INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I: EL COMPROMISO ECUMÉNICO DE LA IGLESIA CATÓLICA
CAPÍTULO II: FRUTOS DEL DIÁLOGO
CAPÍTULO III: QUANTA EST NOBIS VIA?
EXHORTACIÒN
INTRODUCCIÓN
1. Ut unum sint! La llamada a la unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico
Vaticano II ha renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez
mayor en el corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el
Año Dos mil que será para ellos un Jubileo sacro, memoria de la
Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al hombre.
El valiente testimonio de tantos mártires de nuestro siglo, pertenecientes
también a otras Iglesias y Comunidades eclesiales no en plena comunión
con la Iglesia católica, infunde nuevo impulso a la llamada conciliar
y nos recuerda la obligación de acoger y poner en práctica su
exhortación. Estos hermanos y hermanas nuestros, unidos en el ofrecimiento
generoso de su vida por el Reino de Dios, son la prueba más significativa
de que cada elemento de división se puede trascender y superar en la
entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad. Me mueve el vivo deseo
de renovar hoy esta invitación, de proponerla de nuevo con determinación,
recordando cuanto señalé en el Coliseo romano el Viernes Santo
de 1994, al concluir la meditación del Vía Crucis, dirigida por
las palabras del venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico
de Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en el
seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer
divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo
a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma
verdad sobre la Cruz.(1) ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende
anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre
en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir
ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal
que debe vivir como si Dios no existiese.
2. A nadie escapa el desafío que todo esto supone para los creyentes.
Ellos deben aceptarlo. En efecto, ¿cómo podrían negarse
a hacer todo lo posible, con la ayuda de Dios, para derribar los muros de la
división y la desconfianza, para superar los obstáculos y prejuicios
que impiden el anuncio del Evangelio de la salvación mediante la Cruz
de Jesús, único Redentor del hombre, de cada hombre?
Doy gracias a Dios porque nos ha llevado a avanzar por el camino difícil,
pero tan rico de alegría, de la unidad y de la comunión entre
los cristianos. El diálogo interconfesional a nivel teológico
ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a seguir adelante.
Sin embargo, además de las divergencias doctrinales que hay que resolver,
los cristianos no pueden minusvalorar el peso de las incomprensiones ancestrales
que han heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios de los unos contra
los otros. No pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente
conocimiento recíproco agravan estas situaciones. Por este motivo, el
compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones
y en la oración, lo cual llevará incluso a la necesaria purificación
de la memoria histórica. Con la gracia del Espíritu Santo, los
discípulos del Señor, animados por el amor, por la fuerza de la
verdad y por la voluntad sincera de perdonarse mutuamente y reconciliarse, están
llamados a reconsiderar juntos su doloroso pasado y las heridas que desgraciadamente
éste sigue produciendo también hoy. Están invitados por
la energía siempre nueva del Evangelio a reconocer juntos con sincera
y total objetividad los errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron
en el origen de sus lamentables separaciones. Es necesaria una sosegada y limpia
mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina, capaz de liberar los
espíritus y suscitar en cada uno una renovada disponibilidad, precisamente
para anunciar el Evangelio a los hombres de todo pueblo y nación.
3. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido
de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica,
poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña
a leer atentamente los « signos de los tiempos ». Las experiencias
que ha vivido y continúa viviendo en estos años la iluminan aún
más profundamente sobre su identidad y su misión en la historia.
La Iglesia católica reconoce y confiesa las debilidades de sus hijos,
consciente de que sus pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos
a la realización del designio del Salvador. Sintiéndose llamada
constantemente a la renovación evangélica, no cesa de hacer penitencia.
Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y exalta aún más el poder
del Señor, quien, habiéndola colmado con el don de la santidad,
la atrae y la conforma a su pasión y resurrección.
Enseñada por las múltiples vicisitudes de su historia, la Iglesia
está llamada a liberarse de todo apoyo puramente humano, para vivir en
profundidad la ley evangélica de las Bienaventuranzas. Consciente de
que « la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que
penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas »,(2) nada pide
para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En efecto, su autoridad
se ejerce en el servicio de la verdad y de la caridad.
Yo mismo quiero promover cualquier paso útil para que el testimonio de
toda la comunidad católica pueda ser comprendido en su total pureza y
coherencia, sobre todo ante la cita que la Iglesia tiene a las puertas del nuevo
Milenio, momento excepcional para el cual pide al Señor que la unidad
de todos los cristianos crezca hasta alcanzar la plena comunión.(3) A
este objetivo tan noble mira también la presente Carta encíclica,
que en su índole esencialmente pastoral quiere contribuir a sostener
el esfuerzo de cuantos trabajan por la causa de la unidad.
4. Esta es un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol
Pedro. Yo lo llevo a cabo con la profunda convicción de obedecer al Señor
y con plena conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió
a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó confirmar
a los hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su debilidad humana y su particular
necesidad de conversión: « Y tú, cuando hayas vuelto, confirma
a tus hermanos » (Lc 22, 32). Precisamente en la debilidad humana de Pedro
se manifiesta plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio
en la Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración del Señor:
« Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca » (Lc 22, 32).
La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en la oración
misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa constantemente. En nuestra
época ecuménica, marcada por el Concilio Vaticano II, la misión
del Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena
comunión de los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con fervor la oración
de Cristo por la conversión, que es indispensable a « Pedro »
para poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de esta
oración los fieles de la Iglesia católica y todos los cristianos.
Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión.
Sabemos que la Iglesia en su peregrinar terreno ha sufrido y continuará
sufriendo oposiciones y persecuciones. La esperanza que la sostiene es, sin
embargo, inquebrantable, como indestructible es la alegría que nace de
esta esperanza. En efecto, la roca firme y perenne sobre la que está
fundada es Jesucristo, su Señor. SUBIR
CAPÍTULO I: EL COMPROMISO ECUMÉNICO DE LA IGLESIA CATÓLICA
El
designio de Dios y la comunión
5. Junto con todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica
basa en el designio de Dios su compromiso ecuménico de congregar a todos
en la unidad. En efecto, « la Iglesia no es una realidad replegada sobre
sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera
y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar,
actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye: a reunir
a todos y a todo en Cristo; a ser para todos 'sacramento inseparable de unidad'
».(4)
Ya en el Antiguo Testamento, refiriéndose a la situación de entonces
del pueblo de Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al simple símbolo
de dos maderos primero separados, después acercados uno al otro, expresaba
la voluntad divina de « congregar de todas las partes » a los miembros
del pueblo herido: « Seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
Y sabrán las naciones que yo soy el Señor, que santifico a Israel,
cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre » (cf.
37, 16-28). El Evangelio de san Juan, por su parte, y ante la situación
del pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón
de la unidad de los hijos de Dios: « Iba a morir por la nación,
y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno
a los hijos de Dios que estaban dispersos » (11, 51-52). En efecto, la
Carta a los Efesios enseñará que « derribando el muro que
los separaba [...] por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la
enemistad », de lo que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios. Por esto Dios
envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese
su Espíritu de amor. La víspera del sacrificio de la Cruz, Jesús
mismo ruega al Padre por sus discípulos y por todos los que creerán
en El para que sean una sola cosa, una comunión viviente. De aquí
se deriva no sólo el deber, sino también la responsabilidad que
incumbe ante Dios, ante su designio, sobre aquéllos y aquéllas
que, por medio del Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo en el cual
debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión. ¿Cómo
es posible permanecer divididos si con el Bautismo hemos sido « inmersos
» en la muerte del Señor, es decir, en el hecho mismo en que, por
medio del Hijo, Dios ha derribado los muros de la división? La división
« contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo
para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio
a toda criatura ».(5)
El camino ecuménico: camino de la Iglesia
7. « El Señor de los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente
el plan de su gracia para con nosotros pecadores, últimamente ha comenzado
a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí
el arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchísimos hombres,
en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y también entre nuestros
hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio,
con ayuda de la gracia del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de
los cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado ecuménico,
los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y
Salvador; y no sólo individualmente, sino también reunidos en
grupos, en los que han oído el Evangelio y a los que consideran como
su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos, aunque de manera diferente, aspiran
a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal
y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y
así se salve para gloria de Dios ».(6)
8. Esta afirmación del Decreto Unitatis redintegratio se debe comprender
en el contexto de todo el magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II expresa
la decisión de la Iglesia de emprender la acción ecuménica
en favor de la unidad de los cristianos y de proponerla con convicción
y fuerza: « Este santo Sínodo exhorta a todos los fieles católicos
a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en
el trabajo ecuménico ».(7)
Al indicar los principios católicos del ecumenismo, el DecretoUnitatis
redintegratio enlaza ante todo con la enseñanza sobre la Iglesia de la
Constitución Lumen gentium, en el capitulo que trata sobre el pueblo
de Dios.(8) Al mismo tiempo, tiene presente lo que se afirma en la Declaración
conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa.(9)
La Iglesia católica asume con esperanza la acción ecuménica
como un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por
la caridad. También aquí se puede aplicar la palabra de san Pablo
a los primeros cristianos de Roma: « El amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo »; así nuestra
« esperanza... no defrauda » (Rm 5, 5). Esta es la esperanza de
la unidad de los cristianos que tiene su fuente divina en la unidad Trinitaria
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
9. Jesús mismo antes de su Pasión rogó para « que
todos sean uno » (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su
Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está
en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad
de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad.
Dios quiere la Iglesia, porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda
la profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente
en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad
constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los
sacramentos y de la comunión jerárquica(10) Los fieles son uno
porque, en el Espíritu, están en la comunión del Hijo y,
en El, en su comunión con el Padre: « Y nosotros estamos en comunión
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3). Así pues,
para la Iglesia católica, la comunión de los cristianos no es
más que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la
cual Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su
vida eterna. Las palabras de Cristo « que todos sean uno » son pues
la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla plenamente,
de modo que brille a los ojos de todos « cómo se ha dispensado
el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas »
(Ef 3, 9). Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa
querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de
gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es
el significado de la oración de Cristo: « Ut unum sint ».
10. En la situación actual de división entre los cristianos y
de confiada búsqueda de la plena comunión, los fieles católicos
se sienten profundamente interpelados por el Señor de la Iglesia. El
Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con una visión eclesiológica
lúcida y abierta a todos los valores eclesiales presentes entre los demás
cristianos. Los fieles católicos afrontan la problemática ecuménica
con un espíritu de fe.
El Concilio afirma que « la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica
gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él
» y al mismo tiempo reconoce que « fuera de su estructura visible
pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad que,
como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica
».(11)
« Por tanto, las mismas Iglesias y Comunidades separadas, aunque creemos
que padecen deficiencias, de ninguna manera carecen de significación
y peso en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo
no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud
deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia
católica ».(12)
11. De este modo la Iglesia católica afirma que, durante los dos mil
años de su historia, ha permanecido en la unidad con todos los bienes
de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con
frecuencia graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad de algunos de
sus ministros y los errores que cotidianamente cometen sus miembros. La Iglesia
católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene del Espíritu,
las debilidades, las mediocridades, los pecados y a veces las traiciones de
algunos de sus hijos, no pueden destruir lo que Dios ha infundido en ella en
virtud de su designio de gracia. Incluso « las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella » (Mt 16, 18). Sin embargo la Iglesia
católica no olvida que muchos en su seno ofuscan el designio de Dios.
Al recordar la división de los cristianos, el Decreto sobre el ecumenismo
no ignora la « culpa de los hombres por ambas partes »,(13) reconociendo
que la responsabilidad no se puede atribuir únicamente a los «
demás ». Gracias a Dios, no se ha destruido lo que pertenece a
la estructura de la Iglesia de Cristo, ni tampoco la comunión existente
con las demás Iglesias y Comunidades eclesiales.
