MENSAJE DEL PAPA PABLO VI PARA LA
I JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
Nos dirigimos a vosotros, hermanos e hijos dilectísimos, ante la inminencia de la "Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales", que se celebrará por primera vez el domingo 7 de mayo.
Con esta iniciativa,
propuesta por el Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia, que "se
siente íntimamente solidaria con el género humano y con su historia"
(Constitución Pastoral sobre La Iglesia en el Mundo contemporáneo,
proemio), desea llamar la atención de sus hijos y de todos los hombres
de buena voluntad sobre el vasto y complejo fenómeno de los modernos
instrumentos de comunicación social, tales como la prensa, el cine,
la radio y la televisión, que constituyen una de las notas más
características de la civilización de hoy.
Gracias a estas técnicas maravillosas, la convivencia humana ha adquirido
nuevas dimensiones; el tiempo y el espacio han sido superados, y el hombre
se ha convertido en ciudadano del mundo, copartícipe y testigo de los
acontecimientos más remotos y de las vicisitudes de toda la humanidad.
Como ha dicho el Concilio,"podemos hablar de una verdadera transformación
social y cultural que tiene también sus reflejos sobre la vida religiosa"
(Ibid. - Introducción); y a esta transformación han contribuido
eficazmente y en ciertas ocasiones en forma determinante, los instrumentos
de comunicación social, mientras se esperan nuevos desarrollos sorprendentes,
tales como la próxima conexión en mundovisión de las
estaciones emisoras de televisión, mediante los satélites artificiales.
En todo esto vemos perfilarse y realizarse un admirable designio de la providencia
de Dios, que abre constantemente nuevas vías al ingenio humano para
su perfeccionamiento y para el logro del fin último del hombre.
Debe ser, por lo tanto, muy apreciada en su justo valor la contribución
que la prensa, el cine, la radio, la televisión y los demás
instrumentos de comunicación social ofrecen para el incremento de la
cultura, la divulgación de las expresiones artísticas, la distensión
de los ánimos, el mutuo conocimiento y comprensión entre los
pueblos, y también la difusión del mensaje evangélico.
Pero si bien la grandiosidad del fenómeno, que involucra ya a cada
uno de los individuos y a toda la comunidad humana, constituye un motivo de
admiración y de complacencia, sin embargo también ofrece motivos
de preocupación y de temores. En efecto, al mismo tiempo que estos
instrumentos, destinados por su naturaleza a difundir el pensamiento, la palabra,
la imagen, la información y la publicidad, influyen sobre la opinión
pública y, por consiguiente, sobre el modo de pensar y actuar de los
individuos y los grupos sociales, ejercen también una presión
sobre los espíritus que incide profundamente sobre la mentalidad y
la conciencia del hombre, incitado como está por múltiples y
opuestas solicitaciones y casi sumergido en ellas.
¿Quién puede ignorar los peligros y los daños que estos
instrumentos, aunque nobles, pueden acarrear a cada uno de los individuos
y a la sociedad, si no son utilizados por el hombre con sentido de responsabilidad,
con recta intención y de acuerdo con el orden moral objetivo?
Cuanto más grandes, por lo tanto, son la potencia y la eficacia ambivalente
de estos medios, tanto más atento y responsable debe ser el uso de
los mismos.
Por eso nos dirigimos con sentimientos de estima y de amistad -seguros de
interpretar las esperanzas y las ansias de todas las personas rectas- a todos
aquellos que dedican ingenio y actividad a este delicado e importante sector
de la vida moderna, en el deseo de que el noble servicio que están
llamados a ofrecer a sus hermanos, esté siempre a la altura de una
misión que los hace intermediarios -y casi maestros y guías-
entre la verdad y el público, las realidades del mundo exterior y la
intimidad de las conciencias.
Y así como ellos tienen el derecho de no estar condicionados por indebidas
presiones ideológicas, políticas, económicas, que limiten
la justa y responsable libertad de expresión de los mismos, del mismo
modo su diálogo con el público exige el respeto por la dignidad
del hombre y de la sociedad. Que todos sus esfuerzos, pues, se dirijan a difundir
la verdad en las mentes, la adhesión al bien en los corazones, la acción
coherente en las obras; de este modo contribuirán a la elevación
de la humanidad y darán un aporte constructivo para la edificación
de una sociedad nueva, más libre, más consciente, más
responsable, más fraternal, más digna (cf. Pío XII: Discurso
a la Unión Europea de Radiodifusión; Discursos y Mensajes radiales,
vol. 17, pág. 327).
