Queridísimos
hermanos e hijos de la Santa Iglesia:
Con sincera fe y viva esperanza, con los mismos sentimientos que han marcado
desde el comienzo mi servicio pastoral en la Cátedra de Pedro, me dirijo
a vosotros y, en particular, a quienes de entre vosotros se ocupan de comunicaciones
sociales, en el día que el Concilio Vaticano II ha querido consagrar
a este importante sector (cf. Inter mirifica, 18).
UN TEMA ELEGIDO POR PABLO VI
El tema sobre el cual deseo llamar vuestra atención contiene, precisamente,
una invitación implícita a la confianza y a la esperanza: porque
se refiere a la infancia; por mi parte voy a tratar acerca del mismo con la
mayor complacencia, ya que fue elegido para la presente circunstancia por mi
amado predecesor Pablo VI. La Organización de las Naciones Unidas ha
proclamado 1979 "Año Internacional del Niño" y esta
ocasión ofrece la oportunidad de reflexionar sobre las exigencias concretas
de esa amplia franja de "receptores" -los niños- y acerca de
las responsabilidades que consiguientemente corresponden a los adultos; de modo
especial a los operadores de las comunicaciones, los cuales pueden ejercer -y
de hecho ejercen- un gran influjo sobre la formación o, lamentablemente,
la deformación de las jóvenes generaciones. De ahí la importancia
y complejidad del tema: "Las comunicaciones sociales por la tutela y el
desarrollo de la infancia en la familia y en la sociedad".
Actitud de los niños ante los medios audiovisuales
Sin pretender hacer un examen y, tanto menos, agotar el tema en sus varios aspectos
quiero recordar, aunque sea brevemente lo que la infancia espera y tiene derecho
a obtener de estos instrumentos de comunicación. Fascinados y privados
de defensas ante el mundo y ante los adultos, los niños están
naturalmente dispuestos a acoger lo que se les ofrece, ya se trate del bien
o del mal. Bien lo sabéis vosotros, profesionales de las comunicaciones
y especialmente los que os ocupáis de los medios audiovisuales. Los niños
se sienten atraídos por la "pequeña pantalla" y por
la "pantalla grande": siguen todos los gestos que aparecen en ellas
y perciben, antes y mejor que cualquier otra persona, las emociones y sentimientos
consiguientes.
Como cera blanda, sobre la cual cualquier leve presión deja un trazo,
el ánimo de los niños está expuesto a cualquier estímulo
que solicite la capacidad de ideación, la fantasía, la afectividad,
el instinto. Por otra parte, las impresiones en esta edad son las que penetran
con mayor profundidad en la sicología del ser humano y condicionan, a
menudo de manera duradera, las relaciones sucesivas consigo mismo, con los demás
y con el ambiente. Precisamente, al intuir lo delicada que resulta esta primera
fase de la vida, la sabiduría pagana formuló la conocida máxima
pedagógica, según la cual maxima debetur puero revetentia; y bajo
esta misma luz se hace evidente, en toda su motivada severidad, la advertencia
de Cristo: "Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que
creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra
de molino de asno y le hundieran en el fondo del mar" (Mt 18, 6). Y ciertamente
entre los "pequeños" en sentido evangélico hay que incluir
y de manera especial a los niños.
Jesús y los pequeños
El ejemplo de Cristo ha de ser normativo para el creyente, que trata de inspirar
la propia vida en el Evangelio. Pues bien, Jesús se presenta como aquel
que acoge amorosamente a los niños (cf. Mc 10, 16) tutela su deseo espontáneo
de acercarse a él (cf. Mc 10, 14), alaba su típica y confiada
sencillez, merecedora del Reino (cf. Mt 18, 3-4), subraya la transparencia interior
que con tanta facilidad les dispone a la experiencia de Dios (cf. Mt 18, 10).
No duda en establecer una ecuación sorprendente: "El que por mí
recibiere a un niño como éste, a mí me recibe" (Mt
18, 5). Como he tenido ocasión de escribir recientemente, "El Señor
se identifica con el mundo de los pequeños (...) Jesús no condiciona
a los niños, no se sirve de los niños. Los llama y los hace copartícipes
de su plan de salvación del mundo" (cf. Mensaje al Presidente del
Consejo Superior de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera; L'Osservatore
Romano, Edición en Lengua Española, 20 de mayo de 1979, pág.
7).
¿Cuál tendrá que ser, pues, la actitud de los cristianos
responsables y, especialmente, de los padres y de los operadores de los mass-media
conscientes de sus deberes en relación con la infancia? Deberán,
sobre todo, preocuparse del crecimiento humano del niño: la pretensión
de mantenerse ante él en una postura de "neutralidad' y de dejarlo
"que se haga" espontáneamente esconde -bajo la apariencia del
respeto hacia su personalidad- una actitud de peligroso desinterés.