En efecto, los elementos de santificación y de verdad presentes en las
demás Comunidades cristianas, en grado diverso unas y otras, constituyen
la base objetiva de la comunión existente, aunque imperfecta, entre ellas
y la Iglesia católica.
En la medida en que estos elementos se encuentran en las demás Comunidades
cristianas, la única Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en
ellas. Por este motivo el Concilio Vaticano II habla de una cierta comunión,
aunque imperfecta. La Constitución Lumen gentium señala que la
Iglesia católica « se siente unida por muchas razones »(14)
a estas Comunidades con una cierta verdadera unión en el Espíritu
Santo.
12. La misma Constitución explicita ampliamente « los elementos
de santificación y de verdad » que, de diversos modos, se encuentran
y actúan fuera de los límites visibles de la Iglesia católica:
« Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada Escritura como norma
de fe y de vida y manifiestan un amor sincero por la religión, creen
con amor en Dios Padre todopoderoso y en el Hijo de Dios Salvador y están
marcados por el Bautismo, por el que están unidos a Cristo, e incluso
reconocen y reciben en sus propias Iglesias o Comunidades eclesiales otros sacramentos.
Algunos de ellos tienen también el Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía
y fomentan la devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade a esto
la comunión en la oración y en otros bienes espirituales, incluso
una cierta verdadera unión en el Espíritu Santo. Este actúa,
sin duda, también en ellos y los santifica con sus dones y gracias y,
a algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su sangre. De esta
manera, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo
el deseo de trabajar para que todos se unan en paz, de la manera querida por
Cristo, en un solo rebaño bajo un solo Pastor ».(15)
El Decreto conciliar sobre el ecumenismo, refiriéndose a las Iglesias
ortodoxas llega a declarar que « por la celebración de la Eucaristía
del Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia
de Dios ».(16) Reconocer todo esto es una exigencia de la verdad.
13. El mismo Documento presenta someramente las implicaciones doctrinales. En
relación a los miembros de esas Comunidades, declara: « Justificados
por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho
se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por
los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor ».(17)
Refiriéndose a los múltiples bienes presentes en las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales, el Decreto añade: « Todas estas realidades,
que proceden de Cristo y conducen a El, pertenecen, por derecho, a la única
Iglesia de Cristo. Nuestros hermanos separados practican también no pocas
acciones sagradas de la religión cristiana, las cuales, de distintos
modos, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad,
pueden sin duda producir realmente la vida de la gracia, y deben ser consideradas
aptas para abrir el acceso a la comunión de la salvación ».(18)
Se trata de textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de
la comunidad católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos
de gran valor (eximia), que en la Iglesia católica son parte de la plenitud
de los medios de salvación y de los dones de gracia que constituyen la
Iglesia, se encuentran también en las otras Comunidades cristianas.
14. Todos estos elementos llevan en sí mismos la llamada a la unidad
para encontrar en ella su plenitud. No se trata de poner juntas todas las riquezas
diseminadas en las Comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia
deseada por Dios. De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los
Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento
de Pentecostés Dios manifestó ya la Iglesia en su realidad escatológica,
que El había preparado « desde el tiempo de Abel el Justo ».(19)
Está ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en su plenitud,
en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en las otras Comunidades,(20)
donde ciertos aspectos del misterio cristiano han estado a veces más
eficazmente puestos de relieve. El ecumenismo trata precisamente de hacer crecer
la comunión parcial existente entre los cristianos hacia la comunión
plena en la verdad y en la caridad.
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del imperativo de la conciencia cristiana, a
la realización del camino ecuménico hacia la unidad, el Concilio
Vaticano II pone sobre todo de relieve la necesidad de conversión interior.
El anuncio mesiánico « el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios
está cerca » y la llamada consiguiente « convertíos
y creed en la Buena Nueva » (Mc 1, 15), con la que Jesús inaugura
su misión, indican el elemento esencial que debe caracterizar todo nuevo
inicio: la necesidad fundamental de la evangelización en cada etapa del
camino salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo particular,
al proceso iniciado por el Concilio Vaticano II, incluyendo en la renovación
la tarea ecuménica de unir a los cristianos divididos entre sí.
« No hay verdadero ecumenismo sin conversión interior ».(21)
El Concilio llama tanto a la conversión personal como a la comunitaria.
La aspiración de cada Comunidad cristiana a la unidad es paralela a su
fidelidad al Evangelio. Cuando se trata de personas que viven su vocación
cristiana, el Evangelio habla de conversión interior, de una renovación
de la mente.(22)
Cada uno debe pues convertirse más radicalmente al Evangelio y, sin perder
nunca de vista el designio de Dios, debe cambiar su mirada. Con el ecumenismo
la contemplación de las « maravillas de Dios » (mirabilia
Dei) se ha enriquecido de nuevos espacios, en los que el Dios Trinitario suscita
la acción de gracias: la percepción de que el Espíritu
actúa en las otras Comunidades cristianas, el descubrimiento de ejemplos
de santidad, la experiencia de las riquezas ilimitadas de la comunión
de los santos, el contacto con aspectos impensables del compromiso cristiano.
Por otro lado, se ha difundido también la necesidad de penitencia: el
ser conscientes de ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna, de ciertos
rechazos que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de aquella obstinación
no evangélica en la condena de los « otros », de un desprecio
derivado de una presunción nociva. Así la vida entera de los cristianos
queda marcada por la preocupación ecuménica y están llamados
a asumirla.
16. En el magisterio del Concilio hay un nexo claro entre renovación,
conversión y reforma. Afirma así: « La Iglesia, peregrina
en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella,
como institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo que
si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas
menos cuidadosamente 2 deben restaurarse en el momento oportuno y debidamente
».(23) Ninguna Comunidad cristiana puede eludir esta llamada.
Dialogando con franqueza, las Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas
a otras a la luz de la Tradición apostólica. Esto las lleva a
preguntarse si verdaderamente expresan de manera adecuada todo lo que el Espíritu
ha transmitido por medio de los Apóstoles.(24) En relación a la
Iglesia católica, en diversas circunstancias, como con ocasión
del aniversario del Bautismo de la Rus',(25) o del recuerdo, después
de once siglos, de la obra evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio,(26)
me he referido a estas exigencias y perspectivas. Más recientemente,
el Directorio para la aplicación de los principios y de las normas acerca
del ecumenismo, publicado con mi aprobación por el Pontificio Consejo
para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, las ha aplicado en
el campo pastoral.(27)
17. En relación a los demás cristianos, los principales documentos
de la Comisión Fe y Constitución (28) y las declaraciones de numerosos
diálogos bilaterales han ofrecido ya a las Comunidades cristianas instrumentos
útiles para discernir lo que es necesario para el movimiento ecuménico
y para la conversión que éste debe suscitar. Estos estudios son
importantes bajo una doble perspectiva: muestran los notables progresos ya alcanzados
e infunden esperanza por constituir una base segura para la sucesiva y profundizada
investigación.
La comunión creciente en una reforma continua, realizada a la luz de
la Tradición apostólica, es sin duda, en la situación actual
del pueblo cristiano, una de las características distintivas y más
importantes del ecumenismo. Por otra parte, es también una garantía
esencial para su futuro. Los fieles de la Iglesia católica deben saber
que el impulso ecuménico del Concilio Vaticano II es uno de los resultados
de la postura que la Iglesia adoptó entonces para escrutarse a la luz
del Evangelio y de la gran Tradición. Mi predecesor, el Papa Juan XXIII,
lo había comprendido bien rechazando separar actualización y apertura
ecuménica al convocar el Concilio.(29) Al término de la asamblea
conciliar, el Papa Pablo VI, reanudando el diálogo de caridad con las
Iglesias en comunión con el Patriarcado de Constantinopla, y realizando
el gesto concreto y altamente significativo de « relegar en el olvido
» -y hacer « desaparecer de la memoria y del interior de la Iglesia
»- las excomuniones del pasado, consagró la vocación ecuménica
del Concilio. Es interesante recordar que la creación de un organismo
especial para el ecumenismo coincide con el comienzo mismo de la preparación
del Concilio Vaticano II (30) y que, a través de este organismo, las
opiniones y valoraciones de las demás Comunidades cristianas estuvieron
presentes en los grandes debates sobre la Revelación, la Iglesia, la
naturaleza del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en una idea que el mismo Papa Juan XXIII había
expresado en la apertura del Concilio,(31) el Decreto sobre el ecumenismo menciona
el modo de exponer la doctrina entre los elementos de la continua reforma.(32)
No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar
el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar
la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos
del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad
querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común
al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución
de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad.
En el Cuerpo de Cristo que es « camino, verdad y vida » (Jn 14,
6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación
lograda a costa de la verdad? La Declaración conciliar sobre la libertad
religiosa Dignitatis humanae atribuye a la dignidad humana la búsqueda
de la verdad, « sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia
»,(33) y la adhesión a sus exigencias. Por tanto, un « estar
juntos » que traicionase la verdad estaría en oposición
con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia
de verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano.
19. Sin embargo, la doctrina debe ser presentada de un modo que sea comprensible
para aquéllos a quienes Dios la destina. En la Carta encíclica
Slavorum apostoli recordaba cómo Cirilo y Metodio, por este mismo motivo,
tradujeron las nociones de la Biblia y los conceptos de la teología griega
en un contexto de experiencias históricas y de pensamiento muy diverso.
Querían que la única palabra de Dios fuese « hecha accesible
de este modo según las formas expresivas propias de cada civilización
».(34) Comprendieron pues que no podían « imponer a los pueblos,
cuya evangelización les encomendaron, ni siquiera la indiscutible superioridad
de la lengua griega y de la cultura bizantina, o los usos y comportamientos
de la sociedad más avanzada, en la que ellos habían crecido ».(35)
Así hacían realidad aquella « perfecta comunión en
el amor [que] preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo o de
exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así como de cualquier
orgullo nacionalista ».(36) En este mismo espíritu, no dudé
en decir a los aborígenes de Australia: « No tenéis que
ser un pueblo dividido en dos partes [...] Jesús os invita a aceptar
sus palabras y sus valores dentro de vuestra propia cultura ».(37) Puesto
que por su naturaleza la verdad de fe está destinada a toda la humanidad,
exige ser traducida a todas las culturas. En efecto, el elemento que determina
la comunión en la verdad es el significado de la verdad misma. La expresión
de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión
se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico
en su inmutable significado.(38)
« Esta renovación tiene, pues, gran importancia ecuménica
».(39) Y es no sólo renovación del modo de expresar la fe,
sino de la misma vida de fe. Se podría preguntar: ¿quién
debe realizarla? El Concilio responde claramente a este interrogante: corresponde
a « la Iglesia entera, tanto los fieles como los pastores; y afecta a
cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria
o en las investigaciones teológicas e históricas ».(40)
20. Todo esto es sumamente importante y de significado fundamental para la actividad
ecuménica. De ello resulta inequívocamente que el ecumenismo,
el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es sólo un mero
« apéndice », que se añade a la actividad tradicional
de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su
acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto de un
árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno desarrollo.