Pensamos sobre todo en las jóvenes generaciones que buscan, no sin
dificultades y a veces con aparentes o reales extravíos, una orientación
para sus vidas de hoy y de mañana, y que deben poder decidir, con libertad
de espíritu y con sentido de responsabilidad. Impedir o desviar la
difícil búsqueda con falsas perspectivas, con ilusiones engañadoras,
con seducciones degradantes, significaría decepcionarlos en sus justas
esperanzas, desorientarlos en sus nobles aspiraciones y mortificar sus impulsos
generosos.
Reiteramos, por lo tanto, con ánimo paternal Nuestra acuciante invitación
a los beneméritos profesionales del mundo de las comunicaciones sociales
-y en modo especial a todos aquellos que se honran con el nombre de cristianos-
a que mantengan su "testimonio al servicio de la "Palabra",
que en todas sus expresiones creadas debe ser eco fiel de la eterna Palabra
increada, del Verbo del Padre, de la Luz de las mentes, de la verdad que tanto
nos sublima" (Discurso al Consejo Nacional de la Federación de
la Prensa Italiana, 23-6-66; Oss. Rom., ed. castellana, N· 713, pág.
4).
Es necesario, sin embargo, que el empeño de los promotores de la comunicación
social se vea correspondido por la colaboración solidaria de todos,
dado que aquí se apela a la responsabilidad de todos: de los padres,
primeros e insustituibles educadores de sus hijos; de la escuela, que debe
enseñar a los alumnos a conocer y comprender el lenguaje de las técnicas
modernas, a valorar sus contenidos y a servirse de ellos con sano criterio,
con moderación y autodisciplina; de los jóvenes, llamados a
un papel principal en la valoración de estos instrumentos en vista
de la propia formación, de la hermandad y de la paz entre los hombres;
de los poderes públicos, a quienes corresponde la promoción
y la tutela del bien común dentro del respeto de las legítimas
libertades. En una palabra, este empeño recae sobre todo el público
receptor, que con la ponderada e iluminada elección de las publicaciones
cotidianas y periódicas, de los espectáculos, de las trasmisiones
de radio y televisión, debe contribuir a que la comunicación
sea siempre más noble y elevada, es decir, digna de hombres responsables
y espiritualmente maduros.
Sumamente útil y digna de aplauso es, por lo tanto, toda iniciativa
seria que tienda a formar el juicio crítico del lector y del espectador,
y no solamente a hacerle valorar las noticias, ideas, imágenes que
se le presentan desde el punto de vista de la técnica, de la estética,
del interés despertado, sino además bajo el perfil humano, moral
y religioso, con respecto a los valores supremos de la vida.
La Iglesia quiere contribuir también al ordenado desarrollo del mundo
de la comunicación; contribución de inspiración, de aliento,
de exhortación, de orientación, de colaboración. Por
eso el Concilio Ecuménico Vaticano II lo ha considerado como tema de
estudio, y tanto el Decreto Conciliar sobre los instrumentos de comunicación
social, como la correspondiente Instrucción Pastoral, que actualmente
se está preparando, confirman el cuidado material de la Iglesia para
la promoción de estos valores humanos que el Cristianismo, al asumirlos
en sí, vivifica, ennoblece y orienta en vista al fin supremo del hombre,
haciendo de este modo que el admirable progreso técnico se vea correspondido
por un verdadero y fecundo progreso espiritual y moral.
Por eso expresamos el voto de que la "Jornada" constituya la ocasión
de un reflexivo llamado para un despertar saludable de las conciencias y para
un compromiso solidario de todos en pro de una causa de tanta importancia;
y exhortamos a Nuestros hijos a realizar una acción generosa, en unidad
de oración y de intenciones con sus Pastores y con todos aquellos que
quisieran dar su deseada colaboración, para que, con la ayuda de Dios
y la intercesión de la Santísima Virgen, se logren los frutos
que la celebración de la "Jornada" espera para el bien de
la familia humana.
Tales son Nuestros auspicios cordiales, que nos place dirigir en vísperas
de la primera Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, al mismo tiempo
que invocamos de corazón copiosas bendiciones celestes sobre aquellos
que nos escuchan, y sobre aquellos que dedican a este sector su experiencia
técnica, su genio intelectual y sus cuidados espirituales.
Vaticano, 1 de mayo de 1967