A pesar del cansancio, el Santo Padre presidió con constancia y entusiasmo la emotiva y larga eucaristía, concelebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano junto a treinta cardenales, en la que se rezó por Tierra Santa.
En la Navidad de este Año de la Eucaristía (octubre 2004-octubre 2005), el obispo de Roma dedicó su homilía a subrayar el íntimo lazo que existe entre el sacramento de la presencia real de Cristo --según la fe de los católicos-- y el nacimiento de Jesús hace más de dos mil años.
«¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre!», concluyó dirigiéndose a los fieles que llenaban el templo así como a los que le seguían gracias a través de 111 canales de televisión de unos 70 países..
La eucaristía, que había comenzado con un homenaje floral al Niño Dios ofrecido por pequeños de Perú, Guatemala, Polonia, Italia, Corea, Australia y la República Democrática del Congo, continuó poco después con las oraciones de los fieles.
En ellas, se rezó para que Tierra Santa viva «tiempos de prosperidad y de pacífica convivencia en el respeto recíproco de sus habitantes».
La unidad entre los cristianos, el respeto de la vida humana --desde su concepción hasta la muerte natural--, los niños de la calle, los enfermos y los últimos de la sociedad, fueron otras de las intenciones de oración que se propusieron a la asamblea.
Las lecturas se habían leído en español, portugués, inglés, italiano, francés, alemán, polaco, filipino y swahili.
Por primera vez, la Misa fue transmitida en directo a través de los teléfonos celulares de última generación por compañías italianas.
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HOMILÍA DE JUAN PABLO II EN LA NOCHEBUENA
«Adoro Te devote, latens Deitas».
1. En esta Noche resuenan en mi corazón las primeras palabras del célebre himno eucarístico, que me acompaña día a día en este año dedicado particularmente a la Eucaristía.
En el Hijo de la Virgen, «envuelto en pañales» y «acostado en un pesebre» (cf. Lucas 2,12), reconocemos y adoramos «el pan bajado del cielo» (Juan 6,41.51), el Redentor venido a la tierra para dar la vida al mundo.
2. ¡Belén! La ciudad donde según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa «casa del pan». Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más tarde diría de sí mismo: «Yo soy el pan de vida» (Jn 6,35.48).
En Belén nació Aquél que, bajo el signo del pan partido, dejaría el memorial de la Pascua. Por esto, la adoración del Niño Jesús, en esta Noche Santa, se convierte en adoración eucarística.
3. Te adoramos, Señor, presente realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás indefenso en el pesebre. «En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios» (cf. San Ireneo, «Adversus Haereses», IV,20,4).
Naciste en esta Noche, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.
¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas pruebas y dificultades.
¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.
[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede]