Introducción
1. «Desde el siglo XIX se ha desarrollado y afianzado en todo el mundo
una tendencia en el campo político, por la cual acontece que los hombres
de una misma etnia quieren ser independientes y constituirse en una única
nación. Y dado que esto, por un conjunto de circunstancias, no siempre
puede llevarse a cabo, resulta que las minorías étnicas se encuentran
frecuentemente dentro de los confines nacionales de otra raza, lo cual plantea
problemas de extrema gravedad» (Enc. Pacem in terris, III).
Con estas palabras mi Predecesor Juan XXIII indicaba, hace veinticinco años,
una de las cuestiones más delicadas de la sociedad contemporánea,
que, con el correr del tiempo, ha venido a ser cada vez más urgente,
porque ésta contempla tanto la organización de la vida social
y civil de cada país, como la vida de la Comunidad internacional.
Es por esto que queriendo elegir un tema específico para la próxima
Jornada Mundial de la Paz, considero oportuno proponer a la reflexión
común el problema de las minorías, siendo todos muy conscientes
de que, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, «la paz no es la mera
ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias»
(Gaudium et spes, 78 ), sino que es un proceso dinámico que ha de tener
en cuenta todos los elementos, así como las causas que la favorecen o
la perturban.
Es indudable que en este momento de distensión internacional, debido
a acuerdos y mediaciones que permiten entrever posibles soluciones en favor
de los pueblos víctimas de conflictos sangrientos, la cuestión
de las minorías está adquiriendo una importancia considerable
y ha de constituir, por tanto, para todo dirigente político o responsable
de grupos religiosos, y para toda persona de buena voluntad, objeto de atenta
reflexión.
2. En casi todas las sociedades existen hoy unas minorías, como comunidades
que tienen su origen en tradiciones culturales diversas, en sus raíces
raciales o étnicas, en sus creencias religiosas o también en sus
vicisitudes históricas; unas son antiguas, otras más recientes.
Las situaciones en que viven son tan diferentes que es casi imposible presentar
un cuadro completo. Por un lado, existen grupos incluso muy pequeños
capaces de defender y afirmar la propia identidad, que están muy integrados
en las sociedades a las que pertenecen. En algunos casos estos grupos minoritarios
consiguen imponer incluso su predominio sobre la mayoría en la vida pública.
Por otro lado, se observan unas minorías que no ejercen influencia alguna
y no gozan plenamente de sus derechos, es más, se encuentran en situaciones
de sufrimiento y malestar.
Esto puede llevar a estos grupos a una resignación apática o a
un estado de convulsión, e incluso a la rebelión. Sin embargo,
ni la pasividad ni la violencia son caminos adecuados para una auténtica
paz.
Algunas minorías tienen en común además otra experiencia:
la separación o la marginación. Es cierto que, a veces, un grupo
puede escoger deliberadamente el vivir separado para proteger su cultura, pero
más a menudo es también verdad que las minorías se encuentran
ante barreras que las aislan del restó de la sociedad. En este contexto,
mientras la minoría tiende a encerrarse en sí misma, la población
mayoritaria puede adoptar una actitud de rechazo del grupo minoritario en su
conjunto, o de cada uno de sus miembros. Cuando esto se verifica, ellos no son
capaces de contribuir activa y creativamente a una paz basada en la aceptación
de las legítimas diferencias.
Principios fundamentales
3. En una sociedad nacional, compuesta por diferentes grupos humanos, dos son
los principios comunes que no es posible anular, sino que deben ser el fundamento
de toda organización social.
El primer principio es la inalienable dignidad de cada persona humana, sin distinciones
relativas a su origen racial, étnico, cultural, nacional o a su creencia
religiosa. Ninguna persona existe por sí sola, sino que halla su plena
identidad en su relación con los demás. Lo mismo se puede afirmar
de los grupos humanos.
En efecto, éstos tienen derecho a su identidad colectiva que ha de ser
tutelada conforme a la dignidad de cada uno de sus miembros. Este derecho permanece
inalterado incluso en los casos en los que el grupo, o alguno de sus miembros,
actúe contra el bien común. En estos casos la presunta acción
ilícita ha de ser examinada por la autoridad competente sin que por ello
sea condenado todo el grupo, pues esto va contra la justicia. A su vez, los
miembros de las minorías tienen la obligación de tratar a los
demás con el mismo respeto y sentido de la dignidad.
