celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también « bendita entre
las mujeres » (cf. Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición
de la que « Dios Padre » nos ha colmado « en los cielos, en
Cristo ». Es una bendición espiritual, que se refiere a todos los
hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad (« toda bendición
»), que brota del amor que, en el Espíritu Santo, une al Padre
el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo, es una bendición derramada por
obra de Jesucristo en la historia del hombre desde el comienzo hasta el final:
a todos los hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a María
de modo especial y excepcional; en efecto, fue saludada por Isabel como «
bendita entre las mujeres ».La razón de este doble saludo es, pues,
que en el alma de esta « hija de Sión » se ha manifestado,
en cierto sentido, toda la « gloria de su gracia », aquella con
la que el Padre « nos agració en el Amado ». El mensajero
saluda, en efecto, a María como « llena de gracia »; la llama
así, como si éste fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora
con el nombre que le es propio en el registro civil: « Miryam »
(María), sino con este nombre nuevo: « llena de gracia ».
¿Qué significa este nombre? ¿Porqué el arcángel
llama así a la Virgen de Nazaret?En el lenguaje de la Biblia «
gracia » significa un don especial que, según el Nuevo Testamento,
tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor
(cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la
Carta a los Efesios. Por parte de Dios esta elección es la eterna voluntad
de salvar al hombre a través de la participación de su misma vida
en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la participación
de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia de la
elección del hombre, es como un germen de santidad, o como una fuente
que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica
y santifica a los elegidos. De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad
aquella bendición del hombre « con toda clase de bendiciones espirituales
», aquel « ser sus hijos adoptivos ... en Cristo » o sea en
aquel que es eternamente el « Amado » del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María « llena de gracia »,
el contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y promesas antiguas,
nos da a entender que se trata de una bendición singular entre todas
las « bendiciones espirituales en Cristo ». En el misterio de Cristo
María está presente ya « antes de la creación del
mundo » como aquella que el Padre « ha elegido » como Madre
de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo,
confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María
está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente
es amada en este « Amado » eternamente, en este Hijo consubstancial
al Padre, en el que se concentra toda « la gloria de la gracia ».
A la vez, ella está y sigue abierta perfectamente a este « don
de lo alto » (cf. St 1, 17). Como enseña el Concilio, María
« sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El esperan
con confianza la salvación ».[22]
9. Si el saludo y el nombre « llena de gracia » significan todo
esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la
elección de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo
tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que
se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de
Cristo. Si esta elección es fundamental para el cumplimiento de los designios
salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la elección eterna
en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se refieren
a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional
y única. De aquí, la singularidad y unicidad de su lugar en el
misterio de Cristo.El mensajero divino le dice: « No temas, María,
porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a
dar a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será
grande y será llamado Hijo del Altísimo » (Lc 1, 30-32).
Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: «
¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? »,
recibe del ángel la confirmación y la explicación de las
palabras precedentes. Gabriel le dice: « El Espíritu Santo vendrá
sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios
» (Lc 1, 35). Por consiguiente, la Anunciación es la revelación
del misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en
la tierra. El donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de
su vida en cierto modo a toda la creación, y directamente al hombre,
alcanza en el misterio de la Encarnación uno de sus vértices.
En efecto, este es un vértice entre todas las donaciones de gracia en
la historia del hombre y del cosmos. María es « llena de gracia
», porque la Encarnación del Verbo, la unión hipostática
del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente
en ella. Como afirma el Concilio, María es « Madre de Dios Hijo
y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu
Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas
celestiales y terrenas ».[23]
10. La Carta a los Efesios, al hablar de la « historia de la gracia »
que « Dios Padre ... nos agració en el Amado », añade:
« En él tenemos por medio de su sangre la redención »
(Ef 1, 7). Según la doctrina, formulada en documentos solemnes de la
Iglesia, esta « gloria de la gracia » se ha manifestado en la Madre
de Dios por el hecho de que ha sido redimida « de un modo eminente ».[24]
En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón de los méritos
redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de
la herencia del pecado original.[25] De esta manera, desde el primer instante
de su concepción, es decir de su existencia, es de Cristo, participa
de la gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio
en el « Amado », el Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación
se ha convertido en su propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo,
en el orden de la gracia, o sea de la participación en la naturaleza
divina, María recibe la vida de aquel al que ella misma dio la vida como
madre, en el orden de la generación terrena. La liturgia no duda en llamarla
« madre de su Progenitor » [26] y en saludarla con las palabras
que Dante Alighieri pone en boca de San Bernardo: « hija de tu Hijo ».[27]
Y dado que esta « nueva vida » María la recibe con una plenitud
que corresponde al amor del Hijo a la Madre y, por consiguiente, a la dignidad
de la maternidad divina, en la anunciación el ángel la llama «
llena de gracia ».
11. En el designio salvífico de la Santísima Trinidad el misterio
de la Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de la promesa
hecha por Dios a los hombres, después del pecado original, después
de aquel primer pecado cuyos efectos pesan sobre toda la historia del hombre
en la tierra (cf. Gén 3, 15). Viene al mundo un Hijo, el « linaje
de la mujer » que derrotará el mal del pecado en su misma raíz:
« aplastará la cabeza de la serpiente ». Como resulta de
las palabras del protoevangelio, la victoria del Hijo de la mujer no sucederá
sin una dura lucha, que penetrará toda la historia humana. « La
enemistad », anunciada al comienzo, es confirmada en el Apocalipsis, libro
de las realidades últimas de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de
nuevo la señal de la « mujer », esta vez « vestida
del sol » (Ap 12, 1).María, Madre del Verbo encarnado, está
situada en el centro mismo de aquella « enemistad », de aquella
lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia
misma de la salvación. En este lugar ella, que pertenece a los «
humildes y pobres del Señor », lleva en sí, como ningún
otro entre los seres humanos, aquella « gloria de la gracia » que
el Padre « nos agració en el Amado », y esta gracia determina
la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece
así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo
inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla
la Carta paulina: « Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación
del mundo, ... eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos
» (Ef 1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia
del mal y del pecado, de toda aquella « enemistad » con la que ha
sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo
una señal de esperanza segura.
2. Feliz la
que ha creído
12. Poco después de la narración de la anunciación, el
evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de Nazaret hacia
« una ciudad de Judá » (Lc 1, 39). Según los estudiosos
esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas,
no distante de Jerusalén. María llegó allí «
con prontitud » para visitar a Isabel su pariente. El motivo de la visita
se halla también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel
había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había
concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: «
Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez,
y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna
cosa es imposible a Dios » (Lc 1, 36-37). El mensajero divino se había
referido a cuanto había acontecido en Isabel, para responder a la pregunta
de María: « ¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón? » (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente
por el « poder del Altísimo », como y más aún
que en el caso de Isabel.
Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa de
su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar
de gozo al niño en su seno, « llena de Espíritu Santo »,
a su vez saluda a María en alta voz: « Bendita tú entre
las mujeres y bendito el fruto de tu seno » (cf. Lc 1, 40-42). Esta exclamación
o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave María,
como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose
así en una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero
más significativas son todavía las palabras de Isabel en la pregunta
que sigue: « ¿de donde a mí que la madre de mi Señor
venga a mí? » (Lc 1, 43). Isabel da testimonio de María:
reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor, la
Madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo
que Isabel lleva en su seno: « saltó de gozo el niño en
su seno » (Lc 1, 44). EL niño es el futuro Juan el Bautista, que
en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.En
el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo,
parece ser de importancia fundamental lo que dice al final: « ¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas
de parte del Señor! » (Lc 1, 45).[28] Estas palabras se pueden
poner junto al apelativo « llena de gracia » del saludo del ángel.
En ambos textos se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la
verdad sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio
de Cristo precisamente porque « ha creído ». La plenitud
de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la
fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como
la Virgen de Nazaret ha respondido a este don.
13. « Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe »
(Rom 16, 26; cf. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la que el hombre se confía
libre y totalmente a Dios, como enseña el Concilio.[29] Esta descripción
de la fe encontró una realización perfecta en María. El
momento « decisivo » fue la anunciación, y las mismas palabras
de Isabel « Feliz la que ha creído » se refieren en primer
lugar a este instante.[30]En efecto, en la Anunciación María se
ha abandonado en Dios completamente, manifestando « la obediencia de la
fe » a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando
« el homenaje del entendimiento y de la voluntad ».[31] Ha respondido,
por tanto, con todo su « yo » humano, femenino, y en esta respuesta
de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con « la gracia
de Dios que previene y socorre » y una disponibilidad perfecta a la acción
del Espíritu Santo, que, « perfecciona constantemente la fe por
medio de sus dones ».[32]La palabra del Dios viviente, anunciada a María
por el ángel, se refería a ella misma « vas a concebir en
el seno y vas a dar a luz un hijo » (Lc 1, 31). Acogiendo este anuncio,
María se convertiría en la « Madre del Señor »
y en ella se realizaría el misterio divino de la Encarnación:
« El Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación
la aceptación de parte de la Madre predestinada ».[33] Y María
da este consentimiento, después de haber escuchado todas las palabras
del mensajero. Dice: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra » (Lc 1, 38). Este fiat de María
--« hágase en mí »-- ha decidido, desde el punto de
vista humano, la realización del misterio divino. Se da una plena consonancia
con las palabras del Hijo que, según la Carta a los Hebreos, al venir
al mundo dice al Padre: « Sacrificio y oblación no quisiste; pero
me has formado un cuerpo ... He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios,
tu voluntad » (Hb 10, 5-7). El misterio de la Encarnación se ha
realizado en el momento en el cual María ha pronunciado su fiat: «
hágase en mí según tu palabra », haciendo posible,
en cuanto concernía a ella según el designio divino, el cumplimiento
del deseo de su Hijo. María ha pronunciado este fiat por medio de la
fe. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y « se consagró
totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y
a la obra de su Hijo ».[34] Y este Hijo --como enseñan los Padres--
lo ha concebido en la mente antes que en el seno: precisamente por medio de
la fe.[35] Justamente, por ello, Isabel alaba a María: « ¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas
por parte del Señor! ». Estas palabras ya se han realizado. María
de Nazaret se presenta en el umbral de la casa de Isabel y Zacarías como
Madre del Hijo de Dios. Es el descubrimiento gozoso de Isabel: « ¿de
donde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? ».
14. Por lo tanto, la fe de María puede parangonarse también a
la de Abraham, llamado por el Apóstol « nuestro padre en la fe
» (cf. Rom 4, 12). En la economía salvífica de la revelación
divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe
de María en la anunciación da comienzo a la Nueva Alianza. Como
Abraham « esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre
de muchas naciones » (cf. Rom 4, 18), así María, en el instante
de la anunciación, después de haber manifestado su condición
de virgen (« ¿cómo será esto, puesto que no conozco
varón? »), creyó que por el poder del Altísimo, por
obra del Espíritu Santo, se convertiría en la Madre del Hijo de
Dios según la revelación del ángel: « el que ha de
nacer será santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).Sin
embargo las palabras de Isabel « Feliz la que ha creído »
no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la anunciación.
Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la fe
de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida,
de donde inicia todo su « camino hacia Dios », todo su camino de
fe. Y sobre esta vía, de modo eminente y realmente heroico --es mas,
con un heroísmo de fe cada vez mayor-- se efectuará la «
obediencia » profesada por ella a la palabra de la divina revelación.
Y esta « obediencia de la fe » por parte de María a lo largo
de todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de
Abraham. Como el patriarca del Pueblo de Dios, así también María,
a través del camino de su fiat filial y maternal, « esperando contra
esperanza, creyó ». De modo especial a lo largo de algunas etapas
de este camino la bendición concedida a « la que ha creído
» se revelará con particular evidencia. Creer quiere decir «
abandonarse » en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo
y reconociendo humildemente « ¡cuan insondables son sus designios
e inescrutables sus caminos! » (Rom 11, 33). María, que por la
eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro
mismo de aquellos « inescrutables caminos » y de los « insondables
designios » de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando
plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en
el designio divino.
15. María, cuando en la anunciación siente hablar del Hijo del
que será madre y al que « pondrá por nombre Jesús
» (Salvador), llega a conocer también que a el mismo « el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre » y que «
reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá
fin » (Lc 1, 32-33) En esta dirección se encaminaba la esperanza
de todo el pueblo de Israel. EL Mesías prometido debe ser « grande
», e incluso el mensajero celestial anuncia que « será grande
», grande tanto por el nombre de Hijo del Altísimo como por asumir
la herencia de David. Por lo tanto, debe ser rey, debe reinar « en la
casa de Jacob ». María ha crecido en medio de esta expectativa
de su pueblo, podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué
significado preciso tenían las palabras del ángel? ¿Cómo
conviene entender aquel « reino » que no « tendrá fin
»? Aunque por medio de la fe se haya sentido en aquel instante Madre del
« Mesías-rey », sin embargo responde: « He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra
» (Lc 1, 38 ). Desde el primer momento, María profesa sobre todo
« la obediencia de la fe », abandonándose al significado
que, a las palabras de la anunciación, daba aquel del cual provenían:
Dios mismo.
16. Siempre a través de este camino de la « obediencia de la fe
» María oye algo más tarde otras palabras; las pronunciadas
por Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta días después
del nacimiento de Jesús, según lo prescrito por la Ley de Moisés,
María y José « llevaron al niño a Jerusalén
para presentarle al Señor » (Lc 2, 22) El nacimiento se había
dado en una situación de extrema pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que,
con ocasión del censo de la población ordenado por las autoridades
romanas, María se dirigió con José a Belén; no habiendo
encontrado « sitio en el alojamiento », dio a luz a su hijo en un
establo y « le acostó en un pesebre » (cf. Lc 2, 7).Un hombre
justo y piadoso, llamado Simeón, aparece al comienzo del « itinerario
» de la fe de María. Sus palabras, sugeridas por el Espíritu
Santo (cf. Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la anunciación. Leemos,
en efecto, que « tomó en brazos » al niño, al que
--según la orden del ángel-- « se le dio el nombre de Jesús
» (cf. Lc 2, 21). El discurso de Simeón es conforme al significado
de este nombre, que quiere decir Salvador: « Dios es la salvación
». Vuelto al Señor, dice lo siguiente: « Porque han visto
mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2,
30-32). Al mismo tiempo, sin embargo, Simeón se dirige a María
con estas palabras: « Este está puesto para caída y elevación
de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ... a fin
de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones »; y
añade con referencia directa a María: « y a ti misma una
espada te atravesará el alma (Lc 2, 34-35). Las palabras de Simeón
dan nueva luz al anuncio que María ha oído del ángel: Jesús
es el Salvador, es « luz para iluminar » a los hombres. ¿No
es aquel que se manifestó, en cierto modo, en la Nochebuena, cuando los
pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía manifestarse
todavía más con la llegada de los Magos del Oriente? (cf. Mt 2,
1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya al comienzo de su vida, el Hijo de María
--y con él su Madre-- experimentarán en sí mismos la verdad
de las restantes palabras de Simeón: « Señal de contradicción
» (Lc 2, 34). El anuncio de Simeón parece como un segundo anuncio
a María, dado que le indica la concreta dimensión histórica
en la cual el Hijo cumplirá su misión, es decir en la incomprensión
y en el dolor. Si por un lado, este anuncio confirma su fe en el cumplimiento
de las promesas divinas de la salvación, por otro, le revela también
que deberá vivir en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador
que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa. En efecto, después
de la visita de los Magos, después de su homenaje (« postrándose
le adoraron »), después de ofrecer unos dones (cf. Mt 2, 11), María
con el niño debe huir a Egipto bajo la protección diligente de
José, porque « Herodes buscaba al niño para matarlo »
(cf. Mt 2, 13). Y hasta la muerte de Herodes tendrán que permanecer en
Egipto (cf. Mt 2, 15).
17. Después de la muerte de Herodes, cuando la sagrada familia regresa
a Nazaret, comienza el largo período de la vida oculta. La que «
ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte
del Señor » (Lc 1, 45) vive cada día el contenido de estas
palabras. Diariamente junto a ella está el Hijo a quien ha puesto por
nombre Jesús; por consiguiente, en la relación con él usa
ciertamente este nombre, que por lo demás no podía maravillar
a nadie, usándose desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin embargo,
María sabe que el que lleva por nombre Jesús ha sido llamado por
el ángel « Hijo del Altísimo » (cf. Lc 1, 32). María
sabe que lo ha concebido y dado a luz « sin conocer varón »,
por obra del Espíritu Santo, con el poder del Altísimo que ha
extendido su sombra sobre ella (cf. Lc 1, 35), así como la nube velaba
la presencia de Dios en tiempos de Moisés y de los padres (cf. Ex 24,
16; 40, 34-35; 1 Rom 8, 10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo
dado a luz virginalmente, es precisamente aquel « Santo », el «
Hijo de Dios », del que le ha hablado el ángel. A lo largo de la
vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret, también la vida de
María está « oculta con Cristo en Dios » (cf. Col
3, 3), por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con el misterio de Dios.
María constantemente y diariamente está en contacto con el misterio
inefable de Dios que se ha hecho hombre, misterio que supera todo lo que ha
sido revelado en la Antigua Alianza. Desde el momento de la anunciación,
la mente de la Virgen-Madre ha sido introducida en la radical « novedad
» de la autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del misterio.