Así creía en la unidad de la Iglesia el Papa Juan XXIII y así
miraba a la unidad de todos los cristianos. Refiriéndose a los demás
cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: « Es mucho más
fuerte lo que nos une que lo que nos divide ». Por su parte, el Concilio
Vaticano II exhorta: «Recuerden todos los fieles cristianos que promoverán
e incluso practicarán tanto mejor la unión cuanto más se
esfuercen por vivir una vida más pura según el Evangelio. Pues
cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el
Espíritu, más íntima y fácilmente podrán
aumentar la fraternidad mutua ».(41)
Primacía de la oración
21. « Esta conversión del corazón y santidad de vida,
junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos,
deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico y pueden
llamarse con razón ecumenismo espiritual ».(42)
Se avanza en el camino que lleva a la conversión de los corazones según
el amor que se tenga a Dios y, al mismo tiempo, a los hermanos: a todos los
hermanos, incluso a los que no están en plena comunión con nosotros.
Del amor nace el deseo de la unidad, también en aquéllos que siempre
han ignorado esta exigencia. El amor es artífice de comunión entre
las personas y entre las Comunidades. Si nos amamos, es más profunda
nuestra comunión, y se orienta hacia la perfección. El amor se
dirige a Dios como fuente perfecta de comunión -la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo-, para encontrar la fuerza de suscitar
esta misma comunión entre las personas y entre las Comunidades, o de
restablecerla entre los cristianos aún divididos. El amor es la corriente
profundísima que da vida e infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión más plena en la oración común.
Cuando los hermanos que no están en perfecta comunión entre sí
se reúnen para rezar, su oración es definida por el Concilio Vaticano
II como alma de todo el movimiento ecuménico. La oración es «
un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad », una «
expresión auténtica de los vínculos que siguen uniendo
a los católicos con los hermanos separados ».(43) Incluso cuando
no se reza en sentido formal por la unidad de los cristianos, sino por otros
motivos, como, por ejemplo, por la paz, la oración se convierte por sí
misma en expresión y confirmación de la unidad. La oración
común de los cristianos invita a Cristo mismo a visitar la Comunidad
de aquéllos que lo invocan: « Donde están dos o tres reunidos
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20).
22. Cuando los cristianos rezan juntos la meta de la unidad aparece más
cercana. La larga historia de los cristianos marcada por múltiples divisiones
parece recomponerse, tendiendo a la Fuente de su unidad que es Jesucristo. ¡El
es el mismo ayer, hoy y siempre! (cf. Hb 13, 8). Cristo está realmente
presente en la comunión de oración; ora « en nosotros »,
« con nosotros » y « por nosotros ». El dirige nuestra
oración en el Espíritu Consolador que prometió y dio ya
a su Iglesia en el Cenáculo de Jerusalén, cuando la constituyó
en su unidad originaria.
En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde
sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes
se congregan en torno a Cristo mismo. Si los cristianos, a pesar de sus divisiones,
saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo,
crecerá en ellos la conciencia de que es menos lo que los divide que
lo que los une. Si se encuentran más frecuente y asiduamente delante
de Cristo en la oración, hallarán fuerza para afrontar toda la
dolorosa y humana realidad de las divisiones, y de nuevo se encontrarán
en aquella comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el Espíritu
Santo, a pesar de todas las debilidades y limitaciones humanas.
23. En suma, la comunión de oración lleva a mirar con ojos nuevos
a la Iglesia y al cristianismo. En efecto, no se debe olvidar que el Señor
pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta
fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese creer que el Padre lo
había enviado (cf. Jn 17, 21). Se puede decir que el movimiento ecuménico
haya partido en cierto sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando
el único Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o
Comunidad eclesial; una contradicción que no podía pasar desapercibida
a quien escuchaba el mensaje de salvación y encontraba en ello un obstáculo
a la acogida del anuncio evangélico. Lamentablemente este grave impedimento
no está superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión.
Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el camino hacia
la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a la Iglesia apostólica
en sus principios, y que nosotros buscamos sinceramente: prueba de esto es nuestra
oración común, animada por la fe. En la oración nos reunimos
en el nombre de Cristo que es Uno. El es nuestra unidad.
La oración « ecuménica » está al servicio de
la misión cristiana y de su credibilidad. Por eso debe estar particularmente
presente en la vida de la Iglesia y en cada actividad que tenga como fin favorecer
la unidad de los cristianos. Es como si nosotros debiéramos volver siempre
a reunirnos en el Cenáculo del Jueves Santo, aunque nuestra presencia
común en este lugar, aguarda todavía su perfecto cumplimiento,
hasta que, superados los obstáculos para la perfecta comunión
eclesial, todos los cristianos se reúnan en la única celebración
de la Eucaristía.(44)
24. Es motivo de alegría constatar cómo tantos encuentros ecuménicos
incluyen casi siempre la oración y, más aún, culminan con
ella. La Semana de Oración por la unidad de los cristianos, que se celebra
en el mes de enero, o en torno a Pentecostés en algunos países,
se ha convertido en una tradición difundida y consolidada. Pero además
de ella, son muchas las ocasiones que durante el año llevan a los cristianos
a rezar juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia particular de
las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los diferentes continentes
y en los varios países de la oikoumene contemporánea. Soy bien
consciente de que el Concilio Vaticano II orientó al Papa hacia este
particular ejercicio de su ministerio apostólico. Se puede decir aún
más. El Concilio hizo de este peregrinar del Papa una clara necesidad,
en cumplimiento del papel del Obispo de Roma al servicio de la comunión.(45)
Estas visitas casi siempre han incluido un encuentro ecuménico y la oración
en común de los hermanos que buscan la unidad en Cristo y en su Iglesia.
Recuerdo con una emoción muy especial la oración con el Primado
de la Comunión anglicana en la catedral de Canterbury, el 29 de mayo
de 1982, cuando en aquel admirable templo veía un « elocuente testimonio,
al mismo tiempo, de nuestros largos años de herencia común y de
los tristes años de división que vinieron a continuación
»;(46) tampoco puedo olvidar las realizadas en los Países escandinavos
y nórdicos (1-10 de junio de 1989), en América, Africa, o aquélla
en la sede del Consejo Ecuménico de las Iglesias (12 de junio de 1984),
organismo que tiene como objetivo llamar a las Iglesias y a las Comunidades
eclesiales que forman parte « a la meta de la comunión visible
en una sola fe y en una sola comunión eucarística expresada en
el culto y en la vida común en Cristo».(47) Y ¿cómo
podría olvidar mi participación en la liturgia eucarística
en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado ecuménico (30 de noviembre
de 1979), y la celebración en la Basílica de san Pedro durante
la visita a Roma de mi venerable Hermano, el Patriarca Dimitrios I (6 de diciembre
de 1987)? En aquella circunstancia, junto al altar de la Confesión, profesamos
juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según el texto original
griego. No se pueden describir con pocas palabras los aspectos concretos que
han caracterizado cada uno de estos encuentros de oración. Por los condicionamientos
del pasado que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos, todos tienen
una propia y singular elocuencia; todos están grabados en la memoria
de la Iglesia, guiada por el Paráclito en la búsqueda de la unidad
de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el Papa se ha hecho peregrino. En estos años muchos
dignos representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales me han visitado
en Roma y he podido rezar con ellos en encuentros públicos y privados.
Ya he mencionado la presencia del Patriarca ecuménico Dimitrios I. Quisiera
ahora recordar también el encuentro de oración con los Arzobispos
luteranos, primados de Suecia y Finlandia, en la misma Basílica de san
Pedro, para la celebración de Vísperas, con ocasión del
VI centenario de la canonización de santa Brígida (5 de octubre
de 1991). Se trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente de que el
deber de orar por la unidad es propio de su vida. No hay un acontecimiento importante
y significativo que no se beneficie con la presencia recíproca y la oración
de los cristianos. Me es imposible enumerar todos estos encuentros, aunque cada
uno merezca ser nombrado. Verdaderamente el Señor nos lleva de la mano
y nos guía. Estos intercambios, estas oraciones han escrito ya páginas
y páginas de nuestro « Libro de la unidad », «Libr
» que debemos siempre hojear y releer para hallar inspiración y
esperanza.
26. La oración, la comunidad de oración, nos permite reencontrar
siempre la verdad evangélica de las palabras « uno solo es vuestro
Padre » (Mt 23, 9), aquel Padre, Abbá, al cual Cristo mismo se
dirige, El que es Hijo unigénito de la misma sustancia. Y además:
« Uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos »
(Mt 23, 8). La oración « ecuménica » manifiesta esta
dimensión fundamental de fraternidad en Cristo, que murió para
unir a los hijos de Dios dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos
en el Hijo (cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la inescrutable
realidad de la paternidad de Dios y, al mismo tiempo, la verdad sobre la humanidad
propia de cada uno y de todos.
La oración « ecuménica », la oración de los
hermanos y hermanas, expresa todo esto. Ellos, precisamente por estar divididos
entre sí, con mayor esperanza se unen en Cristo, confiándole el
futuro de su unidad y de su comunión. A esta situación se podría
aplicar una vez más felizmente la enseñanza del Concilio: «
El Señor Jesús, cuando pide al Padre ¿que todos sean uno
1 como nosotros también somos uno' (Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas
inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre la unión
de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad
y el amor ».(48)
La conversión del corazón, condición esencial de toda auténtica
búsqueda de la unidad, brota de la oración y ésta la lleva
hacia su cumplimiento: « Los deseos de unidad brotan y maduran como fruto
de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo
y de una efusión libérrima de la caridad. Por ello, debemosimplorar
del Espíritu divino la gracia de una sincera abnegación, humildad
y mansedumbre en el servicio a los demás y espíritu de generosidad
fraterna hacia ellos ».(49)
27. Orar por la unidad no está sin embargo reservado a quien vive en
un contexto de división entre los cristianos. En el diálogo íntimo
y personal que cada uno de nosotros debe tener con el Señor en la oración,
no puede excluirse la preocupación por la unidad. En efecto, sólo
de este modo ésta formará parte plenamente de la realidad de nuestra
vida y de los compromisos que hayamos asumido en la Iglesia. Para poner de relieve
esta exigencia he querido proponer a los fieles de la Iglesia católica
un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa trapense, María
Gabriela de la Unidad, que proclamé beata el 25 de enero de 1983.(50)
Sor María Gabriela, llamada por su vocación a vivir alejada del
mundo, dedicó su existencia a la meditación y a la oración
centrada en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la ofreció
por la unidad de los cristianos. Este es el soporte de toda oración:
la entrega total y sin reservas de la propia vida al Padre, por medio del Hijo,
en el Espíritu Santo. El ejemplo de sor María Gabriela nos enseña,
nos hace comprender cómo no existen tiempos, situaciones o lugares particulares
para rezar por la unidad. La oración de Cristo al Padre es modelo para
todos, siempre y en todo lugar.
Diálogo ecuménico
28. Si la
oración es el « alma » de la renovación ecuménica
y de la aspiración a la unidad; sobre ella se fundamenta y en ella encuentra
su fuerza todo lo que el Concilio define como «diálogo ».
Esta definición no está ciertamente lejos delpensamiento personalista
actual. La actitud de « diálogo » se sitúa en el nivel
de la naturaleza de la persona y de su dignidad. Desde el punto de vista filosófico,
esta posición se relaciona con la verdad cristiana sobre el hombre expresada
por el Concilio. En efecto, el hombre « es la única criatura en
la tierra a la que Dios ha amado por sí misma »; por tanto «
no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera
de sí mismo ».(51) El diálogo es paso obligado del camino
a recorrer hacia la autorrealización del hombre, tanto del individuo
como también de cada comunidad humana. Si bien del concepto de «
diálogo » parece emerger en primer plano el momento cognoscitivo
(dia-logos), cada diálogo encierra una dimensión global, existencial.
Abarca al sujeto humano totalmente; el diálogo entre las comunidades
compromete de modo particular la subjetividad de cada una de ellas.
