1. La paz como
valor universal
Al comienzo del Nuevo Año, inspirándome en Cristo, Príncipe
de la Paz, quiero reafirmar mi compromiso y el de toda la Iglesia Católica
en favor de esta noble causa. Al mismo tiempo, dirijo a cada persona en particular
y a todos los pueblos de la tierra mi más cordial saludo y mis mejores
deseos: ¡Paz a todos vosotros! ¡Paz en todos los corazones!
La paz es un valor de una importancia tal que debe ser proclamado una y otra
vez, y promovido por todos. No existe ser humano que no se beneficie de la paz.
No existe corazón humano que no se sienta aliviado cuando reina la paz.
Las Naciones del mundo sólo podrán realizar plenamente sus destinos
-que están entrelazados- si todas unidas persiguen la paz como valor
universal.
Con ocasión de esta XIX Jornada Mundial de la Paz, en el Año Internacional
de la Paz proclamado por la Organización de las Naciones Unidas, propongo
a cada uno como mensaje de esperanza mi profunda convicción: «La
paz es un valor sin fronteras». Es un valor que responde a las esperanzas
y aspiraciones de todos los pueblos y de todas las naciones, de los jóvenes
y de los ancianos, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Esto es
lo que yo proclamo a todos y especialmente a los líderes del mundo.
El tema de la paz como valor universal debe ser afrontado con toda honestidad
intelectual, con lealtad de espíritu y con agudo sentido de responsabilidad
ante sí mismo y frente a todas las Naciones de la tierra. Yo desearía
pedir a los responsables de las decisiones políticas que afectan a las
relaciones entre Norte y Sur, entre Este y Oeste, que se convencieran de que
solamente puede existir UNA SOLA PAZ. Aquellos de quienes depende el futuro
de este mundo -prescindiendo de su filosofía política, de su sistema
económico o compromiso religioso- están llamados a contribuir
a la edificación de una única paz fundada sobre las bases de la
justicia social, la dignidad y los derechos de cada persona humana.
Esta tarea requiere una apertura radical a la humanidad entera con la convicción
de que todas las Naciones de la tierra están en estrecha relación
unas con otras. Esta forma de interrelación se expresa en una interdependencia
que puede ser profundamente ventajosa como también profundamente destructiva.
De aquí que la solidaridad y la cooperación a escala mundial deben
ser consideradas como imperativos éticos que llamen a la conciencia de
los individuos y a la responsabilidad de todas las Naciones. En este contexto
de imperativos éticos me dirijo al mundo entero el 1 de Enero de 1986,
proclamando el valor universal de la paz.
2. Amenazas a la paz
Al poner ante nuestros ojos esta visión en el alba del nuevo año,
somos totalmente conscientes de que, en la presente situación, la paz
es un valor que se apoya en unos cimientos demasiado frágiles.
A primera vista, nuestra meta de hacer de la paz un imperativo absoluto, puede
parecer una utopía, dado que nuestro mundo nos presenta una evidencia
clara de excesivo interés egoísta en el contexto de grupos políticos,
ideológicos y económicos opuestos entre sí. Atrapados por
los condicionamientos de estos sistemas, los líderes de los diversos
grupos se sienten impulsados a proseguir sus objetivos particulares y sus ambiciones
de poder, de progreso y de riqueza, sin tener en cuenta suficientemente la necesidad
y el deber de solidaridad internacional y cooperación en favor del bien
común de los pueblos que forman la familia humana.
De esta situación han surgido y se mantienen bloques que dividen y contraponen
entre sí a los pueblos, a los grupos y a los individuos, dando como resultado
una paz precaria, poniendo con ello graves obstáculos al desarrollo.
Las posiciones se endurecen y el excesivo deseo por mantener las propias ventajas
o por incrementar la propia participación, viene a ser, con frecuencia,
la razón efectiva que prevalece en la acción. Esto conduce a la
explotación de los demás, mientras crece la espiral hacia una
polarización que se alimenta de los frutos del interés egoísta
y de la desconfianza creciente hacia los otros. En tal situación, quien
más sufre es el pequeño y el débil, el pobre y el que no
tiene voz. Esto puede suceder directamente cuando las personas pobres y comparativamente
más indefensas caen bajo el yugo de la fuerza del poder. O también
puede suceder indirectamente cuando el poder económico viene usado para
privar a las personas de lo que legítimamente les corresponde y para
mantenerlas en una sujeción social y económica que genera malestar
y violencia. Los ejemplos son por desgracia muy numerosos en nuestros días.