Es la primera de aquellos « pequeños », de los que Jesús
dirá: « Padre ... has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes,
y se las has revelado a pequeños » (Mt 11, 25). Pues « nadie
conoce bien al Hijo sino el Padre » (Mt 11, 27). ¿Cómo puede,
pues, María « conocer al Hijo »? Ciertamente no lo conoce
como el Padre; sin embargo, es la primera entre aquellos a quienes el Padre
« lo ha querido revelar » (cf. Mt 11, 26-27; 1 Cor 2, 11). Pero
si desde el momento de la anunciación le ha sido revelado el Hijo, que
sólo el Padre conoce plenamente, como aquel que lo engendra en el eterno
« hoy » (cf. Sal 2, 7), María, la Madre, está en contacto
con la verdad de su Hijo únicamente en la fe y por la fe. Es, por tanto,
bienaventurada, porque « ha creído » y cree cada día
en medio de todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia
de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret,
donde « vivía sujeto a ellos » (Lc 2, 51): sujeto a María
y también a José, porque éste hacía las veces de
padre ante los hombres; de ahí que el Hijo de María era considerado
también por las gentes como « el hijo del carpintero » (Mt
13, 55). La Madre de aquel Hijo, por consiguiente, recordando cuanto le ha sido
dicho en la anunciación y en los acontecimientos sucesivos, lleva consigo
la radical « novedad » de la fe: el inicio de la Nueva Alianza.
Esto es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y agradable nueva. No es
difícil, pues, notar en este inicio una particular fatiga del corazón,
unida a una especie de a noche de la fe » --usando una expresión
de San Juan de la Cruz--, como un « velo » a través del cual
hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio.[36] Pues
de este modo María, durante muchos años, permaneció en
intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida
que Jesús « progresaba en sabiduría ... en gracia ante Dios
y ante los hombres » (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más ante
los ojos de los hombres la predilección que Dios sentía por él.
La primera entre estas criaturas humanas admitidas al descubrimiento de Cristo
era María , que con José vivía en la casa de Nazaret.
Pero, cuando, después del encuentro en el templo, a la pregunta de la
Madre: « ¿por qué has hecho esto? », Jesús,
que tenía doce años, responde « ¿No sabíais
que yo debía estar en la casa de mi Padre? », y el evangelista
añade: « Pero ellos (José y María) no comprendieron
la respuesta que les dio » (Lc 2, 48-50) Por lo tanto, Jesús tenía
conciencia de que « nadie conoce bien al Hijo sino el Padre » (cf.
Mt 11, 27), tanto que aun aquella, a la cual había sido revelado más
profundamente el misterio de su filiación divina, su Madre, vivía
en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe. Hallándose
al lado del hijo, bajo un mismo techo y « manteniendo fielmente la unión
con su Hijo », « avanzaba en la peregrinación de la fe »,como
subraya el Concilio.[37] Y así sucedió a lo largo de la vida pública
de Cristo (cf. Mc 3, 21,35); de donde, día tras día, se cumplía
en ella la bendición pronunciada por Isabel en la visitación:
« Feliz la que ha creído ».
18. Esta bendición alcanza su pleno significado, cuando María
está junto a la Cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma que
esto sucedió « no sin designio divino »: « se condolió
vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón
maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la
víctima engendrada por Ella misma »; de este modo María
« mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz »:
[38] la unión por medio de la fe, la misma fe con la que había
acogido la revelación del ángel en el momento de la anunciación.
Entonces había escuchado las palabras: « El será grande
... el Señor Dios le dará el trono de David, su padre ... reinará
sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin »
(Lc 1, 32-33). Y he aquí que, estando junto a la Cruz, María es
testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras.
Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. « Despreciable y
desecho de hombres, varón de dolores ... despreciable y no le tuvimos
en cuenta »: casi anonadado (cf. Is 53, 35) ¡Cuan grande, cuan heroica
en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los
« insondables designios » de Dios! ¡Cómo se «
abandona en Dios » sin reservas, « prestando el homenaje del entendimiento
y de la voluntad » [39] a aquel, cuyos « caminos son inescrutables
»! (cf. Rom 11, 33). Y a la vez ¡cuan poderosa es la acción
de la gracia en su alma, cuan penetrante es la influencia del Espíritu
Santo, de su luz y de su fuerza!
Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en
su despojamiento. En efecto, « Cristo, ... siendo de condición
divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó
de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres »; concretamente en el Gólgota «
se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz » (cf. Flp 2, 5-8). A los pies de la Cruz María participa
por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta
tal vez la más profunda « kénosis » de la fe en la
historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte
del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de los discípulos
que huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el
Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado definitivamente ser
el « signo de contradicción », predicho por Simeón.
Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por él a María:
« ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! ».[40]
19. ¡Sí, verdaderamente « feliz la que ha creído »!
Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la anunciación,
aquí, a los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema
y se hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir,
desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el
radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición
de fe. Se remonta « hasta el comienzo » y, como participación
en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte
en el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado
de los primeros padres. Así enseñan los Padres de la Iglesia y,
de modo especial, San Ireneo, citado por la Constitución Lumen gentium:
« El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de
María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen
María lo desató por la fe »,[41] A la luz de esta comparación
con Eva los Padres --como recuerda todavía el Concilio-- llaman a María
« Madre de los vivientes » y afirman a menudo: a la muerte vino
por Eva, por María la vida ».[42]Con razón, pues, en la
expresión « feliz la que ha creído » podemos encontrar
como una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a la
que el ángel ha saludado como « llena de gracia ». Si como
a llena de gracia » ha estado presente eternamente en el misterio de Cristo,
por la fe se convertía en partícipe en toda la extensión
de su itinerario terreno: « avanzó en la peregrinación de
la fe » y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y eficaz, hacía
presente a los hombres el misterio de Cristo. Y sigue haciéndolo todavía.
Y por el misterio de Cristo está presente entre los hombres. Así,
mediante el misterio del Hijo, se aclara también el misterio de la Madre.
3. Ahí
tienes a tu madre
20. El evangelio de Lucas recoge el momento en el que « alzó la
voz una mujer de entre la gente, y dijo, dirigiéndose a Jesús:
« ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!
» (Lc 11, 27). Estas palabras constituían una alabanza para María
como madre de Jesús, según la carne. La Madre de Jesús
quizás no era conocida personalmente por esta mujer. En efecto, cuando
Jesús comenzó su actividad mesiánica, María no le
acompañaba y seguía permaneciendo en Nazaret. Se diría
que las palabras de aquella mujer desconocida le hayan hecho salir, en cierto
modo, de su escondimiento.
A través de aquellas palabras ha pasado rápidamente por la mente
de la muchedumbre, al menos por un instante, el evangelio de la infancia de
Jesús. Es el evangelio en que María está presente como
la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta maternalmente:
la madre-nodriza, a la que se refiere aquella mujer del pueblo. Gracias a esta
maternidad Jesús --Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 32)-- es un verdadero
hijo del hombre. Es « carne », como todo hombre: es « el Verbo
(que) se hizo carne » (cf. Jn 1, 14). Es carne y sangre de María.[43]Pero
a la bendición proclamada por aquella mujer respecto a su madre según
la carne, Jesús responde de manera significativa: « Dichosos más
bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (cf. Lc 11, 28). Quiere
quitar la atención de la maternidad entendida sólo como un vínculo
de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu,
que se forma en la escucha y en la observancia de la palabra de Dios.
El mismo paso a la esfera de los valores espirituales se delinea aun más
claramente en otra respuesta de Jesús, recogida por todos los Sinópticos.
Al ser anunciado a Jesús que su « madre y sus hermanos están
fuera y quieren verle », responde: « Mi madre y mis hermanos son
aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen » (cf. Lc 8, 20-21).
Esto dijo « mirando en torno a los que estaban sentados en corro »,
como leemos en Marcos (3, 34) o, según Mateo (12, 49) « extendiendo
su mano hacia sus discípulos ». Estas expresiones parecen estar
en la línea de lo que Jesús, a la edad de doce años, respondió
a María y a José, al ser encontrado después de tres días
en el templo de Jerusalén.
Así pues, cuando Jesús se marchó de Nazaret y dio comienzo
a su vida pública en Palestina, ya estaba completa y exclusivamente «
ocupado en las cosas del Padre » (cf. Lc 2, 49). Anunciaba el Reino: «
Reino de Dios » y « cosas del Padre », que dan también
una dimensión nueva y un sentido nuevo a todo lo que es humano y, por
tanto, a toda relación humana, respecto a las finalidades y tareas asignadas
a cada hombre. En esta dimensión nueva un vínculo, como el de
la « fraternidad », significa también una cosa distinta de
la « fraternidad según la carne », que deriva del origen
común de los mismos padres. Y aun la « maternidad », en la
dimensión del reino de Dios, en la esfera de la paternidad de Dios mismo,
adquiere un significado diverso. Con las palabras recogidas por Lucas Jesús
enseña precisamente este nuevo sentido de la maternidad.
¿Se aleja con esto de la que ha sido su madre según la carne?
¿Quiere tal vez dejarla en la sombra del escondimiento, que ella misma
ha elegido? Si así puede parecer en base al significado de aquellas palabras,
se debe constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta, de la que
Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a María
de un modo especialísimo. ¿No es tal vez María la primera
entre « aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen »?
Y por consiguiente ¿no se refiere sobre todo a ella aquella bendición
pronunciada por Jesús en respuesta a las palabras de la mujer anónima?
Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho de
haber sido para Jesús Madre según la carne (« ¡Dichoso
el seno que te llevó y los pechos que te criaron! »), pero también
y sobre todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la
palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque
« guardaba » la palabra y « la conservaba cuidadosamente en
su corazón » (cf. Lc 1, 38. 45; 2, 19. 51 ) y la cumplía
totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto, que el elogio pronunciado
por Jesús no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado
por la mujer desconocida, sino que viene a coincidir con ella en la persona
de esta Madre-Virgen, que se ha llamado solamente « esclava del Señor
» (Lc 1, 38). Si es cierto que « todas las generaciones la llamarán
bienaventurada » (cf. Lc 1, 48), se puede decir que aquella mujer anónima
ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquel versículo profético
del Magníficat de María y dar comienzo al Magníficat de
los siglos.Si por medio de la fe María se ha convertido en la Madre del
Hijo que le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu Santo,
conservando íntegra su virginidad, en la misma fe ha descubierto y acogido
la otra dimensión de la maternidad, revelada por Jesús durante
su misión mesiánica. Se puede afirmar que esta dimensión
de la maternidad pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el
momento de la concepción y del nacimiento del Hijo. Desde entonces era
« la que ha creído ». A medida que se esclarecía ante
sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma como
Madre se abría cada vez más a aquella « novedad »
de la maternidad, que debía constituir su « papel » junto
al Hijo. ¿No había dicho desde el comienzo: « He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra
»? (Lc 1, 38). Por medio de la fe María seguía oyendo y
meditando aquella palabra, en la que se hacía cada vez más transparente,
de un modo « que excede todo conocimiento » (Ef 3, 19), la autorrevelación
del Dios viviente. María madre se convertía así, en cierto
sentido, en la primera « discípula » de su Hijo, la primera
a la cual parecía decir: « Sígueme » antes aún
de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra persona (cf.
Jn 1, 43).
21. Bajo este punto de vista, es particularmente significativo el texto del
Evangelio de Juan, que nos presenta a María en las bodas de Caná.
María aparece allí como Madre de Jesús al comienzo de su
vida pública: « Se celebraba una boda en Caná de Galilea
y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también a
la boda Jesús con sus discípulos (Jn 2, 1-2). Según el
texto resultaría que Jesús y sus discípulos fueron invitados
junto con María, dada su presencia en aquella fiesta: el Hijo parece
que fue invitado en razón de la madre. Es conocida la continuación
de los acontecimientos concatenados con aquella invitación, aquel «
comienzo de las señales » hechas por Jesús --el agua convertida
en vino--, que hace decir al evangelista: Jesús « manifestó
su gloria, y creyeron en él sus discípulos » (Jn 2, 11).María
está presente en Caná de Galilea como Madre de Jesús, y
de modo significativo contribuye a aquel « comienzo de las señales
», que revelan el poder mesiánico de su Hijo. He aquí que:
« como faltaba vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen
vino". Jesús le responde: « ¿Qué tengo yo contigo,
mujer? Todavía no ha llegado mi hora » (Jn 2, 3-4). En el Evangelio
de Juan aquella « hora » significa el momento determinado por el
Padre, en el que el Hijo realiza su obra y debe ser glorificado (cf. Jn 7, 30;
8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1; 19, 27). Aunque la respuesta de Jesús
a su madre parezca como un rechazo (sobre todo si se mira, más que a
la pregunta, a aquella decidida afirmación: « Todavía no
ha llegado mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los criados
y les dice: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Entonces
Jesús ordena a los criados llenar de agua las tinajas, y el agua se convierte
en vino, mejor del que se había servido antes a los invitados al banquete
nupcial.
¿Qué entendimiento profundo se ha dado entre Jesús y su
Madre? ¿Cómo explorar el misterio de su íntima unión
espiritual? De todos modos el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho
se delinea ya con bastante claridad la nueva dimensión, el nuevo sentido
de la maternidad de María. Tiene un significado que no está contenido
exclusivamente en las palabras de Jesús y en los diferentes episodios
citados por los Sinópticos (Lc 11, 27-28; 8, 19-21; Mt 12, 46-50; Mc
3, 31-35). En estos textos Jesús intenta contraponer sobre todo la maternidad,
resultante del hecho mismo del nacimiento, a lo que esta « maternidad
» (al igual que la « fraternidad ») debe ser en la dimensión
del Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad de Dios. En
el texto joánico, por el contrario, se delinea en la descripción
del hecho de Caná lo que concretamente se manifiesta como nueva maternidad
según el espíritu y no únicamente según la carne,
o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en
toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo
un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y
de poca importancia « No tienen vino »). Pero esto tiene un valor
simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa,
al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión
mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se
da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en
la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone «
en medio », o sea hace de mediadora no como una persona extraña,
sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede --más bien
« tiene el derecho de »-- hacer presente al Hijo las necesidades
de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter
de intercesión: María « intercede » por los hombres.
No sólo: como Madre desea también que se manifieste el poder mesiánico
del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura
humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa
sobre su vida. Precisamente como había predicho del Mesías el
Profeta Isaías en el conocido texto, al que Jesús se ha referido
ante sus conciudadanos de Nazaret « Para anunciar a los pobres la Buena
Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos
... » (cf. Lc 4, 18).Otro elemento esencial de esta función materna
de María se encuentra en las palabras dirigidas a los criados: «
Haced lo que él os diga ». La Madre de Cristo se presenta ante
los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias
que deben cumplirse. para que pueda manifestarse el poder salvífico del
Mesías. En Caná, merced a la intercesión de María
y a la obediencia de los criados, Jesús da comienzo a « su hora
». En Caná María aparece como la que cree en Jesús;
su fe provoca la primera « señal » y contribuye a suscitar
la fe de los discípulos.
22. Podemos decir, por tanto, que en esta página del Evangelio de Juan
encontramos como un primer indicio de la verdad sobre la solicitud materna de
María. Esta verdad ha encontrado su expresión en el magisterio
del último Concilio. Es importante señalar cómo la función
materna de María es ilustrada en su relación con la mediación
de Cristo. En efecto, leemos lo siguiente: « La misión maternal
de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta
única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia
», porque « hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo
Jesús, hombre también » (1 Tm 2, 5). Esta función
materna brota, según el beneplácito de Dios, « de la superabundancia
de los méritos de Cristo... de ella depende totalmente y de la misma
saca toda su virtud ».[44] Y precisamente en este sentido el hecho de
Caná de Galilea, nos ofrece como una predicción de la mediación
de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación
de su poder salvífico.
Por el texto joánico parece que se trata de una mediación maternal.
Como proclama el Concilio: María « es nuestra Madre en el orden
de la gracia ». Esta maternidad en el orden de la gracia ha surgido de
su misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina
providencia, madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de « forma
singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas y la humilde
esclava del Señor » y que « cooperó ... por la obediencia,
la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la
vida sobrenatural de las almas ».[45] « Y esta maternidad de María
perdura sin cesar en la economía de la gracia ... hasta la consumación
de todos los elegidos ».[46]
23. Si el pasaje del Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná presenta
la maternidad solícita de María al comienzo de la actividad mesiánica
de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta maternidad de María
en la economía salvífica de la gracia en su momento culminante,
es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de Cristo, su misterio pascual.
La descripción de Juan es concisa: « Junto a la cruz de Jesús
estaban su Madre y la hermana de su madre. María, mujer de Cleofás,
y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a
tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu
madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su
casa » (Jn 19, 25-27).Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión
de la particular atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tan grande
dolor. Sin embargo, sobre el significado de esta atención el «
testamento de la Cruz » de Cristo dice aún más. Jesús
ponía en evidencia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que
confirma solemnemente toda la verdad y realidad. Se puede decir que, si la maternidad
de María respecto de los hombres ya había sido delineada precedentemente,
ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge de la definitiva maduración
del misterio pascual del Redentor. La Madre de Cristo, encontrándose
en el campo directo de este misterio que abarca al hombre --a cada uno y a todos--,
es entregada al hombre --a cada uno y a todos-- como madre. Este hombre junto
a la cruz es Juan, « el discípulo que él amaba ».[47]
Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio
no duda en llamar a María « Madre de Cristo, madre de los hombres
». Pues, está « unida en la estirpe de Adán con todos
los hombres...; más aún, es verdaderamente madre de los miembros
de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles
».[48]Por consiguiente, esta « nueva maternidad de María
», engendrada por la fe, es fruto del « nuevo » amor, que
maduró en ella definitivamente junto a la Cruz, por medio de su participación
en el amor redentor del Hijo.
