A todos vosotros
que creéis en la urgencia de la paz,
A vosotros, padres y educadores, que queréis ser promotores de paz,
A vosotros, dirigentes políticos, que tenéis una responsabilidad
directa en la causa de la paz,
A vosotros, hombres y mujeres de la cultura, que buscáis la construcción
de la paz en la civilización de hoy,
A todos vosotros que sufrís a causa de la paz y la justicia,
Y, sobre todo, a vosotros, jóvenes del mundo, cuyas decisiones sobre
vosotros mismos y sobre vuestra vocación en la sociedad determinarán
el porvenir de la paz hoy y mañana.
A todos vosotros y a todos los hombres de buena voluntad, envío mi mensaje
en la XVIII Jornada Mundial de la Paz, porque la paz es una preocupación
primordial, un desafío ineludible, una inmensa esperanza.
1. Los problemas y las esperanzas del mundo nos interpelan cada día
Es un hecho: llevamos con nosotros el desafío de la paz. Vivimos un tiempo
difícil en el que son muchas las amenazas de la violencia y guerra destructoras.
Profundos desacuerdos enfrentan mutuamente a diversos grupos sociales, pueblos
y naciones. Hay muchas situaciones de injusticia que no explotan en conflictos
abiertos sólo porque la violencia de los que detentan el poder es tan
grande que priva a los que no tienen poder hasta de la energía y oportunidad
de reclamar sus propios derechos. En efecto, hoy existen pueblos a los que regímenes
totalitarios y sistemas ideológicos impiden ejercer su derecho fundamental
de decidir ellos mismos sobre su propio futuro. Hombres y mujeres sufren hoy
insoportables insultos a su dignidad humana por la discriminación racial,
el exilio forzado o la tortura. Hay quienes son víctimas del hambre y
la miseria. Otros están privados de la práctica de sus creencias
religiosas o del desarrollo de su propia cultura.
Es importante discernir las causas últimas de esta situación de
conflicto la cual hace que la paz resulte precaria e inestable. La promoción
efectiva de la paz exige que no nos limitemos a deplorar los efectos negativos
de la presente situación de crisis, de conflicto y de injusticia; estamos
llamados a destruir las raíces que causan estos efectos. Tales causas
últimas hay que buscarlas especialmente en las ideologías que
han dominado nuestro siglo y que continúan dominándolo, manifestándose
en sistemas políticos, económicos y sociales, que asumen el control
del modo de pensar del pueblo. Estas ideologías están marcadas
por una actitud totalitaria que descuida y oprime la dignidad y los valores
transcendentes de la persona humana y sus derechos. Semejante actitud pretende
la dominación política, económica y social con una rigidez
y método tales que, se cierra a todo auténtico diálogo
y a cualquier forma real de compartir. Algunas de estas ideologías se
han convertido en una suerte de falsa religión secularizada, que pretende
aportar la salvación a toda la humanidad, pero sin dar prueba alguna
de su propia verdad.
Pero la violencia y la injusticia tienen raíces profundas en el corazón
de cada individuo, de cada uno de nosotros, en la manera diaria de pensar y
de obrar de la gente. Fijémosnos sólo en los conflictos y divisiones
en la familia, en los matrimonios, entre padres e hijos, en las escuelas, en
la vida profesional, en las relaciones entre grupos sociales y entre generaciones.
Pensemos sólo en los casos en los que se viola el derecho básico
a la vida de los seres humanos más débiles e indefensos.
Pero incluso ante éstos -y muchos otros males- no tenemos derecho a perder
la esperanza; ¡tan grandes son las energías que brotan del corazón
de la gente que cree en la justicia y la paz! La crisis presente puede y debe
convertirse en ocasión de conversión y cambio de mentalidades.
El tiempo que vivimos no es tiempo de peligro e inquietud. Es una hora de esperanza.
