MENSAJE
DEL SANTO PADRE PARA
LA 34a JORNADA MUNDIAL PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES
4 de Junio de 2000
Tema: "Anunciar a Cristo en los Medios de Comunicación
Social al alba del Tercer Milenio"
Queridos hermanos
y hermanas:
El tema de la trigésima cuarta Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales, Anunciar a Cristo en los Medios de Comunicación Social al alba
del Tercer Milenio, nos invita a mirar hacia delante considerando los desafíos
que nos esperan, y también a mirar hacia el pasado recordando el nacimiento
del cristianismo para tomar de esos orígenes la luz y el valor que necesitamos.
El centro del mensaje que proclamamos es siempre Jesús mismo. "Ante
Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro
del mundo son iluminados por su presencia" (Incarnationis Mysterium, 1).
Los capítulos iniciales de los Hechos de los Apóstoles contienen
un conmovedor relato de la proclamación de Cristo por sus primeros seguidores,
proclamación que fue a la vez espontánea, llena de fe y convincente,
realizada con el poder del Espíritu Santo.
Lo primero y más importante es que los discípulos anunciaron a
Cristo como respuesta al mandato que él les había dado. Antes
de ascender al Cielo dijo a los Apóstoles: "Seréis mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de
la tierra" (Hch 1,8). Y a pesar de que eran hombres "sin instrucción
ni cultura" (Hch 4,13), respondieron rápida y generosamente.
Habiéndose dedicado a la oración con María junto con los
demás seguidores del Señor, y actuando movidos por el Espíritu
Santo, los Apóstoles iniciaron su proclamación en Pentecostés
(cf. Hch 2). La lectura de aquellos maravillosos eventos nos recuerda que la
historia de la comunicación es como un proceso que va desde el orgulloso
proyecto de Babel con su carga de confusión e incomprensión mutua
(cf. Gn 11,1-9), hasta Pentecostés y el don de lenguas: la comunicación
es restaurada con su centro en Jesús, por medio de la acción del
Espíritu Santo. Anunciar a Cristo, pues, conduce al encuentro entre las
personas en la fe y la caridad al más profundo nivel humano. El mismo
Señor resucitado se convierte en vínculo de una genuina comunicación
entre sus hermanos y hermanas en el Espíritu.
Pentecostés es sólo el principio. Los Apóstoles no se arredran
en la proclamación del Señor ni siquiera cuando son amenazados
con represalias: "No podemos callar lo que hemos visto y oído",
dicen Pedro y Juan al Sanedrín (Hch 4,20). Incluso los sufrimientos se
convierten en instrumentos de la misión. Cuando se desata una violenta
persecución en Jerusalén después del martirio de Esteban,
forzando a los seguidores de Cristo a huir, "los que se habían dispersado
iban por todas partes anunciando la Palabra" (Hch 8,4).
El núcleo vivo del mensaje que los Apóstoles predican es Jesús
crucificado y resucitado, que vive triunfante sobre el pecado y la muerte. Pedro
dice al centurión Cornelio y su familia: "Ellos lo mataron, colgándolo
de un madero; a él, Dios lo resucitó al tercer día y le
concedió la gracia de aparecerse... Y nos mandó que predicáramos
al pueblo y que diésemos testimonio de que él está constituido
por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio
de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón
de los pecados" (Hch 10, 39-43).
Es obvio que las circunstancias han cambiado profundamente en dos milenios.
Y sin embargo permanece inalterable la necesidad de anunciar a Cristo. El deber
de dar testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús y de
su presencia salvífica en nuestras vidas, es tan real y apremiante como
el de los primeros discípulos. Hemos de comunicar la buena noticia a
todos aquéllos que quieran escuchar.
Es indispensable la proclamación personal y directa, en la que una persona
comparte con otra su fe en el Resucitado. Igualmente lo son otras formas tradicionales
de sembrar la Palabra de Dios. No obstante, al mismo tiempo debe realizarse
hoy una proclamación en y a través de los medios de comunicación
social. "La Iglesia se sentiría culpable ante el Señor si
no utilizara estos poderosos medios" (Papa Pablo VI, Evangelii Nuntiandi,
45).
