Angelo
Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881, en Sotto il Monte,
pueblito que dista 12 kilómetros de Bérgamo, al norte de Italia.
Ésta es una tierra que vio florecer numerosos y modélicos cristianos
gracias a la labor evangelizadora realizada por San Alejandro, mártir,
XVII siglos atrás: su sangre derramada por la fe sería allí
semilla de innumerables cristianos.
Angelo era "hijo del viñador Roncalli" . En efecto, él
era descendiente de una familia campesina, profundamente católica, humilde
y a la vez muy numerosa: eran trece hermanos, de los cuales él era el
tercero. Fue este el ambiente en el que se iría forjando una personalidad
con la que cautivaría a sus feligreses y al mundo entero: en la familia
llegó a ser como un padre para todos sus hermanos, sencillo y manso,
a la vez vital y exigente, siempre generoso.
En su infancia, conjugando sus primeros estudios con los trabajos agrícolas,
Angelo asistió a la escuela de su pueblo. Por aquél tiempo integró
el grupo de monaguillos. Ya desde que tuvo conciencia experimentó el
llamado del Señor al sacerdocio pues nunca, como confesó él
mismo poco antes de su tránsito, hubo momento alguno en que hubiese deseado
otra cosa. Sin duda este deseo se reflejó ya desde niño en sus
actitudes y opciones: sus amigos de infancia no tardaron en llamarle "Angelito,
el cura".
A los once años, lejos aún de alcanzar los catorce requeridos
por entonces como mínimo, fue tempranamente admitido en el seminario
de Bérgamo. Por su precoz madurez y su evidente vocación, recibió
ya a esa edad, la tonsura, que implicaba al mismo tiempo el uso diario de la
sotana.
Esta inclinación tan temprana de ningún modo significó
que para él la lucha hubiese sido fácil y sencilla. Consta en
su Diario del Alma, publicación posterior a su muerte que reúne
sus escritos personales desde los 14 años de edad, que su vida íntegra
estaba hecha de batallas cotidianas en las que habían victorias así
como también derrotas. La lucha no era fácil, pero a él
lo sostenía un firme propósito que jamás abandonó:
"estoy obligado, como mi tarea principal y única, hacerme santo
cueste lo que cueste" , escribió poco antes de ser ordenado sacerdote.
Este era el horizonte al que, en medio de las tensiones de la lucha cotidiana,
tendía siempre más que como una "inclinación de nacimiento",
un propósito decidido e inconmovible de su voluntad, en obediencia a
un singular sentido del deber de responder a los que había descubierto
era su vocación particular.
A Giuseppe, alumno inteligente y aprovechado, le fue concedida en 1901 una beca
para ampliar sus estudios teológicos en el Ateneo Pontificio de San Apolinar,
en Roma. El año siguiente tuvo que interrumpir sus estudios para realizar
el servicio militar, obligatorio por entonces aún para clérigos,
siendo incorporado al regimiento de infantería militar de Bérgamo.
A finales de 1902 era conocido como el sargento Roncalli. En 1903 vuelve a sus
estudios en Roma, culminándolos con un doctorado en teología.
El 10 de agosto de 1904 es ordenado sacerdote, y su primera Misa la ofició
al día siguiente en la Basílica de San Pedro.
A principios
de 1905 el Padre Roncalli vuelve a Bérgamo para trabajar al lado de su
Obispo, Mons. Giacomo Tedeschi (1857-1914), quien lo nombró su secretario
personal. El Padre Roncalli aprendió mucho de la vida ejemplar de su
Obispo, con quien trabajó hasta el día en que éste fue
llamado a la casa del Padre, el año 1914. De él escribió
una intensa biografía, cuya primera edición apareció en
Bérgamo el año 1916. En su época de secretario (1905-1914)
enseñaba también en el seminario de Bérgamo, dictando clases
de Historia de la Iglesia y de Apologética.
Cuando lo permitían las circunstancias el secretario del Obispo visitaba
la Biblioteca Ambrosiana. Por aquél entonces era prefecto de la misma
el Padre Achille Ratti -futuro Pío XI-, con quien compartía un
interés común por la figura del Santo Cardenal Carlos Borromeo.
Sus pesquisas históricas tuvieron como objeto conocer la vida y pensamiento
de este gran Santo, cuyo aporte -especialmente en lo que se refiere al Concilio
de Trento (1545-1563)- sería decisivo en un tiempo tan difícil
para la Iglesia. Con el tiempo el Padre Roncalli publicaría el fruto
de alguna de sus investigaciones: una edición crítica de las actas
de la visita apostólica de San Carlos Borromeo a Bérgamo.
Con el estallido de la primera guerra mundial, en 1914, se incorpora en Bérgamo
al ejército, ofreciendo su servicio primero en la pastoral sanitaria,
y a partir de 1916 como capellán militar.
