b) Programa pontificio
Su "programa
pontificio" no buscaba ser otro que el del Buen Pastor: empeñado
seriamente en alimentar, guiar y custodiar al humano rebaño que el
Señor le encomendaba, así como buscar a las ovejas perdidas
para atraerlas hacia el redil de Cristo.
En este sentido su primera encíclica nos da una muy clara idea de lo
que el santo Papa buscaría desarrollar a lo largo de todo su pontificado:
E supremi apostolatus cathedra... eran las primeras palabras de esta "encíclica
programática", en la que comenzaba compartiendo los temores que
le acometieron ante la posibilidad de ser elegido como el próximo timonel
de la Barca de Pedro. El no se consideraba sino un indigno sucesor de un Pontífice
que 26 años había gobernado a la Iglesia con extraordinaria
sabiduría, prudencia y pastoral solicitud: S.S. León XIII.
Una vez elegido, no le cabía duda alguna de que el Señor le
pedía a él sostener firmemente el timón de la barca de
Pedro, en medio de una época que se presentaba como muy difícil.
En la mencionada encíclica su diagnóstico aparecerá muy
preciso y certero: «Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de
Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en
el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras
consecuencias de esa postura».
Considerando estas cosas, el Santo Padre lanza entonces su programa. En él
recuerda a todos, como hombre de Dios que es, que su misión es sobre
todo la de apacentar el rebaño de Cristo y la de hacer que todos los
hombres se vuelvan al Señor, en quien se encuentra el único
principio válido para todo proyecto de convivencia social, ya que Él,
en última instancia, es el único principio de vida y reconciliación
para el mismo ser humano. Sentada esta sólida base, proclamó
nuevamente en esta encíclica la santidad del matrimonio, alentó
a la educación cristiana de los niños, exigió la justicia
de las relaciones sociales, hizo recordar su responsabilidad de servicio a
quienes gobiernan, etc.
La fuerza con la
que S.S. Pío X quería contar para esta monumental tarea de instaurarlo
todo en Cristo era la fuerza de la santidad de la Iglesia, que debía
brillar en cada uno de sus miembros. Por eso llamó a ser colaboradores
suyos, en primer término, a los hermanos en el sacerdocio: sobre todo
en ellos -por ser "otros Cristos"- debía resplandecer fulgurante
la llama de la santidad. Llamados a servir al Señor con una inefable
vocación, habían de ser ellos los primeros en llenarse de la
fuerza del Espíritu divino, pues "nadie da lo que no tiene",
¿y cómo podrían ellos, los especialmente elegidos para
esa misión, instaurarlo todo en Cristo si no era el suyo un corazón
como el corazón sacerdotal del Señor Jesús, ardiente
en el amor y en la caridad para con los hermanos? Sólo con una vida
santa podrían sus sacerdotes ser portadores de la Buena Nueva del Señor
Jesús para todo su Pueblo santo.
Recordará entonces que es competencia de los Obispos, como principales
y últimos responsables, el formar este clero santo. ¡Este era
un asunto de la mayor importancia!, y por ello los seminarios debían
ser para sus Obispos como "la niña de sus ojos": ellos deben
mostrar un juicio certero para aceptar solamente a quienes serán aptos
para cumplir con perpetua fidelidad las exigencias de la vocación sacerdotal;
han de brindarles una preparación intelectual seria; han de educar
a sus sacerdotes para que su prédica constituya un verdadero alimento
para los feligreses, y para que sean capaces de llevar adelante una catequesis
seria para alejar la ignorancia religiosa de los hijos de la Iglesia; han
de enseñarles -con el ejemplo- a vivir una caridad pastoral sin límites;
han de educarlos en el amor a una observante disciplina; y como fundamento
de todo, han de habituarlos a llevar una sólida y profunda vida espiritual.
El Santo Padre, para esta gran tarea de renovación en Cristo, fijó
sus ojos asimismo en los seglares comprometidos: siempre fieles a sus obispos,
los exhortaba a trabajar por los intereses de la Iglesia, a ser para todos
un ejemplo de vida santa llevada en medio de sus cotidianos afanes.
VOLVER