A este respecto, el ejemplo más dramático e irrefutable continúa
siendo el espectro de las armas nucleares, que tiene su origen precisamente
en la oposición entre Este y Oeste. Las armas nucleares poseen una potencia
tal en su capacidad destructiva, y las estrategias nucleares tienen unos planes
de tal amplitud, que la imaginación popular se siente con frecuencia
paralizada por el miedo. Es este un miedo no sin fundamento. El único
camino para responder a este temor justificado sobre las consecuencias de una
destrucción nuclear es el del progreso en las negociaciones para la reducción
de las armas nucleares mediante acuerdos recíprocos acerca de las medidas
que reduzcan la probabilidad de una guerra nuclear. Yo desearía una vez
más pedir a las potencias nucleares que reflexionen sobre sus graves
responsabilidades morales y políticas en este campo. Se trata de una
obligación que algunos han aceptado incluso jurídicamente en acuerdos
internacionales. Para todos ellos es una obligación que dimana de una
básica corresponsabilidad en favor de la paz y del progreso.
Pero la amenaza de las armas nucleares no es la sola causa que hace del conflicto
algo permanente e incluso en aumento. El creciente mercado de las armas -convencionales
pero muy sofisticadas- está produciendo resultados deplorables. Mientras
las mayores potencias han logrado evitar conflictos directos, las rivalidades
existentes entre ellas se han desencadenado con frecuencia en otras partes del
mundo. Problemas locales y diferencias regionales se ven agravados y perpetuados
a través de los armamentos que facilitan países más ricos
y mediante la ideologización de conflictos locales por parte de potencias
que buscan ventajas en una determinada región explotando la condición
de los pobres e indefensos.
El conflicto armado no es la única f orma a través de la cual
los pobres soportan una injusta participación en el peso del mundo contemporáneo.
Los Países en vías de desarrollo tienen que afrontar retos formidables
incluso cuando están libres de tales flagelos. En sus múltiples
dimensiones el subdesarrollo continúa siendo una creciente amenaza para
la paz mundial.
En efecto, entre los Países que forman el «bloque Norte»
y los del «bloque Sur» existe un abismo social y económico
que separa a los ricos de los pobres. Las estadísticas de los últimos
años muestran signos de mejora en algunos Países, pero también
evidencian un agrandarse de la brecha en muchos otros. A esto hay que añadir
la imprevisible y fluctuante situación financiera con su impacto directo
sobre los Países con grandes deudas que luchan por llevar a la práctica
un desarrollo positivo.
En esta situación, la paz como valor universal se encuentra en gran peligro.
Aunque non existiera un verdadero conflicto armado en cuanto tal, donde se dá
la injusticia existe de hecho la causa y el factor potencial del conflicto.
En cualquier caso, una situación de paz en el pleno sentido de su valor
no puede coexistir con la injusticia. La paz no puede reducirse a la mera ausencia
de conflicto; ella es la tranquilidad y la plenitud del orden. La paz se pierde
a causa de la explotación social y económica por parte de especiales
grupos de intereses, los cuales operan a nivel internacional o como «élites»
dentro de los Países en vías de desarrollo. La paz se pierde a
causa de las divisiones sociales que conducen a la confrontación de ricos
contra pobres a nivel de Estados o dentro del mismo Estado. La paz se pierde
cuando el uso de la fuerza produce los amargos frutos del odio y la división.
Se pierde cuando la explotación económica y las tensiones internas
en el tejido social dejan al pueblo indefenso y desilusionado, convirtiéndolo
en fácil presa de las fuerzas destructivas de la violencia. El valor
que representa la paz se halla continuamente en peligro debido a intereses de
fondo, a interpretaciones divergentes e incluso opuestas, a manipulaciones inteligentes
al servicio de ideologías y sistemas políticos que tienen como
objetivo último la dominación.