2. La paz y los jóvenes caminan juntos
Las dificultades presentes son realmente un test para nuestra humanidad. Pueden
ser hitos decisivos en el camino hacia una paz duradera, porque suscitan los
más audaces sueños y desencadenan las mejores energías
de la mente y del corazón. Las dificultades son un desafío para
todos. La esperanza es un imperativo para todos. Pero hoy quiero llamar vuestra
atención sobre el papel que corresponde a la juventud en el esfuerzo
por construir la paz. En el umbral de un nuevo siglo y de un nuevo milenio,
debemos ser conscientes de que el futuro de la paz y, por consiguiente, el futuro
de la humanidad dependen, sobre todo, de las opciones morales fundamentales
que la nueva generación de hombres y mujeres está llamada a tomar.
Dentro de pocos años, los jóvenes de hoy serán los responsables
de la vida familiar y de la vida de las naciones, del bien común de todos
y de la paz. En el mundo entero, los jóvenes han comenzado a preguntarse:
¿qué puedo hacer yo? ¿qué podemos hacer nosotros?
¿hacia donde nos llevan nuestros senderos? Quieren dar su aportación
a la salvación de una sociedad herida y débil. Quieren ofrecer
soluciones nuevas a problemas viejos. Quieren construir una nueva civilización
de solidaridad fraterna. Inspirándome en los jóvenes, quiero invitar
a todos a reflexionar sobre estas realidades. Pero quiero dirigirme de un modo
especial y directo a los jóvenes de hoy y de mañana.
3. Jóvenes, no tengáis miedo de vuestra propia juventud
La primera llamada que quiero haceros, hombres y mujeres jóvenes de hoy,
es ésta: ¡no tengáis miedo! No tengáis miedo de vuestra
propia juventud, y de los profundos deseos de felicidad, de verdad, de belleza
y de amor eterno que abrigáis en vosotros mismos. Hay quien dice que
la sociedad de hoy teme estos potentes deseos de los jóvenes, y que vosotros
mismos les tenéis miedo. ¡No temáis! Cuando os miro, jóvenes,
siento un gran agradecimiento y una gran esperanza. El futuro del próximo
siglo está en vuestras manos. El futuro de la paz está en vuestros
corazones. Para construir la historia, como vosotros podéis y debéis,
tenéis que liberarla de los falsos senderos que sigue. Para hacer esto,
debéis ser gente con una profunda confianza en el hombre y una profunda
confianza en la grandeza de la vocación humana, una vocación a
realizar con respeto de la verdad, de la dignidad y de los derechos inviolables
de la persona humana.
Veo que en vosotros surge una nueva conciencia de vuestra responsabilidad y
una nueva sensibilidad hacia las necesidades de vuestros prójimos. Os
conmueve el hambre de paz que tanta gente comparte con vosotros. Os aflige tanta
injusticia a vuestro alrededor. Descubrís un peligro abrumador en los
gigantescos arsenales de armas y en la amenaza de la guerra nuclear. Sufrís
cuando contempláis la extensión del hambre y la malnutrición.
Os preocupa el medio ambiente hoy y para las generaciones futuras. Estáis
amenazados con el desempleo, y muchos de vosotros os encontráis ya sin
trabajo y sin perspectivas de un empleo conveniente. Estáis perturbados
por tanta gente que vive política y espiritualmente oprimida y que no
puede ejercer sus derechos humanos fundamentales como individuos o como comunidades.
Todo esto puede suscitar el sentimiento de que la vida tiene poco sentido.
En esta situación, algunos de vosotros podéis sentiros tentados
a huir de vuestra responsabilidad: en los ilusorios mundos del alcohol y la
droga, en efímeras relaciones sexuales sin compromiso matrimonial o familiar,
en la indiferencia, el cinismo y hasta en la violencia. Estad alerta contra
el fraude de un mundo que quiere explotar o dirigir mal vuestra enérgica
y ansiosa búsqueda de felicidad y orientación. No quedéis
bloqueados en la búsqueda de las auténticas respuestas a las cuestiones
que os asaltan. No tengáis miedo.
