EL PERFIL: UN HOMBRE DECIDIDO Y FIRME EN LA FE

Por Jorge Rouillon - De la Redacción del diario LA NACION

Firme en la fe, intelectual inquieto en la década del 60 (en los movidos tiempos del Concilio Vaticano II) y volcado a asegurar la doctrina tradicional después; inteligente, profundo, algo tímido en la expresión y fuerte en la decisión, Joseph Ratzinger quiso iniciar su papado exaltando el papel de Juan Pablo II y presentándose como "un humilde servidor".

Doctor en teología y catedrático en las universidades de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona (de la cual fue vicerrector), Pablo VI lo hizo arzobispo de Munich en 1977 y luego cardenal. Casi tres décadas después, Ratzinger llegó a la elección del papa ocupando el lugar expectable de decano del colegio cardenalicio.

En 1981 Juan Pablo II lo llamó al Vaticano; le pidió que predicara el Vía Crucis y lo hizo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidente de la pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional. Y no quiso que se retirara, sino que permaneciera a su lado, cuando cumplió 75 años.

Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn (Baviera), el 16 de abril de 1927, Sábado Santo, y fue bautizado al día siguiente con el agua bendecida en la noche pascual. Era hijo de un gendarme, de origen campesino, y de una ama de casa, hija de artesanos. Su padre, que se jubiló en 1937, sufría por estar al servicio de un poder estatal a cuyos representantes consideraba unos criminales, pero que afortunadamente no alteró excesivamente la vida del pequeño pueblo donde vivían. Desatada la guerra, su padre pensaba que una victoria de Hitler no sería de Alemania, sino del Anticristo y el comienzo de tiempos apocalípticos para todos los creyentes.

En 1939 entró en el seminario, siguiendo a un hermano mayor. No estaba bien dotado para el deporte, aunque sí para el estudio. En 1943, con otros seminaristas, fue convocado a los servicios auxiliares antiaéreos de Munich. Podían asistir a clases algunos días aunque la ciudad iba convirtiéndose en ruinas. En 1944 fue reclutado para trabajar con la azada en un campo laboral y más tarde llamado a filas, de las que desertó para volver a su casa. No obstante, más adelante fue preso en un campamento de las fuerzas norteamericanas, hasta junio de 1945.

Siguió sus estudios sacerdotales y se ordenó el 29 de junio de 1951. En 1953 se doctoró en teología con una tesis sobre "Pueblo y casa de Dios en San Agustín".

Cuando sólo tenía 35 años, se distinguió al participar como perito en el Concilio Vaticano II, como consultor del arzobispo de Colonia. Coincidió por entonces allí y en la revista Concilium, considerada de orientación progresista, con Hans Küng -duro cuestionador del papa que acaba de morir-y otros téologos con los que luego tendría abismales diferencias doctrinales. "No soy yo el que ha cambiado, han cambiado ellos", expresó alguna vez al rechazar un magisterio alternativo al de la Iglesia, que, a su juicio, alteraba la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II para aventurarse en un salto hacia adelante en un "imaginario Vaticano III". En los años 60, con J. B. Metz y Walter Kasper, a quien Juan Pablo II también llamó a su lado, conformó un prestigioso centro de teología en Münster.

En 1970 escribió que el futuro de la Iglesia no vendría de quien escoge el camino más cómodo, ni de quien declara superado y legalista todo lo que exige al hombre, sino de quien tiene raíces profundas y vive de la plenitud de la propia fe. "Hoy como ayer, el futuro de la Iglesia -decía- será construido por los santos."

"Ser cristiano en la era neopagana", "El relativismo en el pensamiento actual", son algunos de sus escritos que dan idea de su línea de preocupaciones. Otros son "La fe como camino", "Verdad, valores y poder, "Comprender la verdad", "La sal de la tierra"...

"María, Iglesia naciente" es un libro de escritos sobre la Virgen, compartidos con el prestigioso teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, que data de 1980. Y una introducción al Catecismo de la Iglesia Católica -una de las obras del pontificado de Juan Pablo II sobre lo que el cristiano debe creer, obrar, rezar- la compartió con el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, que algunos consideraban también papable.

