Juan
Pablo II ha dedicado mucho espacio y ha escrito mucho sobre la mujer. De hecho,
es el único que posee una enseñanza sistemática sobre la
mujer con fundamento bíblico.
Hay dos afirmaciones suyas significativas. Una, la que recuerda que la mujer
forma parte de la estructura viviente del cristianismo. La segunda, que la femineidad
pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia.
Corrigiendo por primera vez al propio San Pablo, Wojtyla dijo: "Las razones de la sumisión de la mujer al hombre deben interpretarse como una sumisión recíproca (...) Ser conscientes de que en el matrimonio se debe producir la recíproca sumisión de los cónyuges en el temor de Cristo y no exclusivamente la de la mujer respecto al marido es una actitud que debe abrirse camino en los corazones, las conciencias, las actitudes y las costumbres".
"(...) ¡ Cuánto debe decirse y escribirse sobre la enorme deuda del hombre hacia la mujer en todos los campos del progreso social y cultural! En el intento de contribuir a colmar esta laguna, quisiera representar a la Iglesia y rendir homenaje a la múltiple, inmensa, si bien a menudo silenciosa, contribución de las mujeres en todos los ámbitos de la existencia humana".
Extractos de algunos documentos y mensajes:
- Carta apostólica
Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de la mujer con
ocasión del año mariano, 15/08/1988. (ver
documento completo)
Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su
vez, el paradigma bíblico de la "mujer" parece desvelar también
cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación
de la mujer misma. Se trata aquí de la vocación en su significado
fundamental, -podríamos decir universal- que se concreta y se expresa
después en las múltiples "vocaciones" de la mujer, tanto
en la Iglesia como en el mundo.
La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer -sobre todo en razón de su femineidad- y ello decide principalmente su vocación.
La Iglesia, por consiguiente, da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres "perfectas" y por las mujeres "débiles". Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es "la patria" de la familia humana, que a veces se transforma en "un valle de lágrimas". Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.
La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del "genio" femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina. La Iglesia ora para que todas las mujeres se hallen de nuevo a sí mismas en este misterio y hallen su "vocación suprema".
-
Mensaje de S.S. Juan Pablo II para la Jornada Mundial por la Paz de 1995 - 1
de enero de 1995 -
LEMA: La
mujer, educadora para la paz (ver texto
completo)
Mujeres
de paz
5. Para educar a la paz, la mujer debe cultivarla ante todo en sí misma.
La paz interior viene del saberse amados por Dios y de la voluntad de corresponder
a su amor. La historia es rica en admirables ejemplos de mujeres que, conscientes
de ello, han sabido afrontar con éxito difíciles situaciones de
explotación, de discriminación, de violencia y de guerra.
Muchas mujeres, debido especialmente a condicionamientos sociales y culturales,
no alcanzan una plena conciencia de su dignidad. Otras son víctimas de
una mentalidad materialista y hedonista que las considera un puro instrumento
de placer y no duda en organizar su explotación a través de un
infame comercio, incluso a una edad muy temprana. A ellas se ha de prestar una
atención especial sobre todo por parte de aquellas mujeres que, por educación
y sensibilidad, son capaces de ayudarlas a descubrir la propia riqueza interior.
Que las mujeres ayuden a las mujeres, sirviéndose de la valiosa y eficaz
aportación que asociaciones, movimientos y grupos, muchos de ellos de
inspiración religiosa, han sabido ofrecer para este fin.
6. En la educación de los hijos la madre desempeña un papel de primerísimo rango. Por la especial relación que la une al niño sobre todo en los primeros años de vida, ella le ofrece aquel sentimiento de seguridad y confianza sin el cual le sería difícil desarrollar correctamente su propia identidad personal y, posteriormente, establecer relaciones positivas y fecundas con los demás.
-Carta
del Papa a las mujeres, Ciudad del Vaticano, 29/06/1995. (ver
texto completo)
La Iglesia ve en María la máxima expresión del «
genio femenino » y encuentra en Ella una fuente de continua inspiración.
María se ha autodefinido « esclava del Señor » (Lc
1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación
privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret.
Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio
de los hombres: un servicio de amor.
En este amplio ámbito de servicio, la historia de la Iglesia en estos dos milenios, a pesar de tantos condicionamientos, ha conocido verdaderamente el « genio de la mujer », habiendo visto surgir en su seno mujeres de gran talla que han dejado amplia y beneficiosa huella de sí mismas en el tiempo. Pienso en la larga serie de mártires, de santas, de místicas insignes. Pienso de modo especial en santa Catalina de Siena y en santa Teresa de Jesús, a las que el Papa Pablo VI concedió el título de Doctoras de la Iglesia. Y ?cómo no recordar además a tantas mujeres que, movidas por la fe, han emprendido iniciativas de extraordinaria importancia social especialmente al servicio de los más pobres? En el futuro de la Iglesia en el tercer milenio no dejarán de darse ciertamente nuevas y admirables manifestaciones del « genio femenino ».
Es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. De este modo, se realiza en la historia de la humanidad el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocaciones, la belleza --no solamente física, sino sobre todo espiritual-- con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente a la mujer.
-
Catequesis de S.S. Juan Pablo II durante la audiencia general de los miércoles
- 6 de diciembre de 1998 - El papel de la mujer a la luz de María (ver
texto completo)
La importancia de la cooperación de la mujer en la venida de Cristo se
manifiesta en la iniciativa de Dios que, mediante el ángel, comunica
a la Virgen de Nazaret su plan de salvación, para que pueda cooperar
con él de modo consciente y libre, dando su propio consentimiento generoso.
La figura de María recuerda a las mujeres de hoy el valor de la maternidad.
En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada
importancia. En algunos casos, la necesidad del trabajo femenino para proveer
a las exigencias cada vez mayores de la familia, y un concepto equivocado de
libertad, que ve en el cuidado de los hijos un obstáculo a la autonomía
y a las posibilidades de afirmación de la mujer, han ofuscado el significado
de la maternidad para el desarrollo de la personalidad femenina. En otros, por
el contrario, el aspecto de la generación biológica resume lo
importante, que impide apreciar las otras posibilidades significativas que tiene
la mujer de manifestar su vocación innata a la maternidad.
El corazón materno de María, abierto a todas las miserias humanas, recuerda también a las mujeres que el desarrollo de la personalidad femenina requiere el compromiso en favor de la caridad. La mujer, más sensible ante los valores del corazón, muestra una alta capacidad de entrega personal.
En virtud de su vínculo particular con María, la mujer, a lo largo de la historia, ha representado a menudo la cercanía de Dios a las expectativas de bondad y ternura de la humanidad herida por el odio y el pecado, sembrando en el mundo las semillas de una civilización que sabe responder a la violencia con el amor.
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TE
DOY GRACIAS Te
doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con
la alegría y los dolores de parto de una experiencia única,
la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz
y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento,
punto de referencia en el posterior camino de la vida. Te
doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de
un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al
servicio de la comunión y de la vida. Te
doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo
familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de
tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia. Te
doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos
de la vida social, económica, cultural, artística y política,
mediante la indispensable aportación que das a la elaboración
de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción
de la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a
la edificación de estructuras económicas y políticas
más ricas de humanidad. Te
doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de
las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad
y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad
a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa
maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura. Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas. Extraído de Carta del Papa a las mujeres, Ciudad del Vaticano, 29/06/1995. |
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