4. La cuestión ineludible: ¿cuál es vuestra idea de hombre?
Entre las cuestiones ineludibles que os debéis plantear, la primera y
principal es ésta: ¿cuál es vuestra idea de hombre? ¿qué
constituye, en vuestra opinión, la dignidad y grandeza del ser humano?
Esta es una cuestión que vosotros, jóvenes, os planteáis
a vosotros mismos, pero que la lanzáis también a la generación
que os ha precedido, a vuestros padres y a los que en distintos niveles tienen
la responsabilidad de preocuparse por el bien y los valores del mundo. El intento
de respuesta, honesto y abierto, a estas cuestiones puede llevar a jóvenes
y mayores a examinar sus propias acciones y su propia historia. ¿No es
verdad que con mucha frecuencia, sobre todo en los países más
desarrollados y ricos, la gente ha caído en una idea materialista de
la vida? ¿No es verdad que, algunas veces, los padres creen haber cumplido
con sus obligaciones respecto a sus hijos porque les han ofrecido, más
allá de la satisfacción de las necesidades básicas, mayor
abundancia de bienes materiales, como respuesta a sus vidas? ¿No es verdad
que, obrando así, están transmitiendo a las generaciones jóvenes
un mundo pobre en valores espirituales esenciales, pobre en paz y pobre en justicia?
¿No es igualmente cierto que en otros países la fascinación
de ciertas ideologías ha dejado a las generaciones jóvenes una
herencia de nuevas formas de esclavitud sin la libertad de aspirar a los valores
que ennoblecen la vida en todos sus aspectos? Preguntaos a vosotros mismos qué
clase de personas queréis ser y queréis que sean los demás,
qué tipo de cultura queréis construir. Haceos estas preguntas
y no tengáis miedo de las respuestas, aunque os exijan un cambio de dirección
en vuestros pensamientos y fidelidades.
5. La cuestión fundamental: ¿quién es vuestro Dios?
La primera cuestión lleva a otra más básica y fundamental:
¿Quién es vuestro Dios? No podemos definir nuestra noción
de hombre sin definir un Absoluto, una plenitud de verdad, de belleza y de bondad
por la que nos dejamos conducir en la vida. Es verdad que el hombre, «imagen
visible de Dios invisible», no puede responder a la pregunta acerca de
quién es él o ella, sin afirmar al mismo tiempo quién es
su Dios. Es imposible relegar esta cuestión a la esfera de la vida privada
de la gente. Es imposible separar esta cuestión de la historia de las
naciones. Hoy, las personas se ven expuestas a la tentación de rechazar
a Dios en nombre de su propia humanidad. Donde quiera se dé este rechazo,
las sombras del miedo extenderán su tenebroso manto. El miedo nace cuando
muere Dios en la conciencia del hombre. Todos sabemos, aunque oscuramente y
con temor, que allí donde Dios muere en la conciencia de la persona humana,
se sigue inevitablemente la muerte del hombre, imagen de Dios.
6. Vuestras respuestas: opciones basadas en valores
La respuesta que deis a estas dos preguntas interrelacionadas marcará
la dirección del resto de vuestra vida. Cada uno de nosotros, en los
tiempos de nuestra juventud, tuvimos que enfrentarnos con estas cuestiones y,
en cierto momento, tuvimos que llegar a una conclusión que marcó
nuestras opciones futuras, nuestros caminos, nuestras vidas. Las respuestas
que vosotros, jóvenes, deis a estas preguntas determinarán también
el tipo de respuesta que daréis a los grandes desafíos de la paz
y la justicia. Si habéis decidido constituiros vosotros mismos en vuestro
Dios, sin mirar a los demás, os convertiréis en instrumentos de
división y de enemistad, incluso en instrumentos de guerra y de violencia.