Con von Balthasar, el jesuita Henri de Lubac, Angelo Scola, luego creados cardenales, encaró otra revista teológica, Communio, en una línea diversa de la que había tomado Concilium. Dedicó homilías y estudios a distintos santos. Particularmente, a San Agustín y a la teología de San Buenaventura, franciscano. Algunos alemanes, como San Wolfgang y el beato jesuita Rupert Mayer. En un estudio sobre Santa Cecilia, patrona de la música, dice que desde los tiempos iniciales del cristianismo hasta estos días "se extiende ante nuestros ojos un proceso maravilloso; lo que había comenzado como un canto recatado, modesto, se va desarrollando conforme... a los tesoros encerrados en el Cosmos, para que todo se convierta en un canto al Creador".

Toca el piano y gusta de la música de Beethoven.

Para el cardenal Scola, Ratzinger es un hijo genuino del católico pueblo bávaro, capaz de gozar y hacer gozar de la vida. Desde la cerveza hasta la buena mesa -aunque sea frugal-, oír el vals a orillas del Danubio, la participación alegre en el desarrollo de cualquier avance humano, la pertinacia en una tarea. Lo entiende capaz de una abnegación cotidiana tenaz, nunca llamativa. Con su sotana y su boina -lejos del saco y corbata que alguna vez usó cuando compartía reuniones con Karl Rahner y otros teólogos alemanes- se lo veía caminar tranquilamente por la Plaza de San Pedro.

En 1981 fue llevado a Roma para encarar la defensa de la ortodoxia en la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio). A partir de una reflexión sobre la organización burocrática y el financiamiento de la Iglesia en Alemania, alguna vez comentó que tenía más equipos de gente alrededor cuando era arzobispo de Munich que en su función de orden mundial en el Vaticano, donde contaba con medios relativamente mucho más modestos.

"Me gustaba mi trabajo docente y de investigación -expresó-. Ciertamente no aspiré a estar al frente de la arquidiócesis de Munich, primero, y de la Congregación para la Doctrina de la Fe, después. Se trata de un servicio muy duro, pero que me ha permitido comprender, estudiando diariamente, los informes que me llegan a mi mesa, en qué consiste la preocupación por la Iglesia universal. Desde mi silla, bien incómoda, me he dado cuenta de que determinada contestación de ciertos teólogos lleva el sello de las mentalidades típicas de la burguesía opulenta de Occidente. La realidad de la Iglesia concreta, del humilde pueblo de Dios, es bien diferente de como se la imaginan en esos laboratorios donde se destila la utopía."

Fue inflexible en lo que estimó su deber de defender la "sana doctrina", y afrontó muchos cuestionamientos. En septiembre de 1984, una instrucción de la Congregación sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, advirtió duramente sobre interpretaciones que "pervierten el significado cristiano de los pobres y transforman la lucha por sus derechos en una lucha de clases". Por esa época, el franciscano brasileño Leonardo Boff fue sometido a un interrogatorio y luego llamado a silencio. No obstante, ese texto, que advertía sobre las influencias marxistas, estimaba el término "teología de la liberación" como "completamente válido". Y un documento posterior rescató aspectos positivos. Inquieto por el hambre material, Ratzinger señalaba, no obstante, que la fe es un bien común, una riqueza que pertenece a todos, empezando por los pobres y los más indefensos frente a las tergiversaciones. Fue cuestionado también por su postura sobre la homosexualidad, la no admisión de los divorciados a la comunión y otras cuestiones morales. O por oponerse al ingreso de Turquía en la Unión Europea, cuyas raíces cristianas sostiene con firmeza.

Tal vez para quienes crean saber anticipar lo que será la conducción eclesiástica sobre la base de la historia del nuevo papa, valga la pena atender al título de un libro suyo que deja entrever cómo por sobre las acciones de los hombres, más o menos acertadas, justas o equivocadas, aletea, para los creyentes, el Espíritu Santo en un dinamismo imprevisible. Ese título, abierto a interrogantes, es: "La Iglesia (una comunidad siempre en camino)".

FRASES DE SUS LIBROS:

"Tener la fe clara, basada en el credo de la Iglesia, se suele considerar hoy día como fundamentalismo. Y el relativismo parece hoy la única actitud aceptable. Estamos avanzando hacia una dictadura del relativismo".

"El ateísmo moderno y el secularismo deshumanizante son las plagas de nuestro tiempo".

"Pese a que la inclinación particular de la persona homosexual no es pecado, es en mayor o menor grado una tendencia inclinada a un mal intrínsecamente moral, y por lo tanto la inclinación en sí debe ser considerada como un trastorno objetivo".

"Es verdad que el mundo musulmán no está totalmente equivocado cuando reprocha al Occidente de tradición cristiana de decadencia moral y manipulación de la vida humana".

"La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana"

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