CREO EN EL ESPIRITU SANTO
CAPITULO TERCERO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA 683-690
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"Nadie puede decir: '¡Jesús es Señor!' sino por influjo
del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). "Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!"
(Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu
Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido
atraído por el Espíritu Santo.
El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo,
primer sacramento de la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos
ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu
Santo en la Iglesia:
El
Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su
Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu
de Dios son conducidos al Verbo, es decir, al Hijo; pero el Hijo los presenta
al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu
no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al
Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo
de Dios se logra por el Espíritu Santo.[1]
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El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta
en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo".[2] No obstante,
es el "último" en la revelación de las personas de la
Santísima Trinidad. San Gregorio Nacianceno, "el Teólogo",
explica esta progresión por medio de la pedagogía de la "condescendencia"
divina:
El
Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más oscuramente
al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del
Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía
entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo.
En efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad
del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo
no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo
suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida... Así
por avances y progresos "de gloria en gloria", es como la luz de la
Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos.[3]
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Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu
Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad, consubstancial
al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración
y gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Por eso se ha hablado
del misterio divino del Espíritu Santo en la "teología"
trinitaria. Aquí sólo se tratará del Espíritu Santo
en la "economía" divina.
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El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del
Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Sólo
en los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación
redentora del Hijo, es cuando el Espíritu se revela y se nos da, y se
le reconoce y acoge como Persona. Entonces, este Designio Divino, que se consuma
en Cristo, "primogénito" y Cabeza de la nueva creación,
se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección
de la carne, la vida eterna.
Artículo
8 "CREO EN EL ESPIRITU SANTO"
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"Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios"
(1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a
Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que
"habló por los profetas" nos hace oír la Palabra del
Padre. Pero a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra
mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la
fe. El Espíritu de verdad que nos "desvela" a Cristo "no
habla de sí mismo".[4] Un ocultamiento tan discreto, propiamente
divino, explica por qué "el mundo no puede recibirle, porque no
le ve ni le conoce", mientras que los que creen en Cristo le conocen porque
él mora en ellos.[5]
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La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella
transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:
-en las Escrituras que El ha inspirado;
-en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre
actuales;
-en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
-en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos,
en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;
-en la oración en la cual El intercede por nosotros;
-en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
-en los signos de vida apostólica y misionera;
-en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa
la obra de la salvación.
I -LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
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Aquél que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu
de su Hijo (cf Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el
Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad
como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad
vivificante, consubstancial e individible, la fe de la Iglesia profesa también
la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo,
envía también su Aliento: misión conjunta en la que el
Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna
duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero
es el Espíritu Santo quien lo revela.
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Jesús es Cristo, "ungido", porque el Espíritu es su
Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de
esta plenitud.[6] Cuando por fin Cristo es glorificado,[7] puede a su vez, de
junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El les
comunica su Gloria,[8] es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica.[9]
La misión conjunta se desplegará desde entonces en los hijos adoptados
por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de
adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en El:
La noción de la unción sugiere... que no hay ninguna distancia
entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre
la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni
los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el
contacto del Hijo con el Espíritu... de tal modo que quien va a tener
contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente
con el óleo. En efecto, no hay parte alguna que esté desnuda del
Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío
del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo
el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe.[10]
(San Gregorio Niceno)