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Un Papa elevado...
Su tránsito a la Casa del Padre acaeció un 20 de agosto de 1914,
poco antes del estallido de la llamada "primera guerra mundial". Muchos
ya en vida, sin duda impresionados por esa personalidad serena con la que transparentaba
el amor del Señor, y que él hacía tan concreto y cercano
a todos, no dudaban en llamarlo "Papa santo". Con su característica
sencillez y humildad, sin dejarse impresionar por tal calificativo, y haciendo
uso de un juego de palabras, respondía con mucha naturalidad a quienes
así lo llamaban que se equivocaban por una letra: «No "Papa
santo" -decía él-, sino "Papa Sarto"».
Lo cierto es que a S.S. Pío X se le atribuyeron ya en vida muchos milagros.
Asimismo, testimonios abundantes concordaban en afirmar que tenía el
don de penetrar en lo más secreto de los corazones humanos, y de "ver"
lo que en ellos había.
El 14 de febrero de 1923 se introducía su causa de beatificación,
iniciándose un largo y exigente proceso que duraría hasta el 12
de febrero de 1951. En aquella fecha memorable el censor (quien hacía
las veces de "fiscal") se hincaba a los pies de S.S. Pío XII
para certificar que luego del rigurosísimo proceso podía pasarse
a su beatificación, cuando Su Santidad así lo dispusiese. Estas
fueron las emotivas palabras que, luego de su informe, pronunció el censor:
«Permitidme, pues, Beatísimo Padre, que, postrado humilde a sus
pies, añada también mi petición, yo que procuré
cumplir fielmente el cargo de censor que se me había encomendado; impulsado
por la verdad, juzgo saludable y oportunísimo, y lo confieso abiertamente,
que este ejemplo puesto auténticamente en el candelabro ilumine con el
multiforme esplendor de sus virtudes no sólo a los fieles, sino también
a los que viven en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y los atraiga
y conduzca al reino de la verdad, de la unidad y de la paz».
S.S. Pío X fue elevado a los altares el 29 de Mayo de 1954, y de este
modo, podemos decir, su ardiente deseo de instaurarlo todo en Cristo se prolonga,
por su luminoso testimonio de vida y por su intercesión, por este y los
siglos venideros.