Venerables hermanos
e hijos queridísimos:
La Jornada anual de las Comunicaciones Sociales constituye una cita importante
para el Pueblo de Dios. Como bien sabéis, se trata de un día dedicado
a una reflexión específica en torno a la función y al uso
de los instrumentos que sirven para las comunicaciones sociales, y que los padres
del Concilio Vaticano II no vacilaron en calificar de "maravillosos".
¿Quién es capaz, en realidad, de medir el influjo que estos medios
modernos pueden ejercitar sobre la opinión pública, orientando
sus valoraciones y condicionando sus opciones, gracias a su amplia y capilar
difusión, a sus técnicas cada día más perfectas
y a sus tiempos de utilización cada vez más prolongados?
No puede, por lo tanto, producir maravilla el hecho de que la Iglesia siga con
creciente interés el desarrollo de un fenómeno cultural de tan
vasto alcance, sin cansarse de reclamar, con maternal solicitud, a quienes lo
protagonizan o participan en él, a la conciencia de sus responsabilidades.
Movido por esta misma preocupación pastoral, hemos escogido como tema
del Mensaje de hoy, el examen de las esperanzas, derechos y deberes del llamado
"receptor", es decir, el destinatario de las comunicaciones sociales,
al cual obviamente contemplamos desde el ángulo que nos es propio: el
del personalismo cristiano que en cada criatura humana sabe descubrir una imagen
viva de Dios (cf. Gén 1, 26), la cual es así, por designio providencial,
portadora de un propio destino trascendente.
La primera expectativa de los "receptores" que merece ser notada y
valorizada es la aspiración al diálogo (cf. Ecclesiam Suam: AAS
56, 1964, p. 659).
El espacio que los periódicos y las emisoras radiotelevisivas reservan
a la correspondencia con sus propios lectores, oyentes y espectadores responde
sólo parcialmente a este legítimo deseo, porque se trata siempre
de casos aislados, mientras que todos los "receptores" sienten la
necesidad de poder expresar, de alguna manera, su propia opinión y ofrecer
una contribución de ideas y propuestas personales.
Ahora bien, asegurar este diálogo, favorecerlo y orientarlo hacia los
problemas de la mayor importancia, significa para los "comunicadores"
establecer un continuo y estimulante contacto con la sociedad, y llevar a los
"receptores" a un nivel de activa participación.
La segunda exigencia es la de la verdad.
Se trata de un derecho fundamental de la persona, enraizado en la misma naturaleza
humana y estrechamente unido con la exigencia de participación que la
actual evolución tiende a garantizar a cada miembro de la sociedad.
Tal aspiración se refiere también y de manera directa a los medios
de información, de los cuales los destinatarios tienen derecho a esperar
puntualidad, honestidad, búsqueda de la objetividad, respeto a la jerarquía
de valores y, cuando se trata de espectáculos, la presentación
de una imagen veraz del hombre, como individuo y como miembro de un determinado
contexto social.
No se puede tampoco infravalorar la aspiración del hombre moderno a la
distracción y al reposo para recuperar las fuerzas y el equilibrio síquico
puesto a dura prueba por las condiciones no raramente enervantes que la vida
y el trabajo imponen hoy.
También éste es un deseo legítimo abierto a perspectivas
espirituales, entre las que tiene relevante importancia la atención a
la problemática religiosa y moral.
Los cristianos saben que esta problemática, bajo el impulso del Espíritu,
conduce al hombre a la plenitud de su propio destino supremo.
Para satisfacer estas aspiraciones se requiere la colaboración responsable
del mismo "receptor", el cual debe asumir un papel activo en el proceso
formativo de la comunicación. No se trata de crear grupos de presión
que agudicen todavía más los enfrentamientos y las tensiones del
tiempo presente, sino de impedir que en lugar de una "mesa redonda de la
sociedad" a la que todos tengan un acceso equitativo según la propia
preparación y la importancia de los temas de que son portadores, se introduzcan
grupos no representativos que podrían hacer uso unilateral, interesado
y restrictivo de los instrumentos que poseen. En cambio hay que desear que entre
"comunicadores" y "receptores" se instaure verdadera y auténtica
relación de diálogo (cf. Communio et Progressio, 81: AAS 63, 1971,
p. 623).