24. Nos encontramos así en el centro mismo del cumplimiento de la promesa,
contenida en el protoevangelio: el « linaje de la mujer pisará
la cabeza de la serpiente » (cf. Gén 3, 15). Jesucristo, en efecto,
con su muerte redentora vence el mal del pecado y de la muerte en sus mismas
raíces. Es significativo que, al dirigirse a la madre desde lo alto de
la Cruz, la llame « mujer » y le diga: « Mujer, ahí
tienes a tu hijo ». Con la misma palabra, por otra parte, se había
dirigido a ella en Caná (cf. Jn 2, 4). ¿Cómo dudar que
especialmente ahora, en el Gólgota, esta frase no se refiera en profundidad
al misterio de María, alcanzando el singular lugar que ella ocupa en
toda la economía de la salvación? Como enseña el Concilio,
con María, « excelsa Hija de Sión, tras larga espera de
la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía,
cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar
al hombre del pecado mediante los misterios de su carne ».[49]Las palabras
que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan que la maternidad
de su madre encuentra una « nueva » continuación en la Iglesia
y a través de la Iglesia, simbolizada y representada por Juan. De este
modo, la que como « llena de gracia » ha sido introducida en el
misterio de Cristo para ser su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por
medio de la Iglesia permanece en aquel misterio como « la mujer »
indicada por el libro del Génesis (3, 15) al comienzo y por el Apocalipsis
(12, 1) al final de la historia de la salvación. Según el eterno
designio de la Providencia la maternidad divina de María debe derramarse
sobre la Iglesia, como indican algunas afirmaciones de la Tradición para
las cuales la « maternidad » de María respecto de la Iglesia
es el reflejo y la prolongación de su maternidad respecto del Hijo de
Dios.[50]Ya el momento mismo del nacimiento de la Iglesia y de su plena manifestación
al mundo, según el Concilio, deja entrever esta continuidad de la maternidad
de María: « Como quiera que plugo a Dios no manifestar solemnemente
el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu
prometido por Cristo, vemos a los apóstoles antes del día de Pentecostés
"perseverar unánimemente en la oración, con las mujeres y
María la Madre de Jesús y los hermanos de Este" (Hch 1, 14);
y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo,
quien ya la había cubierto con su sombra en la anunciación ».[51]Por
consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción
del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento
de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona
que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María
en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta,
pero esencial, indica el camino del « nacimiento del Espíritu ».
Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre,
se hace --por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo-- presente
en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una
presencia materna, como indican las palabras pronunciadas en la Cruz: «
Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre
».
[19] Sobre
la predestinación de Maria, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 7; 10: S. Ch. 80, 65; 73; Hom. in Dormitionem I, 3: S. Ch. 80,
85:
« Es ella, en efecto, que, elegida desde las generaciones antiguas, en
virtud de
la predestinación y de la benevolencia del Dios y Padre que te ha engendrado
a
ti (oh Verbo de Dios) fuera del tiempo sin salir de sí mismo y sin alteración
alguna, es ella que te ha dado a luz, alimentado con su carne, en los últimos
tiempos ... ».
[20] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
[21] Sobre esta expresión hay en la tradición patrística
una interpretación
amplia y variada: cf. Orígenes, In Lucam homiliae, VI, 7: S. Ch. 87,
148;
Severiano De Gabala, In mundi creationem, Oratio VI, 10: PG 56, 497 s.; S. Juan
Crisóstomo (pseudo), In Annuntiationem Deiparae et contra Arium impium,
PG 62,
765 s.; Basilio De Seleucia, Oratio 39, In Sanctissimaé Deiparae Annuntiationem,
5: PG 85, 441-446; Antipatro De Ostra, Hom. II, In Sanctissimae Deiparae
Annuntiationem, 3-11: PG, 1777-1783; S. Sofronio de Jerusalén, Oratio
II, In
Sanctissimae Deiparae Annnuntiationem, 17-19: PG 87/3, 3235-3240; S. Juan
Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 7: S. Ch. 80, 96-101; S. Jerónimo,
Epistola
65, 9: PL 22, 628; S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Lucam, II, 9: CSEL 34/4,
45
s.; S. Agustín, Sermo 291, 4-6: PL 38, 1318 s.; Enchiridion, 36, 11:
PL 40, 250;
S. Pedro Crisólogo, Sermo 142: PL 52, 579 s.; Sermo 143: PL 52, 583;
S.
Fulgencio De Ruspe, Epistola 17, VI, 12: PL 65, 458; S. Bernardo, In laudibus
Virginis Matris, Homilía III , 2-3: S. Bernardi Opera, IV, 1966, 36-38.
[22] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
[23] ibid., 53.
[24] Cf. Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1856):
Pii IX
P. M. Acta, pars I, 616; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesía
Lumen gentium, 53.
[25] Cf. S. Germán. Cost., In Anntiationem SS. Deiparae Hom.: PG 98,
327 s.; S.
Andrés Cret., Canon in B. Mariae Natalem, 4: PG 97, 1321 s.; In Nativitatem
B.
Mariae, I: PG 97, 811 s.; Hom. in Dormitionem S. Mariae 1: PG 97, 1067 s.
[26] Liturgia de las Horas, del 15 de Agosto, en la Asunción de la
Bienaventurada Virgen María, Himno de las I y II Vísperas; S.
Pedro Damián,
Carmina et preces, XLVII: PL 145, 934.
[27] Divina Comedia, Paraíso XXXIII, 1; cf. Liturgia de las Horas, Memoria
de
Santa María en sábado, Himno II en el Officio de Lectura.
[28] Cf. S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo
25, 7: PL
16, 937 s.
[29] Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 5.
[30] Este es un tema clásico, ya expuesto por S. Ireneo: « Y como
por obra de la
virgen desobediente el hombre fue herido y, precipitado, murió, así
también por
obra de la Virgen obediente a la palabra de Dios, el hombre regenerado recibió,
por medio de la vida, la vida ... Ya que era conveniente y justo ... que Eva
fuera « recapitulada » en María, con el fin de que la Virgen,
convertida en
abogada de la virgen, disolviera y destruyera la desobediencia virginal por
obra
de la obediencia virginal »; Expositio doctrinae apostolicae, 33: S. Ch.
62,
83-86; cf. también Adversus Haereses, V, 19, 1: S. Ch. 153, 248-250.
[31] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 5.
[32] Ibid.,
5; cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium , 56.
[33] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56.
[34] Ibid., 56.
[35] Cf. ibid., 53; S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40,
398; Sermo
215, 4: PL 38, 1074; Sermo 196, I: PL 38, 1019; De peccatorum meritis et
remissione, I, 29, 57: PL 44, 142; Sermo 25, 7: PL 46, 937 s.; S. León
Magno,
Tractatus 21; De natale Domini, I: CCL 138, 86.
[36] Cf. Subida del Monte Carmelo, L. II, cap. 3, 4-6.
[37] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
[38] Ibid., 58.
[39] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación
Dei
Verbum, 5.
[40] Sobre la participación o « compasión » de María
en la muerte de Cristo, cf.
S. Bernardo, In Dominica infra octavam Assumptionis Sermo, 14: S. Bernardi
Opera, V, 1968, 273.
[41] S. Ireneo, Adversus Haereses, III, 22, 4: S. Ch. 211, 438-444; cf. Const.
dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56, nota 6.
[42] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56 y los Padres citados
en
las notas 8 y 9.
[43] « Cristo es verdad, Cristo es carne, Cristo verdad en la mente de
María,
Cristo carne en el seno de María »: S. Agustín, Sermo 25
(Sermones inediti), 7:
PL 46, 938.
[44] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
[45] Ibid., 61.
[46] Ibid., 62.
[47] Es conocido lo que escribe Orígenes sobre la presencia de María
y de Juan
en el Calvario: « Los Evangelios son las primicias de toda la Escritura,
y el
Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios; ninguno puede percibir el
significado si antes no ha posado la cabeza sobre el pecho de Jesús y
no ha
recibido de Jesús a María como Madre »: Comm. in Ioan.,
1, 6: PG 14, 31; cf. S.
Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., X, 129-131: CSEL, 32/4, 504 s.
[48] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 54 y 53; este último
texto
conciliar cita a S. Agustín, De Sancta Virgintitate, VI, 6: PL 40, 399.
[49] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
[50] Cf. S. León Magno, Tractatus 26, de natale Domini, 2: CCL 138, 126.
[51] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59.
II Parte: LA MADRE DE DIOS EN EL CENTRO DE LA IGLESIA PEREGRINA
1. La Iglesia, Pueblo de Dios radicado en todas las naciones de la tierra
2. El camino de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos
3. El Magníficat de la Iglesia en camino
1. La Iglesia,
Pueblo de Dios radicado en todas las naciones de la tierra
25. « La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo
y los consuelos de Dios",[52] anunciando la cruz y la muerte del Señor,
hasta que El venga (cf. 1 Co 11, 26) ».[53] « Así como el
pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado
alguna vez Iglesia de Dios (cf. 2 Esd 13, 1; Núm 20, 4; Dt 23, 1 ss.),
así el nuevo Israel... se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt 16, 18), porque
El la adquirió con su sangre (cf. Hch 20, 28), la llenó de su
Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible
y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús
como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la
Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de
esta unidad salutífera para todos y cada uno ».[54]El Concilio
Vaticano II habla de la Iglesia en camino, estableciendo una analogía
con el Israel de la Antigua Alianza en camino a través del desierto.