El segundo principio se refiere a la unidad básica del género
humano, que tiene su origen en un único Dios creador, el cual, según
la expresión de la Sagrada Escritura, «creó, de un solo
principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la
tierra» (Act 17, 26). La unidad del género humano comporta que
la humanidad entera, por encima de sus divisiones étnicas, nacionales,
culturales y religiosas constituya una comunidad, sin discriminación
entre los pueblos, y que tienda a la solidaridad recíproca. La unidad
exige también que la diversidad de los miembros de la familia humana
se ponga al servicio de un afianzamiento de la misma unidad, en vez de ser motivo
de división.
La obligación de aceptar y tutelar la diversidad no corresponde únicamente
al Estado o a los grupos. Cada persona, como miembro de la única familia
humana, debe comprender y respetar el valor de la diversidad entre los hombres
y orientarlo al bien común. Una inteligencia abierta, deseosa de conocer
mejor el patrimonio cultural de las minorías con las que se relaciona,
contribuirá a eliminar las actitudes fundadas en prejuicios que obstaculizan
unas sanas relaciones sociales. Se trata de un proceso que se ha de seguir constantemente,
ya que semejantes actitudes reaparecen, con mucha frecuencia, bajo nuevas formas.
La paz de la única familia humana exige un desarrollo constructivo de
lo que nos distingue como individuos y como pueblos, y de lo que representa
nuestra propia identidad. Por otro lado, la paz exige además una disponibilidad
por parte de todos los grupos sociales -estén o no constituidos como
Estado- para contribuir a la edificación de un mundo pacífico.
La micro-comunidad y la macro-comunidad están unidas por unos derechos
y deberes recíprocos, cuya observancia ayuda a consolidar la paz.
Derechos y deberes de las minorías
4. Una de las finalidades del Estado de derecho es que todos los ciudadanos
puedan gozar de la misma dignidad e igualdad ante la ley. No obstante, la existencia
de minorías como grupos identificables dentro un Estado plantea la cuestión
de sus derechos y deberes específicos .
Muchos de estos derechos y deberes conciernen precisamente a la relación
que se establece entre los grupos minoritarios y el Estado. En algunos casos,
los derechos han sido codificados y las minorías gozan de una tutela
jurídica específica. Pero a veces, incluso donde el Estado asegura
dicha tutela, las minorías sufren discriminaciones y exclusiones de hecho;
en tales casos, el Estado mismo tiene la obligación de promover y favorecer
los derechos de los grupos minoritarios, pues la paz y seguridad interna podrán
ser garantizadas sólo mediante el respeto de los derechos de aquellos
que se hallan bajo su responsabilidad.
5. El primer derecho de las minorías es el derecho a existir.
Este derecho puede no ser tenido en cuenta de modos diversos, pudiendo llegar
hasta el extremo de ser negado mediante formas evidentes o indirectas de genocidio.
El derecho a la vida, en cuanto tal, es un derecho inalienable, y un Estado
que persiga o tolere actos que ponen en peligro la vida de sus ciudadanos, pertenecientes
a grupos minoritarios, viola la ley fundamental que regula el orden social.
6. El derecho a existir puede también sufrir menoscabo mediante formas
más sutiles. Algunos pueblos, particularmente los calificados como autóctonos
o aborígenes, han tenido siempre con su tierra una relación especial,
que está unida a su misma identidad, a sus tradiciones tribales, culturales
y religiosas. Cuando las poblaciones indígenas se ven privadas de su
tierra pierden un elemento vital de su existencia y corren el riesgo de desaparecer
como pueblo.
7. Otro derecho que se debe salvaguardar es el derecho de las minorías
a defender y desarrollar su propia cultura. No es infrecuente el caso de grupos
minoritarios en peligro de extinción cultural. De hecho, en algunos lugares
se ha adoptado una legislación que no les reconoce el derecho al uso
de la propia lengua. A veces, se han impuesto también cambios patronímicos
y toponímicos. En algunas ocasiones, las minorías ven ignoradas
sus expresiones artísticas y literarias, y no encuentran espacio suficiente
en la vida pública para sus fiestas y otras celebraciones; todo esto
puede llevar a la pérdida de una rica herencia cultural. En íntima
relación con este derecho está el de mantener relaciones con los
grupos que tienen una herencia cultural e histórica común y que
viven en territorios de otros Estados.
8. Aquí haré solamente una breve mención del derecho a
la libertad religiosa, ya que ha sido el tema del Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz del año pasado. Este es un derecho que, además de a
las personas, compete a todas las Comunidades religiosas, e incluye la libre
manifestación tanto individual como colectiva de la propia convicción
religiosa. De todo ello se sigue que estas minorías han de poder celebrar
comunitariamente su culto según sus propios ritos. Estas mismas minorías
deben contar con la posibilidad de impartir la educación religiosa mediante
una enseñanza adecuada, así como disponer de los medios necesarios.
Es importante además que el Estado asegure y promueva eficazmente la
tutela de la libertad religiosa, particularmente cuando, junto a una gran mayoría
de creyentes de una religión determinada, existen uno o más grupos
minoritarios pertenecientes a otra confesión.
Por último, se debe garantizar a las minorías religiosas una justa
libertad de intercambios y de relaciones con otras comunidades, tanto dentro
como fuera del propio ámbito nacional.
9. Los derechos fundamentales de la persona han sido sancionados en la actualidad
en diversos Documentos internacionales y nacionales. Por esenciales que sean
tales instrumentos jurídicos, no son suñcientes sin embargo para
superar unos prejuicios y desconfianzas profundamente arraigados, ni para eliminar
aquellos modos de pensar que inspiran acciones dirigidas contra miembros de
grupos minoritarios. La asimilación de la ley en el comportamiento humano
constituye un proceso lento y profundo, sobre todo de cara a la eliminación
de semejantes actitudes, pero no por ello este proceso es una tarea menos urgente.
No solamente el Estado, sino también cada persona tiene la obligación
de hacer lo posible por alcanzar esta meta: el Estado, sin embargo, puede jugar
un papel importante favoreciendo la promoción de iniciativas culturales
y de intercambios que faciliten la comprensión mutua, así como
la promoción de programas educativos que ayuden a formar a los jóvenes
en el respeto a los demás y a rechazar todos los prejuicios, muchos de
los cuales son fruto de la ignorancia. Los padres tienen asimismo una gran responsabilidad,
ya que los niños observando aprenden mucho y están inclinados
a adoptar las actitudes de sus padres respecto a otros pueblos y grupos.
No cabe duda de que el desarrollo de una cultura basada en el respeto a los
demás es esencial en la construcción de una sociedad pacífica;
pero desgraciadamente es evidente que la práctica efectiva de este respeto
encuentra actualmente bastantes dificultades.
En concreto, el Estado debe vigilar para que no se den nuevas formas de discriminación,
como, por ejemplo, en la búsqueda de vivienda o de empleo. Las medidas
de los poderes públicos en este terreno a menudo son complementadas de
modo encomiable por generosas iniciativas de asociaciones de voluntarios, de
organizaciones religiosas, de personas de buena voluntad, que tratan de reducir
las tensiones y fomentar una mayor justicia social, ayudando a tantos hermanos
y hermanas a encontrar un empleo y una vivienda digna.
10. Surgen problemas delicados cuando un grupo minoritario presenta determinadas
reivindicaciones que tienen particulares implicaciones políticas. A veces
ocurre que el grupo busca la independencia o, por lo menos, una mayor autonomía
política.
Deseo reiterar que en esas circunstancias delicadas el diálogo y la negociación
son el camino obligado para alcanzar la paz. La disponibilidad de las partes
a aceptarse y a dialogar es un requisito indispensable para llegar a una solución
justa de los complejos problemas que pueden atentar seriamente la paz. Por el
contrario, el rechazo del diálogo puede abrir la puerta a la violencia.
En algunas situaciones de conflicto, grupos terroristas se arrogan de modo indebido
el derecho exclusivo de hablar en nombre de las comunidades minoritarias, privándoles
así de la posibilidad de elegir libre y abiertamente sus propios representantes
y de buscar, sin intimidación alguna, las soluciones adecuadas. Además,
los miembros de esas comunidades sufren con demasia da frecuencia a causa de
los actos de violencia cometidos abusivamente en su nombre.
Presten atención cuantos han optado por la vía inhumana del terrorismo.
Atacar indiscriminadamente, matar a personas inocentes o llevar a cabo represalias
sangrientas no favorece una justa valoración de las reivindicaciones
presentadas por las minorías en favor de las cuales pretenden actuar
(cfr. Enc. Sollicitudo rei socialis, 24).
11. Todo derecho comporta unos deberes correlativos. Los miembros de los grupos
minoritarios tienen también sus propios deberes respecto a la sociedad
y al Estado donde viven; en primer lugar, el deber de cooperar, al igual que
todos los demás ciudadanos, al bien común. En efecto, las minorías
deben ofrecer su aportación específica para la construcción
de un mundo pacífico que refleje la rica diversidad de todos sus habitantes.
En segundo lugar, el grupo minoritario tiene el deber de promover la libertad
y la dignidad de cada uno de sus miembros y de respetar las decisiones de cada
individuo, incluso cuando uno de ellos decidiera pasar a la cultura mayoritaria.