Al ir acercándose el final de la guerra, hacia fines de 1918, el Padre
Roncalli es nombrado director espiritual del Seminario de Bérgamo. Un
año después, en enero de 1921 es llamado a Roma para trabajar
en la Congregación para la Propagación de la Fe. Es nombrado por
Benedicto XV "Prelado Doméstico de Su Santidad". Su misión
era visitar a los Obispos italianos e informarles sobre las reformas que el
Papa se proponía realizar con el fin de financiar las misiones. Su servicio
a la Iglesia le llevó también a visitar a diversos Obispos de
Alemania, Francia, Bélgica y de los Países Bajos.
En marzo de 1925 el Sucesor de Benedicto XV, Pío XI, lo nombra Visitador
Apostólico en Bulgaria, una nación mayoritariamente ortodoxa y
con un Estado confesional ortodoxo, donde los católicos apenas bordeaban
las 40.000 personas. Después de siete siglos Bulgaria contaría
nuevamente con un representante oficial de la Santa Sede en su territorio. Mons.
Roncalli era enviado prácticamente a "tierra de misión".
El 19 de marzo de 1921, dos semanas después de este nombramiento, Guiseppe
Roncalli era consagrado Obispo, y un mes después se encontraba ya en
Sofía, capital búlgara. Visitó las diversas comunidades
católicas diseminadas por toda la nación y además de establecer
buenas relaciones con sus gobernantes logró con los años y con
un trabajo muy delicado de acercamiento a los diversos miembros de la jerarquía
de la Iglesia oriental. Posteriormente Mons. Roncalli es nombrado Delegado Apostólico
de Bulgaria.
En 1934 es nombrado Delegado Apostólico para Turquía y Grecia,
por lo que se traslada a Estambul primero, y en 1937 a Atenas. En esta última
ciudad pasaría la mayor parte de la segunda guerra mundial, donde con
ayuda de la Santa Sede y en contacto estrecho con la Iglesia Ortodoxa, prestó
una significativa y caritativa ayuda a la población. Más su contacto
no era solamente con la Iglesia Ortodoxa: en los difíciles años
de la guerra el gran rabino de Palestina, cuando se encontraba en Turquía,
se comunicaba "casi diariamente con el Vaticano
gracias a Roncalli,
amigo sincero de Israel, que salvó a miles de hebreos" .
También aquellos años vividos en el cercano Oriente le permitieron
establecer firmes lazos con miembros de las Iglesias orientales, lo que sin
duda influía positivamente para el acercamiento de la Sede de Pedro con
la Iglesia oriental.
El 6 de diciembre de 1944, en un momento muy delicado que exigía de gran
tacto y habilidad diplomática, el Papa Pío XII lo nombra Nuncio
en París, a donde llega el 1 de enero de 1945. En los ocho años
que duraría su labor como Nuncio Mons. Roncalli supo ganarse la estima
de los franceses. Su prudencia, tacto e inteligencia, le permitieron manejar
situaciones que a veces se presentaban realmente complicadas y desfavorables.
Con su presencia paternal y bondadosa lograba ablandar el corazón de
muchos, así por ejemplo, logró que a los prisioneros de guerra
alemanes se les diese un trato digno y respetuoso. Su capacidad de hacer amigos
y su bondad fuera de toda sospecha le ayudaron a prestar un verdadero servicio
reconciliador y sanante en un período en el que entre los franceses muchas
heridas habían quedado abiertas.
En enero de 1953 el Nuncio de París, cuando contaba ya con 71 años,
es nombrado por el Papa Pío XII Cardenal y Patriarca de Venecia, una
Diócesis pequeña pero muy importante. Una nueva etapa se abría
entonces para él en su vida: el servicio pastoral directo. En su diario
escribía: "En los pocos años que me quedan de vida, quiero
ser un pastor en la plenitud del término" . Sin duda ni se imaginaba
la "plenitud" que alcanzaría el término. Lo cierto es
que en Venecia, libre ya de las innumerables exigencias de su antiguo e importante
servicio diplomático, pudo darle más tiempo a los encuentros cotidianos
con la gente sencilla y humilde: "Se le veía rezando con frecuencia
en la catedral, se paraba por las calles para hablar con la gente sencilla,
como los gondoleros, visitaba las parroquias, administraba las primeras comuniones
en colegios e institutos, iba a ver a los enfermos pobres de los hospitales
y especialmente a los sacerdotes enfermos o ancianos, acudía a la cárcel
para estar con los prisioneros y recibía a los personajes famosos en
la política, las ciencias o las artes que visitaban Venecia y acababa
por hacerse amigo suyo, dado su espíritu paternal y bondadoso" .
Siempre espontáneo y cercano en el trato con la población y con
el clero, desplegó también en Venecia su notable celo pastoral.
Paternal y bondadosamente supo conducir por el camino de la virtud cristiana
a la grey encomendada a su cuidado.