Al deciros esto, quisiera señalaros la importancia de las opciones que
suponen valores. Los valores son los apoyos de vuestras opciones, que determinan
no sólo vuestras propias vidas sino también las políticas
y estrategias para construir la vida de la sociedad. Y recordad que es imposible
crear una dicotomía entre los valores personales y los sociales. No es
posible vivir en la inconsecuencia: ser exigentes con los demás y con
la sociedad y vivir, por otra parte, una vida personal de permisividad.
Tenéis que decidir qué valores queréis construir en la
sociedad. Vuestras opciones determinarán si en el futuro sufriréis
la tiranía de sistemas ideológicos que reducen las dinámicas
de la sociedad a la lógica de la lucha de clases. Los valores que escojáis
hoy determinarán si las relaciones entre las naciones continuarán
siendo sombrías a causa de las tensiones, producto de inconfesados o
abiertamente proclamados designios de subyugar a los pueblos con regímenes
en los que Dios no cuenta, y en los que la dignidad de la persona humana es
sacrificada a las exigencias de una ideología que intenta divinizar la
colectividad. Los valores con los que os comprometáis en vuestra juventud
determinarán si estaréis satisfechos con la herencia de un pasado
en el que el odio y la violencia sofocan el amor y la reconciliación.
De las opciones de cada uno de vosotros, hoy, dependerá el futuro de
vuestros hermanos y hermanas.
7. El valor de la paz
La causa de la paz, el constante e ineludible desafío de nuestros días,
os ayuda a descubriros a vosotros mismos y a descubrir vuestros valores. Las
realidades son espantosas y aterradoras. Millones gastados en armas. Recursos
de medios materiales e intelectuales dedicados sólo a la producción
de armamentos. Posturas políticas que a veces no reconcilian ni unen
a los pueblos, sino que más bien crean barreras y aislan a unas naciones
de otras. En estas circunstancias, el justo sentido de patriotismo puede caer
víctima de un fanático particularismo, el honroso servicio de
defensa de un país puede ser mal interpretado y hasta ridículo
(cf. Gaudium et spes, 79). En medio de tantas voces de sirena de interés
personal, los hombres y mujeres de paz deben aprender a tener en cuenta en primer
lugar los valores de la vida y a actuar confiadamente para poner en práctica
esos valores. La llamada a ser artífices de la paz se sentirá
firmemente en la llamada a la conversión del corazón, como lo
recordé en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año
pasado. Se verá reforzada por un compromiso de diálogo honesto
y de negociaciones sinceras, basadas en el respeto mutuo, unido a una valoración
realista de las justas exigencias y legítimos intereses de todos los
concernidos. Intentará disminuir las armas cuya existencia masiva provoca
el miedo en los corazones de la gente. Se dedicará a la construcción
de puentes -culturales, económicos, sociales y políticos- que
permitan un mayor intercambio entre las naciones. Promoverá la causa
de la paz como causa de cada uno, no con eslogans que dividen o con acciones
que agitan innecesariamente las pasiones, sino con confianza tranquila, fruto
del compromiso con los auténticos valores y con el bien de toda la humanidad.
8. El valor de la justicia
El bien de la humanidad es en última instancia la razón por la
que debéis asumir como vuestra la causa de la paz. Al deciros esto, os
invito a no concentrar vuestra atención sólo en la amenaza a la
paz generalmente referida al problema Este-Oeste, sino a ir más allá
y pensar más bien en todo el mundo, incluidas las así llamadas
tensiones Norte-Sur. Como en ocasiones anteriores, hoy quiero afirmar de nuevo
que estos dos problemas -paz y desarrollo- van unidos y hay que afrontarlos
juntos si los jóvenes de hoy quieren heredar mañana un mundo mejor.