Esta verdad sobre el diálogo, expresada tan profundamente por el Papa
Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam,(52) fue también asumida
por la doctrina y la actividad ecuménica del Concilio. El diálogo
no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un «
intercambio de dones».(53)
29. Por este motivo, el Decreto conciliar sobre el ecumenismo pone también
en primer plano « todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios
y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición
de los hermanos separados, y que por lo mismo hagan más difíciles
las relaciones mutuas con ellos ».(54) Este Documento afronta la cuestión
desde el punto de vista de la Iglesia católica y se refiere al criterio
que ella debe aplicar en relación con los demás cristianos. Sin
embargo, en todo esto hay una exigencia de reciprocidad. Seguir este criterio
es un compromiso indispensable de cada una de las partes que quieren dialogar
y es condición previa para comenzarlo. Es necesario pasar de una situación
de antagonismo y de conflicto a un nivel en el que uno y otro se reconocen recíprocamente
como asociados. Cuando se empieza a dialogar, cada una de las partes debe presuponer
una voluntad de reconciliación en su interlocutor, deunidad en la verdad.
Para realizar todo esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca
oposición. Sólo así el diálogo ayudará a
superar la división y podrá acercar a la unidad.
30. Se puede afirmar, con viva gratitud hacia el Espíritu de verdad,
que el Concilio Vaticano II fue un tiempo providencial durante el cual se realizaron
las condiciones fundamentales para la participación de la Iglesia católica
en el diálogo ecuménico. Por otra parte, la presencia de numerosos
observadores de varias Iglesias y Comunidades eclesiales, su profunda implicación
en el acontecimiento conciliar, los numerosos encuentros y las oraciones en
común que el Concilio ha hecho posibles, han contribuido a que se dieran
las condiciones para el diálogo. Durante el Concilio, los representantes
de las Iglesias y Comunidades cristianas experimentaron la disposición
para el diálogo del episcopado católico del mundo entero y, en
particular, de la Sede Apostólica.
Estructuras locales de diálogo
31. El diálogo ecuménico, tal y como se ha manifestado
desde los días del Concilio, lejos de ser una prerrogativa de la Sede
Apostólica, atañe también a las Iglesias locales o particulares.
Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias orientales
católicas han instituido comisiones especiales para la promoción
del espíritu y de la acción ecuménicos. Oportunas estructuras
análogas trabajan a nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el
deber concreto y general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones
conciliares sobre ecumenismo: este es un aspecto esencial del movimiento ecuménico.(55)
No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha convertido
en una necesidad declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia,
se ha perfilado la « técnica » para dialogar, favoreciendo
al mismo tiempo el crecimiento del espíritu de diálogo. En este
contexto se quiere ante todo considerar el diálogo entre cristianos de
las diferentes Iglesias o Comunidades, « entablado entre expertos adecuadamente
formados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su
Comunión y presenta con claridad sus características ».(56)
Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el método adecuado al
diálogo.
32. Como afirma la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa,
« la verdad debe buscarse de un modo adecuado a la dignidad de la persona
humana y a su naturaleza social, es decir, mediante la investigación
libre, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación
y del diálogo, en los que unos exponen a los otros la verdad que han
encontrado o piensan haber encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda
de la verdad; una vez conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente
con el asentimiento personal ».(57)
El diálogo ecuménico tiene una importancia esencial. « Pues,
por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más
auténtico y una estima más justa de la doctrina y de la vida de
cada Comunión; además, también las Comuniones consiguen
una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro del bien común
exigidas por toda conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible,
en la oración unánime. Finalmente, todos examinan su fidelidad
a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprenden valientemente, como conviene,
la obra de renovación y de reforma ».(58)
Diálogo como examen de conciencia
33. En la intención del Concilio, el diálogo ecuménico
tiene el carácter de una búsqueda común de la verdad, particularmente
sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma las conciencias y orienta su actuación
en favor de la unidad. Al mismo tiempo, exige que la conciencia de los cristianos,
hermanos divididos entre sí, y sus obras se conformen a la oración
de Cristo por la unidad. Existe una correlación entre oración
y diálogo. Una oración más profunda y consciente hace el
diálogo más rico en frutos. Si por una parte la oración
es la condición para el diálogo, por otra llega a ser, de forma
cada vez más madura, su fruto.
34. Gracias al diálogo ecuménico podemos hablar de mayor madurez
de nuestra oración común. Esto es posible en cuanto el diálogo
cumple también y al mismo tiempo la función de un examen de conciencia.
¿Cómo no recordar en este contexto las palabras de la Primera
Carta de Juan? « Si decimos: 'No tenemos pecado', nos engañamos
y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel
y justo es él [Dios] para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda
injusticia » (1, 8-9). Juan nos lleva aún más allá
cuando afirma: « Si decimos: 'No hemos pecado', le hacemos mentiroso y
su Palabra no está en nosotros » (1, 10). Una exhortación
que reconoce tan radicalmente nuestra condición de pecadores debe ser
también una característica del espíritu con que se afronta
el diálogo ecuménico. Si éste no llegara a ser un examen
de conciencia, como un « diálogo de las conciencias », ¿podríamos
contar con la certeza que la misma Carta nos transmite? « Hijos míos,
os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno
que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación
por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por
los del mundo entero » (2, 1-2). El sacrificio salvífico de Cristo
se ofrece por todos los pecados del mundo, y por tanto también los cometidos
contra la unidad de la Iglesia: los pecados de los cristianos, tanto de los
pastores como de los fieles. Incluso después de tantos pecados que han
contribuido a las divisiones históricas, es posible la unidad de los
cristianos, si somos conscientes humildemente de haber pecado contra la unidad
y estamos convencidos de la necesidad de nuestra conversión. No sólo
se deben perdonar y superar los pecados personales, sino también los
sociales, es decir, las « estructuras » mismas del pecado que han
contribuido y pueden contribuir a la división y a su consolidación.
35. Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que
todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de
conversión.(59) El diálogo ecuménico presenta en este documento
un carácter propio; se transforma en « diálogo de la conversión
», y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico
« diálogo de salvación ».(60) El diálogo no
puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose
al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios
de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión
vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor
de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión vertical
del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento
de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado. Precisamente
esto abre en los hermanos que viven en comunidades que no están en plena
comunión entre ellas, un espacio interior en donde Cristo, fuente de
unidad de la Iglesia, puede obrar eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu
Paráclito.
Diálogo para resolver las divergencias
36. El diálogo es también un instrumento natural para confrontar
diversos puntos de vista y sobre todo examinar las divergencias que obstaculizan
la plena comunión de los cristianos entre sí. El Decreto sobre
el ecumenismo describe, en primer lugar, las disposiciones morales con las que
se deben afrontar las conversaciones doctrinales: « Los teólogos
católicos, afianzados en la doctrina de la Iglesia, deben seguir adelante
en el diálogo ecuménico con amor a la verdad, caridad y humildad,
investigando juntamente con los hermanos separados sobre los misterios divinos
».(61)
El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica
búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. Sin este amor
sería imposible afrontar las objetivas dificultades teológicas,
culturales, psicológicas y sociales que se encuentran al examinar las
divergencias. A esta dimensión interior y personal está inseparablemente
unido el espíritu de caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor,
humildad hacia la verdad que se descubre y que podría exigir revisiones
de afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que se presente
toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método
de enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo
con los hermanos.(62) Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar
la doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente
tanto las categorías mentales como la experiencia histórica concreta
del otro.
Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación
de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos
de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo
o de fácil « estar de acuerdo ». Las cuestiones serias deben
resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros momentos, con
idéntica configuración o bajo otro aspecto.
37. El Decreto Unitatis redintegratio señala también un criterio
a seguir cuando los católicos tienen que presentar o confrontar las doctrinas:
« Han de recordar que existe un orden o 'jerarquía' de las verdades
de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con
el fundamento de la fe cristiana. Así se preparará el camino por
el cual todos, por esta emulación fraterna, se estimularán a un
conocimiento más profundo y a una exposición más clara
de las riquezas insondables de Cristo».(63)
38. En el diálogo nos encontramos inevitablemente con el problema de
las diferentes formulaciones con las que se expresa la doctrina en las distintas
Iglesias y Comunidades eclesiales, lo cual tiene más de una consecuencia
para la actividad ecuménica.
En primer lugar, ante formulaciones doctrinales que se diferencian de las habituales
de la comunidad a la que se pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras
no sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha constatado
en recientes declaraciones comunes firmadas por mis Predecesores y por mí
junto con los Patriarcas de Iglesias con las que desde siglos existía
un contencioso cristológico. En relación a la formulación
de las verdades reveladas, la Declaración Mysterium Ecclesiae afirma:
« Si bien las verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera
efectiva con sus fórmulas dogmáticas se distinguen del pensamiento
mutable de una época y pueden expresarse al margen de estos pensamientos,
sin embargo, puede darse el caso de que tales verdades pueden ser enunciadas
por el sagrado Magisterio con palabras que sean evocación del mismo pensamiento.
Teniendo todo esto presente hay que decir que las fórmulas dogmáticas
del Magisterio de la Iglesia han sido aptas desde el principio para comunicar
la verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo serán siempre
para quienes las interpretan rectamente ».(64) A este respecto, el diálogo
ecuménico, que anima a las partes implicadas a interrogarse, comprenderse
y explicarse recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las
polémicas y controversias intolerantes han transformado en afirmaciones
incompatibles lo que de hecho era el resultado de dos intentos de escrutar la
misma realidad, aunque desde dos perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar
la fórmula que, expresando la realidad en su integridad, permita superar
lecturas parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las ventajas del ecumenismo es que ayuda a las Comunidades cristianas
a descubrir la insondable riqueza de la verdad. También en este contexto,
todo lo que el Espíritu realiza en los « otros » puede contribuir
a la edificación de cada comunidad (65) y en cierto modo a instruirla
sobre el misterio de Cristo. El ecumenismo auténtico es una gracia de
cara a la verdad.
39. Finalmente, el diálogo pone a los interlocutores frente a las verdaderas
y propias divergencias que afectan a la fe. Estas divergencias deben sobre todo
ser afrontadas con espíritu sincero de caridad fraterna, de respeto de
las exigencias de la propia conciencia y la del prójimo, con profunda
humildad y amor a la verdad. La confrontación en esta materia tiene dos
puntos de referencia esenciales: la Sagrada Escritura y la gran Tradición
de la Iglesia. Para los católicos es una ayuda el Magisterio siempre
vivo de la Iglesia.
La colaboración práctica
40. Las relaciones
entre los cristianos no tienden sólo al mero conocimiento recíproco,
a la oración en común y al diálogo. Prevén y exigen
desde ahora cualquier posible colaboración práctica en los diversos
ámbitos: pastoral, cultural, social, e incluso en el testimonio del mensaje
del Evangelio.(66)
« La cooperación de todos los cristianos expresa vivamente aquella
conjunción por la cual están ya unidos entre sí y presenta
bajo una luz más plena el rostro de Cristo siervo ».(67) Una cooperación
así fundada sobre la fe común, no sólo es rica por la comunión
fraterna, sino que es una epifanía de Cristo mismo.
