a)
Introducción
Cuentan los
hagiógrafos que, cuando al tercer día de Cónclave ninguno
de los Cardenales alcanzaba aún la mayoría necesaria para su elección,
el Cardenal Sarto hizo lo imposible -dicen que lloraba como un niño-
por disuadir a los Cardenales electores de que no le tomasen en cuenta, cuando
cada vez más miradas empezaron a volverse hacia este sencillo "Cardenal
rural" (como le gustaba decir de sí mismo). Así pues, repentinamente
lo imprevisto e inesperado -¡para él y para todos!- comenzaba a
vislumbrarse en el horizonte: la posibilidad -para él "el peligro"-
de ser él el elegido para suceder a León XIII en la Cátedra
de Pedro.
Muchos, incluso aquellos
que hasta entonces no le habían conocido aún muy bien, comprendieron
que detrás de la sencillez y sincera humildad de este hombre -que tanto
se negaba a la posibilidad por sentirse tan indigno- se hallaba una enorme potencia
sobrenatural, así que, dóciles a las mociones del Espíritu
divino, terminaron dándole a él su voto.
El Cardenal Sarto, luego de esta votación, se supo incuestionablemente
llamado y elegido por Dios mismo: con docilidad, aceptó su evidente designio
-expresado por la votación del colegio Cardenalicio reunido en Cónclave-,
y pronunció estas palabras: «Acepto el Pontificado como una cruz.
Y porque los Papas que han sufrido por la Iglesia en los últimos tiempos
se llamaron Pío, escojo este nombre».
Al pronunciar su "sí", lleno de la humilde consciencia de su
propia pequeñez e insignificancia, el Cardenal Giuseppe Sarto respondía
decidida y fielmente al llamado que Dios le hacía. Desde ahora, como
Papa, su vida estaría plenamente asociada al sacrificio del Señor
en la Cruz, y él -asociándose amorosamente a su Cruz- manifestaba
su total disposición para servir y guiar al rebaño del Señor
hacia los pastos abundantes de la Vida verdadera. Su más hondo anhelo,
aquél que como un fuego abrasaba su corazón, quedaría expresado
en la frase-consigna de instaurarlo todo en Cristo: «¡Omnia instaurare
in Christo!». Ése era el celo que consumía su corazón,
celo que le impulsaba a querer «llevar todo el mundo al Señor».
Con este fuego interior buscaría, pues, avivar también el ardor
de muchos de los corazones de los hijos e hijas de la Iglesia, para, de este
modo, llevar la luz y el calor del Señor al mundo entero.