En situaciones de manifiesta injusticia corresponde a los grupos de las minorías
emigrados al extranjero reclamar el respeto de los legítimos derechos
para los miembros de su grupo, que han quedado oprimidos en el lugar de origen
e impedidos de hacer oír su voz. Sin embargo, en estos casos ha de usarse
una gran prudencia y un claro discernimiento, especialmente cuando no se poseen
informaciones objetivas sobre las condiciones de vida de las poblaciones afectadas.
Todos los miembros de grupos minoritarios, estén donde estén,
han de saber valorar conscientemente el fundamento de sus reivindicaciones a
la luz de la evolución histórica y de la realidad actual. El no
hacerlo comportaría el riesgo de permanecer prisioneros del pasado y
sin perspectivas para el futuro.
Para construir la paz
12. En las reflexiones precedentes se va delineando el perfil de una sociedad
más justa y pacífica, en cuya irnplantación todos tenemos
la responsabilidad de contribuir con el mayor esfuerzo posible. Su realización
requiere un gran empeño por eliminar no sólo la discriminación
manifiesta, sino también todas aquellas barreras que dividen a los grupos.
La reconciliación según la justicia, respetuosa de las legítimas
aspiraciones de todos los que forman la comunidad, debe ser la norma. En todo,
y por encima de todo, la paciente tarea para tejer una convivencia pacífica
encuentra vigor y realización en un amor que abarca a todos los pueblos.
Este amor puede expresarse en innumerables modos concretos de servicio a la
rica diversidad del género humano, uno en su origen y destino.
La conciencia creciente que hoy se advierte a todos los niveles ante la situación
de las minorías, constituye en nuestro tiempo un signo de esperanza para
las generaciones futuras y para las aspiraciones de estos grupos minoritarios.
De hecho, el respeto hacia ellos de alguna manera es considerado como un punto
de referencia para una armoniosa convivencia social y como índice de
la madurez civil alcanzada por un País y por sus instituciones. En una
sociedad realmente democrática, el garantizar la participación
de las minorías en la vida pública es signo de elevado progreso
civil, lo cual honra a aquellas naciones en las que se garantiza a todos sus
ciudadanos esa forma de participación en un clima de verdadera libertad.
13. Finalmente, deseo dirigir una llamada especial a mis hermanas y hermanos
en Cristo. Todos sabemos por la fe indipendientemente de nuestro origen étnico
y de donde vivamos que en Cristo «unos y otros tenemos libre acceso al
Padre en un mismo Espíritu», porque hemos llegado a ser «familiares
de Dios» (Ef 2, 18 19). Como miembros de la única familia de Dios,
no podemos tolerar divisiones o discriminaciones entre nosotros.
Cuando el Padre envió a su Hijo a la tierra le confió la misión
de la salvación universal. Jesús vino para que todos « tengan
vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Ninguna persona, ningún
grupo está excluido de esta misión de amor unificador que ahora
nos ha sido confiada a nosotros. También nosotros debemos rezar como
hizo Jesús concretamente en la víspera de su muerte, con aquellas
sencillas y sublimes palabras: «Como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21).
Esta plegaria debe constituir también nuestro programa de vida, nuestro
testimonio, pues, como cristianos tenemos un Padre común, el cual no
hace acepción de personas y «ama al forastero, a quien da pan y
vestido» (Dt 10, 18 ).
14. Cuando la Iglesia habla de discriminación en general, o -como en
este Mensaje- de la discriminación particular que afecta a los grupos
minoritarios, se dirige ante todo a sus propios miembros, cualquiera que sea
su posición o responsabilidad en la sociedad. Puesto que en la Iglesia
no puede haber ningún tipo de discriminación, tampoco ningún
cristiano puede conscientemente alentar o apoyar estructuras y actitudes que
dividan a unas personas de otras, a unos grupos de otros. La misma enseñanza
debe aplicarse a quienes hacen uso de la violencia y la apoyan.
15. Al concluir, quisiera expresar mi cercanía espiritual a los miembros
de los grupos minoritarios que aún sufren. Conozco sus momentos de dolor
y los motivos de legítimo orgullo. Elevo mi plegaria para que las pruebas
a las que se ven sometidos cesen lo antes posible, y que todos puedan gozar
de su propios derechos. Por mi parte, pido el apoyo de la plegaria para que
la paz que buscamos sea cada vez más la verdadera paz, edificada sobre
la «piedra angular» (Ef 2, 20-22 ), que es Cristo.
Que Dios os bendiga a todos con el don de su paz y de su amor.
Vaticano, 8 de diciembre de 1988.
JOANNES PAULUS P.P. II