VIGILIA PASCUAL

Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, durante la Vigilia Pascual - 19 de abril de 2003

María Magdalena, María la Madre de Santiago y Salomé, al amanecer, se ponen en camino. En esta noche también nosotros hemos caminado, siguiendo el andar del Pueblo de Dios por los senderos de la elección, la promesa y la alianza. El camino de estas mujeres se inserta en este largo andar de siglos… y también el nuestro. Porque ser elegidos y ser portadores de la alianza entraña siempre ponernos en marcha. La alianza que Dios hace con su pueblo y con cada uno de nosotros es precisamente para que caminemos hacia una promesa, hacia un encuentro. Este camino es vida.

Como contraste allí está la piedra. Inmóvil y sellada por la conspiración de los corruptos; un verdadero obstáculo para el encuentro. Estas mujeres caminaban vacilando entre la ilusión y la traba; iban al sepulcro para cumplir una obra de misericordia, pero la amenaza de la piedra las hacía dudar. Las movía el amor pero las paralizaba la duda. También como ellas nosotros sentimos el impulso de caminar, el deseo de hacer grandes obras. Llevamos dentro del corazón una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios, pero la duda es piedra, los sellos de la corrupción son ataduras, y muchas veces cedemos a la tentación de quedarnos paralizados, sin esperanza.

La parálisis nos enferma el alma, nos arrebata la memoria y nos quita la alegría. Nos hace olvidar que hemos sido elegidos, que somos portadores de promesas, que estamos marcados por una alianza divina. La parálisis nos priva de la sorpresa del encuentro, nos impide abrirnos a la "buena noticia". Y hoy necesitamos volver a escuchar esta buena noticia: "No está aquí. Ha resucitado". Necesitamos de ese encuentro que destroza las piedras, rompe los sellos y nos abre un nuevo camino, el de la esperanza.

El mundo necesita ese encuentro, este mundo que "se ha convertido en un cementerio". Nuestra Patria lo necesita. Necesita del anuncio que levanta, de la esperanza que impulsa a caminar, de los gestos de misericordia, como el de estas mujeres que iban a ungir. Necesitamos que nuestra fragilidad sea ungida por la esperanza; y que esa esperanza nos mueva a proclamar el anuncio y a ungir solidariamente la fragilidad de nuestros hermanos.

Lo peor que nos puede pasar es que optemos por la piedra y la corrupción de los sellos, por el desaliento, por el estarnos quedos sin sentirnos elegidos, sin promesa, sin alianza. Lo peor que nos puede pasar es que nuestro corazón quede cerrado al estupor del anuncio vivificante que nos impele a seguir caminando.

Esta es la noche del anuncio: gritémoslo con toda nuestra existencia: ¡Jesucristo, nuestra esperanza, ha resucitado! Proclamemos que es más fuerte que lo pesado de la piedra y la seguridad provisoria que ofrece la corrupción de los sellos. En esta noche María gozaba ya de la presencia de su Hijo. A su cuidado encomendamos nuestro deseo de caminar impulsados por el estupor del encuentro con Jesucristo resucitado.

Buenos Aires, 19 de abril de 2003.

Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j., arzobispo de Buenos Aires

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