¡HOMBRES
DE 1971!
En el cuadrante de la Historia del mundo
la manecilla del tiempo,
de nuestro tiempo,
marca el comienzo de un nuevo año: éste,
que deseamos inaugurar, como los anteriores,
con nuestro augurio afectuoso,
con nuestro mensaje de Paz:
Paz para vosotros, Paz para el mundo.
Escuchadnos. Vale la pena. Sí, nuestra palabra es siempre la misma: paz.
Pero es la palabra que necesita el mundo; una necesidad urgente que la vuelve
nueva.
Abrimos los ojos al alba de este nuevo año y observamos dos órdenes
de hechos generales que afectan fuertemente al mundo, a los pueblos, a las familias
y a los individuos. Creemos que estos hechos influyen profunda y directamente
en nuestros destinos y cada uno de nosotros puede ser su horóscopo.
Observad el primer orden de hechos. En realidad no es un orden sino más
bien un desorden; ya que los hechos que reunimos en esta categoría señalan
todos ellos un retorno a ideas y obras que la experiencia trágica de
la guerra parecía haber anulado o debiera haber anulado.
Al finalizar la guerra todos habían dicho: basta. ¿Basta a qué?
Basta a todo lo que había generado la matanza humana y la tremenda ruina.
Inmediatamente después de la guerra, al comienzo de esta generación,
la humanidad tuvo una ráfaga de conciencía : es necesario no sólo
preparar las tumbas, curar las heridas, reparar los desastres, restituir a la
tierra una imagen nueva y mejor, sino también anular las causas de la
conflagración sufrida. Buscar y eliminar las causas, ésta fue
la idea acertada. El mundo respiró.
Ciertamente, parecía que estuviera por nacer una era nueva, la de la
paz universal.(1) Todos parecían dispuestos a cambios radicales, a fin
de evitar nuevos conflictos. Partiendo de las estructuras políticas,
sociales y económicas se llegó a proyectar un horizonte de innovaciones
morales y sociales maravillosas; se habló de justicia, de derechos humanos,
de promoción de los débiles, de convivencia ordenada, de colaboración
organizada y de unión mundial.
Se realizaron gestos admirables; los vencedores, por ejemplo, se convirtieron
en socorredores de los vencidos; se fundaron importantes instituciones; el mundo
comenzó a organizarse sobre principios de solidaridad y bienestar común.
Parecía definitivamente trazado el camino hacia la paz, como condición
normal y constitucional de la vida del mundo.
Pero ¿qué vemos después de veinticinco años de este
real e idílico progreso? Vemos, ante todo, que las guerras, arrecian
todavía, acá y allá, y parecen plagas incurables que amenazan
extenderse y agravarse. Vemos que continúan creciendo, acá y allá,
las descriminaciones sociales, raciales y religiosas. Vemos resurgir la mentalidad
de antaño; el hombre parece reafirmarse sobre posiciones, psicológicas
primero y luego políticas, del tiempo pasado. Resurgen los demonios de
ayer. Retorna la supremacía de los intereses económicos,(2) con
el fácil abuso de la explotación de los débiles; retorna
el hábito del odio (3) y de la lucha de clases y, renace así una
guerra internacional y civil endémica; retorna la competencia por el
prestigio nacional y el poder político; retorna el brazo de hierro de
las ambiciones en pugna, de los individualismos cerrados e indomables de las
razas y los sistemas ideológicos; se recurre a la tortura y al terrorismo;
se recurre al delito y a la violencia, como a fuego ideal sin tener en cuenta
el incendio que puede sobrevenir; se considera la paz como un puro equilibrio
de fuerzas poderosas y de armas espantosas; se siente estremecimiento ante el
temor de que una imprudencia fatal haga explotar conflagraciones inconcebibles
e irrefrenables. ¿Qué sucede? ¿Hacia dónde vamos?
¿Qué es lo que no ha funcionado o ha faltado? ¿Debemos
resignarnos, dudando que el hombre sea capaz de lograr una paz justa y segura,
y renunciando a plasmar la esperanza y la mentalidad de la paz en la educación
de las generaciones nuevas? (4)
Afortunadamente, ante nuestra observación se perfila otro esquema de
ideas y hechos: el de la paz progresiva. Pues, a pesar de todo, la paz camina.
Existen interrupciones, incoherencias y dificultades; pero no obstante la paz
camina y se afianza en el mundo con un carácter invencible. Todos lo
advierten: la paz es necesaria. Ella comporta el progreso moral de la humanidad,
decididamente orientada hacia la unidad. La unidad y la paz son hermanas cuando
las une la libertad. La paz se encuentra favorecida por el creciente beneplácito
de la opinión pública, convencida de lo absurdo de la guerra por
la guerra misma y de la guerra como único y fatal medio para dirimir
las controversias entre los hombres. La paz utiliza la red cada vez más
densa de las relaciones humanas : culturales, económicas, comerciales,
deportivas y turísticas; es necesario vivir juntos, y es hermoso conocerse,
estimarse y ayudarse. Se está creando en el mundo una solidaridad fundamental,
que favorece la paz. Las relaciones internacionales se desarrollan cada vez
más y crean la premisa y también la garantía de una cierta
concordia. Las grandes instituciones internacionales y supranacionales se demuestran
providenciales, tanto para dar vida como para perfeccionar la convivencia pacífica
de la humanidad.
Ante este doble cuadro, que nos presenta superpuestos fenómenos contrarios
en relación con el fin que tanto anhelamos, es decir la paz, creemos
que pueda deducirse una sola y ambivalente observación. Formulemos la
doble pregunta, correlativa a dos aspectos de la ambigua escena del mundo actual:
- ¿Cómo decae hoy la paz?
