a) Un nuevo Papa
El cónclave
de Agosto de 1978 fue el más grande hasta entonces-en cuanto al número
de Cardenales asistentes-, y quizá también uno de los más
cortos. Al finalizar la primera jornada, el mundo entero sería sorprendido
por la nueva elección, pues entre las infaltables cábalas y especulaciones,
pocos habían fijado su atención en el patriarca de Venecia, tan
poco conocido fuera de Italia.
El nuevo Papa elige
entonces los nombres de sus predecesores inmediatos: Juan y Pablo. ¿Una
señal de continuidad con respecto al camino emprendido por sus más
cercanos predecesores? Ciertamente el nuevo Papa se mostraba como un "hombre
del Concilio", porque era un hombre de la Iglesia, fiel a ella y fiel a
Cristo, su Señor. "Su programa" sería el programa del
Espíritu Santo, y él seguiría las líneas fundamentales
de sus predecesores, como él mismo lo planteó. Sin embargo, la
elección del nombre -más allá de las conjeturas que podamos
hacer - se debió a otro razonamiento, o quizá digamos, a un gesto
de profunda gratitud y de unidad cordial con sus predecesores:
«Ayer por la mañana fui a la Sixtina -decía el recién
electo Pontífice- a votar tranquilamente. Nunca había imaginado
lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos
compañeros que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo.
Uno me dijo: "Ánimo; si el Señor da un peso, dará
también las fuerzas para llevarlo." Y el otro compañero:
"No tenga miedo; en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo
Papa". Al llegar el momento he aceptado.
«Después vino la cuestión del nombre, porque preguntaban
qué nombre quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice
este razonamiento: "El Papa Juan quiso consagrarme personalmente aquí,
en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en
Venecia, le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que
todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los
gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo no sólo me ha hecho
cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la plaza de San
Marcos, me hizo ponerme completamente colorado ante veintemil personas, porque
se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he
puesto tan colorado. Por otra parte, en quince años de Pontificado, este
Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo
se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia
de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo.
«Entendámonos, yo no tengo la sapientia cordis del Papa Juan, ni
tampoco la preparación y la cultura del Papa Pablo, pero estoy en su
puesto, debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me ayudaréis con
vuestras plegarias».
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