Uno de los aspectos de esta relación es el despliegue de recursos para
un objetivo (armamentos) más que para el otro (desarrollo). Pero la conexión
real no está simplemente en el uso de los recursos, por muy importantes
que sean. Es la que se da entre los valores que llevan al compromiso por la
paz y los que llevan al compromiso por el desarrollo en un sentido auténtico.
Porque lo mismo que la paz verdadera exige más que la ausencia de guerra
o el mero desmantelamiento de los sistemas de armamentos, así también
el desarrollo, en su verdadero e íntegro sentido, no puede reducirse
nunca solamente a un plan económico o a una serie de proyectos técnicos,
prescindiendo del valor que puedan tener. En el área global del progreso
que llamamos paz y justicia se deben aplicar los mismos valores que surgen de
la idea que tenemos del hombre y de Dios en relación con toda la raza
humana. Los mismos valores que llevan al compromiso de ser artífices
de paz deben impulsar a la promoción del desarrollo integral de todo
hombre y de todos los pueblos.
9. El valor de la participación
Un mundo de justicia y de paz no puede ser creado sólo con palabras y
no puede ser impuesto por fuerzas externas. Debe ser deseado y debe llegar como
fruto de la participación de todos. Es esencial que todo hombre tenga
un sentido de participación, de tomar parte en las decisiones y en los
esfuerzos que forjan el destino del mundo. En el pasado la violencia y la injusticia
han arraigado frecuentemente en el sentimiento que la gente tiene de estar privada
del derecho a forjar sus propias vidas. No se podrán evitar nuevas violencias
e injusticias allí donde se niegue el derecho básico a participar
en las decisiones de la sociedad. Pero este derecho debe ejercerse con discernimiento.
La complejidad de la vida en la sociedad moderna exige que el pueblo delegue
en sus líderes el poder de tomar decisiones, con la segura confianza
de que sus líderes tomarán decisiones ordenadas al bien de su
propio pueblo y de todos los pueblos. La participación es un derecho,
pero conlleva también obligaciones: ejercerla con respeto hacia la dignidad
de la persona humana. La confianza mutua entre ciudadanos y dirigentes es fruto
de la práctica de la participación, y la participación
es la piedra angular para la construcción de un mundo de paz.
10. La vida: una peregrinación de descubrimiento
Os invito a todos, jóvenes del mundo, a asumir vuestra responsabilidad
en la más grande de las aventuras espirituales que la persona puede afrontar:
construir la vida humana de los individuos y de la sociedad con respeto por
la vocación del hombre. Pues es verdad que la vida es una peregrinación
de descubrimiento: descubrimiento de lo que sois, descubrimiento de los valores
que forjan vuestras vidas, descubrimiento de los pueblos y naciones para estar
todos unidos en la solidaridad. Aunque este camino de descubrimiento es más
evidente en la juventud, es un camino que nunca termina. Durante toda vuestra
vida, debéis afirmar y reafirmar los valores que os forjan y que forjan
el mundo: los valores que favorecen la vida, que reflejan la dignidad y vocación
de la persona humana, que construyen un mundo en paz y justicia.
Entre los jóvenes de todo el mundo existe un consenso sobre la necesidad
de la paz. Esto supone un extraordinario potencial de fuerza para el bien de
todos. Pero los jóvenes no deben conformarse con un deseo instintivo
de paz. Este deseo debe transformarse en una firme convicción moral que
abarca toda la cadena de problemas humanos y construye sobre valores profundamente
apreciados. El mundo necesita jóvenes que hayan bebido en la profundidad
de las fuentes de la verdad. Necesitáis escuchar la verdad y para ello
precisáis pureza de corazón; necesitáis comprenderla, y
para ello precisáis profunda humildad; necesitáis rendiros a ella
y compartirla, y para ello precisáis la fuerza de resistir a las tentaciones
del orgullo, de la autosuficiencia y la manipulación. Debéis forjar
en vosotros mismos un profundo sentido de responsabilidad.