Además, la cooperación ecuménica es una verdadera escuela
de ecumenismo, es un camino dinámico hacia la unidad. La unidad de acción
lleva a la plena unidad de fe: « Con esta cooperación, todos los
que creen en Cristo aprenderán fácilmente cómo pueden conocerse
mejor los unos a los otros, apreciarse más y allanar el camino de la
unidad de los cristianos ».(68)
A los ojos del mundo la cooperación entre los cristianos asume las dimensiones
del común testimonio cristiano y llega a ser instrumento de evangelización
en beneficio de unos y otros. SUBIR
CAPÍTULO II: FRUTOS DEL DIÁLOGO
La
fraternidad reencontrada
41. Cuanto he dicho anteriormente en relación al diálogo ecuménico
desde la clausura del Concilio en adelante, lleva a dar gracias al Espíritu
de la verdad prometido por Cristo Señor a los Apóstoles y a la
Iglesia (cf. Jn 14, 26). Es la primera vez en la historia que la acción
en favor de la unidad de los cristianos ha adquirido proporciones tan grandes
y se ha extendido a un ámbito tan amplio. Esto es ya un don inmenso que
Dios ha concedido y que merece toda nuestra gratitud. De la plenitud de Cristo
recibimos « gracia por gracia » (Jn 1, 16). Reconocer lo que Dios
ya ha concedido es condición que nos predispone a recibir aquellos dones
aún indispensables para llevar a término la obra ecuménica
de la unidad.
Una visión de conjunto de los últimos treinta años ayuda
a comprender mejor muchos de los frutos de esta conversión común
al Evangelio de la que el Espíritu de Dios ha hecho instrumento al movimiento
ecuménico.
42. Sucede por ejemplo que -en el mismo espíritu del Sermón de
la Montaña- los cristianos pertenecientes a una confesión ya no
consideran a los demás cristianos como enemigos o extranjeros, sino que
ven en ellos a hermanos y hermanas. Por otra parte, hoy se tiende a sustituir
incluso el uso de la expresión hermanos separados por términos
más adecuados para evocar la profundidad de la comunión -ligada
al carácter bautismal- que el Espíritu alimenta a pesar de las
roturas históricas y canónicas. Se habla de « otros cristianos
», de « otros bautizados », de «cristianos de otras
Comunidades ». El Directorio para la aplicación de los principios
y de las normas acerca del ecumenismo llama a las Comunidades a las que pertenecen
estos cristianos como « Iglesias o Comunidades eclesiales que no están
en plena comunión con la Iglesia católica».(69) Esta ampliación
de la terminología traduce una notable evolución de la mentalidad.
La conciencia de la común pertenencia a Cristo se profundiza. Lo he podido
constatar personalmente muchas veces, durante las celebraciones ecuménicas
que constituyen uno de los eventos importantes de mis viajes apostólicos
por las diversas partes del mundo, o en los encuentros y celebraciones ecuménicas
realizados en Roma. La « fraternidad universal » de los cristianos
se ha convertido en una firme convicción ecuménica. Relegando
al olvido las excomuniones del pasado, las Comunidades que en un tiempo fueron
rivales hoy en muchos casos se ayudan mutuamente; a veces se prestan los edificios
de culto, se ofrecen becas de estudio para la formación de los ministros
de las Comunidades carentes de medios, se interviene ante las autoridades civiles
para defender a otros cristianos injustamente acusados, se demuestra la falta
de fundamento de las calumnias que padecen ciertos grupos.
En una palabra, los cristianos se han convertido a una caridad fraterna que
abarca a todos los discípulos de Cristo. Si sucede que, como consecuencia
de agitaciones políticas violentas, surge en situaciones concretas una
cierta agresividad o un espíritu de revancha, las autoridades de las
partes en conflicto se afanan generalmente por hacer prevalecer la « Ley
nueva » del espíritu de caridad. Desgraciadamente, este espíritu
no ha podido transformar todas las situaciones de conflicto cruento. El compromiso
ecuménico en estas circunstancias exige no raramente de quien lo vive
opciones de auténtico heroísmo.
Es preciso afirmar a este respecto que el reconocimiento de la fraternidad no
es la consecuencia de un filantropismo liberal o de un vago espíritu
de familia. Tiene su raíz en el reconocimiento del único Bautismo
y en la consiguiente exigencia de que Dios sea glorificado en su obra. El Directorio
para la aplicación de los principios y de las normas acerca del ecumenismo
alienta a un reconocimiento recíproco y oficial de los Bautismos.(70)
Esto es mucho más que un mero acto de cortesía ecuménica,
y constituye una afirmación eclesiológica importante.
Es oportuno recordar que el carácter fundamental del Bautismo en la obra
de la edificación de la Iglesia se ha puesto de relieve claramente también
gracias al diálogo multilateral.(71)
La solidaridad al servicio de la humanidad
43. Sucede cada vez más que los responsables de las Comunidades
cristianas adoptan conjuntamente posiciones, en nombre de Cristo, sobre problemas
importantes que afectan a la vocación humana, la libertad, la justicia,
la paz y el futuro del mundo. Obrando así « comulgan » con
uno de los elementos constitutivos de la misión cristiana: recordar a
la sociedad, de un modo realista, la voluntad de Dios, haciendo ver a las autoridades
y a los ciudadanos el peligro de seguir caminos que llevarían a la violación
de los derechos humanos. Es claro, y la experiencia lo demuestra, que en algunas
circunstancias la voz común de los cristianos tiene más impacto
que una voz aislada.
Los responsables de las Comunidades no son sin embargo los únicos que
se unen en este compromiso por la unidad. Numerosos cristianos de todas las
Comunidades, movidos por su fe, participan juntos en proyectos audaces que pretenden
cambiar el mundo para que triunfe el respeto de los derechos y de las necesidades
de todos, especialmente de los pobres, los marginados y los indefensos. En la
Carta encíclica Sollicitudo rei socialis he constatado con alegría
esta colaboración, señalando que la Iglesia católica no
puede soslayarla.(72) En efecto, los cristianos que tiempo atrás actuaban
de modo independiente, ahora están comprometidos juntos al servicio de
esta causa para que la benevolencia de Dios pueda triunfar.
La lógica es la del Evangelio. Por ello, reafirmando lo que escribí
en mi primera Carta encíclica Redemptor hominis, he tenido oportunidad
« de insistir sobre este punto y de estimular todo esfuerzo realizado
en esta dirección, a todos los niveles en los que nos encontramos con
los otros cristianos hermanos nuestros »(73) y he dado gracias a Dios
por « lo que ha realizado en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales
y por medio de ellas », como también por medio de la Iglesia católica.(74)
Hoy constato con satisfacción que la ya vasta red de colaboración
ecuménica se extiende cada vez más. También se realiza
una gran tarea en este campo gracias al Consejo Ecuménico de las Iglesias.
Convergencias en la palabra de Dios y en el culto divino
44. Los progresos de la conversión ecuménica son también
significativos en otro sector, el relativo a la palabra de Dios. Pienso ante
todo en un hecho tan importante para diversos grupos lingüísticos
como son las traducciones ecuménicas de la Biblia. Después de
la promulgación, por parte del Concilio Vaticano II, de la Constitución
Dei Verbum, la Iglesia católica acogió con alegría dicha
iniciativa.(75) Estas traducciones, obra de especialistas, ofrecen generalmente
una base segura para la oración y la actividad pastoral de todos los
discípulos de Cristo. Quien recuerda todo lo que influyeron las disputas
en torno a la Escritura en las divisiones, especialmente en Occidente, puede
comprender el notable paso que representan estas traducciones comunes.
45. A la renovación litúrgica realizada por la Iglesia católica,
corresponde en diversas Comunidades eclesiales la iniciativa de renovar sus
cultos. Algunas de ellas, a partir de los deseos expresados a nivel ecuménico,(76)
han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena sólo en
contadas ocasiones y han optado por una celebración dominical. Por otra
parte, comparando los ciclos de las lecturas litúrgicas de distintas
Comunidades cristianas occidentales, se constata que convergen en lo esencial.
Siempre a nivel ecuménico,(77) se ha dado un relieve muy especial a la
liturgia y a los signos litúrgicos (imágenes, iconos, ornamentos,
luces, incienso, gestos). Además, en los institutos de teología
donde se forman los futuros ministros el estudio de la historia y del significado
de la liturgia comienza a formar parte de los programas, como una necesidad
que se está descubriendo.
Se trata de signos convergentes en varios aspectos de la vida sacramental. Ciertamente,
a causa de las divergencias relativas a la fe, no es posible todavía
concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo, tenemos el
ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor,
y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración.
Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más « con un
mismo corazón ». En ocasiones, el poder consumar esta comunión
« real aunque todavía no plena » parece estar más
cerca. ¿Quién hubiera podido pensarlo hace un siglo?
46. En este contexto, es motivo de alegría recordar que los ministros
católicos pueden, en determinados casos particulares, administrar los
sacramentos de la Eucaristía, la Penitencia y la Unción de enfermos
a otros cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia
católica, pero que desean vivamente recibirlos, los piden libremente
y manifiestan la fe que la Iglesia católica confiesa en estos sacramentos.
Recíprocamente, en determinados casos y por circunstancias particulares,
también los católicos pueden solicitar estos mismos sacramentos
a los ministros de aquellas Iglesias en que sean válidos. Las condiciones
para esta acogida recíproca están fijadas en normas cuya observancia
es necesaria para la promoción ecuménica.(78)
Apreciar los bienes presentes en los otros cristianos
47. El diálogo
no se desarrolla sólo en relación a la doctrina, sino que abarca
toda la persona: es también un diálogo de amor. El Concilio afirmó:
« Es necesario que los católicos reconozcan con gozo y aprecien
los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común,
que se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer
las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio
de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la sangre: Dios es siempre admirable
y digno de admiración en sus obras ».(79)
48. Las relaciones que los miembros de la Iglesia católica han establecido
con los demás cristianos a partir del Concilio, han hecho descubrir lo
que Dios realiza en quienes pertenecen a las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.
Este contacto directo, a varios niveles, entre los pastores y entre miembros
de las Comunidades nos ha hecho tomar conciencia del testimonio que los otros
cristianos ofrecen a Dios y a Cristo. Se ha abierto así un espacio amplísimo
para toda la experiencia ecuménica, que es al mismo tiempo el reto de
nuestra época. ¿No es acaso el siglo veinte un tiempo de gran
testimonio, que llega « hasta el derramamiento de la sangre »? ¿No
mira también este testimonio a las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales,
que toman su nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor,
es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. El Concilio
Vaticano II señaló que los bienes presentes en los otros cristianos
pueden contribuir a la edificación de los católicos: « No
hay que olvidar tampoco que todo lo que la gracia del Espíritu Santo
obra en los hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación.
Todo lo que es verdaderamente cristiano no se opone nunca a los bienes auténticos
de la fe: es más, siempre puede conseguir que se alcance de modo más
perfecto el misterio de Cristo y de la Iglesia ».(80) El diálogo
ecuménico, como verdadero diálogo de salvación, no dejará
de animar este proceso, bien encaminado ya en sí mismo a avanzar hacia
la verdadera y plena comunión.
Crecimiento de la comunión
49. El crecimiento de la comunión es un fruto precioso de las
relaciones entre los cristianos y del diálogo teológico que mantienen.
Lo uno y lo otro han hecho a los cristianos conscientes de los elementos de
fe que tienen en común. Esto ha servido para consolidar posteriormente
su compromiso hacia la plena unidad. En ello el Concilio Vaticano II aparece
como potente foco de promoción y orientación.
La Constitución dogmática Lumen gentium relaciona la doctrina
sobre la Iglesia católica con el reconocimiento de los elementos salvíficos
que se encuentran en las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.(81) No se
trata de una toma de conciencia de elementos estáticos, presentes pasivamente
en esas Iglesias o Comunidades. Como bienes de la Iglesia de Cristo, por su
naturaleza, tienden hacia el restablecimiento de la unidad. De esto se deriva
que la búsqueda de la unidad de los cristianos no es un hecho facultativo
o de oportunidad, sino una exigencia que nace de la misma naturaleza de la comunidad
cristiana.