3. Superar la situación presente
Hay quienes proclaman que la situación presente es natural e inevitable.
Las relaciones entre los individuos y entre los Estados, dicen, se caracterizan
por el conflicto permanente. Esta visión doctrinal y política
se traduce en un modelo de sociedad y en un sistema de relaciones internacionales,
que están dominados por la competición y los antagonismos, donde
se impone el más fuerte. La paz que nace de tal visión será
solamente un arreglo, un compromiso sugerido por el principio de la Realpolitik;
pero en cuanto «arreglo» mira no tanto a resolver las tensiones
mediante la justicia y la equidad, sino más bien a arreglar las diferencias
y los conflictos con objeto de mantener una especie de equilibrio que proteja
todo aquello que redunde en interés de la parte dominante. Está
claro que la «paz» construída y mantenida sobre la injusticia
social y el conflicto ideológico nunca podrá convertirse en una
paz verdadera para el mundo. Una «paz» así no puede afrontar
las causas de fondo de las tensiones mundiales o dar al mundo el tipo de visión
y valores que pueden resolver las divisiones representadas por los polos Norte-Sur
y Este-Oeste.
A quienes piensan que los bloques son algo inevitable, nosotros les respondemos
que es posible e incluso necesario crear nuevos tipos de sociedad y de relaciones
internacionales que aseguren la justicia y la paz sobre fundamentos estables
y universales. En efecto, un sano realismo sugiere que tales tipos no pueden
ser simplemente impuestos desde arriba o desde fuera, o puestos en práctica
sólo mediante métodos y técnicas. Y esto se debe a que
las raíces más profundas de las confrontaciones y tensiones que
mutilan la paz y el desarrollo, han de ser buscadas en el corazón del
hombre. Ante todo, son los corazones y las actitudes de las personas los que
tienen que cambiar, y esto exige una renovación: la conversión
de los individuos.
Si estudiamos la evolución de la sociedad en los últimos años
podremos observar no sólo heridas profundas, sino también signos
de determinación por parte de muchos de nuestros contemporáneos
así como de pueblos orientados a superar los presentes obstáculos
con objeto de dar vida a un nuevo sistema internacional. Este es el camino que
la humanidad tiene que emprender si quiere entrar en una era de paz universal
y de desarrollo integral.
4. El camino de la solidaridad y del diálogo
Cualquier sistema internacional capaz de superar la lógica de bloques
y de fuerzas opuestas tiene que basarse en el compromiso personal de cada uno
por hacer de las necesidades primarias y básicas de la humanidad el primer
imperativo de la política internacional. Hoy un sinnúmero de seres
humanos en todas las partes del mundo han adquirido un sentido muy vivo de la
igualdad fundamental de todos, de su dignidad humana y de sus derechos inalienables.
Al mismo tiempo, existe una conciencia creciente de que la humanidad tiene una
profunda unidad de intereses, de vocación y de destino, y de que todos
los pueblos, en la variedad y riqueza de sus características nacionales,
están llamados a formar una sola familia. A esto hay que añadir
la conciencia de que los recursos no son ilimitados, mientras que las necesidades
son inmensas. Por tanto, en lugar de desaprovechar los recursos o emplearlos
en mortíferas armas de destrucción, hay que usarlos ante todo
para satisfacer las necesidades primarias y básicas de la humanidad.
Es igualmente importante resaltar que está ganando terreno la conciencia
del hecho de que la reconciliación, la justicia y la paz entre los individuos
y entre las naciones -considerando el estado a que ha llegado la humanidad y
las gravísimas amenazas que penden sobre su futuro- no son simplemente
un noble llamado dirigido a unos cuantos idealistas, sino una verdadera condición
para la supervivencia de la misma vida. En consecuencia, el establecimiento
de un orden basado en la justicia y en la paz es hoy vitalmente necesario como
claro imperativo moral, válido para todos los pueblos y regímenes
más allá de ideologías y sistemas. Junto y por encima del
bien particular de una nación, la necesidad de considerar el bien común
de la familia de las Naciones es claramente un deber ético y jurídico.