11. La responsabilidad de la juventud cristiana
Os quiero urgir este sentido de responsabilidad y compromiso con los valores
morales a vosotros, jóvenes cristianos, y con vosotros a todos los hermanos
y hermanas que confiesan al Señor Jesús. Como cristianos sois
conscientes de ser hijos de Dios, que compartís su naturaleza divina,
envueltos en la plenitud de Dios en Cristo. Cristo Resucitado os da la paz y
la reconciliación como su primer don. Dios, paz eterna, ha dado la paz
al mundo a través de Cristo, Príncipe de la Paz. La paz ha sido
derramada en vuestros corazones y en ellos está esparcida más
profundamente que todas las inquietudes de vuestras mentes, más que todos
los tormentos de vuestros corazones. Que el Dios de la paz dirija vuestras mentes
y corazones. Que Dios os dé su paz no como una posesión para retener,
sino como un tesoro que poseéis sólo cuando lo compartís
con los demás.
En Cristo podéis creer en el futuro, aunque no podáis discernir
su configuración. Podéis entregaros vosotros mismos al Señor
del futuro, y así vencer vuestro miedo ante la magnitud de la tarea y
el precio que hay que pagar. A los discípulos desanimados de Emaús,
el Señor les dijo: «¿No era preciso que el Mesías
padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26). El Señor os
dice lo mismo a cada uno de vosotros. No tengáis miedo, por tanto, a
comprometer vuestras vidas con la paz y la justicia, pues sabéis que
el Señor está con vosotros en todos vuestros caminos.
12. El Año Internacional de la Juventud
En este año, declarado por las Naciones Unidas Año Internacional
de la Juventud, he querido dirigir mi mensaje anual con motivo de la Jornada
de la Paz a vosotros, jóvenes de todo el mundo. Que este año sea
para cada uno un año de profundos compromisos en favor de la paz y la
justicia. Todas vuestras opciones sean adoptadas con coraje y vividas con fidelidad
y responsabilidad. Cualesquiera sean los senderos que recorráis, recorredlos
con esperanza y confianza; esperanza en el futuro que, con la ayuda de Dios,
podéis forjar; confianza en Dios que vela sobre vosotros en todo lo que
decís y hacéis. Todos los que os hemos precedido queremos compartir
con vosotros un profundo compromiso por la paz. Todos vuestros contemporáneos
se os unirán en vuestros esfuerzos. Los que os sucedan se sentirán
inspirados por vosotros en la medida en que hayáis buscado la verdad
y hayáis vivido auténticos valores morales. El desafío
de la paz es grande, pero grande es también la recompensa, ya que en
vuestro compromiso en favor de la paz descubriréis lo mejor de vosotros
mismos al pretender lo mejor para cada uno de los demás. Vosotros estáis
creciendo y con vosotros crece la paz.
Que este Año Internacional de la Juventud sea también para padres
y educadores ocasión de revisar sus responsabilidades con relación
a los jóvenes. Frecuentemente sus consejos son rechazados y cuestionadas
sus realizaciones. Pero ellos tienen mucho que ofrecer en sabiduría,
constancia y experiencia. Su misión de acompañar a la juventud
en la búsqueda de orientación es insustituible. Los valores y
modelos que ellos enseñan a la juventud deben, sin embargo, reflejarse
claramente en sus propias vidas para que sus palabras no pierdan poder de persuasión
y sus vidas no constituyan una contradicción, que los jóvenes
rechazarán con razón.
Para terminar este Mensaje, os prometo mi oración diaria por este Año
Internacional de la Juventud, en el que los jóvenes responderán
a la llamada de la paz. Pido a todos mis hermanos y hermanas que se unan a mí
en esta oración a nuestro Padre del cielo, para que ilumine a todos los
que tenemos la responsabilidad de la paz, y especialmente a los jóvenes,
de tal manera que los jóvenes y la paz puedan caminar siempre juntos.
Vaticano, 8 de diciembre de 1984.
JOANNES PAULUS PP. II