1. El mundo anhela
la paz, tiene urgente necesidad de paz. Y sin embargo, guerras, conflictos,
violencia en aumento, situaciones de inestabilidad social y de pobreza endémica
continúan cosechando víctimas inocentes y generando divisiones
entre los individuos y los pueblos. ¡La paz parece, a veces, una meta
verdaderamente inalcanzable! En un clima gélido a causa de la indiferencia
y envenenado a veces por el odio, ¿cómo esperar que venga una
era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer
posible?
No obstante, no debemos resignarnos. Sabemos que, a pesar de todo, la paz es
posible porque está inscrita en el proyecto divino originario.
Dios quiere que la humanidad viva en armonía y paz, cuyo fundamento está
en la naturaleza misma del ser humano, creado "a su imagen". Esta
imagen divina se realiza no solamente en el individuo, sino también en
aquella singular comunión de personas que se establece entre un hombre
y una mujer, unidos hasta tal punto en el amor, que vienen a ser "una sola
carne" (Gén 2,24). En efecto, está escrito: "A imagen
de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Ibíd. 1,27).
A esta específica comunidad de personas el Señor ha confiado la
misión de dar la vida y cuidarla, formando una familia y contribuyendo
así de modo decisivo a la tarea de administrar la creación y de
proveer al futuro mismo de la humanidad.
La armonía inicial fue rota por el pecado, pero el plan originario de
Dios continúa vigente. La familia sigue siendo, por ello, el verdadero
fundamento de la sociedad(1) y constituye -como se afirma en la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre- "el núcleo natural y fundamental"(2).
La contribución que ella puede ofrecer también para la salvaguardia
y promoción de la paz es de tal manera determinante, que deseo aprovechar
la ocasión que me ofrece el Año Internacional de la Familia para
dedicar este Mensaje, en la Jornada Mundial de la Paz, a reflexionar sobre la
estrecha relación que existe entre la familia y la paz. Hago votos para
que dicho Año constituya para cuantos desean contribuir a la búsqueda
de la verdadera paz -Iglesias, Organismos religiosos, Asociaciones, Gobiernos,
Instancias internacionales- una ocasión propicia para estudiar juntos
cómo ayudar a la familia a fin de que realice en plenitud su función
insustituible de constructora de paz.
La familia: comunidad de vida y de amor.
2. La familia, como comunidad educadora fundamental e insustituible, es el vehículo
privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales
que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad. Fundada en el amor y
abierta al don de la vida, la familia lleva consigo el porvenir mismo de la
sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un
futuro de paz.
Esto lo podrá conseguir la familia, en primer lugar, mediante el recíproco
amor de los cónyuges, llamados a una comunión de vida total y
plena por el significado natural del matrimonio y más aún, si
son cristianos, por su elevación a sacramento; lo podrá conseguir
además mediante el adecuado cumplimiento de la tarea educativa, que obliga
a los padres a formar a los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona
y en los valores de la paz. Tales valores, más que "enseñados",
han de ser testimoniados en un ambiente familiar en el que se viva aquel amor
oblativo que es capaz de acoger al otro en su diversidad, sintiendo como propias
las necesidades y exigencias, y haciéndolo partícipe de los propios
bienes. Las virtudes domésticas, basadas en el respeto profundo de la
vida y de la dignidad del ser humano, y concretadas en la comprensión,
la paciencia, el mutuo estímulo y el perdón recíproco,
dan a la comunidad familiar la posibilidad de vivir la primera y fundamental
experiencia de paz. Fuera de este contexto de relaciones de afecto y de solidaridad
recíproca y activa, el ser humano "permanece para sí mismo
un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela
el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio"(3).
Tal amor, por lo demás, no es una emoción pasajera sino una fuerza
moral intensa y duradera que busca el bien del otro, incluso a costa del propio
sacrificio. Además, el verdadero amor va acompañado siempre de
la justicia, tan necesaria para la paz. El amor se proyecta hacia quienes se
encuentran en dificultad: aquellos que no tienen familia, los niños privados
de protección y afecto, las personas solas y marginadas.
La familia que vive este amor, aunque sea de modo imperfecto, al abrirse generosamente
al resto de la sociedad, se convierte en el agente primario de un futuro de
paz. Una civilización de paz no es posible si falta el amor.
La familia: víctima de la ausencia de paz
3. En contraste con su vocación originaria de paz, la familia resulta,
por desgracia y no raramente, lugar de tensiones y de prepotencias, o bien víctima
indefensa de las numerosas formas de violencia que marcan a nuestra sociedad.
A veces, se detectan tensiones en sus relaciones internas. Estas se deben con
frecuencia a la dificultad de compaginar la vida familiar cuando los cónyuges
están lejos uno de otro, por necesidades del trabajo, o cuando la escasez
o falta de trabajo los somete al agobio de la supervivencia o a la pesadilla
de un porvenir inseguro. No faltan tampoco tensiones producidas por modelos
de comportamiento inspirados en el hedonismo y el consumismo, los cuales empujan
a los miembros de la familia a satisfacer sus apetencias personales más
que a una serena y fructífera vida en común. Riñas frecuentes
entre los esposos, exclusión de la prole, abandono y malos tratos de
menores, son tristes síntomas de una paz familiar seriamente comprometida,
la cual no puede ser subsanada ciertamente con la dolorosa solución de
la separación de los cónyuges, y mucho menos recurriendo al divorcio,
verdadera "plaga" de la sociedad actual(4).