El justo camino para una comunidad mundial, en donde reine la paz y la justicia
sin fronteras entre todos los pueblos y todos los continentes, es el camino
de la solidaridad, del diálogo y de la fraternidad universal.
Este es el único camino posible. Las relaciones y sistemas políticos,
económicos, sociales y culturales deben estar imbuídos por los
valores de la solidaridad y del diálogo, los cuales, a su vez, exigen
una dimensión institucional en la modalidad de organismos especiales
de la comunidad mundial, que custodien el bien común de todos los pueblos.
Es claro que para construir de una manera efectiva una comunidad mundial de
este tipo, las mentalidades y visiones políticas contaminadas por la
codicia de poder, por ideologías, por la defensa de los propios privilegios
y bienestar, deben ser abandonadas y reemplazadas por una apertura a compatir
y a colaborar con todos en un espíritu de mutua confianza.
El llamamiento a reconocer la unidad de la familia humana tiene unas repercusiones
muy reales para nuestra vida y para nuestro compromiso por la paz. Significa
ante todo que nosotros rechazamos los modos de pensar que llevan a las divisiones
y a la explotación. Significa que nosotros nos comprometemos en favor
de una nueva solidaridad: la solidaridad de la familia humana. Significa tener
en cuenta las tensiones entre el Norte y el Sur y sustituirlas con un nuevo
tipo de relación: la solidaridad social de todos. Esta solidaridad social
se pone con honestidad ante el abismo que existe hoy, pero no se resigna frente
a ningún tipo de determinismo económico. Reconoce la gran complejidad
de un problema que durante demasiado tiempo se ha escapado de las manos, pero
que aún puede ser rectamente encuadrado por hombres y mujeres que se
consideran fraternalmente solidarios con las demás personas de la tierra.
Es verdad que los cambios en los modelos de crecimiento económico han
afectado a todo el mundo y no solamente a los más pobres. Pero la persona
que considera la paz como valor universal deseará aprovechar esta oportunidad
para reducir las diferencias entre Norte y Sur y para fortalecer las relaciones
que acercarán más aún los unos a los otros. Pienso en los
precios de las materias primas, en la necesidad de competencia tecnológica,
en la preparación profesional, en la productividad potencial de millones
de personas sin empleo, en las deudas que gravan sobre Naciones pobres, en una
mejor y más responsable utilización de los fondos por parte de
los Países en vías de desarrollo. Pienso en los muchos elementos
que individualmente han provocado tensiones y que en su conjunto han polarizado
las relaciones entre el Norte y el Sur. Todo esto puede y debe ser cambiado.
Si la justicia social es el medio para encaminarse hacia una paz para todos
los pueblos, esto significa que nosotros consideramos la paz como fruto indivisible
de las relaciones justas y honestas a todos los niveles -social, económico,
cultural y ético- de la vida humana sobre la tierra. Esta conversión
hacia una actitud de solidaridad social sirve también para poner de relieve
las deficiencias en la presente situación Este-Oeste. En mi mensaje a
la II Sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre
el Desarme, he examinado muchos de los factores que son necesarios para mejorar
la situación entre los dos bloques mayores de poder del Este y del Oeste.
Todas las medidas allí recomendadas y reafirmadas desde entonces se orientan
a consolidar la familia humana que camina unida por el sendero del diálogo.
El diálogo puede abrir muchas puertas cerradas a causa de las tensiones
que han marcado las relaciones entre el Este y el Oeste. El diálogo es
un medio con el que las personas se manifiestan mutuamente y descubren las esperanzas
de bien y las aspiraciones de paz que con demasiada frecuencia están
ocultas en sus corazones. El verdadero diálogo va más allá
de las ideologías y las personas se encuentran unas con otras en la realidad
de su humano vivir. El diálogo rompe los prejuicios y las barreras artificiales.
El diálogo lleva a los seres humanos a un contacto mutuo como miembros
de la única familia humana con todas las riquezas de su diversidad cultural
e histórica. La conversión del corazón impulsa a las personas
a promover la fraternidad universal. El diálogo ayuda a conseguir este
objetivo.
