JUAN PABLO II, FIEL HASTA MORIR EN LA RAYA

El P. Álvaro Corcuera, L.C., envió recientemente una carta dirigida a todos los miembros del Movimiento Regnum Christi, a continuación ofrecemos el texto íntegro:

¡Venga tu Reino!

Roma, 4 de abril de 2005

A todos los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Hemos pasado estos últimos días espiritualmente unidos en oración con todos los fieles de la Iglesia por nuestro querido Papa Juan Pablo II. Lo hemos sentido y lo sentimos como un padre, porque recibió de Cristo la misión de ser guía y pastor de todos nosotros. Su pérdida nos deja en el corazón un profundo sentimiento de orfandad. Nuestro amor hacia él es «ardiente y personal», así como nuestra veneración y nuestro sincero reconocimiento. Ayer, domingo 3 de abril, tuve la oportunidad de estar en la Sala Clementina ante el cuerpo exánime del Papa; allí transcurrí varios minutos en los que ofrecí mis oraciones y las de todos ustedes, mientras venían a mi mente tantos momentos de especiales gracias que hemos recibido de Juan Pablo II.

Todos somos deudores de su ejemplo: a todos nos ha enseñado lo que significa ser un sacerdote, un auténtico seguidor de Jesucristo, un hombre del Reino.

La historia de la Legión de Cristo y del Regnum Christi debe mucho a este amadísimo Papa. Nunca podré olvidar la gracia de haber colaborado con Nuestro Padre en la organización de su primer viaje a México, que como él mismo ha revelado, marcó decisivamente el rumbo de su pontificado. Él ha sido el instrumento del que la Providencia se ha servido para la aprobación de las Constituciones de la Legión de Cristo en el año 1983 y, recientemente, hemos recibido una nueva manifestación de su paternal benevolencia con la aprobación de los Estatutos del Regnum Christi. Durante estos días han venido una y otra vez a mi mente y a mi corazón las palabras de Nuestro Padre: «¡Qué cerca me he sentido de Dios cuando estoy cerca del Papa! ¡Cómo agradezco al Señor esta gracia inestimable!» (carta del 20 de diciembre de 1982); o aquellas otras que escribió cuando vino por primera vez a Roma para presentar las Constituciones con tan sólo veintiséis años de edad: «La emoción que se siente al estar con el Vicario de Cristo en la Tierra, no se puede describir, parece que en realidad se está hablando con el mismo Cristo en Persona» (carta del 13 de junio de 1946). Así, con el Papa Juan Pablo II se había establecido una amistad profunda, motivada por el común celo por la extensión del Reino de Cristo y la esperanza tantas veces repetida que este Pontífice tenía en la Legión y el Movimiento. Nuestro Padre lo elogió reconociendo en él a un hombre verdaderamente santo, a un gigante de la fe, a un pastor infatigable e ingenioso en su búsqueda por llegar a todos los hombres sin distinciones.

Seguramente todos sentimos una profunda conmoción al recordarlo, especialmente en estos últimos tiempos, en los que por designio de Dios ha reproducido la imagen viva de Jesucristo en la cruz. Lo hemos visto cargar esa cruz del dolor y del sufrimiento durante interminables años, sin proferir la menor queja, sin concesiones a la autocompasión, llevando además la carga de toda la Iglesia, haciéndose cireneo de millones de hermanos suyos, obispos, sacerdotes y fieles agobiados por el peso de sus propias cruces.

Toda su vida de pastor ha estado marcada por el sufrimiento de quien lo ha dado todo por su misión, hasta el agotamiento. Pero en ese último tramo de la cruz, ha debido arrastrar con indecible dolor a ese cuerpo que ya no le respondía; así se asemejó a Cristo que también debió arrastrarse en su Via Crucis porque ya no podía más. Como Cristo fue despojado de sus vestiduras; también a él Dios lo despojó de esos dones y talentos de que lo había dotado: de su fuerza física, de su hermosa dicción, de la expresividad de su rostro y hasta de su misma voz. Como Cristo aguantó horas de agonía, en las que parecía que no podía más. Y como a Cristo, le han gritado una y otra vez que baje de su cruz, pero él ha respondido con su silencio y su heroica fidelidad, calcando así el ejemplo de su Señor.

¡Fiel hasta morir en la raya! Juan Pablo II es un ejemplo acabado de lo que significa vivir este principio, es un regalo muy especial de Dios para que todos comprendamos el grado de entrega al que nos llama. Porque las vidas de todos nosotros, marcadas por el peso de la misión, son también un camino de cruz.

Dios ha querido llamar al Santo Padre en la víspera del domingo en que se celebra la divina misericordia, una fiesta que él mismo ha instituido en la Iglesia, quizá para subrayar ante el mundo que la vida de todo hombre, de cada hombre, es preciosa a los ojos de Dios, que Cristo ha muerto en la cruz por cada uno, que Dios anhela que le abramos el corazón para vivir en intimidad con nosotros.

¿Cómo agradecer a Dios que haya dado a su Iglesia un hombre como Juan Pablo II? Ojalá nuestra donación, a los ojos de Cristo, no desmerezca de esa que nos ha mostrado con tanto amor en su Vicario, y podamos llegar como él a escuchar de Cristo esas palabras: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Es una invitación a vivir su mensaje inicial y que ha mantenido durante todo su pontificado: "¡No tengáis miedo!". Y podemos hacerlo, si tenemos en nuestro corazón, como él y como lo ha vivido siempre Nuestro Padre, la invocación: Totus tuus ego sum, Maria!

Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones en este momento trascendental para la historia de la Iglesia, y pidiéndoles que no dejen de encomendar al Movimiento para que continúe siendo fiel al plan de Dios, me despido de ustedes. Afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.

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