Un desinterés así ante los niños no es aceptable; la infancia,
en realidad, tiene necesidad de ser ayudada en su desarrollo hacia la madurez.
Hay una gran riqueza de vida en el corazón del niño; pero él
no está en condiciones de discernir, por sí mismo, las voces que
oye en su interior. Son los adultos -padres, educadores, operadores de las comunicaciones
sociales- quienes tienen el deber y están en condiciones de ayudarles
a descubrir esa riqueza. ¿Acaso todo niño no se parece, de alguna
manera al pequeño Samuel del que habla la Sagrada Escritura? Incapaz
de interpretar la llamada de Dios, él pedía ayuda a su maestro,
que al principio le respondió: "No te he llamado; vuelve a acostarte"
(1 Sam 3, 5-6). ¿Será igual nuestra actitud, que sofoca los ímpetus
y las vocaciones mejores, o bien seremos capaces de hacer comprender las cosas
al niño, al igual que hizo al fin el sacerdote Elí con Samuel:
"Si vuelven a llamarte di: 'Habla, Yavé, que tu siervo escucha'?"
(1 Sam 3, 9).
Responsabilidad de los padres, educadores y operadores de los mass-media
Las posibilidades y los medios de que vosotros, los adultos, disponéis
al respecto son enormes: estáis en condiciones de despertar el espíritu
del niño para que escuche o de adormecerlo o, Dios no lo quiera, de intoxicarlo
irremediablemente. Se necesita en cambio actuar de manera que el niño
capte, gracias también a vuestro empeño educativo, no mortificante
sino siempre positivo y estimulante, las amplias posibilidades de educación
personal, que le consentirán inserirse creativamente en el mundo. Secundadlo,
especialmente vosotros que os ocupáis de los mass-media, en su búsqueda
cognoscitiva, proponiendo programas recreativos y culturales, en los cuales
el niño encuentre respuesta a la búsqueda de su identidad y de
su gradual "ingreso" en la comunidad humana. Es también importante
que el niño no sea, en vuestros programas, una simple comparsa, como
para enternecer los ojos cansados y desencantados de espectadores u oyentes
apáticos; sino un protagonista de modelos válidos para las jóvenes
generaciones.
Los valores espirituales y religiosos
Soy bien consciente de que al reclamaros un tal esfuerzo humano y "poético"
(en el verdadero sentido de la capacidad creadora propia del arte), os pido
implícitamente que renunciéis a ciertos planes de búsqueda
calculada del mayor "índice de atención" de cara a un
éxito inmediato. La verdadera obra de arte, ¿acaso no es aquella
que se impone sin ambiciones de éxito y que nace de una auténtica
habilidad y de una segura madurez profesional? Tampoco queráis excluir
de vuestra producción -os lo pido como un hermano- la oportunidad de
ofrecer un estímulo espiritual y religioso al corazón de los niños:
y esto quiere ser una llamada confiada de colaboración por vuestra parte
en la tarea espiritual de la Iglesia.
Igualmente me dirijo a vosotros, padres y educadores, catequistas y responsables
de las diversas asociaciones eclesiales a fin de que queráis considerar
responsablemente el problema de la utilización de los medios de comunicación
social, en relación con los niños, como una cosa de importancia
capital, no solamente en función de una iluminada formación que,
además de desarrollar el sentido crítico y -podría decirse-
la auto-disciplina en la elección de programas, les promueva realmente
en un plano humano, sino también en orden a la evolución de toda
la sociedad en la línea de la rectitud, de la verdad y de la fraternidad.
Mirar a la Virgen
Queridísimos hermanos e hijos: La infancia no es un período cualquiera
de la vida humana, del cual sea posible aislarse artificialmente: como un hijo
es carne de la carne de sus padres, así el conjunto de los niños
es parte viva de la sociedad. Por esta razón en la infancia está
en juego la suerte misma de toda la vida, de la "suya" y de la "nuestra"
esto es de la vida de todos. Tenemos, pues que servir a la infancia valorizando
la vida y optando "en favor" de la vida a todos los niveles, y la
ayudaremos presentando a los ojos y al corazón delicado y sensible de
los pequeños aquello que en la vida hay de más noble y más
elevado.
Dirigiendo la mirada hacia este ideal, a mi me parece encontrar el rostro dulcísimo
de la Madre de Jesús, la cual, totalmente dedicada a servir a su divino
Hijo, "conservaba todo esto en su corazón" (Lc 2, 51). A la
luz de su ejemplo, rindo homenaje a la misión que a todos vosotros os
corresponde en el terreno pedagógico y, con la confianza de que la realizaréis
con un amor parejo a su dignidad, os bendigo de corazón.
Vaticano, 23 de mayo del año 1979, I del pontificado