Igualmente, los diálogos teológicos bilaterales con las mayores
Comunidades cristianas parten del reconocimiento del grado de comunión
ya presente para discutir después, de modo progresivo, las divergencias
existentes con cada una. El Señor ha concedido a los cristianos de nuestro
tiempo ir superando las discusiones tradicionales.
El diálogo con las Iglesias de Oriente
50. A este respecto, se debe ante todo constatar, con gratitud particular
a la Providencia divina, que la relación con las Iglesias de Oriente,
debilitada durante siglos, se ha afianzado con el Concilio Vaticano II. Los
observadores de estas Iglesias presentes en el Concilio, junto con los representantes
de las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente, manifestaron públicamente,
en un momento tan solemne para la Iglesia católica, la voluntad común
de buscar la comunión.
El Concilio, por su parte, consideró con objetividad y con profundo afecto
a las Iglesias de Oriente, poniendo de relieve su eclesialidad y los vínculos
objetivos de comunión que las unen con la Iglesia católica. El
Decreto sobre el ecumenismo afirma: « Por la celebración de la
Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica
y crece la Iglesia de Dios », añadiendo que estas Iglesias «
aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de
la sucesión apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía,
con los que se unen aún con nosotros con vínculos estrechísimos
».(82)
De las Iglesias de Oriente se reconoce su gran tradición litúrgica
y espiritual, el carácter específico de su desarrollo histórico,
las disciplinas observadas por ellas desde los primeros tiempos y sancionadas
por los Santos Padres y por los Concilios ecuménicos, su modo propio
de enunciar la doctrina. Todo esto con la convicción de que la legítima
diversidad no se opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino
que por el contrario aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento de
su misión.
El Concilio Ecuménico Vaticano II quiere fundamentar el diálogo
sobre la comunión existente y llama la atención precisamente sobre
la rica realidad de las Iglesias de Oriente: « Por ello, el sacrosanto
Sínodo exhorta a todos, pero principalmente a aquellos que desean trabajar
por la instauración de la deseada comunión plena entre las Iglesias
orientales y la Iglesia católica, a que tengan la debida consideración
de esta peculiar condición de las Iglesias que nacen y crecen en Oriente
y de la índole de las relaciones existentes entre éstas y la Sede
de Roma antes de la separación, y a que se formen una recta opinión
sobre todas estas cosas ».(83)
51. Esta orientación conciliar ha sido fecunda tanto por las relaciones
de fraternidad, que se han ido desarrollando a través del diálogo
de caridad, como por la discusión doctrinal en el ámbito de la
Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Igualmente han sido muy
fructíferas las relaciones con las antiguas Iglesias de Oriente.
Ha sido un proceso lento y laborioso, pero fuente de mucha alegría; ha
sido también alentador porque ha permitido reencontrar progresivamente
la fraternidad.
Reanudación de contactos
52. En relación a la Iglesia de Roma y al Patriarcado ecuménico
de Constantinopla, el proceso al que acabamos de hacer alusión se inició
gracias a la apertura recíproca mostrada por los Papas Juan XXIII y Pablo
VI, y también por el Patriarca ecuménico Atenágoras I y
sus sucesores. El cambio producido tiene su expresión histórica
en el acto eclesial por medio del cual « se ha borrado de la memoria y
del interior de las Iglesias »(84) el recuerdo de las excomuniones que,
novecientos años antes, en 1054, se convirtieron en símbolo del
cisma entre Roma y Constantinopla. Aquel acontecimiento eclesial, tan denso
de contenido ecuménico, tuvo lugar en los últimos días
del Concilio, el 7 de diciembre de 1965. La asamblea conciliar se concluía
así con un acto solemne que era al mismo tiempo purificación de
la memoria histórica, perdón recíproco y compromiso solidario
por la búsqueda de la comunión.
Este gesto estuvo precedido por el encuentro entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras
I en Jerusalén, en enero de 1964, durante la peregrinación del
Papa a Tierra Santa. En aquella ocasión pudo encontrar también
al Patriarca ortodoxo de Jerusalén, Benedictos. Posteriormente, el Papa
Pablo VI visitó al Patriarca Atenágoras en El Fanar (Estambul),
el 25 de julio de 1967 y, en el mes de octubre del mismo año, el Patriarca
fue acogido solemnemente en Roma. Estos encuentros de oración señalaban
el camino a seguir para el acercamiento entre la Iglesia de Oriente y la Iglesia
de Occidente, y el restablecimiento de la unidad que existía entre ellas
en el primer milenio.
Después de la muerte del Papa Pablo VI y del breve pontificado del Papa
Juan Pablo I, cuando se me confió el ministerio de Obispo de Roma, consideré
que era uno de los deberes primeros de mi ministerio pontificio tener de nuevo
un contacto personal con el Patriarca ecuménico Dimitrios I, que en este
tiempo había asumido la sucesión del Patriarca Atenágoras
en la sede de Constantinopla. Durante mi visita a El Fanar el 29 de noviembre
de 1979, el Patriarca y yo decidimos inaugurar el diálogo teológico
entre la Iglesia católica y todas las Iglesias ortodoxas en comunión
canónica con la sede de Constantinopla. Es importante añadir,
a este propósito, que estaban ya entonces en curso los preparativos para
la convocatoria del futuro Concilio de las Iglesias ortodoxas. La búsqueda
de su armonía es una contribución a la vida y vitalidad de esas
Iglesias hermanas, y esto considerando también la función que
están llamadas a desarrollar en el camino hacia la unidad. El Patriarca
ecuménico quiso devolverme la visita que le había hecho y, en
diciembre de 1987, tuve la alegría de recibirlo en Roma con sincero afecto
y con la solemnidad que le correspondía. En este contexto de fraternidad
eclesial se debe recordar la costumbre, establecida ya desde hace varios años,
de acoger en Roma, para la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo,
una delegación del Patriarcado ecuménico, así como de enviar
a El Fanar una delegación de la Santa Sede para la solemne celebración
de san Andrés.
53. Estos contactos regulares permiten entre otras cosas un intercambio directo
de informaciones y pareceres para una coordinación fraterna. Por otra
parte, nuestra participación común en la oración nos habitúa
a vivir al lado los unos de los otros, nos lleva a aceptar juntos, y por tanto
a poner en práctica, la voluntad del Señor para con su Iglesia.
En el camino que hemos recorrido desde el Concilio Vaticano II, debemos mencionar
al menos dos acontecimientos particularmente elocuentes y de gran importancia
ecuménica en las relaciones entre Oriente y Occidente: en primer lugar,
el Jubileo de 1984, convocado para conmemorar el XI centenario de la obra evangelizadora
de Cirilo y Metodio, y en el que proclamé copatronos de Europa a los
dos santos apóstoles de los Eslavos, mensajeros de fe. Ya el Papa Pablo
VI en 1964, durante el Concilio, había proclamado patrón de Europa
a san Benito. Asociar los dos hermanos de Tesalónica al gran fundador
del monacato occidental quiere poner indirectamente de relieve la doble tradición
eclesial y cultural tan significativa para los dos mil años de cristianismo
que ha caracterizado la historia del continente europeo. No es superfluo recordar
que Cirilo y Metodio provenían del ámbito de la Iglesia bizantina
de su tiempo, época en la que estaba en comunión con Roma. Al
proclamarlos, junto con san Benito, patronos de Europa quería no sólo
ratificar la verdad histórica sobre el cristianismo en el continente
europeo, sino también proporcionar un tema importante al diálogo
entre Oriente y Occidente que tantas esperanzas ha suscitado en el posconcilio.
En los santos Metodio y Cirilo, como en san Benito, Europa reencuentra sus raíces
espirituales. Ahora que llega a término el segundo milenio del nacimiento
de Cristo, se les debe venerar juntos, como patronos de nuestro pasado y como
santos a quienes las Iglesias y las naciones del continente europeo confían
su futuro.
54. El otro acontecimiento que me es grato recordar es la celebración
del Milenio del Bautismo de la Rus' (988-1988). La Iglesia católica,
y de modo particular la Sede Apostólica, quisieron tomar parte en las
celebraciones jubilares y trataron de señalar cómo el Bautismo
conferido en Kiev a san Vladimiro fue uno de los sucesos centrales para la evangelización
del mundo. A ello deben su fe no sólo las grandes naciones eslavas del
Este europeo, sino también los pueblos que viven más allá
de los montes Urales y hasta Alaska.
En esta perspectiva encuentra su motivo más profundo una expresión
que he usado otras veces: ¡la Iglesia debe respirar con sus dos pulmones!
En el primer milenio de la historia del cristianismo se hace referencia sobre
todo a la dualidad BizancioRoma; desde el Bautismo de la Rus' en adelante, esta
expresión ensancha sus horizontes: la evangelización se ha extendido
a un ámbito mucho más amplio, de modo que aquella expresión
se refiere ya a la Iglesia entera. Si se considera además que este acontecimiento
salvífico, que tuvo lugar en las orillas del Dniepr, se remonta a una
época en la que la Iglesia de Oriente y la de Occidente no estaban divididas,
se comprende claramente cómo la perspectiva que debe seguirse para buscar
la comunión plena es aquella de la unidad en la legítima diversidad.
Es lo que he afirmado con fuerza en la Carta encíclica Slavorum apostoli(85)
dedicada a los santos Cirilo y Metodio y en la Carta apostólica Euntes
in mundum(86) dirigida a los fieles de la Iglesia católica en la conmemoración
del Milenio del Bautismo de la Rus' de Kiev.
Iglesias hermanas
55. El Decreto conciliar Unitatis redintegratio tiene presente en su
horizonte histórico la unidad que, a pesar de todo, se vivió en
el primer milenio y que se configura, en cierto sentido, como modelo. «
Es grato para el sagrado Concilio recordar a todos [...] que en Oriente florecen
muchas Iglesias particulares o locales, entre las que ocupan el primer lugar
las Iglesias patriarcales, y muchas de éstas se glorían de tener
su origen en los mismos Apóstoles ».(87) El camino de la Iglesia
se inició en Jerusalén el día de Pentecostés y todo
su desarrollo original en la oikoumene de entonces se concentraba alrededor
de Pedro y de los Once (cf. Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en Oriente
y en Occidente se formaban por tanto en relación con aquel patrimonio
apostólico. Su unidad, en el primer milenio, se mantenía en esas
mismas estructuras mediante los Obispos, sucesores de los Apóstoles,
en comunión con el Obispo de Roma. Si hoy, al final del segundo milenio,
tratamos de restablecer la plena comunión, debemos referirnos a esta
unidad estructurada así.
El Decreto sobre el ecumenismo señala un posterior aspecto característico,
gracias al cual todas las Iglesias particulares permanecían en la unidad,
la « preocupación y el interés por conservar las relaciones
fraternas en comunión de fe y caridad que deben tener vigencia, como
entre hermanos, entre las Iglesias locales ».(88)
56. Después del Concilio Vaticano II y con referencia a aquella tradición,
se ha restablecido el uso de llamar « Iglesias hermanas » a las
Iglesias particulares o locales congregadas en torno a su Obispo. La supresión
además de las excomuniones recíprocas, quitando un doloroso obstáculo
de orden canónico y psicológico, ha sido un paso muy significativo
en el camino hacia la plena comunión.
Las estructuras de unidad existentes antes de la división son un patrimonio
de experiencia que guía nuestro camino para la plena comunión.
Obviamente, durante el segundo milenio, el Señor no ha dejado de dar
a su Iglesia abundante frutos de gracia y crecimiento. Pero por desgracia el
progresivo distanciamiento recíproco entre las Iglesias de Occidente
y las de Oriente las ha privado de las riquezas de sus dones y ayudas mutuas.