Además, en muchas partes del mundo, naciones enteras se hallan envueltas
en la espiral de conflictos cruentos, de los que a menudo las familias son las
primeras víctimas: o son privadas del principal -si no único-
miembro que la mantiene, o son obligadas a abandonar casa, tierra y bienes para
huir hacia lo desconocido; o bien se ven sometidas a penosos desplazamientos
que carecen de toda seguridad. A este propósito, ¿cómo
no recordar el sangriento conflicto entre grupos étnicos que todavía
perdura en Bosnia-Herzegovina? Y esto, por citar sólo uno de tantos conflictos
bélicos que hay en el mundo.
Ante realidades tan dolorosas, la sociedad se ve frecuentemente incapaz de ofrecer
una ayuda válida, o incluso se muestra culpablemente indiferente. Las
necesidades espirituales y psicológicas de quienes han sufrido los efectos
de un conflicto armado son urgentes y graves por la falta de alimentos o de
cobijo. Serían necesarias unas estructuras específicas, predispuestas
para realizar una labor de apoyo a las familias afectadas por inesperadas y
graves adversidades, a fin de que, frente a todo ello, no se dejen llevar por
la tentación de la desesperación y la venganza, sino que sean
capaces de inspirar sus comportamientos hacia el perdón y la reconciliación.
¡Con cuánta frecuencia de todo esto no se ve, por desgracia, indicio
alguno!
4. Tampoco se debe olvidar que la guerra y la violencia constituyen no solamente
fuerzas disgregadoras que debilitan y destruyen las estructuras familiares,
sino que ejercen también un influjo nefasto sobre el ánimo de
las personas, llegando a proponer y casi a imponer modelos de comportamiento
diametralmente opuestos a la paz. A este propósito, hay que denunciar
un hecho muy triste: desgraciadamente muchachos y muchachas, e incluso niños,
forman hoy parte activa, en número cada vez mayor, en conflictos armados.
Son obligados a enrolarse en las milicias armadas y les hacen combatir por unas
causas que no siempre comprenden. En otros casos, son implicados en una verdadera
cultura de la violencia, según la cual la vida cuenta muy poco y matar
no parece inmoral. Toda la sociedad debe interesarse para que estos jóvenes
renuncien a la violencia y se encaminen por el sendero de la paz; pero esto
presupone una paciente educación llevada a cabo por personas que crean
sinceramente en la paz.
A este respecto, no puedo dejar de mencionar otro grave obstáculo para
el desarrollo de la paz en nuestra sociedad: muchos, demasiados niños
están privados del calor de una familia. A veces ésta falta de
hecho: los padres, movidos por otros intereses, abandonan a los hijos. Otras
veces, la familia ni siquiera existe: hay millares de niños que no tienen
más casa que la calle y no pueden contar con ningún otro recurso
fuera de sí mismos. Algunos de estos niños de la calle encuentran
la muerte de modo trágico. Otros son inducidos al consumo y al tráfico
de drogas, a la prostitución, y a menudo terminan en las organizaciones
del crimen. ¡No es posible ignorar situaciones tan escandalosas y difundidas!
Está en juego el futuro mismo de la sociedad. Una comunidad que rechaza
a los niños, los margina, o los reduce a situaciones sin esperanza, nunca
podrá conocer la paz.
Para poder lograr un futuro de paz es necesario que cada pequeño ser
humano experimente el calor de un afecto cercano y constante, no la traición
o la explotación. Y aunque el Estado puede hacer mucho facilitando medios
y estructuras de ayuda, sigue siendo insustituible la contribución de
la familia, que garantice aquel clima de seguridad y confianza que tanta importancia
tiene para que los pequeños miren serenamente hacia el futuro y les prepare
para que, cuando sean mayores, participen responsablemente en la construcción
de una sociedad de auténtico progreso y de paz. Los niños son
el futuro ya presente en medio de nosotros; es, pues, necesario que puedan experimentar
lo que significa la paz, para que sean capaces de crear un futuro de paz.
La familia: protagonista de la paz.
5. Una situación duradera de paz necesita instituciones que expresen
y consoliden los valores de la paz. La institución más inmediata
a la naturaleza del ser humano es la familia. Solamente ella asegura la continuidad
y el futuro de la sociedad. Por tanto, la familia está llamada a ser
protagonista activa de la paz gracias a los valores que encierra y transmite
hacia dentro, y mediante la participación de cada uno de sus miembros
en la vida de la sociedad.