No se exagera al insistir en el impacto de los medios sobre el mundo actual.
El surgimiento de la sociedad de la información es una verdadera revolución
cultural, que transforma a los medios en "el primer Areópago de
nuestra época" (Redemptoris Missio, 37), en la cual se intercambian
constantemente ideas y valores. A través de los medios la gente entra
en contacto con personas y acontecimientos, y se forma sus opiniones sobre el
mundo en el que vive. Incluso ahí se configura su modo de entender el
sentido de la vida. Para muchos su propia experiencia vital es en gran medida
una prolongación de la experiencia de los medios de comunicación
(cf. Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Aetatis Novae, 2).
El anuncio de Cristo debe formar parte de esta experiencia.
Naturalmente, al anunciar al Señor, la Iglesia debe usar con vigor y
habilidad sus propios medios de comunicación (libros, periódicos,
revistas, radio, televisión y otros). Los comunicadores católicos
deben ser intrépidos y creativos para desarrollar nuevos medios y métodos
en la proclamación. Pero, en lo posible, la Iglesia debe aprovechar al
máximo las oportunidades de estar presente tambien en los medios seculares.
Los medios están contribuyendo ya de muchas formas al enriquecimiento
espiritual, por ejemplo en los numerosos programas especiales que se transmiten
a nivel mundial por medio de satélites durante este año del Gran
Jubileo. En otros casos, sin embargo, expresan la indiferencia y hasta la hostilidad
que existe en ciertos sectores de la cultura secular hacia Cristo y su mensaje.
Es necesario un cierto tipo de "examen de conciencia" por parte de
los medios, que conduzca a una mayor conciencia crítica sobre esa tendencia
a un escaso respeto por la religiosidad y las convicciones morales de la gente.
Una forma implícita de proclamación del Señor puede hacerse
a través de producciones mediáticas que respondan a las auténticas
necesidades humanas, especialmente aquéllas de los débiles, los
necesitados y los marginados. Pero además de la proclamación implícita,
los comunicadores cristianos deben buscar modos de hablar explícitamente
de Jesús muerto y resucitado y de su triunfo sobre el pecado y la muerte,
en formas adecuadas a los medios que se usen y a la capacidad del público.
Realizar esto con acierto requiere capacidad y entrenamiento profesional. Pero
también requiere algo más. Para testimoniar a Cristo es necesario
encontrarse personalmente con él y cultivar esa relación a través
de la oración, la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación,
leyendo y meditando la Palabra de Dios, estudiando la doctrina cristiana y sirviendo
a los demás. Si todo ello es auténtico, será mucho más
por obra del Espíritu que nuestra.
Proclamar a Cristo no es sólo un deber sino un privilegio. "El paso
de los creyentes hacia el tercer milenio no se resiente absolutamente del cansancio
que el peso de dos mil años de historia podría llevar consigo;
los cristianos se sienten más bien alentados al ser conscientes de llevar
al mundo la luz verdadera, Cristo Señor. La Iglesia, al anunciar a Jesús
de Nazaret, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre a cada ser humano la perspectiva
de ser "divinizado" y, por tanto, de hacerse así más
hombre." (Incarnationis Mysterium, 2).
El Gran Jubileo del aniversario número 2000 del nacimiento de Jesús
en Belén, debe ser una oportunidad y un desafío para que los discípulos
del Señor demos testimonio en y a través de los medios, de la
extraordinaria y consoladora Buena Noticia de nuestra salvación. Que
en este "Año de Gracia" los medios den voz a Jesús mismo,
con claridad y alegría, con fe, esperanza y amor. Proclamar a Cristo
en los medios al alba del nuevo milenio no es sólo parte sustancial de
la misión evangelizadora; constituye también un enriquecimiento
vital, inspirador y lleno de esperanza para el propio mensaje de los medios.
Que Dios bendiga abundantemente a todos aquéllos que honran y proclaman
a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en el vasto mundo de los medios
de comunicación social.
24 de enero de 2000
Joannes Paulus II