Es necesario hacer con la gracia de Dios un gran esfuerzo para restablecer entre
ellas la plena comunión, fuente de tantos bienes para la Iglesia de Cristo.
Este esfuerzo exige toda nuestra buena voluntad, la oración humilde y
una colaboración perseverante que no se debe desanimar ante nada. San
Pablo nos amonesta: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas »
(Ga 6, 2). ¡Cómo se adapta a nosotros y qué actual es la
exhortación del Apóstol! El término tradicional de «
Iglesias hermanas » debería acompañarnos incesantemente
en este camino.
57. Como deseaba el Papa Pablo VI, nuestro objetivo es el de reencontrar juntos
la plena unidad en la legítima diversidad: « Dios nos ha concedido
recibir en la fe este testimonio de los Apóstoles. Por el Bautismo somos
uno en Cristo Jesús (cf. Ga 3, 28). En virtud de la sucesión apostólica,
el Sacerdocio y la Eucaristía nos unimos más íntimamente;
participando de los dones de Dios a su Iglesia, estamos en comunión con
el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo [...] En cada Iglesia local
se realiza este misterio del amor divino. ¿Acaso no es éste el
motivo por el que las Iglesias locales gustaban llamarse con la bella expresión
tradicional de Iglesias hermanas? (cf. Decr. Unitatis redintegratio, 14). Esta
vida de Iglesias hermanas la vivimos durante siglos, celebrando juntos los Concilios
ecuménicos, que defendieron el depósito de la fe de toda alteración.
Ahora, después de un largo período de división e incomprensión
recíproca, el Señor nos concede redescubrirnos como Iglesias hermanas,
a pesar de los obstáculos que en el pasado se interpusieron entre nosotros
».(89) Si hoy, a las puertas del tercer milenio, buscamos el restablecimiento
de la plena comunión, debemos tender a la realización de este
objetivo y debemos hacer referencia al mismo.
El contacto con esta gloriosa tradición es fecundo para la Iglesia. «
Las Iglesias de Oriente -afirma el Concilio- poseen desde su origen un tesoro,
del que la Iglesia de Occidente ha tomado muchas cosas en materia litúrgica,
en la tradición espiritual y en el ordenamiento jurídico ».(90)
Forman parte de este « tesoro » también « las riquezas
de aquellas tradiciones espirituales que encontraron su expresión principalmente
en el monaquismo. Pues allí, desde los tiempos gloriosos de los Santos
Padres, floreció aquella espiritualidad monástica, que se extendió
luego a Occidente».(91) Como he señalado en la reciente Carta apostólica
Orientale lumen, las Iglesias de Oriente han vivido con gran generosidad el
compromiso testimoniado por la vida monástica, « comenzando por
la evangelización, que es el servicio más alto que el cristiano
puede prestar a su hermano, para proseguir con muchas otras formas de ayuda
espiritual y material. Es más, se puede decir que el monaquismo fue en
la antigüedad -y, en varias ocasiones, también en tiempos posteriores-
el instrumento privilegiado para la evangelización de los pueblos ».(92)
El Concilio no se limita a señalar todo lo que hace semejantes entre
sí a las Iglesias en Oriente y en Occidente. En armonía con la
verdad histórica no duda en afirmar: « No hay que admirarse, pues,
de que a veces unos hayan captado mejor que otros y expongan con mayor claridad
algunos aspectos del misterio revelado, de manera que hay que reconocer que
con frecuencia las varias fórmulas teológicas, más que
oponerse, se complementan entre sí ».(93) El intercambio de dones
entre las Iglesias en su complementariedad hace fecunda la comunión.
58. El Concilio Vaticano II ha sacado de la consolidada comunión de fe
ya existente conclusiones pastorales adecuadas para la vida concreta de los
fieles y para la promoción del espíritu de unidad. En función
de los estrechísimos vínculos sacramentales existentes entre la
Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, el Decreto Orientalium ecclesiarum
ha puesto de relieve que « la práctica pastoral demuestra, en lo
que se refiere a los hermanos orientales, que se pueden y se deben considerar
diversas circunstancias personales en las que ni sufre daño la unidad
de la Iglesia, ni hay peligros que se deban evitar, y apremia la necesidad de
salvación y el bien espiritual de las almas. Por eso, la Iglesia católica,
según las circunstancias de tiempos, lugares y personas, usó y
usa con frecuencia un modo de actuar más suave, ofreciendo a todos medios
de salvación y testimonio de caridad entre los cristianos, mediante la
participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas sagradas
».(94)
Esta orientación teológica y pastoral, con la experiencia de los
años del posconcilio, ha sido recogida por los dos Códigos de
Derecho Canónico.(95) Ha sido desarrollada desde el punto de vista pastoral
por el Directorio para la aplicación de los principio y de las normas
acerca del ecumenismo.(96)
En esta materia tan importante y delicada, es necesario que los Pastores instruyan
con atención a los fieles para que éstos conozcan con claridad
las razones precisas tanto de esta participación en el culto litúrgico
como de las distintas disciplinas existentes al respecto.
No se debe perder nunca de vista la dimensión eclesiológica de
la participación en los sacramentos, sobre todo en la sagrada Eucaristía.
Progresos del diálogo
59. Desde su creación en 1979, la Comisión mixta internacional
para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la
Iglesia ortodoxa en su conjunto ha trabajado intensamente, orientando progresivamente
su labor hacia las perspectivas que, de común acuerdo, habían
sido determinadas con el fin de restablecer la plena comunión entre las
dos Iglesias. Esta comunión basada en la unidad de fe, en continuidad
con la experiencia y la tradición de la Iglesia antigua, encontrará
su plena expresión en la concelebración de la Eucaristía.
Con actitud positiva, basándose en cuanto tenemos en común, la
Comisión mixta ha podido avanzar sustancialmente y, como pude declarar
junto con el venerable Hermano, Su Santidad Dimitrios I, Patriarca ecuménico,
ha logrado expresar « lo que la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa
pueden ya profesar juntas como fe común sobre el misterio de la Iglesia
y el vínculo entre la fe y los sacramentos ».(97) La comisión
ha podido constatar y afirmar además que « en nuestras Iglesias
la sucesión apostólica es fundamental para la santificación
y la unidad del pueblo de Dios ».(98) Se trata de puntos de referencia
importantes para la continuación del diálogo. Más aún:
estas afirmaciones hechas en común constituyen la base que permite a
los católicos y ortodoxos ofrecer desde ahora, en nuestro tiempo, un
testimonio común fiel y concorde para que el nombre del Señor
sea anunciado y glorificado.
60. Más recientemente, la Comisión mixta internacional ha dado
un paso significativo en la cuestión tan delicada del método a
seguir en la búsqueda de la comunión plena entre la Iglesia católica
y la Iglesia ortodoxa, cuestión que ha alterado con frecuencia las relaciones
entre católicos y ortodoxos. La Comisión ha puesto las bases doctrinales
para una solución positiva del problema, que se fundamentan en la doctrina
de las Iglesias hermanas. En este contexto se ha visto también claramente
que el método a seguir para la plena comunión es el diálogo
de la verdad, animado y sostenido por el diálogo de la caridad. El derecho
reconocido a las Iglesias orientales católicas de organizarse y desarrollar
su apostolado, así como la participación efectiva de estas Iglesias
en el diálogo de la caridad y en el teológico, favorecerán
no sólo un real y fraterno respeto recíproco entre los ortodoxos
y los católicos que viven en un mismo territorio, sino también
su común empeño en la búsqueda de la unidad.(99)
Se ha dado un paso adelante. El esfuerzo debe continuar. Se puede constatar
desde ahora una pacificación de los ánimos, que hace la búsqueda
más fecunda.
Respecto a las Iglesias orientales en comunión con la Iglesia católica,
el Concilio dijo: « Este santo Sínodo, dando gracias a Dios porque
muchos orientales, hijos de la Iglesia 1 viven ya en comunión plena con
los hermanos que practican la tradición occidental, declara que todo
este patrimonio espiritual y litúrgico, disciplinar y teológico,
en sus diversas tradiciones, pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad
de la Iglesia ».(100) Ciertamente las Iglesias orientales católicas,
en el espíritu del Decreto sobre el ecumenismo, podrán participar
positivamente en el diálogo de la caridad y en el diálogo teológico,
tanto a nivel local como universal, contribuyendo así a la recíproca
comprensión y a una búsqueda dinámica de la plena unidad.(101)
61. En esta línea, la Iglesia católica no busca más que
la plena comunión entre Oriente y Occidente. Para ello se inspira en
la experiencia del primer milenio. En efecto, en este período «
el desarrollo de diferentes experiencias de vida eclesial no impedía
que, mediante relaciones recíprocas, los cristianos pudieran seguir teniendo
la certeza de que en cualquier Iglesia se podían sentir como en casa,
porque de todas se elevaba, con una admirable variedad de lenguas y de modulaciones,
la alabanza al único Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo;
todas se hallaban reunidas para celebrar la Eucaristía, corazón
y modelo para la comunidad no sólo por lo que atañe a la espiritualidad
o a la vida moral, sino también para la estructura misma de la Iglesia,
en la variedad de los ministerios y de los servicios bajo la presidencia del
Obispo, sucesor de los Apóstoles. Los primeros Concilios son un testimonio
elocuente de esta constante unidad en la diversidad ».(102) ¿Cómo
reconstruir la unidad después de casi mil años? Esta es la gran
tarea que debe asumir y que corresponde también a la Iglesia ortodoxa.
De ahí se comprende la gran actualidad del diálogo, sostenido
por la luz y la fuerza del Espíritu Santo.
Relaciones con las antiguas Iglesias de Oriente
62. Después del Concilio Vaticano II la Iglesia católica,
con modalidades y ritmos diversos, ha reanudado también las relaciones
fraternas con aquellas antiguas Iglesias de Oriente que contestaron las fórmulas
dogmáticas de los Concilios de Efeso y Calcedonia. Todas estas Iglesias
enviaron observadores delegados al Concilio Vaticano II; sus Patriarcas nos
han honrado con sus visitas y con ellos el Obispo de Roma ha podido hablar como
con unos hermanos que, después de mucho tiempo, se reencuentran con alegría.
La reanudación de las relaciones fraternas con las antiguas Iglesias
de Oriente, testigos de la fe cristiana en situaciones con frecuencia hostiles
y trágicas, es un signo concreto de cómo Cristo nos une a pesar
de las barreras históricas, políticas, sociales y culturales.
Precisamente en relación al tema cristológico, hemos podido declarar
junto con los Patriarcas de algunas de estas Iglesias nuestra fe común
en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El Papa Pablo VI de venerable
memoria firmó unas declaraciones en este sentido con Su Santidad Shenouda
III, Papa de Alejandría y Patriarca copto ortodoxo,(103) con el Patriarca
siro ortodoxo de Antioquía, Su Santidad Jacoub III.(104) Yo mismo he
podido ratificar este acuerdo cristológico y extraer consecuencias: para
el desarrollo del diálogo con el Papa Shenouda(105) y para la colaboración
pastoral con el Patriarca siro de Antioquía Mar Ignacio Zakka I Iwas.(106)
Con el venerable Patriarca de la Iglesia de Etiopía, Abuna Paulos, que
me visitó en Roma el 11 de junio de 1993, hemos puesto de relieve la
profunda comunión existente entre nuestras dos Iglesias: « Compartimos
la fe transmitida por los Apóstoles, así como los mismos sacramentos
y el mismo ministerio, que se remontan a la sucesión apostólica
[...]. Hoy, además, podemos afirmar que profesamos la misma fe en Cristo,
a pesar de que durante mucho tiempo esto fue causa de división entre
nosotros ».(107)
Más recientemente, el Señor me ha concedido la gracia de firmar
una declaración común cristológica con el Patriarca asirio
de Oriente, Su Santidad Mar Dinkha IV, que por este motivo me visitó
en Roma en el mes de noviembre de 1994. Teniendo en cuenta las formulaciones
teológicas diferentes, hemos podido así profesar juntos la verdadera
fe en Cristo.(108) Quiero manifestar mi alegría por todo esto con las
palabras de la Virgen: « Proclama mi alma la grandeza del Señor
» (Lc 1, 46).