Esto significa que sois vosotros, queridos lectores, oyentes y espectadores,
quienes debéis aprender el lenguaje de los medios de comunicación
social, aunque resulte difícil, para que seáis capaces de tomar
parte en el diálogo de forma eficaz. Debéis saber escoger bien
vuestro periódico, el libro, el filme, el programa radiotelevisivo, conscientes
de que de vuestra elección, como de una papeleta de voto, dependerá
tanto el aliento y el apoyo incluso económico, como el rechazo de un
determinado género o tipo de comunicación (cf. Communio et Progressio,
82: AAS 63, 1971, p. 624). Por lo tanto hay que tener en cuenta hasta qué
punto es compleja la realidad de las comunicaciones modernas, en las cuales,
por su propia naturaleza -y no raras veces por una instrumentalización
pretendida- lo verdadero puede aparecer mezclado con lo falso, el bien con el
mal. De hecho no existe ninguna verdad, ninguna realidad sagrada, ningún
principio moral que no pueda ser directa o indirectamente atacado o contradicho
en el amplio desarrollo de las citadas comunicaciones. Así, pues, tenéis
que dar también prueba de atenta capacidad de discernimiento y de confrontación
con los auténticos valores ético-religiosos, apreciando y acogiendo
los elementos positivos y excluyendo los negativos.
Esta triple capacidad que el "receptor" debe adquirir hoy para ser
un ciudadano maduro y responsable -es decir, la capacidad de comprender el lenguaje
de los medios masivos, de escoger oportunamente y de saber juzgar -determina
el diálogo con el "comunicador". Este diálogo debe encontrar,
luego, las formas adecuadas, correctas y respetuosas, pero también francas
y decididas, para intervenir cuando las circunstancias lo requieran.
No ignoramos las dificultades que en la concreta situación del mundo
contemporáneo encuentra todo "receptor", empezando por el receptor
cristiano, para asegurarse la capacitación necesaria en orden al ejercicio
de sus derechos y deberes, según las propias aspiraciones. Pero si es
verdad que el futuro de la familia humana depende en gran parte del uso que
sabrá hacer de sus medios de comunicación, es necesario reservar
a la formación del "receptor" una consideración prioritaria
tanto en el ámbito del ministerio pastoral como, en general, en las tareas
educativas.
La primera educación en este campo debe realizarse en el interior de
las familias: entender, elegir y juzgar los medios de comunicación social
debe formar parte del cuadro global de la formación a la vida. Por ello
compete a los padres la función de ayudar a sus hijos a realizar las
opciones, a madurar un juicio y a dialogar con los "comunicadores".
Después, esta formación debe continuar en los centros educativos:
el Concilio Ecuménico Vaticano II hace de ello una obligación
específica en las escuelas católicas de todo grado (cf. Inter
Mirifica, 16) y de las asociaciones de inspiración cristiana y carácter
educativo, añadiendo en concreto: "Para obtener más expeditamente
tal fin, procúrese en la catequesis la exposición y la explicación
de la doctrina y de la disciplina católica acerca de esta materia"
(Inter Mirifica, 16). Los profesores no deben olvidar que su actividad pedagógica
se desarrolla en un contexto en el que muchas emisiones y muchos espectáculos
que afectan a la fe y a los principios morales llegan cotidianamente a sus alumnos,
los cuales por lo tanto tienen necesidad de continuas e iluminadas explicaciones
y rectificaciones.
Finalmente las comunidades locales creyentes tienen que ayudar a sus miembros
en la selección, en la comprensión y en el juicio. Hacemos un
llamamiento a la prensa católica y a los demás medios que están
a disposición de las diócesis, de las parroquias y de las familias
religiosas para que den el más amplio espacio posible a la información
sobre los programas de las comunicaciones sociales, para que recomienden o desaconsejen,
aduciendo los motivos oportunos que permitan a los fieles orientarse con plena
conformidad a la doctrina y a la moral evangélica. Los cristianos, y
particularmente los jóvenes, han de tener bien presente que se trata,
en último análisis, de una responsabilidad personal, y que de
las opciones que realicen dependen la santidad de su vida, la integridad de
su fe, la riqueza de su cultura y, de rechazo, su contribución al desarrollo
general de la sociedad. La Iglesia puede y debe informarlos y ayudarlos, pero
no puede sustituir sus personales y coherentes decisiones.
La tarea, como se ve, es compleja y extremadamente comprometedora. Sólo
la generosa colaboración de todos podrá lograr que los medios
de comunicación social no sólo abandonen actitudes y expresiones
desgraciadamente no infrecuentes, que contienen violencia, erotismo, vulgaridad,
egoísmo e injustificados intereses de parte; sino que lleguen a ofrecer
una información amplia, solícita y verdadera, y, por lo que se
refiere a los espectáculos, una sana diversión en el terreno cultural
y espiritual, contribuyendo así de manera eficaz a aquel humanismo pleno
que tanto desea la Iglesia (Populorum Progressio, 42: AAS 59, 1967, p.278; cf.
también n.14, p. 264).
Al estimular el empeño de cuantos se dedican a ennoblecer este especial
servicio, invocamos para ellos y para cuantos participarán en la celebración
de la XII Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales, la abundancia de los
dones del Espíritu Santo y les impartimos de corazón la propiciadora
bendición apostólica.
Vaticano, 23 de abril de 1978