MENSAJE
DEL PAPA PABLO VI PARA
LA II JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
Tema: La prensa, la radiotelevisión y el cine para
el progreso de los pueblos
Amados
hijos y hermanos, y vosotros todos, hombres de buena voluntad:
Al invitarlos a celebrar, juntamente con Nos, la jornada dedicada a los medios
de comunicación social, querríamos contribuir a que caigáis
mejor en la cuenta del inmenso cambio que se está realizando ante nuestros
ojos en este campo y de las graves responsabilidades que de ellos de deducen
para todos. Todavía ayer, muchos hombres no disponían, para nutrir
sus ideas, más que de un bagaje escolar, más o menos remoto, de
tradiciones de familia, de las reacciones del ambiente que les rodeaba. Hoy,
en cambio, los ecos de la prensa, del cine, de la radio y de la televisión
les abren sin cesar nuevos horizontes y los ponen a tono con la vida del universo
entero. ¿Quién no se regocijará de un progreso semejante?
¿Quién no verá en él el camino providencial para
la promoción de toda la humanidad? Todas las puertas están abiertas
a la esperanza, si el hombre sabe dominar estas técnicas nuevas; pero,
en cambio, todo podría estar perdido, si se olvidase de su responsabilidad.
La prensa, el cine, la radio-televisión, ¿servirán o no
servirán para el progreso de los pueblos? He ahí la cuestión
que Nos planteamos a nuestros hijos católicos y a todas las personas
de corazón. Y ante todo, ¿de qué progreso se trata? ¿Del
progreso económico? Ciertamente. ¿Del progreso social? Sin duda
alguna. Lo hemos dicho ya en Nuestra encíclica "Populorum progressio"
y lo repetimos sin cansarnos: el desarrollo, "para ser auténtico,
debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y todo el hombre"
(1).
La nueva visión del universo, que el hombre adquiere gracias a los medios
de comunicación social, quedará en él como una cosa extraña
o inútil, si al mismo tiempo no le procura los medios para iluminar su
juicio -sin orgullo ni complejos- sobre las riquezas y las deficiencias de su
civilización, para descubrir, sin suficiencia ni amargura, las de los
demás, para tomar en sus manos, con confianza, su propio destino, para
construirlo en fraternal colaboración con sus hermanos, y finalmente,
para llegar a comprender que "no hay mas que un humanismo verdadero, el
que se abre al Absoluto" (2).
¿Es precisamente esta toma de conciencia, esta apertura, la que favorece
el torrente de palabras, de artículos y de imágenes que se vierten
a diario sobre el mundo? Este es el problema que querríamos plantear
a todos los responsables de la prensa, la radio, el cine y la televisión,
deseosos de trabajar generosamente al servicio de sus hermanos, los hombres.
Tan peligroso sería fomentar en un pueblo el espíritu de suficiencia
y exacerbar su nacionalismo cerrado, como es conveniente ayudarle a descubrir,
con legítimo orgullo, los talentos materiales, intelectuales y espirituales
con que el Creador le ha dotado, para que él los valore, con provecho
de toda la comunidad de los pueblos.
Tan engañoso sería mantener una oposición sistemática
y un espíritu de crítica corrosivo y destructor, dejando creer
así que la revolución violenta sería la panacea universal
capaz de hacer desaparecer todas las injusticias, como es conveniente abrir
los ojos de los que tienen la responsabilidad sobre las situaciones intolerables,
denunciar los abusos que claman al cielo, orientar la opinión hacia las
"transformaciones audaces, profundamente innovadoras, reformas urgentes
que hay que emprender sin demora".(3)
En un mundo, donde a tantos hombres les falta lo necesario, de pan, de saber,
de luz espiritual, sería grave utilizar los medios de comunicación
social para reforzar los egoísmos personales y colectivos, para suscitar,
en los que ya poseen bastante, nuevas y falsas necesidades, fomentar su sed
de placeres, multiplicar sus ocios estériles y enervantes. Superada esta
tentación, se les ofrece una empresa capaz de suscitar todos los entusiasmos:
hay mucho quehacer para dar respuesta a una humanidad agobiada, para poner de
relieve, al mismo tiempo, los esfuerzos de cooperación, los gestos de
ayuda y las iniciativas pacíficas, suscitando también una sana
emulación portadora de esperanza.
¿Quién no ve, en este juego dramático de que es objeto
nuestro mundo, la importancia de los medios de comunicación social, para
ayudar al "verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos,
de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas?".(4)
Los cristianos, por su parte, no deberían olvidar que esta fraternidad
que los une a los demás hombres, tiene como raíz una misma filiación
divina. El Dios vivo, fuente y término de los valores supremos, es al
mismo tiempo su garantía. A todos, a nuestros hijos católicos
en particular, les pedimos que hagan todo lo posible para que los medios de
comunicación social, en un mudo que busca como a tientas la luz capaz
de salvarlo, proclamen a la luz del día (cf. Mt 10, 27) el mensaje de
Cristo salvador, "camino, verdad y vida" (Jn, 14, 6). Aportarán
así su contribución insustituible a este progreso de los pueblos
que Nos anhelamos, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, y por
el que tenemos propósito de trabajar con todas nuestras fuerzas: "El
porvenir está ahí, en el llamamiento imperioso de los pueblos
a una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su anhelo, consciente o inconsciente,
de una vida más alta; aquélla que precisamente la Iglesia de Cristo
puede y quiere darles" (introducción a los Mensajes del Concilio
al mundo, 8 de diciembre de 1965).
Este es el futuro que os invitamos a construir generosamente. Y, con estos sentimientos,
de todo corazón os bendecimos.
El Vaticano, 26 de marzo de 1968