63. En las controversias tradicionales sobre la cristología, los contactos
ecuménicos han hecho pues posible clarificaciones esenciales, que nos
han permitido confesar juntos aquella fe que tenemos en común. Una vez
más se debe constatar que este importante logro es seguramente fruto
de la profundización teológica y del diálogo fraterno.
Y no sólo esto. Ello nos estimula: en efecto, nos muestra que el camino
recorrido es justo y que es razonable esperar encontrar juntos la solución
para las demás cuestiones controvertidas.
Diálogo con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales
en Occidente
64. En el amplio objetivo dirigido al restablecimiento de la unidad entre
todos los cristianos, el Decreto sobre ecumenismo toma en consideración
igualmente las relaciones con las Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente.
A fin de instaurar un clima de fraternidad cristiana y de diálogo, el
Concilio presenta dos consideraciones de orden general: una de carácter
histórico-psicológico y otra de carácter teológico-doctrinal.
Por una parte, el documento citado señala: « Las Iglesias y Comunidades
eclesiales que se separaron de la Sede Apostólica Romana, bien en aquella
gravísima crisis que comenzó en Occidente ya a finales de la Edad
Media, bien en tiempos posteriores, están unidas con la Iglesia católica
por una peculiar relación de afinidad a causa del mucho tiempo en que,
en siglos pasados, el pueblo cristiano llevó una vida en comunión
eclesiástica ».(109) Por otra parte, se constata con idéntico
realismo: « Hay que reconocer que entre estas Iglesias y Comunidades y
la Iglesia católica existen discrepancias de gran peso, no sólo
de índole histórica, sociológica, psicológica y
cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada ».(110)
65. Son comunes las raíces y son semejantes, a pesar de las diferencias,
las orientaciones que han inspirado en Occidente el desarrollo de la Iglesia
católica y de las Iglesias y Comunidades surgidas de la Reforma. Por
lo tanto, ellas poseen una característica occidental común. Las
« divergencias » mencionadas antes, aunque importantes, no excluyen
pues recíprocas influencias y aspectos complementarios.
El movimiento ecuménico comenzó precisamente en el ámbito
de las Iglesias y Comunidades de la Reforma. Contemporáneamente, ya en
enero de 1920, el Patriarcado ecuménico había expresado su deseo
de que se organizase una colaboración entre las Comuniones cristianas.
Este hecho muestra que la incidencia del trasfondo cultural no es determinante.
En cambio es esencial la cuestión de la fe. La oración de Cristo,
nuestro único Señor, Redentor y Maestro, habla a todos del mismo
modo, tanto al Oriente como al Occidente. Esa oración es un imperativo
que nos exige abandonar las divisiones, para buscar y reencontrar la unidad,
animados incluso por las mismas y amargas experiencias de la división.
66. El Concilio Vaticano II no pretende hacer la « descripción
» del cristianismo posterior a la Reforma, ya que « estas Iglesias
y Comunidades eclesiales difieren mucho, no sólo de nosotros, sino también
entre sí », y esto « por la diversidad de su origen, doctrina
y vida espiritual ».(111) Además, el mismo Decreto observa cómo
el movimiento ecuménico y el deseo de paz con la Iglesia católica
no ha penetrado aún en todas partes.(112) Sin embargo, el Concilio propone
el diálogo independientemente de estas circunstancias.
El Decreto conciliar trata después de « ofrecer [...] algunos puntos
que pueden y deben ser fundamento y estímulo para este diálogo
».(113)
« Nuestra atención se dirige 4 a aquellos cristianos que confiesan
públicamente a Jesucristo como Dios y Señor, y único mediador
entre Dios y los hombres, para gloria del único Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo ».(114)
Estos hermanos cultivan el amor y la veneración por las Sagradas Escrituras:
« Invocando al Espíritu Santo, buscan en la Sagrada Escritura a
Dios como a quien les habla en Cristo, anunciado por los profetas, Verbo de
Dios, encarnado por nosotros. En ella contemplan la vida de Cristo y cuanto
el divino Maestro enseñó y realizó para la salvación
de los hombres, sobre todo los misterios de su muerte y resurrección
[...]; afirman la autoridad divina de los Sagrados Libros ».(115)
Al mismo tiempo, sin embargo, « piensan de distinta manera que nosotros
[...] acerca de la relación entre las Escrituras y la Iglesia, en la
cual, según la fe católica, el magisterio auténtico tiene
un lugar peculiar en la exposición y predicación de la palabra
de Dios escrita ».(116) A pesar de esto, « en el diálogo
[ecuménico]... las Sagradas Escrituras son un instrumento precioso en
la mano poderosa de Dios para lograr la unidad que el Salvador ofrece a todos
los hombres ».(117)
Además, el sacramento del Bautismo, que tenemos en común, representa
« un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido
regenerados por él ».(118) Las implicaciones teológicas,
pastorales y ecuménicas del común Bautismo son muchas e importantes.
Si bien por sí mismo constituye « sólo un principio y un
comienzo », este sacramento « se ordena a la profesión íntegra
de la fe, a la incorporación plena en la economía de la salvación,
como el mismo Cristo quiso, y finalmente a la incorporación íntegra
en la comunión eucarística ».(119)
67. Han surgido divergencias doctrinales e históricas del tiempo de la
Reforma a propósito de la Iglesia, de los sacramentos y del Ministerio
ordenado. El Concilio pide por tanto « establecer como objeto de diálogo
la doctrina sobre la Cena del Señor, sobre los demás sacramentos,
sobre el culto y los ministerios de la Iglesia ».(120)
El Decreto Unitatis redintegratio, poniendo de relieve cómo a las Comunidades
posteriores a la Reforma les falta « esa unidad plena con nosotros que
dimana del Bautismo », advierte que ellas, « sobre todo por defecto
del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra
del Misterio eucarístico », aunque, « al conmemorar en la
santa Cena la muerte y resurrección del Señor, profesan que en
la comunión con Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa».(121)
68. El Decreto no olvida la vida espiritual y las consecuencias morales: «
La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe en Cristo y se fomenta
con la gracia del Bautismo y la escucha de la palabra de Dios. Se manifiesta
en la oración privada, en la meditación bíblica, en la
vida de la familia cristiana, en el culto de la comunidad congregada para alabar
a Dios. Por otra parte, su culto presenta, a veces, elementos notables de la
antigua liturgia común ».(122)
Además, el documento conciliar no se limita a estos aspectos espirituales,
morales y culturales, sino que extiende su consideración al vivo sentimiento
de la justicia y a la caridad sincera hacia el prójimo, que están
presentes en estos hermanos; no olvida tampoco sus iniciativas para hacer más
humanas las condiciones sociales de la vida y para restablecer la paz. Todo
esto con la sincera voluntad de adherirse a la palabra de Cristo como fuente
de la vida cristiana.
De este modo el texto manifiesta una problemática que, en el campo ético-moral,
se hace cada vez más urgente en nuestro tiempo: « Muchos cristianos
no entienden el Evangelio [...] de igual manera que los católicos ».(123)
En esta amplia materia hay un gran espacio de diálogo sobre los principios
morales del Evangelio y sus aplicaciones.
69. Los deseos y la invitación del Concilio Vaticano II se han realizado,
y progresivamente se ha abierto el diálogo teológico bilateral
con las diferentes Iglesias y Comunidades cristianas mundiales de Occidente.
Por otra parte, en relación al diálogo multilateral, ya en 1964
se inició el proceso para la constitución de un « Grupo
Mixto de Trabajo » con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, y
desde 1968, algunos teólogos católicos entraron a formar parte,
como miembros de pleno derecho, del Departamento teológico de dicho Consejo,
la Comisión « Fe y Constitución ».
El diálogo ha sido y es fecundo, rico de promesas. Los temas propuestos
por el Decreto conciliar como materia de diálogo han sido ya afrontados,
o lo serán pronto. La reflexión de los diversos diálogos
bilaterales, realizados con una entrega que merece el elogio de toda la comunidad
ecuménica, se ha centrado sobre muchas cuestiones controvertidas como
el Bautismo, la Eucaristía, el Ministerio ordenado, la sacramentalidad
y la autoridad de la Iglesia, la sucesión apostólica. Se han delineado
así perspectivas de solución inesperadas y al mismo tiempo se
ha comprendido la necesidad de examinar más profundamente algunos argumentos.
70. Esta investigación difícil y delicada, que implica problemas
de fe y respeto de la propia conciencia y de la del otro, ha estado acompañada
y sostenida por la oración de la Iglesia católica y de las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales. La oración por la unidad, tan enraizada
y difundida ya en la realidad eclesial, muestra que los cristianos son conscientes
de la importancia de la cuestión ecuménica. Precisamente porque
la búsqueda de la plena unidad exige confrontar la fe entre creyentes
que tienen un único Señor, la oración es la fuente que
ilumina la verdad que se ha de acoger enteramente.
Asimismo, por medio de la oración, la búsqueda de la unidad, lejos
de quedar restringida al ámbito de los especialistas, se extiende a cada
bautizado. Todos, independientemente de su misión en la Iglesia y de
su formación cultural, pueden contribuir activamente, de forma misteriosa
y profunda.
Relaciones eclesiales
71. Es necesario dar gracias también a la Divina Providencia por todos
los acontecimientos que testimonian el progreso hacia la búsqueda de
la unidad. Junto al diálogo teológico es oportuno mencionar las
demás formas de encuentro, la oración en común y la colaboración
práctica. El Papa Pablo VI dio un gran impulso a este proceso con su
visita el 10 de junio de 1969 a la sede del Consejo Ecuménico de las
Iglesias en Ginebra, y recibiendo muchas veces a representantes de varias Iglesias
y Comunidades eclesiales. Estos contactos contribuyen eficazmente a mejorar
el conocimiento recíproco y a incrementar la fraternidad cristiana.
El Papa Juan Pablo I, al inicio de su brevísimo pontificado, manifestó
la voluntad de continuar el camino.(124) El Señor me ha concedido a mí
proseguir en esta dirección. Además de los importantes encuentros
ecuménicos en Roma, una parte significativa de mis visitas pastorales
se dedica regularmente al testimonio en favor de la unidad de los cristianos.
Algunos de mis viajes tienen incluso una « prioridad » ecuménica,
especialmente en los países donde las comunidades católicas constituyen
una minoría respecto a las Comuniones posteriores a la Reforma; o donde
estas últimas representan una porción considerable de los creyentes
en Cristo de una sociedad determinada.
72. Esto se refiere sobre todo a los países europeos, donde tuvieron
inicio estas divisiones, y a América del Norte. En este contexto, y sin
hacer de menos las demás visitas, merecen atención especial las
que, en el continente europeo, realicé por dos veces a Alemania, en noviembre
de 1980 y en abril-mayo de 1987; la visita al Reino Unido (Inglaterra, Escocia
y Gales) en mayo-junio de 1982; a Suiza en junio de 1984; y a los Países
escandinavos y nórdicos (Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca e Islandia),
a donde fui en junio de 1989. En el gozo,