- ¿Cómo progresa hoy la paz?
¿Cuál es el elemento que emerge en sentido negativo o en sentido
positivo de este sencillo análisis? El elemento es siempre el hombre.
Menospreciado en el primer caso, apreciado en el segundo. Nos atrevemos a usar
una palabra que puede parecer ambigua, pero que, considerada en la exigencia
de su profundidad, resulta siempre luminosa y suprema: el amor. El amor al hombre
como valor primordial del orden terrenal.
El amor y la paz son cosas correlativas. La paz es un efecto del amor: la paz
auténtica, la paz humana.(5) La paz supone una cierta «identidad
de elección». Y ésta es la amistad. Si deseamos la paz debemos
reconocer la necesidad de fundarla sobre bases más sólidas, que
no sea aquella de la falta de relaciones (hoy en día las relaciones entre
los hombres son inevitables, crecen y se imponen), o la de la existencia de
relaciones de interés egoísta (que son precarias y a menudo falaces),
o la de la trama de relaciones puramente culturales o accidentales (pueden ser
de doble filo, para la paz o para la lucha). La paz verdadera debe fundarse
en la justicia, en la idea de la intangible dignidad humana, en el reconocimiento
de una igualdad indeleble y feliz entre los hombres, en el dogma basilar de
la fraternidad humana. Es decir, en el respeto, en el amor debido a todo hombre,
por el solo hecho de ser hombre. Irrumpe aquí la palabra victoriosa:
por ser hermano. Hermano mío, hermano nuestro.
También esta conciencia de la fraternidad humana universal se desarrolla
felizmente en nuestro mundo, al menos en línea de principio.
El que trabaja por educar a las nuevas generaciones en la convicción
de que cada hombre es nuestro hermano, construye el edificio de la paz desde
sus cimientos. El que introduce en la opinión pública el sentimiento
de la hermandad humana sin límites, prepara al mundo para tiempos mejores.
El que concibe la tutela de los intereses políticos como necesidad dialéctica
y orgánica del vivir social, sin el estímulo del odio y de la
lucha entre los hombres, abre a la convivencia humana el progreso siempre activo
del bien común. El que ayuda a descubrir en cada hombre, por encima de
los caracteres somáticos, étnicos y raciales, la existencia de
un ser igual al propio, transforma la tierra de un epicentro de divisiones,
de antagonismos, de insidias y de venganzas en un campo de trabajo orgánico
de colaboración civil. Porque la paz está radicalmente arruinada
donde se ignora radicalmente la hermandad entre los hombres. En cambio, la paz
es el espejo de la humanidad verdadera, auténtica, moderna, victoriosa
de toda autolesión anacrónica. Es la paz la gran idea que celebra
el amor entre los hombres que se descubren hermanos y deciden vivir como tales.
Este es nuestro mensaje para el año 1971. Es un eco de la Declaración
de los Derechos Humanos, como voz que brota de la nueva conciencia civil: «Todos
los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como
están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente
los unos con los otros». Hasta esta cima ha escalado la doctrina de la
civilización. No retrocedamos. No perdamos los tesoros de esta conquista
axiomática. Más bien, demos aplicación lógica y
valiente a esta fórmula, meta del progreso humano: «cada hombre
es mi hermano». Esta es la paz, la paz ya en acto o la paz que se está
haciendo. ¡Y vale para todos!
Vale, hermanos de fe en Cristo, especialmente para nosotros. A la sabiduría
humana, la cual con inmenso esfuerzo ha llegado a una conclusión tan
alta y dif ícil, nosotros, los creyentes podemos agregar un consuelo
indispensable. Ante todo, la certeza (porque dudas de todo tipo pueden acosarla,
debilitarla y anularla).
Nuestra certeza en la palabra divina de Cristo maestro, que la esculpió
en su Evangelio: «Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23, 8). Podemos
ofrecer, además, el consuelo de la posibilidad de aplicarla (¡porque
cuán difícil es en la realidad práctica ser de verdad hermano
con cada hombre!); lo podemos lograr recurriendo, como canon de acción
práctica y normal, a otra enseñanza fundamental de Cristo: «Cuanto
quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a
ellos, porque ésta es la ley y la doctrina de los profetas» (Mt
7, 12). ¡Cuánto han meditado filósofos y Santos sobre esta
máxima, que relaciona la universalidad de la norma de hermandad con la
acción individual y concreta de la moralidad social! Y por último,
estamos en condiciones de ofrecer el argumento supremo: el de la Paternidad
divina, común a todos los hombres, proclamada a todos los creyentes.
Una verdadera fraternidad entre los hombres para que sea auténtica y
vinculante supone y exige una Paternidad trascendente y rebosante de amor metafísico
y de caridad sobrenatural. Nosotros podemos enseñar la fraternidad humana,
es decir la paz, enseñando a reconocer, a amar y a invocar al Padre Nuestro
que está en los cielos. Sabemos que encontraremos cerrado el ingreso
al altar de Dios si antes no nos hemos reconciliado con el hombre-hermano (Mt
5, 23 ss: 6, 14-15). Y sabemos que si somos promotores de paz, podremos entonces
ser llamados hijos de Dios y estar entre aquellos que el Evangelio declara bienaventurados
(Mt 5, 9).
¡Qué fuerza, qué fecundidad, qué fe da la religión
cristiana a la ecuación fraternidad y paz! Y qué felicidad para
nosotros encontrar, en la coincidencia de los términos de este binomio,
el cruce de los senderos de nuestra fe con los de las humanas y civiles esperanzas.
14 de noviembre de 1970.
PAULUS PP. VI