Este diálogo es hoy más necesario que nunca. Armas y sistemas
de armamentos, estrategias y alianzas militares, abandonados a sí mismos,
se convierten en instrumentos de intimidación y de recíproca incriminación,
con el consiguiente terror que tanto afecta en nuestros días al género
humano. Pienso ante todo en los diversos diálogos de Ginebra que buscan
negociar la reducción y limitación de los armamentos. Pero también
existen diálogos que se llevan a cabo en el marco del proceso multilateral,
iniciado con el Acta Final de Helsinki, de la Conferencia sobre la Seguridad
y Cooperación en Europa; este proceso será revisado una vez más
el año próximo en Viena y será ulteriormente continuado.
Con respecto al diálogo y a la cooperación entre Norte y Sur,
puede pensarse en el importante papel confiado a ciertos organismos como la
UNCTAD, y a la Convención de Lomé en la que la Comunidad Europea
está presente. Pienso también en el tipo de diálogo que
tiene lugar cuando las fronteras están abiertas y las personas pueden
viajar libremente. Pienso en el diálogo que tiene lugar cuando una cultura
se enriquece mediante el contacto con otra, cuando los estudiantes gozan de
libertad de comunicación, cuando los trabajadores gozan de libertad para
reunirse, cuando la gente joven aúna sus fuerzas ante el futuro, cuando
los ancianos están cerca de sus seres queridos. El camino del diálogo
es un camino de descubrimientos; cuanto más nos descubrimos unos a otros
tanto más podemos sustituir las tensiones del pasado por los lazos de
la paz.
5. Nuevas relaciones basadas en la solidaridad y el diálogo
En el espíritu de la solidaridad y mediante los instrumentos del diálogo
aprendemos a:
· respetar a todo ser humano;
· respetar los auténticos valores y las culturas de los demás;
· respetar la legítima autonomía y la autodeterminación
de los demás;
· mirar más allá de nosotros mismos para entender y apoyar
lo bueno de los demás;
· contribuir con nuestros propios recursos a la solidaridad social en
favor del desarrollo y crecimiento que se derivan de la equidad y la justicia;
· construir unas estructuras que aseguren la solidaridad social y el
diálogo como rasgos del mundo en que vivimos.
Las tensiones nacidas de los bloques serán felizmente reemplazadas por
unas relaciones más estrechas de solidaridad y diálogo cuando
nos acostumbremos a insistir en la primacía de la persona humana. La
dignidad de la persona y la defensa de sus derechos humanos están en
juego, pues tales valores, de un modo u otro, sufren las consecuencias de aquellas
tensiones y distorsiones de los bloques que estamos examinando. Esto puede suceder
en Países en los que muchas libertades individuales están garantizadas,
pero donde el individualismo y el consumismo alteran y falsean los valores de
la vida. Esto sucede en las sociedades donde la persona está como sofocada
dentro de la colectividad. Esto puede suceder en Países jóvenes
impacientes por tomar el control de sus propios asuntos, pero que con frecuencia
se ven obligados por los poderosos a poner en práctica determinadas políticas
o se dejan seducir por el señuelo de una ganancia inmediata a costa del
pueblo mismo. En todos estos casos debemos insistir en la primacía de
la persona.
6. Visión cristiana y compromiso
Mis hermanos y hermanas en la fe cristiana encuentran en Jesucristo, en el mensaje
del Evangelio y en la vida de la Iglesia nobles razones, más aún,
motivos de inspiración para realizar cualquier esfuerzo que pueda dar
paz verdadera al mundo de hoy. La fe cristiana tiene como único punto
focal a Jesucristo que con sus brazos abiertos en la Cruz une a los hijos de
Dios que están dispersos (cf. Jn 11, 52), para abatir así el muro
de la división (cf. Ef 2, 14) y reconciliar a los pueblos en la fraternidad
y en la paz. La Cruz, elevada sobre el mundo, lo abraza simbólicamente
y tiene el poder de reconciliar Norte y Sur, Este y Oeste.