Como núcleo originario de la sociedad, la familia tiene derecho a todo
el apoyo del Estado para realizar plenamente su peculiar misión. Por
tanto, las leyes estatales deben estar orientadas a promover su bienestar, ayudándola
a realizar los cometidos que la competen. Frente a la tendencia cada vez más
difundida a legitimar, como sucedáneos de la unión conyugal, formas
de unión que por su naturaleza intrínseca o por su intención
transitoria no pueden expresar de ningún modo el significado de la familia
y garantizar su bien, es deber del Estado reforzar y proteger la genuina institución
familiar, respetando su configuración natural y sus derechos innatos
e inalienables.(5) Entre éstos, es fundamental el derecho de los padres
a decidir libre y responsablemente -en base a sus convicciones morales y religiosas
y a su conciencia adecuadamente formada- cuándo dar vida a un hijo, para
después educarlo en conformidad con tales convicciones.
El Estado tiene también el importante cometido de crear unas condiciones
mediante las cuales las familias puedan satisfacer sus necesidades primarias
de acuerdo con la dignidad humana. La pobreza, más aún la miseria
-que es una amenaza constante para la estabilidad social, el desarrollo de los
pueblos y la paz- afecta hoy a muchas familias. A veces sucede que, por falta
de medios, las parejas jóvenes tardan en formar una familia o incluso
se ven impedidas de hacerlo; por otra parte, las familias, que se encuentran
en necesidad, no pueden participar plenamente en la vida social o se ven sometidas
a condiciones de total marginación.
Sin embargo, los deberes del Estado no eximen a cada ciudadano de sus propias
obligaciones; en efecto, la verdadera respuesta a las necesidades más
apremiantes de toda sociedad viene de la solidaridad concorde de todos. Efectivamente,
nadie pude sentirse tranquilo mientras el problema de la pobreza, que afecta
a familias e individuos, no haya encontrado una solución adecuada. La
indigencia es siempre una amenaza para la estabilidad social, para el desarrollo
económico y, en último término, para la paz. La paz estará
siempre en peligro mientras haya personas y familias que se vean obligadas a
luchar por su misma supervivencia.
La familia al servicio de la paz.
6. Ahora quisiera dirigirme directamente a las familias; en particular, a las
cristianas.
"Familia, ¡«sé» lo que «eres»!",
he escrito en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio(6).
Es decir, ¡sé "una íntima comunidad de vida y amor
conyugal",(7) llamada a dar amor y a transmitir la vida!
Familia, tú tienes una misión de importancia primordial: contribuir
a la construcción de la paz, que es un bien indispensable para el respeto
y el desarrollo de la misma vida humana.(8) Consciente de que la paz no se obtiene
de una vez para siempre,(9) ¡nunca debes cansarte de buscarla! Jesús,
con su muerte en la cruz, ha dejado su paz a la humanidad, asegurando su presencia
perenne.(10) ¡Exige esta paz, reza por esta paz, trabaja por ella!
Vosotros, padres, tenéis la responsabilidad de formar y educar a los
hijos para que sean personas de paz: para ello, sed vosotros los primeros constructores
de paz.
Vosotros, hijos, abiertos hacia el futuro con el ardor de vuestra juventud,
llena de proyectos e ilusiones, apreciad el don de la familia, preparaos para
la responsabilidad de construirla o promoverla, según las respectivas
vocaciones que Dios os conceda. Fomentad el bien y pensamientos de paz.
Vosotros, abuelos, que con los demás parientes representáis en
la familia unos vínculos insustituibles y preciosos entre las generaciones,
aportad generosamente vuestra experiencia y el testimonio para unir el pasado
con el futuro en un presente de paz.
Familia, ¡vive de manera concorde y plena tu misión!
Y, finalmente, ¿cómo olvidar a tantas personas que, por varios
motivos, se sienten sin familia? A ellas quiero decir que tienen también
una familia: La Iglesia es casa y familia para todos.(11) La misma Iglesia abre
de par en par las puertas y acoge a cuantos están solos o abandonados;
en ellos ve a los hijos predilectos de Dios, cualquiera que sea su edad, cualesquiera
que sean sus aspiraciones, dificultades y esperanzas.
¡Que la familia pueda vivir en paz, de tal manera que de ella brote la
paz para toda la familia humana!
Esta es la súplica que por intercesión de María, Madre
de Cristo y de la Iglesia, elevo a Aquel "de quien toma nombre toda familia
en el cielo y en la tierra" (Ef 3,15), en el alba del Año Internacional
del Familia.
Vaticano, 8 de diciembre de 1993.
(1) Cf. CONCILIO
ECUEMÉNICO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes,
52.
(2) Artículo 16,3.
(3) Encíclica Redemptor hominis, 10
(4) Cf. Gaudium et spes, 47.
(5) Cf. al respecto la "Carta de los Derechos de la Familia presentada
por la Santa Sede a todas las personas, instituciones y autoridades interesadas
en la misión de la familia en el mundo contemporáneo" (22
de octubre de 1983).
(6) N. 17.
(7) Gaudium et spes, 48.
(8) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304.
(9) Cf. Gaudium et spes, 78.
(10) Cf. Jn 14,27; 20,19-21; Mt 28,20.
(11) Cf. Familiaris consortio, 85.