El camino posee un carácter incluso exterior, visible en el tiempo y
en el espacio, en el que se desarrolla históricamente. La Iglesia, en
efecto, debe « extenderse por toda la tierra », y por esto «
entra en la historia humana rebasando todos los límites de tiempo y de
lugares ».[55] Sin embargo, el carácter esencial de su camino es
interior. Se trata de una peregrinación a través de la fe, por
« la fuerza del Señor Resucitado »,[56] de una peregrinación
en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia como invisible Consolador (parákletos)
(cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 7): « Caminando, pues, la Iglesia a través
de los peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve confortada por la fuerza
de la gracia de Dios que el Señor le prometió ... y no deja de
renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo
hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso ».[57]Precisamente en
este camino --peregrinación eclesial-- a través del espacio y
del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas,
María está presente, como la que es « feliz porque ha creído
», como la que avanzaba « en la peregrinación de la fe »,
participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade
el Concilio que « María ... habiendo entrado íntimamente
en la historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja
las más grandes exigencias de la fe ».[58] Entre todos los creyentes
es como un « espejo », donde se reflejan del modo más profundo
y claro « las maravillas de Dios » (Hch 2, 11).
26. La Iglesia, edificada por Cristo sobre los apóstoles, se hace plenamente
consciente de estas grandes obras de Dios el día de Pentecostés,
cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos llenos del
Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según
el Espíritu les concedía expresarse » (Hch 2, 4). Desde
aquel momento inicia también aquel camino de fe, la peregrinación
de la Iglesia a través de la historia de los hombres y de los pueblos.
Se sabe que al comienzo de este camino está presente María, que
vemos en medio de los apóstoles en el cenáculo « implorando
con sus ruegos el don del Espíritu ».[59]Su camino de fe es, en
cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha descendido a ella,
que se ha convertido en su esposa fiel en la anunciación, acogiendo al
Verbo de Dios verdadero, prestando « el homenaje del entendimiento y de
la voluntad, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El
», más aún abandonándose plenamente en Dios por medio
de « la obediencia de la fe »,[60] por la que respondió al
ángel: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra ». El camino de fe de María,
a la que vemos orando en el cenáculo, es por lo tanto « más
largo » que el de los demás reunidos allí: María
les « precede », « marcha delante de » ellos.[61] El
momento de Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado, además
de la Cruz, por el momento de la Anunciación en Nazaret. En el cenáculo
el itinerario de María se encuentra con el camino de la fe de la Iglesia
¿De qué manera?
Entre los que en el cenáculo eran asiduos en la oración, preparándose
para ir « por todo el mundo » después de haber recibido el
Espíritu Santo, algunos habían sido llamados por Jesús
sucesivamente desde el inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían
sido constituidos apóstoles, y a ellos Jesús había transmitido
la misión que él mismo había recibido del Padre: «
Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn
20, 21), había dicho a los apóstoles después de la resurrección.
Y cuarenta días más tarde, antes de volver al Padre, había
añadido: cuando « el Espíritu Santo vendrá sobre
vosotros ... seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra »
(cf. Hch 1, 8). Esta misión de los apóstoles comienza en el momento
de su salida del cenáculo de Jerusalén. La Iglesia nace y crece
entonces por medio del testimonio que Pedro y los demás apóstoles
dan de Cristo crucificado y resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12;
5, 30-32).María no ha recibido directamente esta misión apostólica.
No se encontraba entre los que Jesús envió « por todo el
mundo para enseñar a todas las gentes » (cf. Mt 28, 19), cuando
les confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el cenáculo,
donde los apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la
venida del Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos
María « perseveraba en la oración » como « madre
de Jesús » (Hch 1, 13-14), o sea de Cristo crucificado y resucitado.
Y aquel primer núcleo de quienes en la fe miraban « a Jesús
como autor de la salvación »,[62] era consciente de que Jesús
era el Hijo de María, y que ella era su madre, y como tal era, desde
el momento de la concepción y del nacimiento, un testigo singular del
misterio de Jesús, de aquel misterio que ante sus ojos se había
manifestado y confirmado con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por
tanto, desde el primer momento, « miró » a María,
a través de Jesús, como « miró » a Jesús
a través de María. Ella fue para la Iglesia de entonces y de siempre
un testigo singular de los años de la infancia de Jesús y de su
vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba cuidadosamente todas las cosas
en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc 2, 51).Pero en la Iglesia de
entonces y de siempre María ha sido y es sobre todo la que es «
feliz porque ha creído »: ha sido la primera en creer. Desde el
momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento
del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso
tras paso a Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió
a través de los años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió
también en el período de la separación externa, cuando
él comenzó a « hacer y enseñar » (cf. Hch 1,
1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en la experiencia trágica
del Gólgota. Mientras María se encontraba con los apóstoles
en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la Iglesia, se confirmaba
su fe, nacida de las palabras de la anunciación. El ángel le había
dicho entonces: « Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo,
a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande.. reinará
sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin »
(Lc 1, 32-33). Los recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto
de tinieblas aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había disminuido
la fe de María. Ella también, como Abraham, había sido
la que « esperando contra toda esperanza, creyó » (Rom 4,
18). Y he aquí que, después de la resurrección, la esperanza
había descubierto su verdadero rostro y la promesa había comenzado
a transformarse en realidad. En efecto, Jesús, antes de volver al Padre,
había dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había
hablado el que, con su resurrección, se reveló como el triunfador
de la muerte, como el señor del reino que « no tendrá fin
», conforme al anuncio del ángel.
27. Ya en los albores de la Iglesia, al comienzo del largo camino por medio
de la fe que comenzaba con Pentecostés en Jerusalén, María
estaba con todos los que constituían el germen del « nuevo Israel
». Estaba presente en medio de ellos como un testigo excepcional del misterio
de Cristo. Y la Iglesia perseveraba constante en la oración junto a ella
y, al mismo tiempo, « la contemplaba a la luz del Verbo hecho hombre ».
Así sería siempre. En efecto, cuando la Iglesia « entra
más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación »,
piensa en la Madre de Cristo con profunda veneración y piedad.[63] María
pertenece indisolublemente al misterio de Cristo y pertenece además al
misterio de la Iglesia desde el comienzo, desde el día de su nacimiento.
En la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo, de lo que debe ser constantemente,
a través de las generaciones, en medio de todas las naciones de la tierra,
se encuentra la que « ha creído que se cumplirían las cosas
que le fueron dichas de parte del Señor » (Lc 1, 45). Precisamente
esta fe de María, que señala el comienzo de la nueva y eterna
Alianza de Dios con la humanidad en Jesucristo, esta heroica fe suya «
precede » el testimonio apostólico de la Iglesia, y permanece en
el corazón de la Iglesia, escondida como un especial patrimonio de la
revelación de Dios. Todos aquellos que, a lo largo de las generaciones,
aceptando el testimonio apostólico de la Iglesia participan de aquella
misteriosa herencia, en cierto sentido, participan de la fe de María.
Las palabras de Isabel « feliz la que ha creído » siguen
acompañando a María incluso en Pentecostés, la siguen a
través de las generaciones, allí donde se extiende, por medio
del testimonio apostólico y del servicio de la Iglesia, el conocimiento
del misterio salvífico de Cristo. De este modo se cumple la profecía
del Magníficat: « Me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo
» (Lc 1, 48-49). En efecto, al conocimiento del misterio de Cristo sigue
la bendición de su Madre bajo forma de especial veneración para
la Theotókos. Pero en esa veneración está incluida siempre
la bendición de su fe. Porque la Virgen de Nazaret ha llegado a ser bienaventurada
por medio de esta fe, de acuerdo con las palabras de Isabel. Los que a través
de los siglos, de entre los diversos pueblos y naciones de la tierra, acogen
con fe el misterio de Cristo, Verbo encarnado y Redentor del mundo, no sólo
se dirigen con veneración y recurren con confianza a María como
a su Madre, sino que buscan en su fe el sostén para la propia fe. Y precisamente
esta participación viva de la fe de María decide su presencia
especial en la peregrinación de la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios
en la tierra.
28. Como afirma el Concilio: « María ... habiendo entrado íntimamente
en la historia de la salvación ... mientras es predicada y honrada atrae
a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del Padre ».[64]
Por lo tanto, en cierto modo la fe de María, sobre la base del testimonio
apostólico de la Iglesia, se convierte sin cesar en la fe del pueblo
de Dios en camino: de las personas y comunidades, de los ambientes y asambleas,
y finalmente de los diversos grupos existentes en la Iglesia. Es una fe que
se transmite al mismo tiempo mediante el conocimiento y el corazón. Se
adquiere o se vuelve a adquirir constantemente mediante la oración. Por
tanto « también en su obra apostólica con razón la
Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu
Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca
también en los corazones de los fieles ».[65]Ahora, cuando en esta
peregrinación de la fe nos acercamos al final del segundo Milenio cristiano,
la Iglesia, mediante el magisterio del Concilio Vaticano II, llama la atención
sobre lo que ve en sí misma. como un « único Pueblo de Dios
... radicado en todas las naciones de la tierra », y sobre la verdad según
la cual todos los fieles, aunque a esparcidos por el haz de la tierra comunican
en el Espíritu Santo con los demás »,[66] de suerte que
se puede decir que en esta unión se realiza constantemente el misterio
de Pentecostés. Al mismo tiempo, los apóstoles y los discípulos
del Señor, en todas las naciones de la tierra « perseveran en la
oración en compañía de María, la madre de Jesús
» (cf. Hch 1, 14). Constituyendo a través de las generaciones «
el signo del Reino » que no es de este mundo,[67] ellos son asimismo conscientes
de que en medio de este mundo tienen que reunirse con aquel Rey, al que han
sido dados en herencia los pueblos (Sal 2, 8), al que el Padre ha dado «
el trono de David su padre », por lo cual « reina sobre la casa
de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin ».En este tiempo
de vela María, por medio de la misma fe que la hizo bienaventurada especialmente
desde el momento de la anunciación, está presente en la misión
y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el Reino de su Hijo.[68]
Esta presencia de María encuentra múltiples medios de expresión
en nuestros días al igual que a lo largo de la historia de la Iglesia.