Los cristianos, iluminados por la fe, son conscientes de que la razón
última por la que el mundo, en lugar de ser centro de auténtica
fraternidad, es escenario de divisiones, tensiones, rivalidades, bloques contrapuestos
e injustas desigualdades, está en el pecado, esto es, en el desorden
moral del hombre. Pero los cristianos saben también que la gracia de
Cristo, que puede transformar la condición humana, es ofrecida continuamente
al mundo pues «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia»
(Rom 5, 20). La Iglesia, que lleva adelante la obra de Cristo y es dispensadora
de su gracia redentora, considera como misión específica suya
la reconciliación de todos los individuos y de todos los pueblos en la
unidad, la fraternidad y la paz. «La promoción de la unidad -afirma
el Concilio Vaticano II- concuerda con la misión íntima de la
Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano"» (Gaudium et spes, 42). La Iglesia que es una y universal
en la variedad de los pueblos que congrega, «puede constituir un vínculo
estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas con
tal de que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente
su verdadera libertad para cumplir tal misión» (ibid.).
Esta visión y estas exigencias que surgen desde el centro mismo de la
fe deben, ante todo, inducir a los cristianos a ser más conscientes de
las situaciones que no están en armonía con el Evangelio, de tal
manera que las puedan purificar y rectificar. Al mismo tiempo, los cristianos
deberán reconocer y valorar los signos positivos que dan testimonio de
los esfuerzos que ya se hacen para poner remedio a tales situaciones; esfuerzos
que ellos deben apoyar, sostener y fortalecer de una manera efectiva.
Los cristianos, animados por una esperanza viva -capaces de esperar contra toda
esperanza (cf. Rom 4, 18)- deben superar las barreras de las ideologías
y de los sistemas, para entrar así en diálogo con todas las personas
de buena voluntad, creando de esta manera nuevas relaciones y nuevas formas
de solidaridad. A este respecto, desearía expresar mi aprecio y reconocimiento
a todas aquellas personas que están comprometidas en la obra del voluntariado
internacional y otras formas de actividad que tienden a crear lazos de participación
y fraternidad por encima de los diversos bloques.
7. Año Internacional de la Paz y llamado final
Queridos amigos, hermanos y hermanas:
Al comienzo del nuevo año deseo renovar mi llamado a todos vosotros para
que dejéis a un lado las hostilidades, para que rompáis la cadena
de tensiones que existe en el mundo. Dirijo mi llamado a vosotros para que transforméis
las tensiones entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, en unas relaciones
nuevas de solidariedad social y de diálogo. La Organización de
las Naciones Unidas ha proclamado 1986 Año Internacional de la Paz. Este
noble esfuerzo merece todo nuestro aliento y nuestro apoyo. ¡Qué
mejor modo puede haber para promover los objetivos del Año de la Paz
que el que las relaciones Norte-Sur, Este-Oeste se conviertan en las bases para
una paz universal!
A vosotros, políticos y hombres de Estado, dirijo mi llamado: dad directrices
que estimulen a las personas a un renovado esfuerzo en esa dirección.
A vosotros, hombres de negocios y a quienes sois responsables de las organizaciones
financieras y comerciales, dirijo mi llamado: examinad de nuevo vuestras responsabilidades
frente a vuestros hermanos y hermanas.
A vosotros, estrategas militares, oficiales, científicos y técnicos,
dirijo mi llamado: usad vuestros conocimientos y preparación de tal modo
que promuevan el diálogo y la comprensión mutua.
A vosotros, los que sufrís, los disminuídos físicos y a
cuantos padecéis alguna limitación, dirijo mi llamado: ofreced
vuestras oraciones y vuestras vidas para que sean abatidas las barreras que
dividen al mundo.
A vosotros, que creéis en Dios, os exhorto a vivir con la conciencia
de formar una sola familia bajo la paternidad de Dios.
A todos y a cada uno de vosotros, jóvenes y ancianos, débiles
y poderosos, dirijo mi llamado: abrazad la paz como el más grande valor
unificador de vuestras vidas. En cualquier parte de este planeta donde os encontréis,
yo os exhorto ardientemente a perseverar en la solidaridad y en el diálogo
sincero:
La paz es un valor sin fronteras:
de Norte a Sur, de Este a Oeste,
en todo lugar, un único pueblo unido
en una única Paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 1985.
JOANNES PAULUS PP. II