La Navidad y sus figuras

La sociedad secularizada no puede ignorar la Navidad, pero va logrando neutralizar y falsificar su auténtico contenido. La publicidad comercial se ha adueñado de los símbolos navideños, especialmente de aquellos que se refieren más bien indirectamente al acontecimiento celebrado en estos días: la encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento histórico en Belén. Papá Noel y el arbolito, inculturaciones que traen su origen del hemisferio norte, se han impuesto también entre nosotros como figuras que recuerdan a muchísima gente la oportunidad de celebrar, con comidas abundantes, saludos y algún regalo, no se sabe muy bien qué, como no sea "las fiestas" -así, genéricamente evocadas--, o, quizás con mayor precisión, el comienzo de un nuevo año y las esperanzas que permite abrigar.

Esta ambigüedad revela la alteración que sufre el carácter público de la fiesta cristiana, y señala como esbozo un discreto retorno al paganismo. Se impone, pues, intentar una clarificación de la simbología propia del natalicio de Cristo.

La celebración litúrgica de Navidad, que apareció en Roma hacia el año 330, fue inspirando, con el correr del tiempo, numerosas y ricas expresiones populares. En ellas confluyeron, purificadas y asumidas, costumbres y ritos precristianos: la fiesta romana del natalis solis invicti, nacimiento del sol que, al llegar al solsticio, inicia el retorno desde su alejamiento invernal; las saturnales, tiempo de alegría e intercambio de dones, cumplido asimismo en diciembre; el año nuevo, con la práctica de las estrenas, que incluía regalos, felicitaciones, adorno e iluminación de las moradas. Se añadieron luego observancias
celtas y germánicas.

Las costumbres folclóricas que se fueron gestando alrededor de la liturgia de Navidad contribuyeron a crear un ambiente festivo en las familias, aldeas y ciudades. El alumbrado extraordinario de los lugares públicos, que se practica todavía hoy, aunque ignorando quizá su significado, prolonga la antigua tradición de encender fuegos durante la noche de Navidad para expresar visiblemente la iluminación obtenida por el nacimiento de Jesucristo, verdadera luz del mundo, "sol de justicia que trae la salud en sus rayos".

También el árbol de Navidad puede exhibir su prehistoria. En el antiguo Egipto y en China el árbol era signo de vida perdurable; en algunas mitologías orientales existía el árbol cósmico, representación figurada del universo. Y es conocida la veneración pagana de los árboles. En los escritos del Antiguo Testamento aparece como indicio de la fuerza vital que el Creador ha depositado en la naturaleza: renace en cada primavera, brota tenazmente después de ser cortado, y su presencia en el desierto señala el lugar donde el agua hace posible la vida. Por eso, la sabiduría bíblica compara al hombre justo a quien Dios bendice, o al pueblo colmado de favores divinos, con un árbol cubierto de hojas y tallos, bien verde. Elaboración sapiencial es, además, el relato sobre el paraíso de los orígenes, en el cual se destacan el misterioso árbol de la vida, custodiado por el querube y la espada flamígera, y el funesto árbol del conocimiento del bien y del mal. La cruz será el nuevo árbol de la vida, el leño que salva. La referencia al Génesis es pertinente, ya que para los juegos medievales sobre Adán y Eva se emplazaba un abeto del que se colgaban manzanas, barquillos y otras golosinas. Esto ocurría el 24 de diciembre. El árbol de Navidad resulta, por tanto, signo de la gracia alcanzada por la encarnación y por la cruz, en contraposición al pecado que se originó en el árbol del paraíso. A partir del siglo XVI es en los países nórdicos el centro de la fiesta navideña; la costumbre fue incentivada por el protestantismo alemán, pasó tempranamente a los Estados Unidos y se impuso en la Inglaterra victoriana, antes de alcanzar vigencia universal.

Un caso curioso es el de San Nicolás, obispo de Mira, que vivió en le siglo IV y cuyas reliquias se veneran en Bari desde la temprana Edad Media. Su vida y sus milagros fueron objeto de leyendas admirables y su culto se extendió por casi toda la cristiandad. En Holanda su nombre se tradujo en la variante Sinterklaas y así fue llevada su figura a New York en el siglo XVII. Los países de habla inglesa la adoptaron con el nombre de Santa Claus, introduciendo en la historia elementos del folclore nórdico y rasgos del dios Thor. De tal modo, Santa Claus, Father Christmas o Papa Noel, desplazó en los pueblos protestantes al Niño Jesús y a los Reyes Magos como dispensador de los regalos de estas fechas. Tal es la genealogía del simpático y desubicado personaje que, con atuendo propio de regiones nevadas, transpira en nuestras tórridas navidades.

La figura prototípica de la Navidad católica es el pesebre, "belén" o "nacimiento", la conocida representación de las escenas evangélicas que expresa la devoción a la humanidad del Señor propia de la espiritualidad franciscana. El pesebre equivale, en la iconografía occidental, al icono oriental de la Navidad, cuyo vestigio puede observarse aún en las pinturas de Duccio o de Giotto. En éste la imagen intenta reflejar visiblemente el misterio según los datos de la tradición dogmática; en aquél la profusión de las figuras, su atavío, los detalles históricos y pintorescos despiertan admiración, proximidad, ternura ante la encarnación de Dios, sentimientos cantados en los villancicos.

Junto al pesebre, estos sentimientos son especies humanas, afectivas, de la fe que adora y reconoce el acontecimiento central de la historia. Este es el contenido de la Fiesta: la "filantropía" de Dios nuestro Padre que, por amor a nosotros, envió a su Hijo, hecho hijo de hombre y nacido virginalmente de María; la humildad y pobreza de aquel que se hizo semejante a nosotros para rescatar nuestra suerte y dotarnos de la filiación divina. Los Padres de la Iglesia recapitularon con exactitud y belleza el misterio de Navidad en esta fórmula: "El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios".

Al cabo de dos mil años continúa resonando aquel mensaje que proclama la gloria de Dios en el hombre, admitido en Cristo a la participación de la vida divina para alcanzar así su auténtica dignidad. La pretensión cristiana asegura que esta gracia es también la fuente de fraternidad y de paz.


+ HÉCTOR AGUER
Arzobispo de La Plata
La Plata, diciembre de 2000.

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