Posee también un amplio radio de acción; por medio de la fe y
la piedad de los fieles, por medio de las tradiciones de las familias cristianas
o « iglesias domésticas », de las comunidades parroquiales
y misioneras, de los institutos religiosos, de las diócesis, por medio
de la fuerza atractiva e irradiadora de los grandes santuarios, en los que no
sólo los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y
continentes, buscan el encuentro con la Madre del Señor, con la que es
bienaventurada porque ha creído; es la primera entre los creyentes y
por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel. Este es el mensaje de la tierra
de Palestina, patria espiritual de todos los cristianos, al ser patria del Salvador
del mundo y de su Madre. Este es el mensaje de tantos templos que en Roma y
en el mundo entero la fe cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Este
es el mensaje de los centros como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de los
otros diseminados en las distintas naciones, entre los que no puedo dejar de
citar el de mi tierra natal Jasna Gora. Tal vez se podría hablar de una
específica a « geografía » de la fe y de la piedad
mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación del
Pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar,
en el ámbito de la materna presencia de « la que ha creído
», la consolidación de la propia fe. En efecto, en la fe de María,
ya en la anunciación y definitivamente junto a la Cruz, se ha vuelto
a abrir por parte del hombre aquel espacio interior en el cual el eterno Padre
puede colmarnos « con toda clase de bendiciones espirituales »:
el espacio « de la nueva y eterna Alianza ».[69] Este espacio subsiste
en la Iglesia, que es en Cristo como « un sacramento ... de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano ».[70]En
la fe, que María profesó en la Anunciación como «
esclava del Señor » y en la que sin cesar « precede »
al « Pueblo de Dios » en camino por toda la tierra, la Iglesia «
tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera ... bajo Cristo
como Cabeza, en la unidad de su Espíritu ».[71]
2. El camino
de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos
29. « El Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo
el deseo y la colaboración para que todos se unan en paz, en un rebaño
y bajo un solo pastor, como Cristo determinó ».[72] El camino de
la Iglesia, de modo especial en nuestra época, está marcado por
el signo del ecumenismo; los cristianos buscan las vías para reconstruir
la unidad, por la que Cristo invocaba al Padre por sus discípulos el
día antes de la pasión: « para que todos sean uno. Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno
en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn
17, 21). Por consiguiente, la unidad de los discípulos de Cristo es un
gran signo para suscitar la fe del mundo, mientras su división constituye
un escándalo.[73]El movimiento ecuménico, sobre la base de una
conciencia más lúcida y difundida de la urgencia de llegar a la
unidad de todos los cristianos, ha encontrado por parte de la Iglesia católica
su expresión culminante en el Concilio Vaticano II. Es necesario que
los cristianos profundicen en sí mismos y en cada una de sus comunidades
aquella « obediencia de la fe », de la que María es el primer
y más claro ejemplo. Y dado que « antecede con su luz al pueblo
de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y consuelo », ofrece
gran gozo y consuelo para este sacrosanto Concilio el hecho de que tampoco falten
entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor
y Salvador, especialmente entre los Orientales ».[74]
30. Los cristianos saben que su unidad se conseguirá verdaderamente sólo
si se funda en la unidad de su fe. Ellos deben resolver discrepancias de doctrina
no leves sobre el misterio y ministerio de la Iglesia, y a veces también
sobre la función de María en la obra de la salvación.[75]
Los diferentes coloquios, tenidos por la Iglesia católica con las Iglesias
y las Comunidades eclesiales de Occidente,[76] convergen cada vez más
sobre estos dos aspectos inseparables del mismo misterio de la salvación.
Si el misterio del Verbo encarnado nos permite vislumbrar el misterio de la
maternidad divina y si, a su vez, la contemplación de la Madre de Dios
nos introduce en una comprensión más profunda del misterio de
la Encarnación, lo mismo se debe decir del misterio de la Iglesia y de
la función de María en la obra de la salvación. Profundizando
en uno y otro, iluminando el uno por medio del otro, los cristianos deseosos
de hacer --como les recomienda su Madre-- lo que Jesús les diga (cf.
Jn 2, 5), podrán caminar juntos en aquella « peregrinación
de la fe », de la que María es todavía ejemplo y que debe
guiarlos a la unidad querida por su único Señor y tan deseada
por quienes están atentamente a la escucha de lo que hoy « el Espíritu
dice a las Iglesias » (Ap 2, 7. 11. 17).Entre tanto es un buen auspicio
que estas Iglesias y Comunidades eclesiales concuerden con la Iglesia católica
en puntos fundamentales de la fe cristiana, incluso en lo concerniente a la
Virgen María. En efecto, la reconocen como Madre del Señor y consideran
que esto forma parte de nuestra fe en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Estas Comunidades miran a María que, a los pies de la Cruz, acoge como
hijo suyo al discípulo amado, el cual a su vez la recibe como madre.
¿Por qué, pues, no mirar hacia ella todos juntos como a nuestra
Madre común, que reza por la unidad de la familia de Dios y que «
precede » a todos al frente del largo séquito de los testigos de
la fe en el único Señor, el Hijo de Dios, concebido en su seno
virginal por obra del Espíritu Santo?31. Por otra parte, deseo subrayar
cuan profundamente unidas se sienten la Iglesia católica, la Iglesia
ortodoxa y las antiguas Iglesias orientales por el amor y por la alabanza a
la Theotókos. No sólo « los dogmas fundamentales de la fe
cristiana: los de la Trinidad y del Verbo encarnado en María Virgen han
sido definidos en concilios ecuménicos celebrados en Oriente »,[77]
sino también en su culto litúrgico « los Orientales ensalzan
con himnos espléndidos a María siempre Virgen ... y Madre Santísima
de Dios ».[78] Los hermanos de estas Iglesias han conocido vicisitudes
complejas, pero su historia siempre ha transcurrido con un vivo deseo de compromiso
cristiano y de irradiación apostólica, aunque a menudo haya estado
marcada por persecuciones incluso cruentas. Es una historia de fidelidad al
Señor, una auténtica « peregrinación de la fe »
a través de lugares y tiempos durante los cuales los cristianos orientales
han mirado siempre con confianza ilimitada a la Madre del Señor, la han
celebrado con encomio y la han invocado con oraciones incesantes. En los momentos
difíciles de la probada existencia cristiana « ellos se refugiaron
bajo su protección »,[79] conscientes de tener en ella una ayuda
poderosa. Las Iglesias que profesan la doctrina de Éfeso proclaman a
la Virgen « verdadera Madre de Dios », ya que a nuestro Señor
Jesucristo, nacido del Padre antes de los siglos según la divinidad,
en los últimos tiempos, por nosotros y por nuestra salvación,
fue engendrado por María Virgen Madre de Dios según la carne ».[80]
Los Padres griegos y la tradición bizantina, contemplando la Virgen a
la luz del Verbo hecho hombre, han tratado de penetrar en la profundidad de
aquel vínculo que une a María, como Madre de Dios, con Cristo
y la Iglesia: la Virgen es una presencia permanente en toda la extensión
del misterio salvífico.
Las tradiciones coptas y etiópicas han sido introducidas en esta contemplación
del misterio de María por san Cirilo de Alejandría y, a su vez,
la han celebrado con abundante producción poética.[81] El genio
poético de san Efrén el Sirio, llamado « la cítara
del Espíritu Santo », ha cantado incansablemente a María,
dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de
la Iglesia siríaca.[82] En su panegírico sobre la Theotókos,
san Gregorio de Narek, una de las glorias más brillantes de Armenia,
con fuerte inspiración poética, profundiza en los diversos aspectos
del misterio de la Encarnación, y cada uno de los mismos es para él
ocasión de cantar y exaltar la dignidad extraordinaria y la magnífica
belleza de la Virgen María, Madre del Verbo encarnado.[83] No sorprende,
pues, que María ocupe un lugar privilegiado en el culto de las antiguas
Iglesias orientales con una abundancia incomparable de fiestas y de himnos.
