g) Su partida
Su
Santidad Pablo VI, luego de su incansable labor en favor de la Iglesia a la
que tanto amor mostró, fue llamado a su presencia por el Padre Eterno,
el 6 de agosto de 1978, en la Fiesta de la Transfiguración (que curiosamente
fue también la fecha de la publicación de la encíclica
que anunciaba el programa de su pontificado). Acaso el Señor mismo, con
este signo de su amorosa Providencia, quiso rubricar con sello divino aquello
que el Santo Padre, pocos años antes, había escrito en una preciosa
exhortación apostólica sobre la alegría cristiana: «...existen
muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo
abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar
la santa alegría de la resurrección. La efusión de la sangre
no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente
la experiencia de una pasión de amor (...) «per crucem ad lucem»,
y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu»
(Gaudete in Domino, 37). Y ciertamente, el Padre Eterno quiso que este hijo
suyo, habiendo pasado por muchos sufrimientos y habiendo entregado ejemplarmente
su vida en el servicio amoroso a la Iglesia, pasase "de la cruz a la luz"
en el día en que la Iglesia entera celebraba la gran Fiesta de la Transfiguración,
que indica esperanzada la meta final a la que conduce la muerte física
de todo cristiano fiel. Y él -como dijera S.S. Juan Pablo I- había
transitado ese camino de modo ejemplar: «(...) en quince años de
Pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo
el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja
y sufre por la Iglesia de Cristo».
Él mismo, vislumbrando ya esta magnífica realidad, dejaría
escrito para todos en su "Testamento":
«Fijo la mirada en el misterio de la muerte y de lo que a ella sigue a
la luz de Cristo, el único que la esclarece; miro, por tanto, la muerte
con confianza, humilde y serenamente. Percibo la verdad que ese misterio ha
proyectado siempre sobre la vida presente y bendigo al vencedor de la muerte
por haber disipado en mí las tinieblas y descubierto su luz.
»Por ello, ante la muerte y la separación total y definitiva de
la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza,
el destino de esta misma fugaz existencia: Señor, te doy gracias porque
me has llamado a la vida y más aún todavía porque me has
regenerado y destinado a la plenitud de la vida».
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