32. En la liturgia bizantina, en todas las horas del Oficio divino, la alabanza
a la Madre está unida a la alabanza al Hijo y a la que, por medio del
Hijo, se eleva al Padre en el Espíritu Santo. En la anáfora o
plegaria eucarística de san Juan Crisóstomo, después de
la epíclesis, la comunidad reunida canta así a la Madre de Dios:
« Es verdaderamente justo proclamarte bienaventurada, oh Madre de Dios,
porque eres la muy bienaventurada) toda pura y Madre de nuestro Dios. Te ensalzamos,
porque eres más venerable que los querubines e incomparablemente más
gloriosa que los serafines. Tú, que sin perder tu virginidad, has dado
al mundo el Verbo de Dios. Tú, que eres verdaderamente la Madre de Dios
».Estas alabanzas, que en cada celebración de la liturgia eucarística
se elevan a María, han forjado la fe, la piedad y la oración de
los fieles. A lo largo de los siglos han conformado todo el comportamiento espiritual
de los fieles, suscitando en ellos una devoción profunda hacia la «
Toda Santa Madre de Dios ».
33. Se conmemora este año el XII centenario del II Concilio ecuménico
de Nicea (a. 787), en el que, al final de la conocida controversia sobre el
culto de las sagradas imágenes, fue definido que, según la enseñanza
de los santos Padres y la tradición universal de la Iglesia, se podían
proponer a la veneración de los fieles, junto con la Cruz, también
las imágenes de la Madre de Dios, de los Ángeles y de los Santos,
tanto en las iglesias como en las casas y en los caminos.[84] Esta costumbre
se ha mantenido en todo el Oriente y también en Occidente. Las imágenes
de la Virgen tienen un lugar de honor en las iglesias y en las casas. María
está representada o como trono de Dios, que lleva al Señor y lo
entrega a los hombres (Theotókos), o como camino que lleva a Cristo y
lo muestra (Odigitria), o bien como orante en actitud de intercesión
y signo de la presencia divina en el camino de los fieles hasta el día
del Señor (Deisis), o como protectora que extiende su manto sobre los
pueblos (Pokrov), o como misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La Virgen
es representada habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que
lleva en brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la Madre.
A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras veces, hierática,
parece absorta en la contemplación de aquel que es Señor de la
historia (cf. Ap 5, 9-14).[85]Conviene recordar también el Icono de la
Virgen de Vladimir que ha acompañado constantemente la peregrinación
en la fe de los pueblos de la antigua Rus'. Se acerca el primer milenio de la
conversión al cristianismo de aquellas nobles tierras: tierras de personas
humildes, de pensadores y de santos. Los Iconos son venerados todavía
en Ucrania, en Bielorusia y en Rusia con diversos títulos; son imágenes
que atestiguan la fe y el espíritu de oración de aquel pueblo,
el cual advierte la presencia y la protección de la Madre de Dios. En
estos Iconos la Virgen resplandece como la imagen de la divina belleza, morada
de la Sabiduría eterna, figura de la orante, prototipo de la contemplación,
icono de la gloria: aquella que, desde su vida terrena, poseyendo la ciencia
espiritual inaccesible a los razonamientos humanos, con la fe ha alcanzado el
conocimiento más sublime. Recuerdo, también, el Icono de la Virgen
del cenáculo, en oración con los apóstoles a la espera
del Espíritu. ¿No podría ser ésta como un signo
de esperanza para todos aquellos que, en el diálogo fraterno, quieren
profundizar su obediencia de la fe?
34. Tanta riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas manifestaciones de
la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que ésta
vuelva a respirar plenamente con sus « dos pulmones », Oriente y
Occidente. Como he dicho varias veces, esto es hoy más necesario que
nunca. Sería una ayuda valiosa para hacer progresar el diálogo
actual entre la Iglesia católica y las Iglesias y Comunidades eclesiales
de Occidente.[86] Sería también, para la Iglesia en camino, la
vía para cantar y vivir de manera más perfecta su Magníficat.
3. El Magníficat
de la Iglesia en camino
35. La Iglesia, pues, en la presente fase de su camino, trata de buscar la unión
de quienes profesan su fe en Cristo para manifestar la obediencia a su Señor
que, antes de la pasión, ha rezado por esta unidad. La Iglesia «
va peregrinando ..., anunciando la cruz del Señor hasta que venga ».[87]
« Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones,
se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida
para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne,
antes al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la
acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por
la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso ».[88]La Virgen Madre
está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios
hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del Magníficat
que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja
de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos.
Lo prueba su recitación diaria en la liturgia de las Vísperas
y en otros muchos momentos de devoción tanto personal como comunitaria.
« Proclama
mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
--como lo había prometido a nuestros padres--
en favor de Abraham y su descendencia por siempre »
(Lc 1, 46-55).
36. Cuando
Isabel saludó a la joven pariente que llegaba de Nazaret, María
respondió con el Magníficat. En el saludo Isabel había
llamado antes a María « bendita » por « el fruto de
su vientre », y luego « feliz » por su fe (cf. Lc 1, 42. 45).
Estas dos bendiciones se referían directamente al momento de la anunciación.
Después, en la visitación, cuando el saludo de Isabel da testimonio
de aquel momento culminante, la fe de María adquiere una nueva conciencia
y una nueva expresión. Lo que en el momento de la anunciación
permanecía oculto en la profundidad de la « obediencia de la fe
», se diría que ahora se manifiesta como una llama del espíritu
clara y vivificante. Las palabras usadas por María en el umbral de la
casa de Isabel constituyen una inspirada profesión le su fe, en la que
la respuesta a la palabra de la revelación se expresa con la elevación
espiritual y poética de todo su ser hacia Dios. En estas sublimes palabras,
que son al mismo tiempo muy sencillas y totalmente inspiradas por los textos
sagrados del pueblo de Israel,[89] se vislumbra la experiencia personal de María,
el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio
de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don
irrevocable, entra en la historia del hombre.
María es la primera en participar de esta nueva revelación de
Dios y, a través de ella, de esta nueva « autodonación »
de Dios. Por esto proclama: « ha hecho obras grandes por mí; su
nombre es santo ». Sus palabras reflejan el gozo del espíritu,
difícil de expresar: « se alegra mi espíritu en Dios mi
salvador ». Porque « la verdad profunda de Dios y de la salvación
del hombre ... resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación
».[90] En su arrebatamiento María confiesa que se ha encontrado
en el centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en ella
se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo, « en favor de Abraham
y su descendencia por siempre »; que en ella, como madre de Cristo, converge
toda la economía salvífica, en la que, « de generación
en generación », se manifiesta aquel que, como Dios de la Alianza,
se acuerda « de la misericordia ».
37. La Iglesia, que desde el principio conforma su camino terreno con el de
la Madre de Dios, siguiéndo la repite constantemente las palabras del
Magníficat. Desde la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación
y en la visitación, la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la
Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace « obras grandes »
al hombre: « su nombre es santo ». En el Magníficat la Iglesia
encuentra vencido de raíz el pecado del comienzo de la historia terrena
del hombre y de la mujer, el pecado de la incredulidad o de la « poca
fe » en Dios. Contra la « sospecha » que el « padre
de la mentira » ha hecho surgir en el corazón de Eva, la primera
mujer, María, a la que la tradición suele llamar « nueva
Eva » [91] y verdadera « madre de los vivientes » [92], proclama
con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios Santo y todopoderoso, que
desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que « ha hecho obras
grandes ». Al crear, Dios da la existencia a toda la realidad. Creando
al hombre, le da la dignidad de la imagen y semejanza con él de manera
singular respecto a todas las criaturas terrenas. Y no deteniéndose en
su voluntad de prodigarse no obstante el pecado del hombre, Dios se da en el
Hijo: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único
» (Jn 3, 16). María es el primer testimonio de esta maravillosa
verdad, que se realizará plenamente mediante lo que hizo y enseñó
su Hijo (cf. Hch 1, 1) y, definitiva mente, mediante su Cruz y resurrección.
La Iglesia, que aun « en medio de tentaciones y tribulaciones »
no cesa de repetir con María las palabras del Magníficat, «
se ve confortada » con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces
con tan extraordinaria sencillez y, al mismo tiempo, con esta verdad sobre Dios
desea iluminar las difíciles y a veces intrincadas vías de la
existencia terrena de los hombres. El camino de la Iglesia, pues, ya al final
del segundo Milenio cristiano, implica un renovado empeño en su misión.
La Iglesia, siguiendo a aquel que dijo de sí mismo: « (Dios) me
ha enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva » (cf. Lc 4, 18),
a través de las generaciones, ha tratado y trata hoy de cumplir la misma
misión.
Su amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente en el
Magníficat de María. El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen
de Nazaret en la elevación de su espíritu, es a la vez el que
« derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos
los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos, ... dispersa a
los soberbios ... y conserva su misericordia para los que le temen ».
María está profundamente impregnada del espíritu de los
« pobres de Yahvé », que en la oración de los Salmos
esperaban de Dios su salvación, poniendo en El toda su confianza (cf.
Sal 25; 31; 35; 55). En cambio, ella proclama la venida del misterio de la salvación,
la venida del « Mesías de los pobres » (cf. I